La turba insolente o porqué no ir a Roma si hay turistas

La sabiduría, en este siglo, consiste ante todo

en saber soportar la vulgaridad sin irritarse.

Gómez Dávila

por Pato D.

Elijo al apocalíptico Gómez Dávila para reconocer que estoy muy lejos de la sabiduría y para hacerlo mi compañero en esta columna pesimista. De mis recuerdos del viaje a Roma (que terminó hace unos días) quedarán para siempre los momentos de irritación al no poder estar en paz en las Basílicas, lugares santos y museos en Roma. Recuerdo especialmente que al entrar en la Basílica de San Pedro Ad Vincola (donde están nada menos que las cadenas con que ataron a San Pedro en Jerusalén) tuve que casi protegerme de la turba, que deseosa de sacar fotos (!), entró corriendo en horrible tumulto por la basílica para tapizar de flashes al Moisés de Miguel Ángel, y posar (con cara de imbécil) junto a esa conocida escultura. Los pocos que estábamos en la Basílica con ganas de sentarnos tranquilos a rezar y a ver las obras de arte tuvimos que retirarnos con rabia y pena. Lo mismo puedo decir de la Basílica de San Pedro, de San Pablo extra muros, de los museos vaticanos, etc. Realmente es algo increíble: en los lugares más santos, en los que debiera reinar el mayor recogimiento y el mayor silencio, es donde reina la bulla, la ramplonería, la turba de curiosos que no respeta a nada ni a nadie. En un mundo sin jerarquías ni diferencias, donde, como dice Gómez Dávila “se trabaja afanosamente para poner la vulgaridad al alcance de todos”, ir a Roma en Semana Santa es una opción más dentro de los paquetes que ofrecen las agencias de turismo, equivalente a ir Miami, Playa del Carmen o una isla griega. El turista postmoderno, el burgués de pocas ideas pero de muchas certezas, ejerce su derecho sagrado de consumidor y va a Roma. y allí arrasa con todo, allí lleva a cabo un nuevo sacco di Roma: entra a basílicas como si fueran el supermercado de la esquina, va a museos y mira -o más bien, fotografía- las esculturas romanas, dejándose embelesar unos minutos por el guía turístico que le narra una historia llena de chistes  y ‘datos freak’  : un “pop corn” histórico (escuché a un guía turística, intercalando bromas, explicar que San Jerónimo era el “culpable de traducir la Biblia del arameo al griego (sic)). La vulgaridad como modo de vida dentro de las catacumbas: no hay contraste más grotesco. Estos mismos turistas son los que no respetan los templos budistas ni las sinagogas, los que atestan los museos con el fin de sacar fotos a obras de arte “famosas”, haciéndole perder la paciencia a los guardias que repiten “¡no flash!”. Estadounidenses, japoneses, suecos, brasileños, italianos, chilenos e hindúes, todos unidos bajo la misma consigna: el que saca más fotos y se comporta de modo más imbécil, gana. La globalización de la estupidez.

Pienso: ¿se puede solucionar esto? (me refiero al tema puntual de la entrada a los museos, no a la vulgaridad como modo de vida). Quizá cobrando más en los museos, pero no: sólo se le impediría la entrada al que tiene menos plata, y como dice Gómez Dávila con lucidez, “la vulgaridad no es producto popular sino subproducto de prosperidad burguesa”. ¿Se pueden cerrar iglesias, o pedir una especie de carnet de buena conducta? Imposible. Hay que insistir en  que el mal comportamiento en los lugares santos no obedece a la falta de religión, sino a la falta de seso: un no creyente con el mínimo tino se puede pasear por una basílica en perfecto recogimiento, así como un  cristiano sencillo entra a una mezquita y muestra respeto por el lugar sagrado de los musulmanes.  Con todo, la desacralización del mundo (con la conscuente idolatrización de otros bienes) no puede tener sino como efecto la trivialización de lo sacro, la reducción de lo sacro a bien de consumo o souvenir. Con respecto a los lugares santos, habría que idear un modo de salvaguardar al peregrino en desmedro del mero turista, pero no sé me ocurre cómo. Con respecto a los museos, he decidido mantenerme alejado de ellos. No solamente porque la idea misma de museo moderno -o el modo en que tenemos de recorrerlo- me parece horriblemente agotadora, sino porque el comportamiento de esta turba infeliz, ávida de fotos e incapaz de apreciar la belleza como diría Platón, hacen que la visita a un museo no sea más que un mal rato. En las conciertos de música clásica pasa algo parecido. Me acuerdo de Alfredo Perl en el Teatro Municipal, haciendo callar a las señoras que se entretenían arrugando bolsas y tosiendo frenéticamente. Para qué decir en el cine, donde el tráfico de bebidas, cabritas de maíz, ruidos de celulares, y exégesis en vivo hacen que muchas veces ir a ver una filme sea una experiencia molesta, como insiste de vez en cuando Agustín Squella en sus columnas mercuriales.

