Archivo mensual: junio 2011

‘Matrimonio homosexual’ y retórica del progreso

por Patricio D.

Es un lugar clásico en la filosofía afirmar que justamente lo más evidente, lo que más damos por obvio, es lo más difícil de demostrar o explicar. Por siglos se ha considerado que el matrimonio -institución más vieja que el cristianismo, por si alguien se olvida- se da entre un hombre y una mujer. Hoy esta noción se discute. “Si las parejas heterosexuales pueden casarse, ¿porqué no las homosexuales? Vivimos en la sociedad del respeto y de la igualdad de derechos, etc.” Ante esta arremetida, quien daba por su supuesto que el matrimonio era una cosa reservada a un hombre y a una mujer tiene que sentarse a pensar el asunto, a buscar un porqué de lo que parece evidente. El porqué, luego de algunas cavilaciones,  aparece más o menos de esta manera: el matrimonio es un complemento corporal y espiritual sobre el cual se funda una familia: todo complemente supone una alteridad: la alteridad corpóreo-espiritual sólo se da entre el hombre y la mujer. Se retrucará con que todos estos conceptos son impositivos y violan la libertad de las personas. Habrá quienes decidan que ese complemente se da mejor entre personas del mismo sexo: “¿Acaso no tienen derecho a actuar según lo que ellos consideran correcto?” El argumento de los “derechos” parece no tener rival: si afirmo que no todos tenemos los mismos derechos o que el “derecho” a casarse se define por su posibilidad procreativa parece que quedo fuera de juego. Si digo que los homosexuales no tienen derecho a casarse porque no cumplen con el requisito básico para hacerlo, se me responderá con el epíteto de “homofóbico” (lo que equivale a decir: eres un matón incapaz de participar de la civilización) y a lo segundo el intelectual progresista me dirá que soy el último bastión de un “concepto ingenuo de naturaleza”, “del naturalismo lingüístico”, de ser un fanático religioso o defensor de algo “pre-moderno”. En resumen, si estoy en contra de la “moción del matrimonio gay” puede que yo sea (a) mala persona (b) falto de seso y (c) anticuado.

En este columna me gustaría examinar con más detalle la retórica que hay detrás de estas usuales réplicas.  Si nos fijamos bien, el progresista, tal como reza su nombre, habla de “progreso”: este es el hilo conductor de su propuesta. El mundo actual se dividiría en lo fundamental entre dos posiciones: la conservadora y la progresista. La postura conservadora quiere conservar, quiere dejar las cosas tal como las recibió (¿de la edad media?), mientras que la postura progresista quiere progresar y cambiarlas. Un bando está por el oscurantismo y el autoritarismo, el otro aboga por los derechos y la libertad. Esta caricatura simplona que encontramos en los defensores más toscos del ‘matrimonio homosexual’ (pero compartida en parte por sus defensores más sofisticados) es la que se expresa en frases como “antes había esclavitud y los conservadores se oponían a su abolición. ¿quieres oponerte también a que dos personas que se aman no sean injustamente discriminadas?” o “antes los conservadores se oponían a la teoría de la evolución, y hoy la aceptan; mañana pasará lo mismo con este tema”. Estas frases esconden una serie de supuestos extraños. Por de pronto, presuponen que el ‘matrimonio’ homosexual es un avance o un progreso hacia lo bueno, por el hecho de ser algo novedoso o “moderno”.  “¡Hay que ser absolutamente moderno!”, parecen repetir, junto al poeta. Ahora bien, erigir como criterio de bondad el que algo sea “moderno” ¿no deja bastante que desear? ¿No es una sandez decir que una cosa es mejor o más conveniente que otra por el mero hecho de ser la segunda más nueva? ¿No estamos transponiendo un criterio aplicable a la tecnología al ámbito ético-político? ¿Lo que puede servir para los artículos electrónicos o la medicina, sirve también para la sociedad y las personas? Concediendo que la humanidad haya progresado en muchos ámbitos, eso no quita que también haya habido retrocesos, retrocesos que pueden opacar al más brillante progreso. El siglo XX es un ejemplo vivo de cómo ciertas conquistas históricas pueden desaparecer en un tris de la mano del régimen político “moderno” que sea. Desde que la palabra ‘moderno’ es un mantra, una palabra mágica, ésta se ha invocado para propiciar todo tipo de barbaridades; desde asesinar masas, quemar libros (para reemplazarlos por libros ‘más actuales’) hasta botar barrios antiguos y destruir obras de arte.

