Archivo mensual: julio 2011

De rebote

por P.D.   

Este año se cumple el aniversario 200 de la muerte del poeta alemán Heinrich von Kleist (1777-1811). De esto me he enterado no porque tenga un almanaque en mi escritorio o en mi cabeza, o porque conozca a Kleist, sino sólo porque durante este año ha aparecido Kleist en las vitrinas de las librerías, con su cara de niño triste, acompañado de ediciones de aniversario. De Kleist no he leído nada. Luis Rivano, en la alicaída galería de San Diego, me insistió una vez en que leyera no sé qué cuento. Después de un tiempo (¿1 año, 4 años? ya me pierdo) me compré un compilado de cuentos  suyos, en alemán, pero no pude ni ojearlo. Me llamó la atención que un cuento largo se llamara “El terremoto en Chile” (¡cuento viejo!). Está ambientado en la colonia, y los nombres suenan más a personajes de ópera   de un país mediterráneo de fantasía que a nombres chilenos  (Donna Josephe , Don Henrico Asteron, etc.). Intenté traducirlo en Quillota, hace unos veranos , pero pronto abandoné la tarea.

Se menciona poco a Chile en la vieja “literatura universal”,  esa literatura que sobrevive en San Diego y Manuel Montt y en los anaqueles de biblioteca de colegio. Me acuerdo que me alegré mucho cuando aparece Valparaíso en los Buddenbroks de Thomas Mann. Un honor. El bohemio de los Buddenbroks se cae al litro en Valparaíso, mientras la firma avanza en Lübeck. Bueno, volviendo a Von Kleist: llegué, por medio de rebotes literarios, a una historia que me parece impresionante y que quiero contar.

Estoy viviendo en Tubinga hace ya casi un año. Un estudiante de historia, que conoce bien los recovecos y chismes de la ciudad, me pasó un poema que escribió Johannes Becher, poeta del siglo XX, sobre esta ciudad. Es un poema titulado “Tubinga o la armonía”, que comienza así:

Si yo pudiera poner en verso, lo que aquí

Tan hábil puesto ha sido, todo en su lugar.

De oscuro no en demasía, de claro en su justa medida.

El castillo, el puente, de la calle el tren…etc. etc.

El poema, se puede ver, canta la belleza de la ciudad en su equilibrio de opuestos, en sus claroscuros. Johannes Becher -me contó mi amigo- fue un gran admirador de Kleist. Kleist, el romántico poseído por la idea del suicidio, buscó para tales fines a una compañera en aquella travesía de la cual no se regresa, la muerte. Henriette Vogel, una joven que venía arrastrando una enfermedad incurable, decidió acompañar al poeta en este destino. Ambos acordaron poner el fin a sus días, cerca de un lago a las afueras de Berlín; allí, Kleist le disparó a Henriette y luego lo hizo consigo mismo. Ambos descansan hoy en la misma tumba.

Bueno, a este Johannes Becher, kleistiano, se le ocurrió hacer lo mismo. Con su novia tomaron la horrible decisión de suicidarse juntos, emulando al malogrado Kleist. En la fría mañana de 1910 el joven Becher le dispara de muerte a su novia, Fanny Fuß, una vendedora de cigarrillos. La habitación se tiñe de sangre y humo. Luego Becher posa el arma sobre su pecho. Vacila. Algo pasa por su cabeza. Contempla el cuerpo de Fanny, exánime. Rompe a llorar y deja el arma a un lado. Llama a la policía y lo cuenta todo. Fanny ya estaba muerta. Becher se arrepintió de morir.

           Esta historia escalofriante tiene un no sé qué de tragicómico. Un par que planea un suicidio, un “juntos en la vida y en la muerte”, del cual uno sale muerto y el otro sale vivo. Quizá Becher se dio cuenta que su imitación de Von Kleist tenía algo de artificioso, y que continuar viviendo valía la pena. El problema es que se dio cuenta de ello después de haber ‘suicidado’ su compañera. Aciago. Muchas veces se dice que el mal ajeno nos hace reflexionar sobre el bien propio. Pero en este caso el mal ajeno fue causado justamente por quien luego aprecia el bien que le ha arrancado al otro y que posee todavía en sí mismo. Tema de meditación.

***

   p.s.  Después de escribir este pequeño artículo investigué sobre los terribles hechos que rodearon el suicidio fallido de Becher. En honor a la verdad hay que decir que Becher no se arrepintió de morir, sino que también se disparó en el pecho, y quedó malherido mucho tiempo. Se recuperó, entró a medicina, no terminó, fue un poeta de renombre y comunista destacado, y luego ministro de cultura de la RDA. Su restos descansan en un mausoleo importante, en el centro de Berlín.  De Fanny Fuß, la vendedora de cigarrillos que quiso ser heroína romántica, no pude averiguar nada.