No obstante, esta postmodernidad también nos ha brindado un dulce consuelo: el disco, el libro Taschen, el reproductor de películas casero. Mucho se podrá decir sobre la inautenticidad y el  carácter derivado de escuchar un disco (la metáfora de Celibidache: “escuchar un  disco es como acostarse con una foto de Brigitte Bardot”), pero en tiempos oscuros como este, no es un refugio desdeñable. Muchas veces logramos una mayor plenitud auditiva escuchando un disco en el silencia de nuestra casa que escuchando a una orquesta en vivo, con todo el vértigo de su presencia real. Glenn Gould, ese gran pianista y defensor del disco, decía que escuchar un disco le parecía una experiencia más espiritual que sentarse en una sala con miles de personas. No deja de tener razón: el gozo de una obra de arte exige muchas veces una intimidad y un reposo que no puede brindar ni el Museo Vaticano ni la Ópera de Viena. Junto a Glenn, no somos pocos los que hemos decidido abdicar a la experiencia masiva del arte y encontrar en la tranquilidad del hogar, lejos del mundanal ruido, junto a algún amigo y un buen cigarro, el lugar adecuado para gozar de la obra de arte.

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7 comentarios

Archivado bajo Arte, Educación, Viajes, Vida cotidiana

7 Respuestas a “La turba insolente o porqué no ir a Roma si hay turistas

  1. Pastora Faval

    Estimado Pato:

    Muy genial la cita de Gómez Dávila.
    La vulgaridad ha permedado también las políticas públicas estatales, que hablan principalmente de “construir conocimiento” a través de la “vivencia de experiencias”. Según esta visión el conocimeinto construido a partir de tu “experiencia” te hace concluir que es mejor recluirse a gozar de una obra estética lejos del mundanal ruido.

    Qué poco “democrático” , diría el vulgar…

  2. Jorge Escobar

    Estimado Eduardo:
    Llegué a esta página por sus posteadores, con quienes comparto el gusto y el quehacer filosófico. No usaré el apelativo de amor por la disciplina, pues me suena a refrito romántico. Con todo, reconociendo las diferencias irreconciliables presentes, pues no me identifica casi ningún post, me parece interesante el espacio de diálogo con altura que en este lugar virtual se puede crear.
    Es este espacio buscado de fértil contradicción el que me regocija el corazón, más que una monotonía trastabillante cuya diatriba se refugia bajo los pilares de la eternidad y lo natural.
    En fin, viva la diferencia.

  3. Toño

    Estoy leyendo la ‘Deshumanización del Arte’ de Ortega y me encuentro con muchos ‘aires’ del estilo de Gómez Dávila. Debo reconocer que esos ‘aires’ hoy por hoy me parecen pavoneadas. Pero no me voy a detener en la ‘crítica de las masas’ y la defensa del ‘espíritu aristocrático’, porque sé que la tesis de Patricio no va por ahí. Si lo mío es una mala interpretación caritativa y si se habla en este artículo de ‘conservadurismo’ o jerarquía de grupos, que el autor me corrija.

    Creo que Patricio no defiende la diferenciación en el orden de los sujetos, sino la de los objetos, en este caso, los objetos de arte frente a los objetos sin pretensión artística. En este caso, no se trata de una jerarquía de personas, sino de entidades. No se trata de garantizarle al hombre de ‘buen gusto’ el acceso a la obra libre de distractores, sino de garantizar que la obra pueda ser contemplada de este modo. La Gioconda del Louvre no puede ser ‘bien vista’, porque dada la efectiva superabundancia de flashs y y el tumulto de gente a su alrededor, puedes acceder desde muy lejos – hay una fila de guardias que no te permite acercarte más – y adivinar la cara entre los reflejos de luz. El problema para mí es la estructura moderna de la ‘presentación’ del arte: el museo, la galería, ‘la visita guiada’. Pero eso ya está, la obra de arte localizada y con sus raíces espaciales e históricas, ya no es tal, y los intentos de reconstrucción histórica pueden caer en el ridículo. En ese sentido, yo no veo mayor diferencia entre la ‘representación’ de la obra en el museo o en el computador, en la medida en que en ambos casos se ha hecho abstracción de las condiciones originales de surgimiento de la obra. Con la galería es distinto porque el artista actual pinta ya ‘para’ la galería y esa pared blanca y esa iluminación eléctrica es ya ‘su espacio natural’.

