De rebote

por P.D.   

Este año se cumple el aniversario 200 de la muerte del poeta alemán Heinrich von Kleist (1777-1811). De esto me he enterado no porque tenga un almanaque en mi escritorio o en mi cabeza, o porque conozca a Kleist, sino sólo porque durante este año ha aparecido Kleist en las vitrinas de las librerías, con su cara de niño triste, acompañado de ediciones de aniversario. De Kleist no he leído nada. Luis Rivano, en la alicaída galería de San Diego, me insistió una vez en que leyera no sé qué cuento. Después de un tiempo (¿1 año, 4 años? ya me pierdo) me compré un compilado de cuentos  suyos, en alemán, pero no pude ni ojearlo. Me llamó la atención que un cuento largo se llamara “El terremoto en Chile” (¡cuento viejo!). Está ambientado en la colonia, y los nombres suenan más a personajes de ópera   de un país mediterráneo de fantasía que a nombres chilenos  (Donna Josephe , Don Henrico Asteron, etc.). Intenté traducirlo en Quillota, hace unos veranos , pero pronto abandoné la tarea.

Se menciona poco a Chile en la vieja “literatura universal”,  esa literatura que sobrevive en San Diego y Manuel Montt y en los anaqueles de biblioteca de colegio. Me acuerdo que me alegré mucho cuando aparece Valparaíso en los Buddenbroks de Thomas Mann. Un honor. El bohemio de los Buddenbroks se cae al litro en Valparaíso, mientras la firma avanza en Lübeck. Bueno, volviendo a Von Kleist: llegué, por medio de rebotes literarios, a una historia que me parece impresionante y que quiero contar.

Estoy viviendo en Tubinga hace ya casi un año. Un estudiante de historia, que conoce bien los recovecos y chismes de la ciudad, me pasó un poema que escribió Johannes Becher, poeta del siglo XX, sobre esta ciudad. Es un poema titulado “Tubinga o la armonía”, que comienza así:

Si yo pudiera poner en verso, lo que aquí

Tan hábil puesto ha sido, todo en su lugar.

De oscuro no en demasía, de claro en su justa medida.

El castillo, el puente, de la calle el tren…etc. etc.

El poema, se puede ver, canta la belleza de la ciudad en su equilibrio de opuestos, en sus claroscuros. Johannes Becher -me contó mi amigo- fue un gran admirador de Kleist. Kleist, el romántico poseído por la idea del suicidio, buscó para tales fines a una compañera en aquella travesía de la cual no se regresa, la muerte. Henriette Vogel, una joven que venía arrastrando una enfermedad incurable, decidió acompañar al poeta en este destino. Ambos acordaron poner el fin a sus días, cerca de un lago a las afueras de Berlín; allí, Kleist le disparó a Henriette y luego lo hizo consigo mismo. Ambos descansan hoy en la misma tumba.

Bueno, a este Johannes Becher, kleistiano, se le ocurrió hacer lo mismo. Con su novia tomaron la horrible decisión de suicidarse juntos, emulando al malogrado Kleist. En la fría mañana de 1910 el joven Becher le dispara de muerte a su novia, Fanny Fuß, una vendedora de cigarrillos. La habitación se tiñe de sangre y humo. Luego Becher posa el arma sobre su pecho. Vacila. Algo pasa por su cabeza. Contempla el cuerpo de Fanny, exánime. Rompe a llorar y deja el arma a un lado. Llama a la policía y lo cuenta todo. Fanny ya estaba muerta. Becher se arrepintió de morir.

           Esta historia escalofriante tiene un no sé qué de tragicómico. Un par que planea un suicidio, un “juntos en la vida y en la muerte”, del cual uno sale muerto y el otro sale vivo. Quizá Becher se dio cuenta que su imitación de Von Kleist tenía algo de artificioso, y que continuar viviendo valía la pena. El problema es que se dio cuenta de ello después de haber ‘suicidado’ su compañera. Aciago. Muchas veces se dice que el mal ajeno nos hace reflexionar sobre el bien propio. Pero en este caso el mal ajeno fue causado justamente por quien luego aprecia el bien que le ha arrancado al otro y que posee todavía en sí mismo. Tema de meditación.

***

   p.s.  Después de escribir este pequeño artículo investigué sobre los terribles hechos que rodearon el suicidio fallido de Becher. En honor a la verdad hay que decir que Becher no se arrepintió de morir, sino que también se disparó en el pecho, y quedó malherido mucho tiempo. Se recuperó, entró a medicina, no terminó, fue un poeta de renombre y comunista destacado, y luego ministro de cultura de la RDA. Su restos descansan en un mausoleo importante, en el centro de Berlín.  De Fanny Fuß, la vendedora de cigarrillos que quiso ser heroína romántica, no pude averiguar nada.

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5 comentarios

Archivado bajo Literatura, Vida cotidiana

5 Respuestas a “De rebote

  1. Federico García

    ¿Qué tendrán los germanos con el suicidio de a dos? Stefan Zweig también se suicidó junto a su señora.

  2. Antonieta de los Dolores

    Yo creo que siendo los germanos un “pueblo obediente” ( esa teoría oí alguna vez a una tía sabia QDEP, como explicación que cundiera el nazismo en los años 30 y 40 ) , esa obediencia puede aplicarse en la esfera más íntima: de la mujer al marido o viceversa…. Después de todo, uno de los dos gesta el plan y el otro le obedece…

    De todas maneras, buscaré poemas del tal Kleist.

  3. Pato D.

    ¿Será una cosa germánica el suicidio del artista? El Werther de Goethe inauguró una moda romántica de suicidio que fue casi una epidemia. Georg Trakl y Paul Celan, escritores en lengua alemana, acabaron con sus vidas. El pobre Robert Schumann se lanzó al río, ya en estado claro de demencia. La música de Schubert invita a lanzarse a un río helado. Mucho Winterreise puede hacer mal…

  4. Luis Rivano

    Luis Rivano
    9 julio, 2013 en 10 pm.

    Me acuerdo que le aconsejé que leyera la novela Michael Kohlhaas de von Kleist.

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