Ach, noch mal die Deutsche Theologen!

Tübingen, donde el anticristo recibirá un doctorado (Soloviev)

Por Pato D.

Supe hace poco por la prensa que un grupo enorme de teólogos (más de 200) del mundo germano parlante había redactado y firmado un documento en el que piden reformas urgentes en la Iglesia (El documento se puede leer aquí en traducción castellana:  http://www.memorandum-freiheit.de/?page_id=460 ). Tal petición no puede sino despertar, en primera instancia, simpatía. ¡Tanto hay que reformar, renovar en la Iglesia! El documento se centra en el triste caso de abusos que explotó el año pasado y a partir de este caso intenta extraer una serie de puntos para considerar en un “diálogo abierto sin tabúes” sobre el futuro de la Iglesia. Entre estos puntos se mencionan las siguientes peticiones: (a). Estructuras más democráticas en la Iglesia (b) Necesidad de tener curas casados y mujeres en el sacerdocio por falta de personal (c). Aprobación de las relaciones entre parejas de divorciados y parejas del mismo sexo.(d). Fin al rigorismo moral: juzgarse uno mismo antes de juzgar a los demás.

Partamos por la letra (d), mi preferida, por empezar mi apellido con dicha letra. “Antes de juzgar a los demás, juzguémonos a nosotros mismos”. Buen principio. Me encantaría que todos estos teólogos y teólogas partiera también por juzgarse a sí mismos y a la Iglesia que llevan acá en Alemania. Tengo la suerte de conocer o ubicar a algunos de los firmantes -algunos son profesores de esta universidad y escucho sus prédicas doctorales los Domingo- así que hablo de y a ellos también. Pues bien, sería bonito que practicasen su deporte preferido (criticar a Roma) también hacia adentro. Ahora, lo que voy a decir es bastante fuerte, pero creo que a pesar de todo su activismo, toda su organización, todo su orden, su loable buen gusto musical, la Iglesia alemana llevada por estos ilustres está más muerta que viva. Y han sido estos Doktoren las que la han matado, haciendo de ella un lugar de acción social en vez de sacramentos, un lugar de conferencias en vez de oración, un lugar de instrucción en vez de formación, aprovechando siempre de subrayar la independencia en vez de la comunidad con Roma, enfatizando siempre valores que parecen sacados de folletos volterianos que de la Biblia. Escuchar a estos Professoren desde el púlpito es muy interesante; pero da la impresión de estar uno asistiendo a una cátedra. La cátedra, la Vorlesung, mis queridos hermanas y hermanos, tiene sus ventajas: el volar en la abstracción sin jugársela en temas concretos, no darle al laico una palabra viva de fe, sino “interpretaciones” estéticas o aguachentas del “amor”, que al final se identifica con una especie de compasión estomacal por el prójimo.  Como decía C.S. Lewis:  “Christianity and water”. También da la impresión de estar en un mitin político, en donde se habla de ecología, integración, etc. y donde no aparece ni por si acaso el “signo de contradicción”. No llama la atención que a la gente tampoco le llame la atención la religión. Si encuentra lo mismo en la universidad o en la política, ¿para qué entrar al templo? Con respecto al moralismo, las parroquias ‘progresistas’ no dejan de serlo: todo gira dentro de los estrictos límites de lo políticamente correcto.

Vamos a (a). Democratizar los cargos eclesiásticos quizá sea una buena idea para echarlos a ellos, quién sabe. La letra (b) merece una análisis detallado que no haré ahora. Es totalmente falto de rigor atribuir la falta de sacerdotes al hecho de que éstos no puedan casarse o ¡que las mujeres no puedan ser sacerdotisas!, y peor aún es poner las cosas en el mismo saco. Lo primero es una medida disciplinaria que puede cambiarse; lo segundo es algo que no le compete a la Iglesia por ser una decisión del mismo Cristo. Quizá si los sacerdotes y los cristianos dieran testimonio de lo atractivo de ser cristiano, un buen puñado de jóvenes se animaría –deo vocante– a ser sacerdotes. Pero como el énfasis está tan puesto en el valor de una autonomía abstracta y tan poco en el valor real y objetivo de ser cristiano, que entonces no aparece con claridad lo objetivamente bueno y bello de la conversión hacia Cristo y hacia su Iglesia. El punto (c) incurre en la confusión entre acto y persona. Al pecador siempre se le ha de acoger; pero el pecado no puede ser aprobado ni legitimado como válido. Y desde que existe la Biblia el divorcio y la homosexualidad (como actividad, no como condición, como aclara el Catecismo), cada una en su distinta esfera, son desaprobadas por la Iglesia (desde aproximadamente el siglo I).  Eso no quiere decir que la Iglesia le niegue su gracia a los homosexuales o divorciados; muy por el contrario, los invita con todas sus fuerzas a orientar su vida a Cristo dentro de la Iglesia como a cualquier otro hijo de Dios.