¿Porqué entonces esa fe ciega en el progreso? “No se trata de fe -responderán- se trata de constatar que en los países más desarrollados estas cosas se están aprobando, mientras que aquí, en Chile, estamos a la época de las cavernas”. Nuevamente la retórica del progreso, ahora con criterios comprobables: los países desarrollados. Me temo que el argumento “ellos (españoles, estadounidenses, franceses) lo han hecho” sólo pueda tener cabida dentro de un país tan arribista como el nuestro. Esa cantinela se repite desde hace siglos en Chile como excusa para todo: a la élite se le ocurrió que era mejor ser  francés que hispano, y desmontaron el magnífico artesonado español de la catedral de Santiago para cambiarlo por un estuco afrancesado y mármol pintado (tal cual); hoy muchos pronuncian la palabra “Harvard” como si fuera un amuleto y se endeudan para aprender inglés sin haber ojeado el Quijote o poder escribir en un castellano correcto. Tendremos mucho que envidiarle al primer mundo, pero de ahí a concluir  que tenemos que imitar todo lo que salga es bastante pueril. ¿No es nos sonrojamos un poco cuando escuchamos hablar de la “Belle Époque santiaguina”? –¡ojalá no se entere un francés!- ¿no es un poco tonto que nos hablen de Harvard como un modelo a seguir en lo que sea? ¿No suena ingenuo que nos propongan como modelos a países donde la juventud es igual de alcohólica y desesperanzada que la nuestra? En suma, el que un país desarrollado haya hecho tal o cual cosa es un elemento retórico digno de ser mirado con menos entusiasmo, considerando también que el “copiar-pegar” es una fantasía.

Llegamos el núcleo del problema. Despejado el aderezo retórico del progreso y de los modelos a seguir, sólo queda defender la moción del ‘matrimonio homosexual’ desde premisas filosóficas y jurídicas que no vengan con una filosofía de la historia de contrabando (“si no te subes al carro del progreso eres un reaccionario”) o con clichés arribistas (“en Suecia las niñas pueden abortar sin la autorización de sus padres, qué desarrollados son”) que terminan por motejar de “retrógado”  a quien piensa como ha pensado parte no despreciable de la humanidad por siglos. No se trata de que no haya retórica -es inevitable y bueno que la haya- sino de transparentar los supuestos sobre los que se basa esa retórica y no partir de ellos para ganar el debate por secretaría. Se trata también de evitar el cliché retórico de que esto es una discusión aséptica y racionalmente neutral (que recuerda también el “progreso” de las ciencias), porque es algo mucho más complicado que eso, como lo son las cuestiones que atañen al hombre.  No sólo hay posturas argumentales en juego, sino también cosmovisiones, sensibilidades, presunciones y visiones epocales.  Creo que partir como si no existieran es partir en falso y ponerse en ocasión segura de repetir monsergas como las mencionadas. Sólo si nos hacemos cargo de estos “relatos” circundantes podemos entrar a tierra derecha, y dialogar en serio sobre qué es un derecho, qué es el matrimonio, qué es la homosexualidad, cuál es la relación entre ética y orden jurídico y por supuesto, qué significa progresar en la historia. Antes de eso, paja y humo.

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Tres cuadros sobre la ambigüedad

por José Antonio Giménez Salinas

Para este texto tomo tres cuadros: la discusión en Chile sobre relaciones de hecho y matrimonio homosexual, la entrevista a Gianni Vattimo del 2008 (se encuentra online en www.unabellezanueva.org ) y la película ‘Il bueno, il brutto, il cattivo’ de Sergio Leone.

Primer cuadro: La vieja, pre-cristiana institución del matrimonio, una de las pocas señales de humanidad que permanecen en el hombre, es puesta en cuestión. No quiero ser apocalíptico, pero creo que los nombres que cargan con demasiados significados, terminan por perder toda significación. Si adherimos al nombre ‘canino’ las características de ‘felino’ y – para mostrar el caso extremo – de todas las demás especies ‘mamíferas’, ‘canino’ no dirá nada más que ‘mamífero’. Y es triste, porque la riqueza de ‘canino’ está en su especificidad, no en su generalidad.

