¿Dónde está mi patria?

José Antonio Giménez Salinas

‘Y tras no muchos días, recogiendo todas sus cosas, el hijo más joven se ausentó hacia una tierra lejana y allí disipó su fortuna viviendo perdidamente’ (Lucas 15, 13).

 

‘¿Dónde está mi patria?’ le pregunta al padre. ‘Esta tierra, todo lo que has tomado con la ingenuidad de un niño, ahí está tu patria’. ‘Pero padre’ continuó el joven, ‘¿dónde está mi patria?’.

‘Cúanta ciudad, cuánta sed y tú, un hombre solo’ canta Spinetta. Cuánta sed me produce la ciudad. Las luces de los escaparates me invitan a entrar, quiero saber si ahí, dentro, se encontrará mi amada. Quiero salir y respirar, el asfalto mojado de la calle me parece esconder muchos secretos.

Y se irá a buscar otra patria, otra región donde llenar su anhelo. La primera patria, la abandonada, permanecerá en el horizonte de su memoria, como un recuerdo que se hará presente sólo ante el resorte de la necesidad. Son las palabras de Aliosha a los niños que asisten al entierro del pequeño Iliucha: ‘Sabed que no hay nada más noble, más fuerte, más sano y más útil en la vida que un buen recuerdo, sobre todo cuando es un recuerdo de la infancia, del hogar paterno. Se os habla mucho de vuestra instrucción. Pues bien, un recuerdo ejemplar, conservado desde la infancia, es lo que más instruye. El que hace una buena provisión de ellos para su futuro, está salvado. E incluso si conservamos uno solo, este único recuerdo puede ser algún día nuestra salvación’ (Hermanos Karamasov, Dostoievski).

Con sus cosas, bienes, hacienda, propiedades, el camino le parecerá más seguro. Los bienes le abrirán posibilidades, lo acompañaran en sus pasos y le permitirán construir ilusiones. Pero sin patria, ¿dónde está la ‘propiedad’, qué será realmente propio, idéntico contigo? ¿Podrás, hombre, pertenecer a las cosas? Pues si te pertenecen, ¿cómo podrás entrar en ellas? La patria es ‘tuya’, cierto, pero tú estás también dentro de ella. Como la humanidad misma, ‘nuestra humanidad’, que nos pertenece y a la que pertenecemos.

Hacia tierra lejana, cada vez más lejos del centro, hacia lo lejos. Lejos de la patria, del ‘eterno retorno’, del mismo cielo, montaña y tierra. El mismo día, la misma noche. ‘¡Arrancarse los ojos para ver de otra forma!’ Mi misma terrible mismidad. El tedio de Baudelaire, que ‘en un bostezo se tragaría el mundo’, esa araña delicada que teje en silencio la trampa más sutil, el implacable aburrimiento de sí mismo.

Vuelto sobre muchas cosas, puesto su corazón en nuevas experiencias, viendo como su bostezo es superado por una respiración acelerada y discontinua, la vida misma se levantará como la nueva patria. ‘¡Dónde está tu agijón oh muerte, cuando yo estoy tan vivo!’. Los bienes, las posibilidades, sin embargo, comenzarán a echarse en falta. Como las semillas arrojadas por el sembrador, el corazón se disipará en muchas direcciones. La ilusión, débil, el anhelo, gastado, las expectativas, frustradas. Los proyectos, despojos. ¿En cuál tierra podrá germinar la nueva patria? ¿Dónde el corazón podrá descansar? Pero el movimiento es centrífugo, siempre lejos y siempre más lejos, para que la ‘terrible mismidad’ termine por desdibujarse en el horizonte del pasado y ‘yo sea, finalmente, otro’. Desesperadamente clamo por otra identidad, mi identidad anulada, superada y ganada, ¡yo quiero resolver el gran enigma!

Hijo, ¿hasta dónde tendrás que caer? ¿Dónde encontrarás sosiego? ¿Tendrás que llegar al fondo del abismo para encontrarte nuevamente con tu padre? ¿Querrás allí quizás fundar tu ‘nueva patria’? ¿Desde el abismo?

 

‘Wir alle fallen. Diese Hand da fällt. Und sieh dir andre an: es ist in allen.

Und doch ist Einer, welcher dieses Fallen unendlich sanft in seinen Händen hält‘ (Rilke, de Herbst).

(Todos caemos. Mira esta mano caer. Y mira las demás: es con todas igual.

Pero <no desesperes>, pues hay Uno que sostiene este infinito caer suavemente en sus manos.)