Todo esto aparece con toda claridad en el Catecismo y en el Magisterio de la Iglesia, recopilado por el mismo Peter Hünermann, que hoy firma el documento desde Tübingen. ¿De qué sirve tanto saber, si no se entiende nada? Bien profetizó el sabio Soloviev que al Anticristo le iban a dar el doctorado honoris causa en Tübingen.

Quedémonos con San Pablo, que gracias a Dios no se habilitó cerca del Rin: “Pues está escrito: destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé el entendimiento de los entendidos. (1 Cor 1:19).

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6 comentarios

Archivado bajo Religión, Scientia quae inflat, Teología

6 Respuestas a “Ach, noch mal die Deutsche Theologen!

  1. Ofbiderzen

    Es paradójico pensar que hacia 1970, nuestro papa Benedicto XVI firmó un memorándum redactado junto a otros actuales cardenales muy notables como Walter Kasper y Karl Lehmann. (Cf. http://www.zeit.de/gesellschaft/zeitgeschehen/2011-01/papst-ueberpruefung-zoelibat) .

    Parece que es una tendencia propia de los theologische Doktoren en sus años de juventud el querer sacar el celibato, u otras reformas semejantes.

    Ofbiderzen

  2. Francisca Hernández Busse

    Muy buen análisis y comentario; ¡gracias!

  3. Hace un tiempo vengo notando una cierta actitud ambivalente que no se si es conscientemente querida o una deformación originada en alguna de las múltiples sectas o carismas que pululan por ahí.

    Se trata de una especie de resurrección de aquella humilde actitud franciscana que consistía en declararse inferior para dictaminar pontificalmente qué es la verdad. Actitud que se encuentra en varias ideologías y doctrinas de todo orden. La podemos ver en la vanguardia del proletariado, tal como la describe Marx. Como los más desposeídos son los menos alienados, entonces pueden decir lo que es el mundo… y cómo debe ser (es curioso que la “falacia naturalista” la empleen quienes se han esforzado tanto en desenmascararla).

    He visto a colegas, profesores de ética y religión negar la existencia del infierno y la realidad de que Dios no fuerza las voluntades de sus criaturas libres… Para qué decir del misterio de que el infierno es obra de la misericordia divina (no quieren afirmar que el ser es mejor que la nada, con todo lo que de eso se sigue en el plano moral y, específicamente el bioético – analogía remotísima).

    He visto vaharadas de soberbia al afirmar “ese no es mi Dios”, cuando les recuerdan que hay 10 mandamientos, no 7, ni 5. Y que Jesús vino a dar cumplimiento a la plenitud de la Ley – escribo específicamente Jesús, no ‘Cristo’ ni ‘El Mesías’, porque parece que el lenguaje de estos personajes fuera más humilde al nombrarlo por el nombre propio. Es para que me entiendan.

    Me recuerda un término que acuñó mi padre: ‘Teología-Ficción’. Misericordia sin justicia, justicia sin obediencia, amor sin entrega ni sacrificio. Teología sin filosofía, sobrenaturaleza, sin naturaleza… fideísmo.

    ¿Por qué no me sorprende que sea en Alemania que suceda todo esto? Me recuerda a Hamlet llegando de Wittenberg… Algo huele a podrido… a orillas del Rhin.

    (a.)