La institución del matrimonio que, como señala Giambattista Vico, junto al entierro de muertos y la relación con lo trascendente, constituyen la huella del hombre en la historia, es puesta en cuestión, al desvanecerse sus límites para que lo abarque todo, de modo que luego, no signifique nada. No hago un juicio sobre la homosexualidad, sólo quiero subrayar que ningún pueblo pre-cristiano quiso integrar la homosexualidad en la especie ‘matrimonio’. De hecho, en un pueblo como el griego, propietario de una verdadera ‘cultura de la homosexualidad’, no hubiera aceptado dicha integración, dado el carácter no-funcional de las relaciones homosexuales. Pero también el homosexual moderno, decimonónico por ejemplo, se caracterizaba por un profundo desprecio del matrimonio, la ‘institución burguesa por excelencia’. ¿Qué quiere el homosexual? ¿Ser reconocido, tolerado, respetado o ser domesticado? ¿O simplemente hacer explotar dicha institución, ‘quitarla del medio’, para evitar su expresión molesta de autoridad y reproche? Porque al final no quedará nada señores, un matrimonio sin especificidad y una homosexualidad estructurada en patrones que no le son naturales.

Segundo cuadro: Vattimo, uno de los filósofos vivos más renombrados, habla con demasiada ambigüedad y dialéctica: no alcanzo a capturar sus ideas. Su español, adecuado, está rebosado de condicionales y subjuntivos. Recuerdo las notas de su conocido pensiero débole: permanecer en el último risco del abismo, en donde se desintegra la identidad. En la inminencia de la abolición del tiránico sujeto ‘yo’, se le perdona la vida, moribundo, para que levante una leve voz de differánce, que por su infinita historicidad y particularidad, no puede dañar a nadie. La ambigüedad es absoluta. No se ha rechazado el discurso como Sexto Empírico ni se decidido callar como los místicos: la parola continúa eterna – pero históricamente – refractándose en significados, siguiendo caminos advenedizos. Porque la palabra no refiere, sino que difiere, funda diferencias, funda ‘ambigüedad’.

Tercer cuadro: el spaghetti western, un bálsamo, una parodia que es un homenaje, la exageración de un estilo para que permanezca inmortal. ¿Qué nos pinta Leone en el más famoso de sus spaguettis, ‘El bueno, el malo y el feo’? Tres buscadores de recompensas – el penúltimo tema lo titula Morricone ‘El éxtasis del oro’ –, absolutamente indiferentes a la Guerra Civil que tiene convulsionado a Estados Unidos, en busca de un tesoro escondido en una tumba. Los tres en duelo, escena de antología, invita a la pregunta por la ambigüedad del film (http://www.youtube.com/watch?v=pmdAsL1n6q4). ¿Quién debe morir, quién debe ganar? ¿El bueno (Blondie), el malo (Sentenza) o el feo (Tuco)? ¿Quiere Leone que nos confundamos en la decisión, que no captemos las diferencias, que veamos en buenos, malos y feos a simples buscadores de oro?

¿Quiere Leone, tomando los demás cuadros, que ‘pongamos a todos en el mismo saco’, que suprimamos las tradicionales diferencias entre las especies, que dejemos de lado las grandes identidades (¡bueno…malo…feo!) y pongamos antes la mirada en la differánce, que no se arrodilla ante ‘ídolos’ y que no enarbola ‘banderas’? Pues creo que no, veo en Leone otras intenciones.

Es cierto, la ambigüedad existe, en el film y en la realidad: en este mundo no hay buenos ni malos ni feos, en sentido absoluto. El punto de partida de la realidad es siempre una ‘mixtura’, la síntesis difusa de hábitos, creencias y relatos: por esto
me parece muy razonable que los protagonistas de las novelas del siglo XX sean siempre ambiguos (los protagonistas de la tragedia griega o schakespereana no eran muy distintos). Porque la tragedia exige movimiento y tal movimiento sólo es posible desde la esquizofrenia del espíritu, la co-presencia de lo bueno, lo malo y lo feo. Quizás el único relato no-trágico de la historia
de la literatura occidental es la ‘muerte de Sócrates’ en el Fedón (y aún esto es discutible). ¿Y la vida de los santos? Hay una imagen ‘piadosa’ de los santos como ‘impasibles’, como aquéllos que ‘suprimieron la lucha’: no creo que sea así.