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5 comentarios

Archivado bajo Actualidad, Literatura, Religión

5 Respuestas a “¿Dónde está mi patria?

  1. Toño

    Dado el carácter hermético del texto, decidí hacer un comentario como autor. Hace un buen tiempo leí la parábola del Hijo Pródigo en griego y me produjo una fuerte impresión la riqueza del texto original. Los detalles de composición, la belleza del texto, me habían pasado inadvertidos en mi lectura y escucha en español. Cuando traduces tienes que quedarte más tiempo en las palabras. Escribí entonces una traducción donde ponía el énfasis en el movimiento de ‘conversio’ del hijo. ‘Se aparta de la patria’,’se disipa’, ‘se pierde’, ‘vuelve sobre sí’, ‘se levanta’, ‘se encuentra’. El texto que escribo ahora remarca sólo el ‘movimiento centrífugo’ del hijo, no considerando su posterior ‘centrípeto’. Me importaba señalar con esto que el hijo encuentra la imagen o memoria del padre en el abismo mismo.

    Las interpretaciones son muchas, porque estamos hablando de uno de los textos más significativos de la historia. Yo tenía en mente el conflicto estudiantil chileno, pensaba en un joven desorientado que busca dirección para su vida. No sólo pienso que es inauténtico el punto de llegada que buscan los jóvenes, sino que creo que hace mucho tiempo se ha quebrado el punto de partida. En Chile no tenemos horizontes claros y los que han existido se encuentran hoy por hoy muy dañados. Pensaba también, no tan distante de lo anterior, en la ilustración que niega a la tradición de donde proviene. La modernidad no ha terminado. Yo espero el momento de volver a la patria, aunque naturalmente dicha vuelta sea un ‘reconocimiento’ y, por tanto, constituya una novedad, incluso podríamos decir, signifique constituir una nueva patria. Espero que reconozcamos el valor de la historia, aceptemos con esto la finitud de la naturaleza humana, retomemos otra vez a los clásicos, aprendamos de la tradición, de la ‘religión de nuestros padres’, de las costumbres de nuestros pueblos. Y que sobre todo, aceptemos que lo mejor que somos y que tenemos es ‘lo recibido’ y no ‘lo alcanzado’. Esa es la patria, la patria del hombre.

  2. Toño

    Una aclaración: lo mejor que tenemos no es lo alcanzado por nosotros, sino lo recibido de otros, lo alcanzado por otros. Por eso nos debemos a la tradición. Por otra parte, si pensamos en la entera historia de la humanidad, siempre quedará un residuo ‘no adquirido’, una patria primera desde donde partimos a fundar nuestra identidad. Se trata del don de nuestra naturaleza, de nuestra humanidad. Por eso nos debemos a nuestro Creador.

  3. Gaspar

    Muchas gracias, Toño, por este excelente artículo. Me propongo a continuación a ayudar un poco con la interpretación.
    El primer momento de la parábola podría quizás pasar un tanto desapercibido. Y claro, con razón. La íntima decisión del joven de dejar su hogar y abandonar a su padre, la conoce sólo él. El espíritu crítico, su escepticisismo, lo han ido aislando en su yo. Y en esa oscura soledad, despierta prontamente las ansias de autonomía, de verdadera libertad. Entonces va y habla con su padre. No es una pregunta, es una constatación: “me voy”. En su consentida soledad ya no hay espacio para el diálogo. El “me voy” es un “ya me fui”; los últimos días ya no ha estado realmente con su padre, sino consigo mismo. Y, sin embargo, pide la parte de herencia que le corresponde, la concentración de todos los bienes del padre destinados para él. Cómo iba a ser de otro modo? Sí, el anhelo de autonomía, de una propia autorrealización, quieren despojarse de todo lo recibido. Son ansias de superar la tradición y la naturaleza para llegar a ser sí mismo; ser “yo” y no ser “otro”. Sin embargo, el individuo se da cuenta que el comienzo del camino está justamente en esas cadenas. Es que, por mucho que ya no quiera aceptarlas como suyas, constituyen en la práctica su yo, lo que hasta el momento ha sido y encarnado. Sí, toma su herencia; la toma conciente, pero para despilfarrarla. Empieza el joven a gastar rápidamente su dinero. Primero se despoja de la cultura, de la religión, de la historia. Es revolución, crítica social; un “desparramarse”, sin encontrar una posición fija. La búsqueda del yo se hace insaciable; todo parece ser “otro”, todo parece querer determinarlo. Mientras tanto, el pobre joven ya no tiene ni siquiera permitido comer la comida de los cerdos. El individuo está solo, cada vez más solo. Desprendido de toda tradición, pretende ahora renunciar a su naturaleza, sobreponerse a ella. Sólo entonces podrá gozar de su emancipación completa: pretendiendo independizar al máximo su libertad y torciendo su conciencia hasta suprimirla, la que vagamente parece hablarle aún sobre principios. Es lo único de herencia que le queda. Ha llegado el momento decisivo: o se da cuenta de que el ser hombre constituye su yo de manera esencial, o se seguirá desparramando y enajenando, hasta la alienación y la locura. Rechazar su humanidad, su naturaleza, es al fin de cuenta la forma más radical de ser otro. Pero antes de ese paso radicalísimo, siempre hay un último residuo de humanidad que puede salvarnos. Es el momento de la pregunta fundamental: y si existe algo verdadero, algo que nos sostiene? Es el momento, en definitiva, de la sinceridad más íntima: sí, „algo“ tiene que ser verdad, pero no „todo“. En esa última abertura radical a determinarse, a aceptar algo como propio, reside la posibilidad de volver a la casa del padre. La íntima sinceridad consigo mismo, por muy oscuro que sea su objeto, es la puerta a la verdadera libertad y a la esperanza.
    Que haya tan poca gente que hasta el momento haya comentado el artículo de José Antonio, es comprensible. Con su contenido profundamente filosófico, profundamente humano, apela directamente lo que nos va quedando de herencia, por mucho que nos encontremos caminando, alejándonos de la casa del padre. A algunos les despertará la decisión de regresar, y en ese sentido valdrá la pena sólo agradecer. Otros quizás querrán lanzar piedras, empecinados en la búsqueda de su yo. Y al hijo que se ha mantenido fiel no le quedará otra que sonreír y decir: sí, es verdad.

