Tres cuadros sobre la ambigüedad

por José Antonio Giménez Salinas

Para este texto tomo tres cuadros: la discusión en Chile sobre relaciones de hecho y matrimonio homosexual, la entrevista a Gianni Vattimo del 2008 (se encuentra online en www.unabellezanueva.org ) y la película ‘Il bueno, il brutto, il cattivo’ de Sergio Leone.

Primer cuadro: La vieja, pre-cristiana institución del matrimonio, una de las pocas señales de humanidad que permanecen en el hombre, es puesta en cuestión. No quiero ser apocalíptico, pero creo que los nombres que cargan con demasiados significados, terminan por perder toda significación. Si adherimos al nombre ‘canino’ las características de ‘felino’ y – para mostrar el caso extremo – de todas las demás especies ‘mamíferas’, ‘canino’ no dirá nada más que ‘mamífero’. Y es triste, porque la riqueza de ‘canino’ está en su especificidad, no en su generalidad.

La institución del matrimonio que, como señala Giambattista Vico, junto al entierro de muertos y la relación con lo trascendente, constituyen la huella del hombre en la historia, es puesta en cuestión, al desvanecerse sus límites para que lo abarque todo, de modo que luego, no signifique nada. No hago un juicio sobre la homosexualidad, sólo quiero subrayar que ningún pueblo pre-cristiano quiso integrar la homosexualidad en la especie ‘matrimonio’. De hecho, en un pueblo como el griego, propietario de una verdadera ‘cultura de la homosexualidad’, no hubiera aceptado dicha integración, dado el carácter no-funcional de las relaciones homosexuales. Pero también el homosexual moderno, decimonónico por ejemplo, se caracterizaba por un profundo desprecio del matrimonio, la ‘institución burguesa por excelencia’. ¿Qué quiere el homosexual? ¿Ser reconocido, tolerado, respetado o ser domesticado? ¿O simplemente hacer explotar dicha institución, ‘quitarla del medio’, para evitar su expresión molesta de autoridad y reproche? Porque al final no quedará nada señores, un matrimonio sin especificidad y una homosexualidad estructurada en patrones que no le son naturales.

Segundo cuadro: Vattimo, uno de los filósofos vivos más renombrados, habla con demasiada ambigüedad y dialéctica: no alcanzo a capturar sus ideas. Su español, adecuado, está rebosado de condicionales y subjuntivos. Recuerdo las notas de su conocido pensiero débole: permanecer en el último risco del abismo, en donde se desintegra la identidad. En la inminencia de la abolición del tiránico sujeto ‘yo’, se le perdona la vida, moribundo, para que levante una leve voz de differánce, que por su infinita historicidad y particularidad, no puede dañar a nadie. La ambigüedad es absoluta. No se ha rechazado el discurso como Sexto Empírico ni se decidido callar como los místicos: la parola continúa eterna – pero históricamente – refractándose en significados, siguiendo caminos advenedizos. Porque la palabra no refiere, sino que difiere, funda diferencias, funda ‘ambigüedad’.

Tercer cuadro: el spaghetti western, un bálsamo, una parodia que es un homenaje, la exageración de un estilo para que permanezca inmortal. ¿Qué nos pinta Leone en el más famoso de sus spaguettis, ‘El bueno, el malo y el feo’? Tres buscadores de recompensas – el penúltimo tema lo titula Morricone ‘El éxtasis del oro’ –, absolutamente indiferentes a la Guerra Civil que tiene convulsionado a Estados Unidos, en busca de un tesoro escondido en una tumba. Los tres en duelo, escena de antología, invita a la pregunta por la ambigüedad del film (http://www.youtube.com/watch?v=pmdAsL1n6q4). ¿Quién debe morir, quién debe ganar? ¿El bueno (Blondie), el malo (Sentenza) o el feo (Tuco)? ¿Quiere Leone que nos confundamos en la decisión, que no captemos las diferencias, que veamos en buenos, malos y feos a simples buscadores de oro?