  4. A propósito, ayer fui a misa de 18 a la iglesia St. Lamberti de Münster y la prédica se basó en el Memorandum de los teólogos. El sacerdote formuló la cosa así: i) todos vemos los problemas de la Iglesia, son grandes, estamos en crisis, la gente se va de la Iglesia, ii) las preguntas que nos presentan los teólogos (no como ‘así debe ser’, sino para empezar a conversar) son razonables y se conectan con los problemas de la iglesia actual, iii) la iglesia es viva y debe estar siempre abierta a ser reformada. En un momento, un matrimonio se paró y se fue, luego sentí la tensión en el aire, como en High Noon cuando deben decidir en la iglesia el destino del Marschall. Pensé también en pararme e irme, pero lo hubiera hecho sólo para contarlo. El Evangelio le sirvió al cura de puente: ‘se les ha dicho, no matarán a su prójimo; yo les digo, no desearán ni siquiera el mal de su prójimo en su corazón’ y el enlace fue – poned ojo – ‘Cristo vino a librarnos de la ley, para poner la confianza en nuestra conciencia’. Es increíble lo que se puede hacer con los textos, es uno de los más duros y cómo se lo ablanda! Repito dos hermosas referencias del sacerdote: i) un principio de la Iglesia Medieval, Eclessia semper reformanda, y en palabras del sacerdote, la Reforma es esencial a la Iglesia. ii) El papa Juan XXIII decía que la Iglesia no era un museo, sino un ‘jardín floreciente’ (blühende Garten).

    Naturalmente yo acá tengo una posición, me parece que no es lo mismo remarcar la vivacidad de la Iglesia en la historia (aceptar su ser histórico) que transformar a la Iglesia conducida por el Espíritu Santo en una estructura política conducida por el diálogo. Pero yo creo que acá hay gente que puede dar razones mejores que yo, explicar la diferencia entre la ‘Eclessia semper reformanda’ y la Reforma (cuando hablan de reforma, pienso en la Reforma).

    Toño

  5. Ofbiderzen

    A propósito de estos temas, me parece iluminador citar un extracto, un tanto amplio, del Commonitorio (22-23)de san Vicente de Lerin (s. V). Probablemente a esto se refiere el “ecclesia semper reformanda”:

    “Quizá alguno se pregunte: ¿entonces no es posible ningún progreso en la Iglesia de Cristo? ¡Claro que debe haberlo, y grandísimo! ¿Quién hay tan enemigo de los hombres y tan contrario a Dios, que trate de impedirlo? Ha de ser, sin embargo, con la condición de que se trate verdaderamente de progreso para la fe, y no de cambio. Es característico del progreso que una cosa crezca, permaneciendo siempre idéntica a sí misma; propio del cambio es, por el contrario, que una cosa se transforme en otra.

    Crezca, por tanto, y progrese de todas las maneras posibles, el conocimiento, la inteligencia, la sabiduría tanto de cada uno como de la colectividad, tanto de un solo individuo como de toda la Iglesia, de acuerdo con la edad y con los tiempos; pero de modo que esto ocurra exactamente según su peculiar naturaleza, es decir, en el mismo dogma, en el mismo sentido, según la misma interpretación.

    Que la religión imite así en las almas el modo de desarrollarse de los cuerpos. Sus órganos, aunque con el paso de los años se desarrollan y crecen, permanecen siempre los mismos. Qué diferencia tan grande hay entra la flor de la infancia y la madurez de la ancianidad! Y, sin embargo, aquellos que son ahora viejos, son los mismos que antes fueron adolescentes. Cambiará el aspecto y la apariencia de un individuo, pero se tratará siempre de la misma naturaleza y de la misma persona. Pequeños son los miembros del niño, y más grandes los de los jóvenes; y sin embargo son idénticos. Tantos miembros poseen los adultos cuantos tienen los niños; y si algo nuevo aparece en edad más madura, es porque ya preexistía en embrión, de manera que nada nuevo se manifiesta en la persona adulta si no se encontraba al menos latente en el muchacho.

    Éste es, sin lugar a dudas, el proceso regular y normal de
    todo desarrollo, según las leyes precisas y armoniosas del
    crecimiento. Y así, el aumento de la edad revela en los mayores las mismas partes y proporciones que la sabiduría del Creador había delineado en los pequeños. Si la figura humana adquiriese más tarde un aspecto extraño a su especie, si se le añadiese o quitase algún miembro, todo el cuerpo perecería, o se haría monstruoso, o al menos se debilitaría.

