Archivo mensual: abril 2011

Resurrección

por José Antonio Giménez

¿Se puede amar realmente la caída de una hermosa tarde? ¿Se puede querer volver a casa después de una noche de conversación con tus amigos? Algunos han soñado, han prometido y han afirmado aceptar el ‘devenir’ de las cosas, de la ‘cosa como viene’, la aceptación y la paciencia ante el tiempo que juega con nosotros en sus manos. Se habla del ‘destino’, de la fuerza que mueve los procesos en los que cómoda o incómodamente nos involucramos, como de una realidad que podemos aceptar, cambiando la actitud, la perspectiva, volviéndonos, variando el dictum de Cicerón, dóciles a sus palabras antes de ser conducidos entre gemidos por sus órdenes. Todo esto me parece el ‘gran chisme de la historia’, la posibilidad de negar, de superar y de abolir, la tragedia de la vida humana, la posibilidad de agotar el ansia de eternidad, introduciendo la duda, la skepsis, ya no sobre la ‘referencia’ de tal expectativa, sino sobre la ‘fuente’ misma de toda expectativa. Es por eso que me gusta tanto leer al ateo de Nietzsche, porque su amor por el instante, por el mundo del acá frente a ese ‘contra-mundo reactivo’ – que no espera que continúe la hermosa tarde ni la afiebrada conversación entre copas de la noche, sino más bien espera asolar con la tarde, la conversación, la fiebre, las copas y la noche –, ¡acaba con la trasformación del instante en eternidad! Ese instante debe ‘retornar el mismo eternamente’, para que pueda realmente ser querido como ‘instante que deviene’. Si no, ¡quién lo va a querer! El ‘amor por el instante’ – ¡lo ve Nietzsche contra Sade! – no termina de ser otra cosa que ‘sed de eternidad’. Pero lo ‘eterno’ no es ‘ese instante’ – esa tarde, esa conversación -, sino su ‘eterna repetición’.

Yo quiero, en cambio, resucitar y vivir todo instante como presencia absoluta, no quiero dejar pasar esa hermosa tarde, no quiero sufrir en el recuerdo y ansiar para el futuro; no quiero dejar de conversar con mis amigos, expulsado por el masticar voraz del tiempo, por el crujir de los cuerpos gastados y los espíritus rápidos al aburrimiento, por causa del ‘bostezo del mundo’ , de la abolición constante del instante, del presente. ¿Odio al mundo, ‘pseudo-platonismo’? Profundo amor al mundo, desesperado amor por la presencia de este mundo. ¿Odio al devenir, al carácter proyectivo del ser humano? Pues claro que no, eso es lo que somos, un constante proyecto. Pero ese proyecto se detendrá cuando se encuentren las cosas más importantes, cuando no se espere con estoicismo que el instante transite al siguiente, porque ‘ahí’ nos queremos quedar. Basta con haber amado realmente, creado o contemplado la belleza, intuido el fondo de una persona, para desear para siempre la eternidad. Porque Cristo no vino a abolir este mundo, sino a ‘recogerlo todo en Él’.

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La profecía de Kurosawa: ¿técnica o naturaleza? Para una lectura del desastre atómico en Japón

por José Antonio Giménez

Con ocasión del desastre de la planta de energía nuclear post-terremoto que atañe a Japón en estos días, recuerdo brevemente algunos elementos del cine de Kurosawa que me parecen iluminar de alguna manera la situación y que pueden permitirnos discutir sobre la actualisíma cuestión de la justificación de la ‘ecología’. 

En ‘RAN’ (1985) (película que fue comentada en este blog hace unos meses) Kurosawa recompone el Japón del siglo XVI, que parece corresponder a algo así como al final del Medioevo japonés. En esta época aparece en Japón el ‘arcabuz’, una primitiva arma de fuego, que parece haber cambiado el ‘arte de la guerra’: la caballería se vuelve obsoleta y se mata más en menos tiempo. Kurosawa interpreta la ‘aparición del arcabuz’ en analogía con la aparición de la bomba atómica, una nueva revolución en el arte de matar, que vuelve a dejar obsoletos sistemas de combate tradicionales y que entrega resultados de muerte altamente prodigiosos.

Kurosawa sufría con nostalgia el olvido del Japón milenario, dejado a un lado por una sociedad absolutamente absorbida por la técnica moderna. En el sexto relato de ‘Sueños’ (1990) nos muestra proféticamente Kurosawa la explosión de una serie de plantas nucleares del Japón con razón de un desastre natural, en este caso, la erupción del Fukijama. El séptimo y el octavo sueño parecen ser variables del futuro: un mundo de demonios (humanos despojados de la naturaleza) y un mundo de orden con la naturaleza.

Para entender sin embargo el ‘ecologismo’ de Kurosawa, creo que es necesario relacionarlo antes con una vuelta al mundo pre-técnico que con el ecologismo contemporáneo. Para esto es clave su film de 1975 ‘Dersu Uzala’, que narra la vida de un cazador de la tribu Nanai en la Siberia rusa, quien logra comulgar en su vida la caza del magnífico tigre siberiano con una vida en absoluta armonía con la naturaleza. Es en la práctica insostenible y en teoría bastante difícil argumentar a favor de una relación puramente ‘contemplativa’ con la naturaleza. Hay que notar que el cazador de Kurosawa alcanza su mayor ‘integración’ con la naturaleza precisamente cuando caza al tigre. Pues el cazador primitivo parece ser una ‘suerte de animista’ y no alcanza a objetivar la naturaleza como distinta de sí.