¿Quiere Leone, tomando los demás cuadros, que ‘pongamos a todos en el mismo saco’, que suprimamos las tradicionales diferencias entre las especies, que dejemos de lado las grandes identidades (¡bueno…malo…feo!) y pongamos antes la mirada en la differánce, que no se arrodilla ante ‘ídolos’ y que no enarbola ‘banderas’? Pues creo que no, veo en Leone otras intenciones.

Es cierto, la ambigüedad existe, en el film y en la realidad: en este mundo no hay buenos ni malos ni feos, en sentido absoluto. El punto de partida de la realidad es siempre una ‘mixtura’, la síntesis difusa de hábitos, creencias y relatos: por esto
me parece muy razonable que los protagonistas de las novelas del siglo XX sean siempre ambiguos (los protagonistas de la tragedia griega o schakespereana no eran muy distintos). Porque la tragedia exige movimiento y tal movimiento sólo es posible desde la esquizofrenia del espíritu, la co-presencia de lo bueno, lo malo y lo feo. Quizás el único relato no-trágico de la historia
de la literatura occidental es la ‘muerte de Sócrates’ en el Fedón (y aún esto es discutible). ¿Y la vida de los santos? Hay una imagen ‘piadosa’ de los santos como ‘impasibles’, como aquéllos que ‘suprimieron la lucha’: no creo que sea así.

Sin embargo, dicha ambigüedad, dicha ‘esquizofrenia del espíritu’ puede ser en el transcurso de la vida humana parcialmente abolida – siempre en la medida de lo posible –. Hay intentos, elecciones, caminos que se toman o dejan de tomar, que van esculpiendo el temple de cada persona. Eso es lo que yo veo en Blondie, Sentenza y Tuco, personajes que uno comienza por identificar con Ideas puras, y termina por reconocer como Personas. Y precisamente en ese carácter personal se van mostrando las notas distintivas, que no son mera differánce, sino fugaces reconocimientos de la presencia de una persona. Las escenas son muchas, pero hago sólo referencia a una: cuando Blondie le ofrece una ‘fumada’ al soldado moribundo (http://www.youtube.com/watch?v=vTMpUL8MmTU&feature=related [minuto 3 a 5]). No le importa el bando, porque quizás no le importe la guerra; pero intenta mermar el dolor del prójimo: le pasa su manta, comparte su cigarrillo y lo acompaña en el momento de su muerte. No sé si haya una mejor descripción de la muerte digna, instalada en medio del ‘éxtasis del oro’ y de la indiferencia ante la guerra. Esa es la ambigüedad de Leone, ‘ésa’ es precisamente la presencia de ‘lo bueno y bello’ en medio de ‘lo malo y feo’. ¿Es esto pensiero débole o simplemente volontá débole?

Quería presentar de un modo bastante libre la importancia de atender a la ‘ambigüedad’. Los cuadros pueden ser casuales: la noticia del momento, un programa visto hace unos días, la película que tengo en la cabeza. Me interesaba quizás distinguir sobre todo entre la ambigüedad de la voluntad (volontá débole) y la ambigüedad del pensamiento (pensiero débole). Me parece que esto se encuentra respectivamente en el cuadro de Leone y en el cuadro de Vattimo. Finalmente, creo que el curso de la discusión sobre el matrimonio homosexual, al menos como fue planteado por Carlos Peña hace una par de domingos, es un buen ejemplo de debilitamiento de un concepto o, dicho de otro modo, de supresión del carácter específico de una palabra.

Ahora, amigos, ¿qué hacemos con las palabras? ¿Cómo capturar la luz que se refracta, cómo volver a nombrar las cosas? ¿Con qué acorde permitiremos que ellas (las palabras y las cosas) vuelvan a resonar?