    Las mismas leyes del crecimiento ha de seguir el dogma
    cristiano, de manera que se consolide en el curso de los años, se desarrolle en el tiempo, se haga más majestuoso con la edad; de modo tal, sin embargo, que permanezca incorrupto e incontaminado, íntegro y perfecto en todas sus partes y, por decirlo de alguna manera, en todos sus miembros y sentidos, sin admitir ninguna alteración, ninguna pérdida de sus propiedades, ninguna variación de lo que ha sido definido.

    Pongamos un ejemplo. En épocas pasadas, nuestros padres han sembrado el buen trigo de la fe en el campo de la Iglesia; sería absurdo y triste que nosotros, descendientes suyos, en lugar del trigo de la auténtica verdad recogiésemos la cizaña fraudulenta del error (cfr. Mt 13, 24-30). Por el contrario, es justo y lógico que la siega esté de acuerdo con la siembra, y que nosotros recojamos—cuando el grano de la doctrina llega a madurar—el buen trigo del dogma. Si, con el paso del tiempo, algún elemento de las semillas originarias se ha desarrollado y ha llegado felizmente a plena maduración, no se puede decir que el carácter específico de la semilla haya cambiado; quizá
    habrá una mutación en el aspecto, en la forma externa, una
    diferenciación más precisa, pero la naturaleza propia de cada especie del dogma permanece intacta.

    No ocurra nunca, por tanto, que los rosales de la doctrina
    católica se transformen en cardos espinosos. No suceda nunca, repito, que en este paraíso espiritual donde germina el cinamomo y el bálsamo, despunten de repente la cizaña y las malas hierbas. Todo lo que la fe de nuestros padres ha sembrado en el campo de Dios, que es la Iglesia (cfr. 1 Cor 3, 9), todo eso deben los hijos cultivar y defender llenos de celo. Sólo esto, y no otras cosas, debe florecer y madurar, crecer y llegar a la perfección.”

    Eso sería, espero que ilumine a algunos y que, sobre todo, nos haga tener en cuenta que “esta reforma” es tan perenne como la Iglesia misma.

    Saludos,
    Cr

  6. Muchas gracias Cristián, el texto de san Vicente de Lerín es muy adecuado a la discusión y es grandioso, hay que decirlo. Pero sin embargo, como buen maestro, el autor nos guía en los principios, en los criterios fundamentales, y no en el caso a caso. Lamentablemente es muy difícil aplicar en esta discusión estos principios, porque sirven para ambas partes (tal vez si se los comprendiese bien servirían sólo para una). El cambio, la alteración, la analogía con el ser vivo, iluminan pero no aclaran del todo qué habría que hacer en el caso actual. Lo sustancial versus lo accidental: qué difícil es siempre reconocer los límites de éstos! Como bien decía el sacerdote de St. Lamberti, las reformas que proponen los teólogos alemanes no irían contra lo sustancial de la Iglesia. La iglesia es jerárquica porque surgió con el Imperio; debe ser democrática entonces frente al estado moderno.

    Lo que yo temo de esta posición es que se termine por tomar por accidental ‘principios de la revelación’, la acusación de accidental al factum sobre el que finalmente se asienta la fe. Entiendo, como señaló Patricio, que la defensa histórica del principio del sacerdocio masculino no son sino las acciones de Cristo, acciones que para nosotros son factum tanto como su existencia. Nadie pretendería defender la derivación racional de ese principio, aunque sí puedan reconocerse en él ciertos beneficios, pero sólo en un análisis a posteriori (creo que un mundo con sacerdotisas produciría un descalabro psicológico brutal). Para gran parte de la teología, hablar de lo sustancial es hablar del ‘espíritu de la doctrina’, mientras que lo accidental sería lo histórico-fáctico. No es nuevo este principio de interpretación, ya lo usaba san Agustín (que Patricio hable de eso) para su interpretación del Antiguo Testamento. Esta tendencia interpretativa siempre choca con el factum que en el fondo sustenta la misma capacidad de interpretación: la existencia humana y divina de Cristo y su presencia en la historia en la Iglesia guiada por el Espíritu Santo. La religión comienza y se acaba aquí: ‘la palabra se hizo carne’ y tenemos un cuerpo, un factum, que habla por sí mismo, que no podemos derivar a un espíritu ulterior.

    Toño

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