Archivo mensual: mayo 2011

Hidroaysén: ecónomo, ecólogo y hombre prudente

por José Antonio Giménez

Escribo una opinión sobre Hidroaysén porque un amigo me urgió a poner el tema en esta tribuna y porque, aunque el tema en un comienzo me parecía ajeno, me ha comenzado a interesar.

Lo que más me ha llamado la atención es la multiplicidad de opiniones encontradas en diarios, en blogs y en facebook, con las cuales podría formarse un bonito y grueso volumen con buena venta (una idea).

Mi primera reacción frente a estas opiniones fue – naturalmente – mirarlas con escepticismo, por la misma razón por la que los sofistas comenzaron a dudar del derecho natural: ¿qué síntesis es posible después de leer mil opiniones distintas, cada una con su énfasis, cada una con su tono y sobretodo cada una con tono catedrático? Pero había otra razón para mantener la distancia: Hidroaysén me parecía un tema ‘técnico’, lo que se me confirmaba en que, salvo opiniones como la de de Cristián Warkern, tanto los apologetas como los enemigos del proyecto recurrían una y otra vez a argumentos de tipo técnico. Unos y otros hacían mención de muchos números, los números ganados por unos, los números perdidos por otros, la esperanza y la desesperanza – técnica – frente a las alternativas. Por esto no quise entrar en palestra, dado que por no conocer nada de números, acabaría dando una opinión ideológica.

Ahora, en cambio, pienso que fue un error considerar que el tema era puramente técnico y considerar a la vez que no podía entrar a la palestra porque hablaría, a diferencia de los demás, ideológicamente.

Hidroaysén es un tema de phrónesis, la prudentia de Aristóteles. En pocas palabras, la phrónesis es la virtud de encontrar en los casos particulares, en el aquí y el ahora, lo ‘universalmente bueno’. La técnica naturalmente juega un rol: la producción del estado de cosas que se busca, con la mayor fidelidad posible al proyecto inicial. Pero a la ‘decisión’, con el peligro inherente del ‘elegir en el tiempo’, no se llega por razones técnicas. Porque en un estado no está en juego tanto la ‘maximización de los bienes’, como ‘el hacer buenos a los ciudadanos’.

‘Hacer buenos a los ciudadanos’, como lema, no gusta hoy. Pero sin esta perspectiva me parece imposible aceptar la ‘convivencia armónica de muy buenas posibilidades técnicas’, a menos que una parte mienta o sea pésima para las matemáticas. Ha entrado en juego – y eso se dibuja en la periferia de las opiniones a favor, en el fondo de las en contra –, ‘el debate sobre la buena vida’, precisamente por donde Aristóteles comienza su reflexión ética. Quien está a favor piensa económicamente; quien está en contra
ecológicamente. Ambos pueden ser utilitaristas en su modo de proceder: el ecólogo se diferencia quizás en que sostiene un mayor interés por una utilidad más a largo plazo. El ecónomo no está en contra de tal utilidad a largo plazo: tan sólo sostiene que nos compete antes la utilidad del momento presente. Un tema interesante para pensar: en la regla del ecónomo ‘el valor presente’ es
siempre mayor que el ‘valor futuro’; el ecólogo, en cambio, introduce la preeminencia del ‘valor futuro’ sobre el ‘valor presente’.

Una decisión de este tipo es una decisión por ‘la preeminencia de una cosa u otra en la serie temporal’. Ecónomo y ecólogo sostienen tesis que no son estrictamente ni económica ni ecológica: han tomado una decisión absoluta sobre la validez de una cosa ‘en el tiempo’, negando por tanto la posibilidad de tener que ‘decidir la cosa en el aquí y el ahora’. En un marco económico no se considera el futuro; en un marco ecológico no se considera el presente. Y la decisión humana y prudente se encuentra precisamente en el vértigo de ‘determinar el futuro’ por el presente.

Los dos extremos desde los cuales se mueve la discusión son por tanto ideológicos, precisamente por servirse de un razonamiento técnico para determinar el bien humano, que se debe alcanzar por medio de una consideración del acto presente como henchido de futuro y una consideración del futuro como realización del presente.

Ahora, para tomar una decisión es necesaria prudencia, mucha prudencia, de parte de gobernantes y gobernados. Lo difícil es que la virtud no se adquiere como una técnica, sino que se alcanza por medio de la misma decisión en el encuentro con las nuevas experiencias y, muchas veces, en el fracaso de las expectativas.

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La turba insolente o porqué no ir a Roma si hay turistas

La sabiduría, en este siglo, consiste ante todo

en saber soportar la vulgaridad sin irritarse.

Gómez Dávila

por Pato D.