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3 comentarios

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3 Respuestas a “Tres cuadros sobre la ambigüedad

  1. Pablo Follegati

    Notable comentario.
    Me recordó mi cantinela sobre los matices morales, sólo que esto está mejor dicho y pensado.
    La dualidad voluntad débil – pensamiento debil es muy interesante porque estirándola un poco puede ser bastante omniabarcante. Kierkegaard dice por ahí: el hombre le teme más a la verdad que a la muerte. La muerte te asusta, pero la verdad tiene la capacidad de “negarnos” a nosotros mismos. La verdad nos enfrenta con: nuestra pequeñez cósmica, que solo se vuelve gozosa cuando se atiende a nuestra calidad de hijos de Dios; y nuestra miseria moral. Por eso la verdad es temible, porque la voluntad es débil. Podríamos decir así: o se acepta la voluntad débil, con lo que aceptamos que hay un orden moral que no podemos sobrellevar, y sólo ahí tiene sentido la Misericordia; o bien, con tal de que salga indemne nuestra voluntad (y con ella, nuestro propio yo) optamos por una estructura existencial de entendimiento débil, que es un modo sutil y barato al mismo tiempo de decirnos a nostros mismos que no nos equivocamos, y por eso concluir que somos buenos.
    Por eso es que sin la doctrina de la Misericordia – que es lo mismo que decir sin fe cristiana- el tema de los homosexuales no tiene vuelta. Deben optar por el pensamiento débil y ser relativistas, pues de lo contrario vivirán en el riesgo de tener que reconocerse bestiales.
    De hecho, propongo una tesis: desde el punto de vista existencial, nadie como un homosexual activo tiene más claro lo antinatura de su acto: lo que pasa es que esa conciencia se puede aplacar de tal manera que se logre vivir en paz.
    Solo el cristiano puede, propiamente, vivir en paz con la propia miseria.
    Cristo mismo inaguró la temática de la ambiguedad moral con el episodio de la lapidación a la mujer adúltera. Un relativista estaría dispuesto a aplaudir a Jesus, a no ser por la última frase que narra el episodio: “anda y no peques más”, porque obliga a poner el mal moral en referencia no solo al consenso social, sino a nuestra condición de criaturas.

    Saludos.

    Pd: Vayan y no pequen más.

  2. Pato D.

    Gianni Vattimo, figura extraña. Me acuerdo que hace unos años el pres. Ricardo Lagos lo invitó a la Moneda a dar una charla en el marco de unas charlas culturales en el Palacio. Su charla resultó ser un menjunje muy difícil de digerir y causó más de una mueca de perplejidad, sonrisa compasiva o desprecio, y lamentos varios en el mundo de la academia. Y es que el tipo se declaró “nietzscheano católico ateo heideggeriano socialista pro gay etc”. ¿Cómo se puede articular ese charquicán? Yo creo que a costa de diluirlo todo en un gran recipiente de aguarrás. Pongamos el caso del predicado “cristiano”. Gianni dice que lo cristiano es no creer en nada trascendente (en su formulación: ‘rechazar los ídolos’). Esta descripción, que sólo se le podría ocurrir a un intelectual que vive en un país donde sale poco el sol (poniéndonos nietszcheanos) hace que el lenguaje pierda sus márgenes como el cielo de invierno. Y nada más fome que un mundo lingüístico donde a las palabras se les cortan las alas para designar una realidad, que detrás de toda su ambigüedad, existe realmente.

    Si entiendo bien la columna de Toño, el mundo sería el aburrimiento puro si no existiese la ambigüedad, los graduación, la infinita escala de grises, la ilusión, el trigo y la cizaña, la dualidad. Pero si lo reducimos a pura ambigüedad se transforma igualmente en un páramo jaleoso donde no hay lugar para el mal y por lo tanto tampoco para el bien: no hay posibilidad de conversión, no hay nada desde y hacia lo cual con-vertirse.

