Resurrección

por José Antonio Giménez

¿Se puede amar realmente la caída de una hermosa tarde? ¿Se puede querer volver a casa después de una noche de conversación con tus amigos? Algunos han soñado, han prometido y han afirmado aceptar el ‘devenir’ de las cosas, de la ‘cosa como viene’, la aceptación y la paciencia ante el tiempo que juega con nosotros en sus manos. Se habla del ‘destino’, de la fuerza que mueve los procesos en los que cómoda o incómodamente nos involucramos, como de una realidad que podemos aceptar, cambiando la actitud, la perspectiva, volviéndonos, variando el dictum de Cicerón, dóciles a sus palabras antes de ser conducidos entre gemidos por sus órdenes. Todo esto me parece el ‘gran chisme de la historia’, la posibilidad de negar, de superar y de abolir, la tragedia de la vida humana, la posibilidad de agotar el ansia de eternidad, introduciendo la duda, la skepsis, ya no sobre la ‘referencia’ de tal expectativa, sino sobre la ‘fuente’ misma de toda expectativa. Es por eso que me gusta tanto leer al ateo de Nietzsche, porque su amor por el instante, por el mundo del acá frente a ese ‘contra-mundo reactivo’ – que no espera que continúe la hermosa tarde ni la afiebrada conversación entre copas de la noche, sino más bien espera asolar con la tarde, la conversación, la fiebre, las copas y la noche –, ¡acaba con la trasformación del instante en eternidad! Ese instante debe ‘retornar el mismo eternamente’, para que pueda realmente ser querido como ‘instante que deviene’. Si no, ¡quién lo va a querer! El ‘amor por el instante’ – ¡lo ve Nietzsche contra Sade! – no termina de ser otra cosa que ‘sed de eternidad’. Pero lo ‘eterno’ no es ‘ese instante’ – esa tarde, esa conversación -, sino su ‘eterna repetición’.

Yo quiero, en cambio, resucitar y vivir todo instante como presencia absoluta, no quiero dejar pasar esa hermosa tarde, no quiero sufrir en el recuerdo y ansiar para el futuro; no quiero dejar de conversar con mis amigos, expulsado por el masticar voraz del tiempo, por el crujir de los cuerpos gastados y los espíritus rápidos al aburrimiento, por causa del ‘bostezo del mundo’ , de la abolición constante del instante, del presente. ¿Odio al mundo, ‘pseudo-platonismo’? Profundo amor al mundo, desesperado amor por la presencia de este mundo. ¿Odio al devenir, al carácter proyectivo del ser humano? Pues claro que no, eso es lo que somos, un constante proyecto. Pero ese proyecto se detendrá cuando se encuentren las cosas más importantes, cuando no se espere con estoicismo que el instante transite al siguiente, porque ‘ahí’ nos queremos quedar. Basta con haber amado realmente, creado o contemplado la belleza, intuido el fondo de una persona, para desear para siempre la eternidad. Porque Cristo no vino a abolir este mundo, sino a ‘recogerlo todo en Él’.

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5 comentarios

Archivado bajo Religión, Uncategorized, Vida cotidiana

5 Respuestas a “Resurrección

  1. Jorge Escobar

    La presencia absoluta no tiene sentido sin la eternidad del instante humano y finito. Es pues, precisamente, en ese instante en donde la eternidad es donada. Nietzsche lleva razón en este rescate persuasivo de la vida misma, de la animalidad, del aquí y el ahora en el que el ser humano se juega su libertad. Su clamor ‘martillante’ derrumba los ídolos de una eternidad anhelada, pero nunca alcanzada, de una eternidad opresiva de la vida misma, del instante donado. De qué vale una ‘eterna presencia’ que se contrapone a la ‘presencia donada en el instante’ de mi finito devenir?
    A mi modo de ver, el fenómeno de la encarnación es el paradigma de la donación de la eternidad, del rescate y valoración definitiva del aquí y el ahora, de lo mundano y contingente. De ahí que el valor fundamental esté puesto en este aquí y en este ahora -en la historia misma del sujeto, en su libertad.
    Eterno retorno, quizá. No le temo a la imagen del eterno retorno, aún más, se me hace familiar entre la mayoría de los cristianos que viven -o vivimos- en un retorno constante que obliga a golpearse el pecho, una y otra vez, con una mano, mientras que con la otra le roba a su hermano.
    A Nietzsche le bastó el ‘amor fati’ para aceptar su trágico devenir con valentía, pero creo que, hoy por hoy, sólo nos bastaría con un rescate verdadero del instante donado, para construir, en medio del aturdimiento cultural -idolatría del poder y del dinero- un mundo más justo y libre en el que cada instante valga la pena.
    Saludos a los creadores del blog.
    je

  2. Pablo Follegati

    Toño, un comentario denso como el chocolate caliente de Alemania pero al mismo tiempo refrescante.
    Veo que gana terreno la filosofía existencial dentro de los comensales de este blog, lo cual me alegra mucho.
    Yo diría que es una de las cosas más difíciles en esta vida el recto amor al mundo. Sin que se quede corto, del tal modo que ofenda al Creador y nos haga pretender que somos espíritus puros y por eso mismo puros, ni sin que le sobre, de tal modo que nos esclavicen las bondades terrenas, precisamente por lo que tengan de bondades y las gocemos separadas del Hacedor, sin síntesis vital.

    Pd: En todo caso parece que no son bien recibidos los posteos con algo de “nervio”…
    ¡¡respondan, animales racionales!! No sean tomistas escépticos anti agustinianos!! Asuman su condición sentimental – emotiva unida a un intelecto subsistente!!