Elijo al apocalíptico Gómez Dávila para reconocer que estoy muy lejos de la sabiduría y para hacerlo mi compañero en esta columna pesimista. De mis recuerdos del viaje a Roma (que terminó hace unos días) quedarán para siempre los momentos de irritación al no poder estar en paz en las Basílicas, lugares santos y museos en Roma. Recuerdo especialmente que al entrar en la Basílica de San Pedro Ad Vincola (donde están nada menos que las cadenas con que ataron a San Pedro en Jerusalén) tuve que casi protegerme de la turba, que deseosa de sacar fotos (!), entró corriendo en horrible tumulto por la basílica para tapizar de flashes al Moisés de Miguel Ángel, y posar (con cara de imbécil) junto a esa conocida escultura. Los pocos que estábamos en la Basílica con ganas de sentarnos tranquilos a rezar y a ver las obras de arte tuvimos que retirarnos con rabia y pena. Lo mismo puedo decir de la Basílica de San Pedro, de San Pablo extra muros, de los museos vaticanos, etc. Realmente es algo increíble: en los lugares más santos, en los que debiera reinar el mayor recogimiento y el mayor silencio, es donde reina la bulla, la ramplonería, la turba de curiosos que no respeta a nada ni a nadie. En un mundo sin jerarquías ni diferencias, donde, como dice Gómez Dávila “se trabaja afanosamente para poner la vulgaridad al alcance de todos”, ir a Roma en Semana Santa es una opción más dentro de los paquetes que ofrecen las agencias de turismo, equivalente a ir Miami, Playa del Carmen o una isla griega. El turista postmoderno, el burgués de pocas ideas pero de muchas certezas, ejerce su derecho sagrado de consumidor y va a Roma. y allí arrasa con todo, allí lleva a cabo un nuevo sacco di Roma: entra a basílicas como si fueran el supermercado de la esquina, va a museos y mira -o más bien, fotografía- las esculturas romanas, dejándose embelesar unos minutos por el guía turístico que le narra una historia llena de chistes  y ‘datos freak’  : un “pop corn” histórico (escuché a un guía turística, intercalando bromas, explicar que San Jerónimo era el “culpable de traducir la Biblia del arameo al griego (sic)). La vulgaridad como modo de vida dentro de las catacumbas: no hay contraste más grotesco. Estos mismos turistas son los que no respetan los templos budistas ni las sinagogas, los que atestan los museos con el fin de sacar fotos a obras de arte “famosas”, haciéndole perder la paciencia a los guardias que repiten “¡no flash!”. Estadounidenses, japoneses, suecos, brasileños, italianos, chilenos e hindúes, todos unidos bajo la misma consigna: el que saca más fotos y se comporta de modo más imbécil, gana. La globalización de la estupidez.

Pienso: ¿se puede solucionar esto? (me refiero al tema puntual de la entrada a los museos, no a la vulgaridad como modo de vida). Quizá cobrando más en los museos, pero no: sólo se le impediría la entrada al que tiene menos plata, y como dice Gómez Dávila con lucidez, “la vulgaridad no es producto popular sino subproducto de prosperidad burguesa”. ¿Se pueden cerrar iglesias, o pedir una especie de carnet de buena conducta? Imposible. Hay que insistir en  que el mal comportamiento en los lugares santos no obedece a la falta de religión, sino a la falta de seso: un no creyente con el mínimo tino se puede pasear por una basílica en perfecto recogimiento, así como un  cristiano sencillo entra a una mezquita y muestra respeto por el lugar sagrado de los musulmanes.  Con todo, la desacralización del mundo (con la conscuente idolatrización de otros bienes) no puede tener sino como efecto la trivialización de lo sacro, la reducción de lo sacro a bien de consumo o souvenir. Con respecto a los lugares santos, habría que idear un modo de salvaguardar al peregrino en desmedro del mero turista, pero no sé me ocurre cómo. Con respecto a los museos, he decidido mantenerme alejado de ellos. No solamente porque la idea misma de museo moderno -o el modo en que tenemos de recorrerlo- me parece horriblemente agotadora, sino porque el comportamiento de esta turba infeliz, ávida de fotos e incapaz de apreciar la belleza como diría Platón, hacen que la visita a un museo no sea más que un mal rato. En las conciertos de música clásica pasa algo parecido. Me acuerdo de Alfredo Perl en el Teatro Municipal, haciendo callar a las señoras que se entretenían arrugando bolsas y tosiendo frenéticamente. Para qué decir en el cine, donde el tráfico de bebidas, cabritas de maíz, ruidos de celulares, y exégesis en vivo hacen que muchas veces ir a ver una filme sea una experiencia molesta, como insiste de vez en cuando Agustín Squella en sus columnas mercuriales.

No obstante, esta postmodernidad también nos ha brindado un dulce consuelo: el disco, el libro Taschen, el reproductor de películas casero. Mucho se podrá decir sobre la inautenticidad y el  carácter derivado de escuchar un disco (la metáfora de Celibidache: “escuchar un  disco es como acostarse con una foto de Brigitte Bardot”), pero en tiempos oscuros como este, no es un refugio desdeñable. Muchas veces logramos una mayor plenitud auditiva escuchando un disco en el silencia de nuestra casa que escuchando a una orquesta en vivo, con todo el vértigo de su presencia real. Glenn Gould, ese gran pianista y defensor del disco, decía que escuchar un disco le parecía una experiencia más espiritual que sentarse en una sala con miles de personas. No deja de tener razón: el gozo de una obra de arte exige muchas veces una intimidad y un reposo que no puede brindar ni el Museo Vaticano ni la Ópera de Viena. Junto a Glenn, no somos pocos los que hemos decidido abdicar a la experiencia masiva del arte y encontrar en la tranquilidad del hogar, lejos del mundanal ruido, junto a algún amigo y un buen cigarro, el lugar adecuado para gozar de la obra de arte.

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