RAN, más allá de la variación (Akira Kurosawa 1985)

Por Antonio Gimenez

Me introduje en RAN – la mayor producción de Akira Kurosawa y una de sus últimas películas – pensando encontrarme con una versión japonesa del drama de Shakespeare El rey Lear. Caí en cuenta tras terminar la película de que la inspiración de Kurosawa para RAN no había sido la obra shakespereana, sino más bien una leyenda del Medioevo japonés que narraba la vida del señor feudal Mori Motonari. Dicha leyenda, sin embargo, incluye numerosas similitudes con la tragedia del ‘rey que abdica y es abandonado’, de modo que se vuelve incluso difícil para quienes conocen la obra de Schakespeare hacer una lectura de RAN sin referencia al Rey Lear. Kurosawa era completamente consciente de esto y aceptó las lecturas occidentales de su obra como una versión del drama schakespereano, considerando dichas interpretaciones como posibilitadas por el mismo guión de la película.

Aunque el Rey Lear no fue la fuente temática para la historia de Kurosawa, sí fue un elemento determinante para el planteamiento de su historia. El director japonés reconoció que una de las principales motivaciones de RAN era ‘contextualizar el drama de Shakespeare’ y de este modo – agrego yo – ‘hacer de un drama una épica’. En este sentido, la narración de RAN se revela cuando nos concentramos antes en las diferencias con El Rey Lear que en sus similitudes. Precisamente en tales ‘variaciones al tema principal’ – variaciones que propiamente provienen de otro tema, la leyenda japonesa – Kurosawa logra  una de sus mayores alturas como director y, en mi opinión, una de las mayores cumbres de la historia del cine.

Quisiera referirme brevemente a tres de estas variaciones, que se encuentran como motivos sostenidos a lo largo de todo el film:

1. La parábola de las tres flechas.

A diferencia del Rey Lear, en RAN el señor feudal Hidetora tiene tres hijos (Taro, Jiro y Saburo) y no tres hijas. Si uno encuentra en las hijas mayores de Lear una cierta alevosía, en los hijos de Hidetora se encontrará más bien la cobardía y la pretensión de poder. La ‘mujer’ continuará siendo determinante en la figura de Lady Kaede, la esposa de Taro, quien motivada por la venganza dispone a su marido contra su padre por medio de la seducción (así es como el lugarteniente de Jiro, Kurogane, señala que el ‘espíritu del zorro’ posee a muchas mujeres para perdición de muchos reinos); como contrapunto vemos a la esposa de Jiro, Lady Sué, quien teniendo motivos para el odio, logra perdonar después de años de consagración a la vida religiosa.

Ahora bien, cuando Hidetora decide abdicar les señala a sus hijos una parábola a modo de consejo y de justificación de su modo de proceder: si toma cada uno una de sus flechas las podrán quebrar con facilidad; si en cambio toman las tres juntas ninguno tendrá fuerzas para romperlas. Sin embargo, Saburo, el hijo menor, no acepta la parábola: toma las tres flechas y las rompe desafiantemente con su rodilla. Nada garantizará la unidad del reino, porque nada garantizará la unidad de las flechas, pues los hijos se han mantenido unidos mediante el padre y sin el padre tal unidad se disipará. Saburo sabe que su respeto y obediencia al padre nacen de su profundo amor a éste, pero sabe también que en sus hermanos el proceder respetuoso y obediente depende únicamente del ‘status de poder’ que ostenta el padre.

2. El pasado de Hidetora.

El Rey Lear parece haber sido un buen rey, sin embargo tiene enemigos que buscarán apoderarse de su reino en su debilidad. De Hidetora sabemos bastante más: su reino fue adquirido a través de cruentas y largas guerras con otros señores; pueden verse las ruinas de sus viejos castillos y el odio de sus sobrevivientes: las mismas esposas de Taro y Jiro fueron antaño ‘botines de guerra’, princesas de reinos desaparecidos y familias feudales asesinadas. Por esta razón, la predicción de Saburo se volverá realidad. La abdicación del rey no es sólo equívoca al suponer la unidad de sus hijos, sino también al juzgar el futuro sin referencia a su pasado: el olvido de sus crímenes, del origen de su reino, de que un reino conseguido por la violencia perderá de inmediato su unidad al ser descabezado.