  4. Estoy en uno de esos períodos absurdamente ocupados y no puedo contestar como me gustaría – contestar pensando -; pero no debe esperar tanto tiempo una respuesta, si se quiere ser respetuoso con el interlocutor. Me agradó mucho la lectura de Gaspar, toda la punta que le saca al momento previo de la partida del hijo pródigo. Quiero señalar un punto de convergencia que enriquece la lectura y uno de divergencia que podría enriquecer la discusión.

    Me parece también que la salida del hijo pródigo antes que una petición es un tipo de exigencia. Creo clave el sentido de ‘herencia’ (el griego dice ‘ousía’: ‘existencias’, ‘bienes’; aunque vendría bien, sería exagerado hacer una lectura filosófica), porque es de alguna manera algo que el padre ‘le debe’ al hijo. A la vuelta el hijo sostiene una actitud similar: ‘padre, he pecado contra el cielo y contra ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo: considérame más bien como uno de tus asalariados’ (15,18-19). El hijo pide compasión, pero dentro del orden ‘de la justicia’. En este sentido, aunque no esté exigiendo, tampoco está clamando por misericordia, lo que significaría rogar por su retorno al estado ‘filial’. En mi opinión, sobrevive incluso en este momento de conversión la ‘pretensión de autonomía’ del hijo: entrega junto a su petición de perdón una ‘oferta de castigo’. La sobreabundante misericordia del padre naturalmente rompe los limitados diques del corazón del hijo. Baste con decir para esto que la planificación que el hijo dice en su corazón en 15,18-19, no puede ser concluida en palabras en 15,21 por la interrupción del padre, quien dejando el ruego del hijo solicita a los criados de inmediato la preparación de la fiesta.

    No estoy de acuerdo con Gaspar en aquello que el hijo pródigo encuentra en el ‘abismo’. Gaspar dice que se trata de la conciencia de que al menos ‘algo’ es verdadero. Me convencen más otras lecturas. Lo que pasa por la mente del hijo en el abismo es una comparación entre la carencia actual y la completud que guarda en su memoria. La carencia es tan evidente, tan patente, que permite que se levante el recuerdo de completud sobre todas las pretensiones de autonomía que intentan ‘olvidar’ todo momento de dependencia. Por eso es más fácil redimirse desde el abismo que a medio camino hacia él. Lo que reconoce el hijo es ‘su finitud’ y la posibilidad de ser de alguna manera ‘completado’ por otro, aunque no crea todavía que la ‘compleción’ se le otorgue de manera gratuita y total (el padre no sólo entrega amor, sino que junto con éste posibilita la experiencia de sentirse amado).

    A lo último, que la gente no comente, no tiene importancia; hay un número respetable de gente que sabemos que visita la página y, bueno, me imagino que la mayoría lee y ante un artículo como éste, no precisamente ‘material fácilmente inflamable’ para discusión, no se le ocurre dejar un comentario. Por eso, cuando aparece un comentario como el de Gaspar, es una alegría precisamente por su carácter excepcional.

  5. alejandraurzua

    acabo de leer este artículo y los comentarios, y agradezco sinceramente la nueva mirada que me muestran todos acerca de la parábola del Hijo Pródigo.

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