Stefan Zweig, “El mundo de ayer” (1944)

por Patricio D.

            Las memorias del prolífico autor Stefan Zweig (1881-1942) se publicaron póstumamente, pues, como es bien sabido, Zweig terminó con su vida en 1942 en Petrópolis (Brasil), desilusionado por la Europa que -según nuestro autor- se acabara para siempre con la barbarie del nazismo. En efecto, el fantasma del nazismo recorre todas las páginas de estas entretenidísimas memorias; éste es durante la mayoría de las páginas el transfondo espectral de los recuerdos de una Europa alguna vez segura de sí misma y de su “paz perpetua”; y al final, tema explícito de las memorias y causa directa de la huida de nuestro autor -de origen judío- a Inglaterra, antes de que se desencadenara el conflicto total.

            Lo primero que llama la atención de este libro es la atracción irresistible que ejerce en el lector, que se ve casi obligado a devorarlo sin pausa. La narración de Zweig es aguda, sutil, y sobre todo, entretenida.  Las primeras páginas envuelven e hipnotizan, haciéndonos partícipes de un testigo del período de tiempo “quizá más convulsionado de la historia” (prólogo), en el lugar más convulsionado del planeta: 1900-1940 en Europa occidental, y más precisamente, en Austria, la Austria de los Habsburgo, la cabeza del Imperio, la Austria de la opereta, del psicoanálisis, de la gran música clásica, de la vanguardia artística, de las dos guerras mundiales.  “El mundo de la seguridad” es una genial pintura de la vida de la burguesía en la vieja Viena imperial (cap. I), donde el joven Stefan ya se ve configurado por el estilo de vida vienés, donde el teatro, la música y el arte juegan el rol principal. Las descripciones de las costumbres, del modo de vestir, incluso de caminar, son analizadas con maestría por la pluma de Zweig. El periodo escolar y universitario (caps. 2 y 4), quizá la parte más entretenida, son un ejemplo de verdadera vocación artística y afán por la cultura casi inimaginable. La estricta e hiper-académica educación escolar vienesa -Zweig nos cuenta que todo alumno del colegio debía saber, además del alemán, dos lenguas clásicas y dos lenguas modernas, además de las numerosas materias; y que no existía el deporte, al punto que Zweig reconoce no saber andar en bicicleta (!)- es el acicate para la búsqueda de libertad de nuestro autor, que decide tempranamente consagrarse completamente al arte y a vivir de modo que la inspiración y la creación artística fuesen el hilo conductor de su vida. En este viaje se hace cada vez más conocido y termina trabando amistad a lo largo de su vida nada menos que con Rilke, Rolland, Freud, Richard Strauss, Herlz, Claudel, Rathenau,  Croce, Gorki, Válery, Rodin, Bussoni, y un interminable serie de personas que constituyen, sin exagerar,  parte importante de la élite cultural del siglo XX.

            Muy interesante y divertido es el capítulo que le dedica -bajo el prisma de Freud- a la relación entre los sexos en la vieja sociedad vienesa, sus dobleces, sus claroscuros, absurdos y perversiones. De la vida amorosa de Zweig mismo no sabemos nada: creo que en dos o tres pasajes de todo el libro menciona la existencia de una esposa, de la que ni siquiera sabemos el nombre (¿se habrá inspirado en San Agustín?). Es que las memorias de Zweig no es una auto-biografía con los datos típicos que se esperan sobre la ‘vida, transcurso y muerte’ de una persona, sino una serie de recuerdos articulados, interpretados y narrados desde el modo en que Zweig, el escritor, juzga interesante, perspectiva que realmente se agradece. Luego vienen sus distintos viajes (el capítulo sobre París, aunque ingenuo, no deja de ser bonito) y trabajos literarios (traducciones, obras de teatro, poesía, novelas, estudios biográficos); luego el estallido de la primera guerra mundial, sus esfuerzos pacifistas (“yo pensaba y hablaba en alemán, pero todo mis pensamientos y deseos pertenecían a aquellos países que toman las armas por la libertad del mundo” exclama al comenzar la Segunda Guerra), la locura de los años de postguerra en Berlín, el caos político y económico, etc. Todo está condimentado con las anécdotas más sabrosas, que no tiene sentido reproducir aquí. La curva de la trama comienza a descender con el ascenso del nazismo en Alemania (hacia 1933) y con de otras formas brutales de poder (Italia o la Unión Soviética). Zweig, firme creyente en la hermandad de los pueblos y en una Europa libre y unificada, no da crédito al hecho que la barbaridad como forma de vida se apoderase poco a poco de su Austria natal, por influjo de Herr Hitler y sus secuaces de botas altas. Zweig, presintiendo que se venía lo peor, escapa anticipadamente a Inglaterra, donde años más tarde escucha lo que venía profetizando: otra guerra brutal en Europa, esta vez, para acabar para siempre con ella. ¿Alguna esperanza para el mundo occidental? Sudamérica, “tierra de futuro…donde las absurdas teorías de sangre, linaje y origen no separan al hombre del hombre” (!) (p. 451).