    Si la homosexualidad llega a convertirse en un paradigma más de lo normal, Romeo y Julieta quizá perderá encanto y vértigo. Si hombre y mujer no están destinados ab aeterno para formar un complemento, si Romeo y Julieta no es la historia de la unión de los eternos arquetipos, entonces bien podría ser que Romeo desistiera de la idea y se fuera con Mercutio, o Julieta con la celestina, y deje plantado a Romeo debajo del balcón. El tema de Romeo y Julieta es interesante. Por ahí dijo Horkheimer que una Julieta moderna le pediría a Romeo un segundo para ir a tomarse la píldora anticonceptiva ‘por siaca’. Yo agregaría que el fraile moderno los disuadería de casarse por no ‘conocerse demasiado como pareja’ y los mandaría a construir mediaguas, y no haría falta un veneno para matarse: en suiza hay clínicas eutanásicas para morir con dignidad, nada de tomarse una pócima o clavarse un puñal dentro de un mausoleo oscuro…

    Y la reina de Dinamarca le diría a su hijo Hamlet: ‘¿oye, acaso no tengo derecho a rehacer mi vida con el asesino de tu papá? te voy a mandar al psicológo cabro weón’

  3. Estimados,

    ¿quién discute hoy de esta forma? Si se está a favor de la homosexualidad se dice ‘autonomía’, si se está en contra ‘naturaleza’. Qué lata.

    Con Pablo estoy de acuerdo y me gusta el uso optimista que hace de la distinción entre pensamiento y voluntad débil. Puede que sea efectivamente una clave para entender entre dos grandes cosmovisiones, que suponen distintos ethos vitales. Sin embargo, la referencia que hago a la ambigüedad en mi entrada no quiere alcanzar a la homosexualidad misma (ambigüedad de género), sino al matrimonio homosexual, pues me parece éste un modo nada sutil de hacer explotar un concepto. La ambigüedad de género, la homosexualidad, no destruye por sí misma ninguna institución, mientras se mantiene en su campo propio: una posibilidad alternativa, no absolutamente asocial (no anarquista), pero que no se puede justificar más que por iniciativa individual. El matrimonio es una institución civil y, por tanto, una donación a la sociedad. Casarse, naturalmente, es un acto anti-anarquista.

    Por otra parte, concuerdo con Pablo en que la homosexualidad como fenómeno ampliado, popular y orgulloso de sí mismo, ayuda – mucho – a la desintegración de las diferencias de los géneros tradicionales – o primarios, pues ser homosexual es una suplantación de género – y a la consiguiente absolutamente-compleja-esquizofrenia-de-identidad-sexual, que caracteriza a nuestro tiempo. Tal esquizofrenia naturalmente puede ser vista como un triunfo, como la etapa de negación – después del imperio del ‘falocentrismo’ (¿un nombre técnico que usan las feministas?) – para el alcance de la síntesis, el nuevo ser humano, el ‘andrógino’. Hegel nos sirve para lo que queramos.

    La interpretación de Pato – es una vergüenza que tenga que ser interpretado – es justa. Se desprende de lo dicho. Yo no creo, de todas maneras, que la ambigüedad sea un punto de partida ideal, puesto que si no fuera así, la vida sería ‘aburrida’: el punto de partida ideal debe ser similar al punto de llegada ideal, la claridad. Pero somos caídos o arrojados (como quieran), hemos de levantarnos, sacudirnos el polvo y ponernos a caminar. Me agrada el ‘sentimiento trágico de la vida’ (la vida no es juego), pero me parece errado poner tal sentimiento como ideal (el desenlace del romántico es su suicidio) o como ‘condición de naturaleza’ (en Heidegger, la muerte). Ahora, tanto me agrada tal ‘sentimiento trágico’ que me siento muy tentado de leer a Von Balthasar, para saber que querrá decir con su ‘Theodramatik’, donde es Dios quien actúa en la tragedia de la historia.

    Tu referencia a Romeo y Julieta es muy interesante. Pero se me viene a la cabeza la imagen, también arquetípica, del joven Patroclo vestiendo las armaduras del amado Aquiles. Pues ahora Patroclo estaría casado con Aquiles y le diría ‘ya weón, no seai picota, anda a hacer las paces con Agamenón’. Naturalmente los suicidios o salidas de madre son menos frecuentes en el matrimonio consumado. Pero entre homosexuales no hay consumación. Dejo el problema planteado.

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