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¿Dónde está mi patria?

José Antonio Giménez Salinas

‘Y tras no muchos días, recogiendo todas sus cosas, el hijo más joven se ausentó hacia una tierra lejana y allí disipó su fortuna viviendo perdidamente’ (Lucas 15, 13).

 

‘¿Dónde está mi patria?’ le pregunta al padre. ‘Esta tierra, todo lo que has tomado con la ingenuidad de un niño, ahí está tu patria’. ‘Pero padre’ continuó el joven, ‘¿dónde está mi patria?’.

‘Cúanta ciudad, cuánta sed y tú, un hombre solo’ canta Spinetta. Cuánta sed me produce la ciudad. Las luces de los escaparates me invitan a entrar, quiero saber si ahí, dentro, se encontrará mi amada. Quiero salir y respirar, el asfalto mojado de la calle me parece esconder muchos secretos.

Y se irá a buscar otra patria, otra región donde llenar su anhelo. La primera patria, la abandonada, permanecerá en el horizonte de su memoria, como un recuerdo que se hará presente sólo ante el resorte de la necesidad. Son las palabras de Aliosha a los niños que asisten al entierro del pequeño Iliucha: ‘Sabed que no hay nada más noble, más fuerte, más sano y más útil en la vida que un buen recuerdo, sobre todo cuando es un recuerdo de la infancia, del hogar paterno. Se os habla mucho de vuestra instrucción. Pues bien, un recuerdo ejemplar, conservado desde la infancia, es lo que más instruye. El que hace una buena provisión de ellos para su futuro, está salvado. E incluso si conservamos uno solo, este único recuerdo puede ser algún día nuestra salvación’ (Hermanos Karamasov, Dostoievski).

Con sus cosas, bienes, hacienda, propiedades, el camino le parecerá más seguro. Los bienes le abrirán posibilidades, lo acompañaran en sus pasos y le permitirán construir ilusiones. Pero sin patria, ¿dónde está la ‘propiedad’, qué será realmente propio, idéntico contigo? ¿Podrás, hombre, pertenecer a las cosas? Pues si te pertenecen, ¿cómo podrás entrar en ellas? La patria es ‘tuya’, cierto, pero tú estás también dentro de ella. Como la humanidad misma, ‘nuestra humanidad’, que nos pertenece y a la que pertenecemos.

Hacia tierra lejana, cada vez más lejos del centro, hacia lo lejos. Lejos de la patria, del ‘eterno retorno’, del mismo cielo, montaña y tierra. El mismo día, la misma noche. ‘¡Arrancarse los ojos para ver de otra forma!’ Mi misma terrible mismidad. El tedio de Baudelaire, que ‘en un bostezo se tragaría el mundo’, esa araña delicada que teje en silencio la trampa más sutil, el implacable aburrimiento de sí mismo.

Vuelto sobre muchas cosas, puesto su corazón en nuevas experiencias, viendo como su bostezo es superado por una respiración acelerada y discontinua, la vida misma se levantará como la nueva patria. ‘¡Dónde está tu agijón oh muerte, cuando yo estoy tan vivo!’. Los bienes, las posibilidades, sin embargo, comenzarán a echarse en falta. Como las semillas arrojadas por el sembrador, el corazón se disipará en muchas direcciones. La ilusión, débil, el anhelo, gastado, las expectativas, frustradas. Los proyectos, despojos. ¿En cuál tierra podrá germinar la nueva patria? ¿Dónde el corazón podrá descansar? Pero el movimiento es centrífugo, siempre lejos y siempre más lejos, para que la ‘terrible mismidad’ termine por desdibujarse en el horizonte del pasado y ‘yo sea, finalmente, otro’. Desesperadamente clamo por otra identidad, mi identidad anulada, superada y ganada, ¡yo quiero resolver el gran enigma!

Hijo, ¿hasta dónde tendrás que caer? ¿Dónde encontrarás sosiego? ¿Tendrás que llegar al fondo del abismo para encontrarte nuevamente con tu padre? ¿Querrás allí quizás fundar tu ‘nueva patria’? ¿Desde el abismo?

 

‘Wir alle fallen. Diese Hand da fällt. Und sieh dir andre an: es ist in allen.

Und doch ist Einer, welcher dieses Fallen unendlich sanft in seinen Händen hält‘ (Rilke, de Herbst).

(Todos caemos. Mira esta mano caer. Y mira las demás: es con todas igual.

Pero <no desesperes>, pues hay Uno que sostiene este infinito caer suavemente en sus manos.)

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