Archivo mensual: agosto 2011

“Se cierra facultad”. Lucro en la universidad.

por Patricio Domínguez V

Mi anterior posteo en este blog se trató sobre la Ciudad de Dios, de San Agustín. El rating estuvo bastante bajo. Cambio de estrategia: este artículo tratará sobre la ciudad de los hombres, y en concreto, sobre lo que pasa hoy en la turbulenta Santiago de Chile. Ayer, haciendo los mandados en el supermercado, me topé con Camila Vallejo en la portada del diario Die Zeit. Eso fue el acabóse. Pensaba mantenerme “distante” del problema (en este blog) pero el rostro de Camila me persigue hasta en la sopa. Entremos, pues, en tierra directa.

¿y Ud. lucrará también con su título universitario?

Uno de los conceptos centrales en esta maraña difícil de conceptualizar es el “lucro”. La ley vigente lo prohíbe en la universidad, pero la ley, por a, b, o c motivos, no se ha aplicado. El por qué no se ha aplicado la ley da para largo. En este post intentaré abordar el tema del lucro y justificar por qué creo que el factor “lucro”, sino es subordinado a otros fines, empobrece a la universidad.

Partiendo de la base de que lucrar no significa sin más “tener utilidades”, sino más bien adquirir ganancias monetarias que repercuten externamente a la universidad, los estudiantes de izquierda, que son quienes lideran el movimiento estudiantil, dicen que el lucro es nocivo para la calidad de la educación, y por tanto hay que eliminarlo (ya sea haciendo cumplir la ley existente o creando otro mecanismo más efectivo). Sin entrar a tocar el tema central de qué significa educación de calidad, y tomando la frase en su acepción más literal, creo que la frase es completamente verdadera. No se trata de “demonizar” el lucro o el negocio: se trata más bien de reconocer que la esfera de los negocios, el reino de la oferta y la demanda, del buen producto y del “emprendimiento”     no lo abarca todo en la vida. Yo mismo soy un gran admirador de algunos empresarios (sobre todo de los agrícolas) y me gustaría un día tener una empresita de, por ejemplo, huevos de codorniz (a los 12 años intenté hacerlo, sin buenos resultados). Se trata de reconocer los viejos límites de las cosas; de reconocer que la realidad humana es más compleja como para subsumirla toda ella en uno de sus subconjuntos.  Así como resultan majaderos los que hablan no sólo de sistema político democrático, sino que hablan de familia democrática, arte democrático, religión democrática, persona democrática etc. ¿no suenan simplones quienes intentan captar todas las esferas de la realidad desde los criterios del negocio: los que hablan del educando como del “consumidor” de educación, y de la educación como de un “producto”?

nemo potest duobus dominis servire...

Pero volvamos atrás: una de las consignas estudiantiles es “abajo con el lucro en la educación universitaria”. Esta consigna me parece, como dije, acertada. ¿Por qué? ¿Porqué algo -hacer un negocio-  que considerado en sí mismo no es malo es nefasto cuando es aplicado a la universidad? Por la siguiente razón: destruye una de las características propias de la universidad, que es ser un lugar de reflexión y estudio. Si la universidad es el lugar por excelencia para aprender y estudiar, no pueden faltar en ella las carreras teóricas, aquellas carreras que se caracterizan por orientarse a la reflexión, al estudio y a lo que los antiguos llamaban otium, y cuya conexión con el mundo de la producción fáctica o de la acción es más bien indirecto y mediado, aunque no por eso menos esencial. Dentro de estas carreras están, por ejemplo, la filosofía, la historia, la literatura y las filologías, entre otras. Por lo general, consideramos que una universidad es más completa o más “universitaria” si dentro de ella existe el lugar el cultivo de estas disciplinas, y más incompleta o pobre a una universidad que no tiene lugar para ellas. Pues bien, una universidad con fines de lucro tenderá siempre a ser de aquellas del segundo tipo. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que dado como es el mundo, estas carreras o disciplinas son elegidas y practicadas por poca gente, y por lo tanto estas disciplinas tenderán a concentrarse en carreras deficitarias desde el punto de vista netamente económico. Tener una facultad de filosofía, de literatura, de historia es potencialmente contradictorio con la idea del lucro como fin de la universidad; y no como se dice por ahí, compatible ( ver  carta a la  Tercera de Rodrigo López http://www.latercera.com/noticia/opinion/correos-de-los-lectores/2011/08/896-387200-9-lucro-en-educacion.shtml). Una universidad no puede querer ser buena (es decir, tener en sí facultades de historia del arte, filosofía y literatura, entre otras) y querer ser lucrativa al mismo tiempo, pues tarde o temprano ocurrirá que una de estas facultad haga aguas económicamente, y la se plantee la disyuntiva excluyente: o mantener la carrera y sacrificar el lucro, o cerrar la carrera y salvaguardar el lucro. Como dice la metáfora evangélica: no se puede servir a dos señores.