Así, es fácil ver como Caos y Técnica parecen representar para Kurosawa una cierta identidad. La profecía de Kurosawa se ha vuelto real, las atrocidades de la historia contemporánea justifican su rechazo a la técnica. La imagen de Prometeo encadenado, sufriendo el castigo de los dioses (al costado)por haber robado el ‘fuego de los dioses’ para entregárselo a los hombres, nos habla de que desde la antigüedad la técnica se entendió como una ‘realidad ambivalente’: ocasión de progreso para los hombres (envidia de los dioses) y oposición peligrosa a las fuentes naturales que limitan a fin de cuentas las posibilidades de la técnica.

Dejo abierta la discusión sobre las posibilidades de la técnica y su relación con la naturaleza.

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Aquino y el bar santiaguino

Por Pato D.

Hace un par de semanas “salió” una noticia que sólo importa a unos poquísimos personajes. Se trata de una obra perdida de Santo Tomás de Aquino, de la cual sólo se conservaban fragmentos y referencias en otros autores (Pedro de Calo, Bartolomé de Luca). La obra en cuestión es una pequeña cuestión, valga la redundancia, sobre la amistad (de amicitia quaestio unica)[1]. En ella encontramos cosas parecidas a las que están en la Suma Teológica y en otras obras (comentarios, cuestiones disputadas): se nos dice que la amistad tiene como efecto la inhesión mutua (mutua inhaesio); que su acto propio es el trato (la conversatio), pero se nos dice algo completamente nuevo, que tiene muy interesados a los estudiosos: Santo Tomás entra a definir qué es la conversatio. Y dice que esta conversatio se dan en los hombres de modo óptimo cuando se juntan a comer: “en efecto, el trato como acto propio de los amigos se da con excelencia en la comida, no en cuanto acto nutritivo, sino en cuanto ocasión de conversar con el amigo sobre los asuntos que respectan a su persona como a los asuntos  domésticos y políticos, además de la suma verdad que es Dios, fuente de toda verdad y belleza ”. Luego añade: “el vino (Santo Tomás habla de vinum para referirse al alcohol en general: podemos reemplazarlo por ron o cerveza escudo) es la bebida adecuada para tal ocasión, pues coadyuva a que la mente alcance el grado de ingenio (ad gradum ingenii mentis assequendum) necesario para llevar a cabo una conversación jocosa sobre el mundo éste (huius mundi), la ciudad de Dios, la ciudad terrena,  su esencia de ser  trigo y cizaña, y las hazañas (res gestae) y crímenes de los hombres”. Los textos son increíbles. Al final remata: “embriagarse en esta situación no comporta vicio alguno, mientras se salvaguarde la dignidad (decorum) de las disposiciones corporales y la claridad del discurso (claritas sermonis) verbal e intelectual.” Más adelante justifica sus acertos formulando comparaciones analógicas entre distintas partes de la Biblia (Las bodas de Caná, la Última Cena) y definiciones antiguas.  De modo asombroso , Sto. Tomás entronca explícitamente con la tradición socrática del banquete filosófico uniéndola a la vida de Cristo y la tendencia natural del hombre a filosofar. Siempre nos habían dicho que embriagarse era malo simpliciter. Pero Sto. Tomás, con su lucidez extraordinaria, nos dice que es bueno beber en grandes cantidades cuando uno se junta con los amigos a comer;  sobre el hombre prudente que prefiere no beber para poder ‘hacer deporte mañana en la mañana’ dice el Aquinate:  “beber mucho vino conviene a la ocasión, de modo que el abstemio muestra cierta dolencia mental (aegritudinem sensus ostendit)”.

Automáticamente se me vienen a la mente esas tardes en la Fuente Alemana (yo prefiero la de Pedro de Valdivia, se lo aclaro altiro a los alamedianos) en las que después de comerse el mejor sándwich concebible (lomito italiano) y ser mimado por las amables señoras (entre enfermeras y cocineras) que atienden el local y le ponen harta palta al pan, uno enfila hacia otros lados de Providencia, nuestra París (suena exagerado, pero como  nunca he estado en París…).  En Providencia hay muchos lugares para gastarse la plata, bajo los plátanos orientales, para contemplar mientras el sol se pone, allá, lejos, donde la Alameda se hace una con la Torre Entel, donde la mezcla de polvo y smog refractan los rayos solares brindándonos un espectáculo marítimo de luces rojas y amarillas en pleno interior, cercado por uno que otro pitazo estridente de una micro transantiaguina. Qué maravilla. Siempre supe que era un tomista cabal cuando deambulaba por Providencia con amigos en búsqueda del licor. Un día viernes, después de una jornada agotadora, nada más humano que sentarse en la mesa, sacarse la corbata, pedir un chop, pelar al jefe o al patrón (pero con caritas tomística), esbozar teorías omniabarcantes sin tener que citar a nadie y sentarse a contemplar
al santiaguino en su santiaguinidad. No puede faltar el cigarro que hace un excelente complemento de los otros humos, que hacen que en Santiago la realidad sea más difícil de aprehender,  pues el sol, fuente de inteligibilidad, no entra fácil entremedio de plátanos orientales y los belmonts prendidos. Por  eso hay que quedarse horas y horas, diseccionando la realidad al ritmo de la espuma de la Kunstmann o del hielo que se derrite poco a poco dentro del combinado nacional. Al final, enfilar hacia casa ojalá en micro o taxi, rememorando, como el viejo Epicuro, las conversaciones ya pasadas.

En la distancia, acá en la gélida Germania, es lo que se echa de menos de la copia feliz del Edén.


[1] Cf. Allgauerlisch et al. Eine neue Entdeckung im Kloster Ottfeld-am-Eck: Thomas von Aquin über die Freundschaft en Vestigia Germanica (2011). Januar, Band VII, pp. 245ss.

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