    Pablo F.

  3. Estimados, me alegro mucho por su participación en el blog, sobre todo por la de Jorge (las intervenciones de Pablo son ya bien conocidas en este blog).

    1) A Jorge: si la ‘eterna presencia’ requiere de ‘la presencia donada en el instante de mi infinito devenir’ es una cuestión difícil. De todas maneras, estamos hablando de la trascendencia del hombre y no de la de Dios. Cristiana, hegeliana y nietzschenamente podríamos decir que sí, que por ‘amor de la eternidad’ no se entiende algo absolutamente distinto al ‘amor del instante’, que a la base de los dos amores no existe sino un único deseo – la ‘erotología’ platónica y agustiniana frente a la cartesiana – y que quien ama verdaderamente el instante lo ama como eternidad. Ahora, cristiana, hegeliana y nietzscheanamente se entiende de distinto modo el instante: sólo en el cristianismo ‘amar el instante’ significa ‘resucitar’, que no es un mirar ‘más allá’ del instante (lo que significaría amar su ausencia), sino querer su eterna presencia, de modo que continúe ‘aquí’ eternamente. El ‘eterno retorno’ es algo claramente distinto: el ‘gran anhelo’ de eternidad se sacia en la ‘donación’ al instante, al romper los phantásmas del yo – los límites de la conciencia – y entregarse a la ‘indiferencia’ del devenir que ‘juega como un niño’ formando y destruyendo las apariencias. De algún modo, el ‘espíritu de la pesadez’ que significa el vértigo del ‘eterno retorno de lo mismo’ se vuelve una experiencia liberadora como ‘voluntad de apariencia, de arte o de interpretación’, que en su variante más consecuente y radical tiene por ‘apariencia, obra de arte u objeto de interpretación’ al mismo ‘yo’. ‘Amor por la eternidad’ es para Nietzsche ‘entregarse a la eternidad’ por medio de la disolución de la propia identidad. La resurrección es, en cambio, la promesa de la ‘propia eternidad’. Pues hablar de ‘amor al instante’ induce a confusión: el instante es siempre ‘instante personal’ y lo que se desea por su amor no es otra cosa que la propia eternidad.

    2) A Pablo: el nervio es siempre bienvenido, pero tienes que entender que no tengo ascendencia greco-italiana. Es difícil sin duda el tema del ‘amor al mundo’. Habría que alcanzar una síntesis franciscana. La crítica de Nietzsche alcanza tal fascinación porque el discurso del cristiano tiende muchas veces a plantear la historia de la salvación de modo dualista. Para mí es realmente sorprendente la afirmación de fe de la ‘resurrección de la carne’. ¡Eso sí que es un escándalo para los griegos! Un neoplatónico te hubiera aceptado la resurrección del espíritu, pero no la de la carne (los demás no te hubieran aceptado ni lo uno ni lo otro). Pero no creo que la razón de nuestro amor al mundo sea el que no somos ‘espíritus puros’: ¿no amó Dios al mundo tan intensamente para enviar a su propio Hijo a redimirlo? Cuando nos sentamos, trago y pucho en la mano, en una larga noche de verano santiaguino, a conversar de pequeñeces y grandezas, ¿no participamos de algún modo del diálogo eterno de la Trinidad consigo misma?

    Toño

  4. Jorge Escobar

    Estimado Antonio,

    Discrepo contigo abiertamente en varias definiciones implícitas, discrepancia que, a mi juicio, se debe a las cosmovisiones diversas a que cada uno adscribe. Ahora bien, suponiendo y aceptando esas válidas diferencias, me llama la atención la inicial distinción: “estamos hablando de la trascendencia del hombre y no de la de Dios”.
    Cuál es la fundamentación de esa afirmación? acaso hemos de suponer dos trascendencias, la de Dios y la nuestra? Metafísicamente me parece que tal tajante distinción es insostenible. Ya lo decía Ireneo con su conocido símil “Gloria Dei vivens homo”, la gloria de Dios es la vida del hombre, y la vida del hombre es la visión de Dios. Convergencia y correlación en el devenir existencial.

  5. Estimado Jorge,

    me alegro mucho por tu respuesta. Espero que las cosmovisiones se delineen para que lo común se vuelva nítido. Intento responder a tu pregunta: esa afirmación la introduje para evitar pisar ‘huevos’ hegelianos: distinguir entre el sujeto-hombre (personal) y el sujeto-Dios (personal) y, de ese modo, referirme a la trascendencia ‘del hombre’ en el sentido clásico de ‘inmortalidad del alma’ o de persistencia personal después de la muerte. Esta distinción no estaría en desacuerdo con Ireneo, ya que su afirmación supone que la trascendencia del hombre está en la unión con la trascendencia de Dios, mas no que la trascendencia de Dios requiera de la trascendencia del hombre o, dicho desde el Idealismo, que el Espíritu Absoluto requiera del despliegue de la historia del hombre para volver sobre sí conscientemente.

    La distinción de trascendencias, que como señalas introduce una divergencia fuerte, se sostiene en la afirmación de la trascendencia absoluta de Dios (platonismo clásico, metafísica cristiana, ya sea en variante aristotélica o mística), pero no en la independencia de la trascendencia del hombre con respecto a Dios, lo que sí sería, como señalas, insostenible.

    Ahora, ¿es una distinción que dejaría a Hegel afuera? No lo sé la verdad; pero no así a Nietzsche, donde no juega ningún rol la trascendencia divina, aunque sería posible atrever en una reinterpretación idealista la identificación del ‘devenir-tierra’ con la Divinidad.

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