A partir de lo anterior, podemos distinguir dos tipos de lucro negativo. El primero, el más craso, es el de aquellas universidades cuyo único fin es el lucro. Son aquellas universidades que tienen precio, que se pueden comprar al mejor postor (En sus propagandas realzan orgullosos el pertenecer a tal o cual conglomerado norteamericano). En ellas es altamente improbable, por decir imposible, que haya buena calidad. Un segundo tipo son aquellas universidades que, teniendo un proyecto universitario más profundo (levantan carreras menos lucrativas, invierten en biblioteca o investigación, contratan profesores a tiempo completo) están finalmente determinadas por la idea del lucro (o del “auto-financiamiento” que viene a ser como el eufemismo del lucro, si se aplica a cada facultad tomada aisladamente). Son la mayoría de las universidades privadas. En estas universidades subsisten el estudio de la filosofía o la literatura a pesar de sí mismas, a duras penas. Por ejemplo, hace unos años la  U. Adolfo Ibáñez cerró filosofía, y la Universidad del Desarrollo cerró letras (¡dos universidades que hoy se pavonean de ser “sin fines de lucro”!). Los exalumnos de esas carreras son hoy exalumnos de carreras que no existen. Alguien podría replicar que esas carreras murieron solas; que nadie se inscribía en ellas, etc. Pero, ¿no es acaso una buena universidad, justamente, aquella que mantiene vivas las carreras liberales, sin dejarse llevar por las modas económicas o por los números azules? ¿No es acaso la universidad el lugar del saber gratuito, no en sentido económico, sino en un sentido más profundo: el cultivo del saber por la pura satisfacción y belleza que éste da?

Schola negotiorum: contradictio in adiecto

En Chile, producto de la excesiva economización de las mentes a partir de los años 70, cualquier cosa que no se auto-financia se mira como sospechosa. Muchos creen que una casa de ópera tiene que auto-financiarse, por ejemplo. ¡Vivir de las entradas y abonos de ópera! Ni la ópera de Viena lo hace. Pongámonos en el caso de que se instalara una casa de ópera en Viña del Mar o Concepción. Probablemente contratarían a un administrador como mandamás del teatro, recién llegado con su flamante diploma de MBA.

izquierda y derecha unidas / jamás serán vencidas / en lograr la mala educación

Cuando este genial administrador del teatro vea los números en rojo después de unos semestres, exclamará eureka, esto hay que cambiarlo; subamos los precios de las entradas o cambiemos el programa musical. O una de las dos: o subimos los precios -limitando el acceso a la cultura a los que pueden pagar menos- o damos puro Verdi (repitamos la Traviata 20 veces), para que el teatro se llene siempre y se pueda autofinanciar. Desde la mentalidad economicista una ópera de calidad  es imposible,  ¿por qué sería posible entonces una buena universidad?

Post data:  Lástima que ni Camila ni Giorgio ni Jaime compartan estos argumentos. Para ellos, la buena calidad en la educación se reduce a una reivindicación del derecho que debería tener todo chileno a lucrar con su título, y no sólo unos pocos.