De este modo, Hidetora vivirá su abdicación y consiguiente ingratitud de sus hijos, como un castigo de sus propias injusticias. Cuando cavile loco en medio de la tempestad no se encontrará Hidetora en la cabaña con el conde de Gloucester, privado de la vista por su fidelidad con Lear, sino con Tsurumaru, a quien él mismo antaño había mandado quitar los ojos. Tampoco podrá Hidetora acabar su pesadilla por medio del suicidio ritual, al no poder dar con su espada; antes que la muerte le esperará la locura. La guerra que se genera a partir de la abdicación de Hidetora será la contraparte de la guerra que posibilitó la construcción del reino de tal señor. En este sentido, no se responsabiliza a la ‘fuerza ciega del destino’, sino a la misma naturaleza humana que se destruye a sí misma, representada en la trágica figura de Hidetora.

3. El llanto de los dioses.

‘El templo de Buda ha dejado de ser custodiado’ contesta escéptico Hidetora ante la afirmación de Lady Sué de haber alcanzado el perdón siguiendo las enseñanzas del maestro Buda. La muerte y la guerra asolan todo el reino, los hijos no respetan al padre, las palabras, las promesas, se han gastado hasta no significar nada. De ahí el nombre de RAN: ‘Caos’ (en japonés).

Las palabras finales de Tango, siervo fiel que siguió en su destierro a Saburo, sintetizan la cosmovisión que sostiene la épica de RAN: no se debe culpar a los dioses de tan macabros acontecimientos, ellos más bien nos observan con dolor y lloran por nosotros, porque nos destruimos unos a otros sin que ellos puedan hacer nada al respecto. Los dioses no pueden interceder entre el puñal de un hombre y el pecho de su hermano, sin que el hombre deje de ser libre para el bien y libre para el mal. Los dioses están ausentes, pero no porque no tengan interés alguno en la humanidad, sino más bien porque el mismo hombre les niega un lugar en su vida y en la historia.

Pueden en este link ver la declaración final de Tango, una escena sublime:

http://www.youtube.com/watch?v=sM886y5zEI8

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1 comentario

Archivado bajo Cine

Una respuesta a “RAN, más allá de la variación (Akira Kurosawa 1985)

  1. Pato D

    Muy buena película Ran, totalmente envolvente en todos sus aspectos: guión, actuaciones, fotografía, música, etc. Me parece muy interesante lo que dice el mismo Kurosawa: “quise darle al Rey Lear una historia”. Es verdad, como dice Toño, que el Rey Lear comienza demasiado ‘in medias res’ y que poco sabemos del trasfondo del Rey enternecido por la adulación de sus hijas; por el contrario, en Ran vemos que el rey o señor Hidetora ha conseguido todo su esplendor y su poder estable por medio de la peor brutalidad, y que sus ganas de retirarse del juego y aprovechar los últimos años de ‘feliz ancianidad’ es sólo un sueño, el cómodo anhelo de una mente aislada. Digo aislada porque para Hiderota el terror y la desolación sembrados son para él sólo un mal sueño, una serie de episodios molestos, mientras que para las víctimas sigue siendo presente puro, actualidad e incluso proyecto (Lady Kaede). Si se me permite la comparación con otro clásico del cine, el anhelo de Hiderota se parece a las ganas de retiro de don Corleone en El Padrino. Don Corleone está cansado, tiene ganas de pasar sus últimos años fuera de las pistas que lo hicieron ser el jefe de una de las familias más poderosas de Nueva York; piensa que con un “arreglín” y buenas intenciones será posible todo aquello, pero es imposible. Su camino lo ha pavimentado a punta de heridos en el camino, y como dice el refrán: “siembra vientos…”.

    Hiderota ha sembrado vientos por años de años, encarnados en sus dos hijos mayores, que lo adulan como parte de una dinámica de traición y aprovechamiento. La cesión de su poder es el gatillante de todo el “caos” que ha sembrado el pobre viejo durante tanto tiempo, caos que no para hasta consumar su dinámica de destrucción total. Esta destrucción total es vislumbrada por el hijo menor, y claro, por el loco-visionario: el bufón, que es el único que puede decir la terrible verdad sin ser castigado por ello, pero a la vez, sin ser tomado muy en serio.

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