Sin embargo, dicha ambigüedad, dicha ‘esquizofrenia del espíritu’ puede ser en el transcurso de la vida humana parcialmente abolida – siempre en la medida de lo posible –. Hay intentos, elecciones, caminos que se toman o dejan de tomar, que van esculpiendo el temple de cada persona. Eso es lo que yo veo en Blondie, Sentenza y Tuco, personajes que uno comienza por identificar con Ideas puras, y termina por reconocer como Personas. Y precisamente en ese carácter personal se van mostrando las notas distintivas, que no son mera differánce, sino fugaces reconocimientos de la presencia de una persona. Las escenas son muchas, pero hago sólo referencia a una: cuando Blondie le ofrece una ‘fumada’ al soldado moribundo (http://www.youtube.com/watch?v=vTMpUL8MmTU&feature=related [minuto 3 a 5]). No le importa el bando, porque quizás no le importe la guerra; pero intenta mermar el dolor del prójimo: le pasa su manta, comparte su cigarrillo y lo acompaña en el momento de su muerte. No sé si haya una mejor descripción de la muerte digna, instalada en medio del ‘éxtasis del oro’ y de la indiferencia ante la guerra. Esa es la ambigüedad de Leone, ‘ésa’ es precisamente la presencia de ‘lo bueno y bello’ en medio de ‘lo malo y feo’. ¿Es esto pensiero débole o simplemente volontá débole?

Quería presentar de un modo bastante libre la importancia de atender a la ‘ambigüedad’. Los cuadros pueden ser casuales: la noticia del momento, un programa visto hace unos días, la película que tengo en la cabeza. Me interesaba quizás distinguir sobre todo entre la ambigüedad de la voluntad (volontá débole) y la ambigüedad del pensamiento (pensiero débole). Me parece que esto se encuentra respectivamente en el cuadro de Leone y en el cuadro de Vattimo. Finalmente, creo que el curso de la discusión sobre el matrimonio homosexual, al menos como fue planteado por Carlos Peña hace una par de domingos, es un buen ejemplo de debilitamiento de un concepto o, dicho de otro modo, de supresión del carácter específico de una palabra.

Ahora, amigos, ¿qué hacemos con las palabras? ¿Cómo capturar la luz que se refracta, cómo volver a nombrar las cosas? ¿Con qué acorde permitiremos que ellas (las palabras y las cosas) vuelvan a resonar?

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Stefan Zweig, “El mundo de ayer” (1944)

por Patricio D.

            Las memorias del prolífico autor Stefan Zweig (1881-1942) se publicaron póstumamente, pues, como es bien sabido, Zweig terminó con su vida en 1942 en Petrópolis (Brasil), desilusionado por la Europa que -según nuestro autor- se acabara para siempre con la barbarie del nazismo. En efecto, el fantasma del nazismo recorre todas las páginas de estas entretenidísimas memorias; éste es durante la mayoría de las páginas el transfondo espectral de los recuerdos de una Europa alguna vez segura de sí misma y de su “paz perpetua”; y al final, tema explícito de las memorias y causa directa de la huida de nuestro autor -de origen judío- a Inglaterra, antes de que se desencadenara el conflicto total.

            Lo primero que llama la atención de este libro es la atracción irresistible que ejerce en el lector, que se ve casi obligado a devorarlo sin pausa. La narración de Zweig es aguda, sutil, y sobre todo, entretenida.  Las primeras páginas envuelven e hipnotizan, haciéndonos partícipes de un testigo del período de tiempo “quizá más convulsionado de la historia” (prólogo), en el lugar más convulsionado del planeta: 1900-1940 en Europa occidental, y más precisamente, en Austria, la Austria de los Habsburgo, la cabeza del Imperio, la Austria de la opereta, del psicoanálisis, de la gran música clásica, de la vanguardia artística, de las dos guerras mundiales.  “El mundo de la seguridad” es una genial pintura de la vida de la burguesía en la vieja Viena imperial (cap. I), donde el joven Stefan ya se ve configurado por el estilo de vida vienés, donde el teatro, la música y el arte juegan el rol principal. Las descripciones de las costumbres, del modo de vestir, incluso de caminar, son analizadas con maestría por la pluma de Zweig. El periodo escolar y universitario (caps. 2 y 4), quizá la parte más entretenida, son un ejemplo de verdadera vocación artística y afán por la cultura casi inimaginable. La estricta e hiper-académica educación escolar vienesa -Zweig nos cuenta que todo alumno del colegio debía saber, además del alemán, dos lenguas clásicas y dos lenguas modernas, además de las numerosas materias; y que no existía el deporte, al punto que Zweig reconoce no saber andar en bicicleta (!)- es el acicate para la búsqueda de libertad de nuestro autor, que decide tempranamente consagrarse completamente al arte y a vivir de modo que la inspiración y la creación artística fuesen el hilo conductor de su vida. En este viaje se hace cada vez más conocido y termina trabando amistad a lo largo de su vida nada menos que con Rilke, Rolland, Freud, Richard Strauss, Herlz, Claudel, Rathenau,  Croce, Gorki, Válery, Rodin, Bussoni, y un interminable serie de personas que constituyen, sin exagerar,  parte importante de la élite cultural del siglo XX.