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Paganismo y barbarie (a partir de De civitate dei I-V) parte 1

Por Patricio Domínguez V.

Uno de los muchos temas de reflexión que pueden extraerse de los primeros libros del De civitate dei de San Agustín  es aquel de la valoración de la antigüedad greco-latina por parte del cristiano (y en alguna medida, por quien no siendo cristiano, vive de la herencia del ethos cristiano). Para quien ha tenido la suerte de poder admirar -aunque sea un poco- la riqueza cultural del mundo antiguo, siempre merodea la tentación de contentarse con conceptos prefabricados que tienden a idealizar, edulcorar, simplificar o domesticar la selva del mundo antiguo. La imagen de la ciudad griega, por la cual se pasean razonables Sócrates de blancas vestiduras bajo incoloros templos relucientes, o la Roma de nobles senadores, de rostro adusto y ética inquebrantable puede colarse rápidamente del lienzo de un Jacques-Louis David o de algún renacentista a nuestras cabezas,  y si a esto le añadimos la ayuda conceptual de más de algún pensador especulativo del siglo XIX, entonces tendremos el concepto prefabricado perfecto de la antigüedad como para sentirnos avergonzados de la irrupción del cristianismo en la historia.

En efecto, la idealización racionalista del mundo antiguo ha sido un base predilecta para desacreditar al cristianismo, acusarlo de haber corrompido a la tolerante  y apolínea cultura antigua, introduciendo en ella los elementos foráneos y bárbaros del judaísmo, “una cultura de locos fanáticos” como piensa el emperador Adriano de M. Yourcenar. (Ideas parecidas también a la usadas históricamente para denigrar por igual a Bizancio, al gótico o a la patrística).  Al joven Agustín de Hipona le pareció también que, después de haberse curtido con lo mejor de las letras latinas, las Escrituras era una barbaridad, “indignas del estilo de Cicerón” (conf III, 5, 9.). Lo interesante del caso es que Agustín era cristiano,  -un cristiano paganizado y no practicante, si se quiere, pero no un pagano- cuando formulaba tal juicio. Tendría que pasar mucho tiempo para que Agustín, converso desde el fondo, tomase distancia de la propia cultura de la que se nutrió desde la infancia y la criticase radicalmente (¡compárese también el tono hacia la cultura pagana en los primeros escritos del otium liberale con los escritos maduros!).

            Los primeros libros de De civitate dei pueden leerse como una crítica a la cultura pagana en su forma política más exitosa: Roma. El poderío de la “eterna Roma”, cantado por Virgilio y celebrado también por algunos teólogos cristianos, es interpretado por Agustín a partir del binomio afán de poder – deseo de gloria (libido dominandi – cupiditas glorae). Roma, en todo su poder y su pax romana, en todo su ideal civilizador, es para Agustín el producto de un deseo descontrolado por dominar y ser admirado, análogo al deseo descontrolado de dinero (avaricia) o de placer sexual (lujuria). Para probar o ejemplificar su tesis -según el punto de vista que se quiera tomar- Agustín hace un recuento de la historia de Roma, mostrando cómo la historia política de Roma está marcada -externa e internamente- por el deseo desbocado de subyugar, que se concretiza en la brutalidad y crueldad más extremas (como cuando Sula manda a matar a un prisionero haciendo que le arranquen la carne a mano limpia, sin espadas, ciu III 28).