    Sin embargo, con la música yo sería más delicado: la música exige su ejecución (es el arte del tiempo) y la obra completa no es distinta de la obra en ejecución. Eso no quiere decir que no exista experiencia estética en la audición de un disco, pero en este caso sí existe una efectiva pérdida de realidad y desconexión del origen del arte. Creo de todos modos que no es analogable la escucha de música en teatros con la visita de los museos más visitados del mundo. Que la vieja tosca entre un movimiento y otro, nos recuerda que estamos en un acto social y de pasada que nos vamos a morir. Tampoco todo museo es un escándalo: hay museos donde te puedes sentir como alma en pena y donde en la taquilla te saludan como la salida del sol. El cine creo que es un caso distinto, a mí me gusta ir al cine propiamente como acto social y si quiero puramente ver una película, no voy al cine.

  4. Pato D.

    Estimado Toño,

    Una pequeña acotación. Yo no veo semejanza entre Gómez Dávila y Ortega. Gómez Dávila habla desde la provincia, desde un catolicismo radical y catacúmbico, enemigo de la superficialidad burguesa que pretende reemplazar la idea de Dios y la Iglesia por sus ídolos de papel. Esa es una faceta de Gómez Dávila. También destaca por su penetración psicológica, sus intuiciones sobre estética. Gómez Dávila se parece más a Bloy o a Thibon, su tema no es “la masa” vs. el culto, sino el hombre orientado a Dios o el hombre orientado a sí mismo, prototipo de la sociedad del libre consumo, la primacía de lo cuantitativo, la pérdida del misterio, etc. Ortega habla desde el europeísmo civilizado, amigo de la claridad y enemigo de los fenómenos masivos por cuanto éstos comportan la pérdida del individuo y la libertad, y son caldo de cultivo para los totalitarismos (en ese sentido Ortega es bien profético). Ortega también critica el sentimentalismo en el arte, la intromisión de lo “humano” en lo que debiera ser puro esteticismo. Nada de eso está en Gómez Dávila.

    saludos, P

  5. Toño

    Pato,

    llevas la razón en la distinción entre Gómez Dávila y Ortega, y me parece de todas maneras más interesante – para nuestro tiempo – la crítica de masas del primero que del segundo. Sin embargo, frases como ‘se trabaja afanosamente para poner la vulgaridad al alcance de todos’, siguen – a pesar de las diferencias que señalas – manteniendo ese aire profético y absoluto del elitismo de Ortega y más allá de la comparación, me causan cierto resquemor. Vulgaridad como subproducto burgués, como producto de la sobreabundancia antes que de la falta de recursos. Me gustaría poder reconocer mejor los componentes de esta descripción: el subproducto burgués y el acto vulgar, distinguible del no-vulgar.

  6. María A. Valdés

    Estimado Patricio : la vulgaridad campea donde quera que vaya por nuestras tierras. En la calle , en la micro, en los cines.
    Las radio-emisoras transmiten puras porquerías cuando no son noticias que mas se parecen a una crónica roja.
    La prensa lo mismo y la televisión no lo hace mejor.
    La familia está en decadencia.
    ¿quien tiene la culpa ?
    ( El olvido de Dios por parte del hombre )
    Los muchos padres y madres que no han querido educar a su prole y ha dejado esta noble tarea en manos de otros.
    Los “otros” se han capeado la pega .
    ¿ Porque antes si Chile era más pobre, la vulgaridad no tenía espacio ?

  7. Paula Reynal

    No puedo estar mas de acuerdo contigo y con Glenn Gould que es uno de mis grandes favoritos, con respecto a escuchar musica en silencio y solos en nuestras casas. Las multitudes echan a perder la magia de ese momento. Pato, he leido varios artículos tuyos en este blog y me han parecido extraordinarios!!

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