            Muy interesante y divertido es el capítulo que le dedica -bajo el prisma de Freud- a la relación entre los sexos en la vieja sociedad vienesa, sus dobleces, sus claroscuros, absurdos y perversiones. De la vida amorosa de Zweig mismo no sabemos nada: creo que en dos o tres pasajes de todo el libro menciona la existencia de una esposa, de la que ni siquiera sabemos el nombre (¿se habrá inspirado en San Agustín?). Es que las memorias de Zweig no es una auto-biografía con los datos típicos que se esperan sobre la ‘vida, transcurso y muerte’ de una persona, sino una serie de recuerdos articulados, interpretados y narrados desde el modo en que Zweig, el escritor, juzga interesante, perspectiva que realmente se agradece. Luego vienen sus distintos viajes (el capítulo sobre París, aunque ingenuo, no deja de ser bonito) y trabajos literarios (traducciones, obras de teatro, poesía, novelas, estudios biográficos); luego el estallido de la primera guerra mundial, sus esfuerzos pacifistas (“yo pensaba y hablaba en alemán, pero todo mis pensamientos y deseos pertenecían a aquellos países que toman las armas por la libertad del mundo” exclama al comenzar la Segunda Guerra), la locura de los años de postguerra en Berlín, el caos político y económico, etc. Todo está condimentado con las anécdotas más sabrosas, que no tiene sentido reproducir aquí. La curva de la trama comienza a descender con el ascenso del nazismo en Alemania (hacia 1933) y con de otras formas brutales de poder (Italia o la Unión Soviética). Zweig, firme creyente en la hermandad de los pueblos y en una Europa libre y unificada, no da crédito al hecho que la barbaridad como forma de vida se apoderase poco a poco de su Austria natal, por influjo de Herr Hitler y sus secuaces de botas altas. Zweig, presintiendo que se venía lo peor, escapa anticipadamente a Inglaterra, donde años más tarde escucha lo que venía profetizando: otra guerra brutal en Europa, esta vez, para acabar para siempre con ella. ¿Alguna esperanza para el mundo occidental? Sudamérica, “tierra de futuro…donde las absurdas teorías de sangre, linaje y origen no separan al hombre del hombre” (!) (p. 451).

            Me gustaría destacar algunas reflexiones del capítulo llamado “universitas vitae”, a mi juicio uno de los más llamativos de todo el libro. En él Zweig nos propone su peculiar visión del proceso educativo. Después de tediosos años de Gymnasium Zweig se matricula en la universidad de Viena en busca de formación. Sin embargo, la universidad es sólo un medio para adquirirla, un medio en el sentido más deflacionario de la palabra: es la ocasión para matricularse en un establecimiento, no ir nunca a clases  y tener todo el tiempo libre del mundo para leer y descubrir por uno mismo los tesoros de la cultura, tanto en las bibliotecas, como en los cafés y en los teatros: “no puedo recordar instantes más dichosos que aquellos de la época universitaria sin universidad”. No es que Zweig defienda un método solipsista de formación, alejado de los profesores y del diálogo; por el contrario, lo que Zweig quiere enfatizar es que la formación cultural no se limita al cerco de las instituciones, sino que lo rebasa: no se necesita de un título para saber, se necesita apertura y amor gratuito -sin pensar en la nota, la calificación. De ahí que “el axioma de Emerson, de que los buenos libros reemplazan a la universidad, me ha parecido invariablemente válido, y todavía estoy convencido de que se puede ser un extraordinario filósofo, historiador, filólogo o jurista o cualquier otra cosa sin haber ido nunca a la universidad o al colegio” (p. 118) Al igual que nuestra Gabriela Mistral (con quien nuestro escritor hizo una profunda amistad) Zweig creía que el verdadero alumno es quien aprende por sí mismo y para quien la materia de clases es sólo un impulso, jamás el término del saber. Al aprender no sólo se encuentran en las aulas (lamentablemente proclives a burocratizarse), sino también en los viejos libros de siempre, en las conversaciones, en la amistad. ¡Cuánto aprendiera uno escuchando a la vieja Mistral conversar con Zweig, en una calurosa tarde de Petrópolis, tomando mate!

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