 Al contrario de otros pensadores, a San Agustín le parece que el inmenso tamaño de un imperio (en este caso, el romano) no es necesariamente un mérito, sino que más bien puede una muestra de la corrupción del mismo: en un orden político justo, un estado no buscaría absorber en sí a los demás estados vecinos, sino que más bien se esforzaría en mantener la concordia con ellos (ciu. IV 15). San Agustín se muestra también escéptico también frente al “relato” (como se dice hoy en la jerga política) de las “viejas virtudes romanas” defendido por aquellos paganos que, ante la degeneración de las costumbres, proclamaban la vuelta a la ‘viejas virtudes’: como la proverbial frugalidad, el sacrificio por el bien común, por ejemplo. La crítica radical del obispo de Hipona a las virtudes reza (en resumen) así: las virtudes romanas no son virtudes en sentido propio, sino más bien vicios útiles con apariencia de virtud: formas de la vanidad (como la cupiditas gloriae) que refrenan a otros vicios y permiten cierto éxito terreno, pero que no están orientadas a Dios, sino a la gloria del hombre (ciu. V 14-15; 19). Esta crítica tajante a las virtudes romanas no nos debe hacer pensar, no obstante, que Agustín condene o rechazo de plano el legado romano. Por el contrario, no escatima alabanzas a personajes históricos (Régulo), a personajes histórico-mitológicos (la hermana de los Horacios) y a pensadores y gobernantes (Varrón, Cicerón, César Augusto). Lo que San Agustín se propone, creo, es hacer un juicio sobre la estructura general del paganismo, que siendo en sí mala, puede contener elementos rescatables (así como un cuerpo en descomposición conserva todavía órganos que funcionan …¿resulta la analogía?).

 Decir “elementos rescatables del paganismo” suena muy fuerte. Dentro de un concepto multiculturalista suena hasta ofensivo.  Pero para los cristianos de los primeros siglos no era así: el paganismo, con toda su riqueza y cultura (apreciada y reconocida) era sencillamente una cultura no-cristiana, una cultura que desconocía el hecho más singular de toda la historia universal: la encarnación del Verbo de Dios en Belén, en una provincia marginal del imperio romano. En ese

Saturno devorando a sus hijos. "La historia más brutal y monstruosa" (ciu. VI, 8)

sentido, eran culturas marginales con respecto a la verdad, adoradores de ídolos o simplemente de demonios. La mitología greco-romana, con toda su belleza plástica y literaria, le parece a Agustín una perversión demoníaca en el sentido literal de la palabra: los dioses antiguos son demonios,  “autores y maestros de pecado” que actúan en la historia romana concreta (ciu. II 24-25). El arte y la literatura no corren mejor suerte. En las Confesiones Agustín no escatima esfuerzos en mostrar que el teatro  y las ficciones de la literatura paganos son “una locura increíble” (mirabilis insania)  que hacen malo al hombre (conf III.2.3)

¿Es exagerado San Agustín? ¿Es San Agustín preso de una cosmovisión ya superada? ¿Puede o debe un cristiano compartir el juicio general del Hiponense acerca de la cultura pagana? Esto continúa en una segunda parte, porque este artículo se está haciendo ya largo.

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Educación gratuita y amor al conocimiento

por José Antonio Giménez

Muchos discuten hoy en Chile desde múltiples perspectivas sobre una posible reforma a la Educación. Hace tiempo ya. El lunes 1 de agosto presentó el gobierno a los representantes de profesores, secundarios y universitarios una nueva propuesta de reforma (¿la cuarta, la quinta?). Acabo de leer en el diario de hoy, miércoles 3 de agosto, que ya dos partes involucradas rechazaron la propuesta, los dirigentes de la PUC y de la USACH. Por esto creo que es posible vaticinar que tenemos todavía para rato.

La cuestión tiene tantas aristas, que habría que ser muy pretensioso – o muy lego – para querer darle una respuesta cabal. Quisiera hablar sólo de un punto que está en juego, tomando como punto de partida un extracto de la declaración de ayer martes 2 de agosto del dirigente de la USACH Camilo Ballesteros, intentando justificar su rechazo a la última propuesta del gobierno: ‘hoy día se plantea que es obligación de las familias y que el Estado va a aportar de forma complementaria, lo que es tremendamente errado. Si realmente va a ser un derecho la educación, debería ser algo asegurado por el Estado. El otro elemento que se plantea es que también se habla del esfuerzo. ¿Cómo somos capaces de medir el esfuerzo que realiza un joven para estudiar para decir que a partir de ese esfuerzo el Estado lo va a ayudar?’.