            Me gustaría destacar algunas reflexiones del capítulo llamado “universitas vitae”, a mi juicio uno de los más llamativos de todo el libro. En él Zweig nos propone su peculiar visión del proceso educativo. Después de tediosos años de Gymnasium Zweig se matricula en la universidad de Viena en busca de formación. Sin embargo, la universidad es sólo un medio para adquirirla, un medio en el sentido más deflacionario de la palabra: es la ocasión para matricularse en un establecimiento, no ir nunca a clases  y tener todo el tiempo libre del mundo para leer y descubrir por uno mismo los tesoros de la cultura, tanto en las bibliotecas, como en los cafés y en los teatros: “no puedo recordar instantes más dichosos que aquellos de la época universitaria sin universidad”. No es que Zweig defienda un método solipsista de formación, alejado de los profesores y del diálogo; por el contrario, lo que Zweig quiere enfatizar es que la formación cultural no se limita al cerco de las instituciones, sino que lo rebasa: no se necesita de un título para saber, se necesita apertura y amor gratuito -sin pensar en la nota, la calificación. De ahí que “el axioma de Emerson, de que los buenos libros reemplazan a la universidad, me ha parecido invariablemente válido, y todavía estoy convencido de que se puede ser un extraordinario filósofo, historiador, filólogo o jurista o cualquier otra cosa sin haber ido nunca a la universidad o al colegio” (p. 118) Al igual que nuestra Gabriela Mistral (con quien nuestro escritor hizo una profunda amistad) Zweig creía que el verdadero alumno es quien aprende por sí mismo y para quien la materia de clases es sólo un impulso, jamás el término del saber. Al aprender no sólo se encuentran en las aulas (lamentablemente proclives a burocratizarse), sino también en los viejos libros de siempre, en las conversaciones, en la amistad. ¡Cuánto aprendiera uno escuchando a la vieja Mistral conversar con Zweig, en una calurosa tarde de Petrópolis, tomando mate!

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6 comentarios

Archivado bajo Arte, Educación, Literatura

6 Respuestas a “Stefan Zweig, “El mundo de ayer” (1944)

  1. Toño

    Me gustó mucho tu artículo Patricio. Stefan Zweig es uno de los últimos hombres universales.

  2. pastora fabal

    Estimado Pato:

    ¡Qué recreo leer esta reseña!
    Recuerdo mis lecturas de Verano, donde Stefan Zweig era uno de mis escritores favoritos… sus biografías de María Antonieta, Fouché, María Estuardo me permitieron viajar sin los adornos de Hollywood, a las vidas de estos personajes… Y su breve Momentos Estelares de la Humanidad, me transportaba a esos instantes cruciales, donde el hombre, su libertad y una circunstancia histórica cambiaba no sólo su destino individual sino que el de millones de almas.

    ¡Tanto que agradecerle!

    Gabriela Mistral, sobre quien hice mi tesis, gozó con su amistad, así como intensamente sufrió su muerte. ¡Cuánto me habría gustado compartir esos coloquios en Petrópolis!

  3. Toño

    Llamo la atención sobre la relación de Stefan Zweig y nuestro Chile o, mejor dicho, nuestro antiguo Chile. ¿Cuántas obras de Zweig pueden encontrarse en bibliotecas de abuelos y en libros usados? Editados por Espasa-Calpe, por Sopena, lindos volúmenes, viejos, llenos de olor, a no sé qué, para mí simplemente a libro viejo. ¿Por qué fue tan editado, traducido y editado, el vienés de Zweig? Lo poco que yo tengo de mi abuelo paterno, que no conocí, son libros de Zweig, junto a Thomas Mann y Romain Rolland. Recuerdo un grueso volumen, solo con cuentos del vienés, edición Biblia, tapas doradas por fuera, tapete verde por dentro, primera narración: ‘La piedad peligrosa’ o ‘La impaciencia del corazón’, qué brutalidad de historia, su lectura puede haberme salvado de muchos entuertos; por al medio del volumen, el favorito de mi padre, quizás lo fue de mi abuelo, ‘El jugador de ajedrez’, una pieza de ajedrecista. Recuerdo otras muchas cosas, pero que no vienen a lugar para un breve comentario. ¿Por qué llegó desde el otro lado del ‘charco’ este autor? Quizás todos leían a Zweig en su momento, no lo sé. Un ícono de las librerías de viejos.

  4. Pato D.

    Así es querido Toño, hablar de Zweig es hablar del viejo mundo del libro usado en Chile, de la editorial Juventud, Zig-Zag, Nascimiento, de la colección Brugera, de juntar chauchas para comprarse un codiciado “Aguilar” en San Diego o Manuel Montt. Cuando veo los anaqueles de los quienes se inician en la lectura repletos de “novelas de vampiros” o historias de magos y zagas de dudosa calidad, me pregunto: ¿y dónde quedaron los libros de Zweig, de Hesse, de Wilde, de Hugo? Tanto libro bueno por la cresta; están ahí esperando, en las vitrinas de San Diego, hasta que alguien los regatee y no pueda parar de leerlos.

  5. Ha sido miel en mis labios y refrigerio para mi alma, qué bueno el mundo de los libros y de las ideas, la literatura que llena mi espíritu, he podido leer buenos libros, lástima que no tengo con quien compartir, el mundo de hoy busca otras cosas, no conocía ese autor que se codeó con grandes figuras de la literatura universal. El primer libro que leí fue Las Minas del Rey Salomón y el segundo El Camino de Francia de Julio Verne.-

  6. Excelente y acertado su comentario, ahora emprendo la segunda reelectura del Mundo de ayer (estoy pensionado y estoy en provincia) Stefan Zweig, es uno de mis autores favoritos. Gracias por su comentario.

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