Para Ballesteros el que la educación sea un derecho significa que sea ‘algo asegurado’, por lo tanto, que sea gratuita. Por otra parte, para que tal ‘gratuidad’ sea efectiva, no debe ésta estar supeditada a los méritos o esfuerzos del estudiante. Esto significaría que la educación es un ‘premio’ y no un ‘derecho’.

Ahora, ¿por qué la educación universitaria debe ser gratuita y, siguiendo la consecuencia de Ballesteros, ‘absolutamente gratuita’, como el amor de la madre al hijo? Me temo que en la discusión actual se utiliza la palabra ‘gratuidad’ para cubrir realidades del todo distintas. Por eso creo necesario que nos aboquemos a distinguir los distintos alcances que hoy se le dan al término.

Primero, no se dice que la educación deba ser ‘gratuita’ porque no cueste dinero o trabajo, sino más bien porque, como bien valioso – precioso, costoso – debe ser entregado sin pedir nada a cambio. Pero naturalmente la educación está siendo ‘pagada’ por alguien. Por esto la exigencia de una ‘educación gratuita’ supone la aceptación previa de dos principios: que la sociedad ha aceptado que la educación es un ‘derecho’ y que dicho derecho debe considerarse como ‘urgente’.

Hace mucho tiempo que en Chile la sociedad ha aceptado que la educación es un ‘derecho’. Primero la educación básica, luego la educación media. ¿Por qué? Porque por medio de dicha educación se superaba el analfabetismo y los lastres de la pobreza, siendo posible de ese modo sustentar y desarrollar una buena vida en sociedad. Es una gran confusión pensar que ‘todos los derechos humanos’ tienen el mismo carácter de urgencia. John Rawls estableció una interesante distinción entre derechos condicionados e
incondicionados: mi derecho a la vida significa que los demás ‘deben incondicionadamente’ no atentar contra mi vida; el derecho a la educación, en cambio, está condicionado al hecho de que en cierta sociedad esté ya ‘dado’ cierto estado de cosas. Sólo entonces podemos pensar ‘en el próximo paso’. Por esto no todo derecho es igual de ‘gratuito’.

Asimismo tampoco todo tipo de educación es ‘igualmente’ gratuita. La educación básica es más gratuita que la media, la media más que la superior. Esto se debe no sólo a que la educación superior requiere como condición la existencia de las otras, sino también a que la primera consiste en un derecho que ejercerá una parte sustancialmente menor de ciudadanos.

La educación superior hoy consiste en la preparación para el acceso al mundo profesional por medio de la adquisición de un saber o habilidad específicos. ¿Por qué dicha adquisición se le presenta a la sociedad chilena actual como un derecho? Porque se cree, por una parte, que están dadas las condiciones previas y, por otra, que por el estado de la sociedad actual ‘dicha adquisición’ puede considerarse como ‘urgente’ para el sustento y desarrollo de una buena vida en sociedad.

Quiero remarcar que dicha ‘urgencia’ sólo puede ser entendida con respecto a un tiempo histórico y a un determinado estado de cosas. Quien no sabe escribir ni leer no está limitado en una sociedad de ‘tradiciones orales’: estaría sí limitado si fuera sordo. La posesión de un conocimiento o una habilidad específica que debo acreditar más allá del éxito que tenga o no en su ejercicio, es una realidad absolutamente propia de las sociedades modernas. ¿Es en sí un progreso? Yo lo dudo. ¿Pero es, a pesar de la valoración
de la sociedad actual, una condición para el buen vivir en sociedad? Creo que tendencialmente ha llegado a ser así.

Ahora bien, que la educación superior sea reconocida como una condición para el buen vivir en la sociedad actual, no significa
naturalmente que deba volverse automáticamente gratuita. Se reconoce el derecho a la educación superior, así como se reconoce también el derecho al acceso a la salud. La sociedad tendrá que decidir cómo satisface en la medida de lo posible estos ‘derechos condicionados’ (también la salud es un derecho condicionado, ¿o podría alguien exigir ‘el derecho a ser operado al páncreas’
en un país donde no exista ningún médico facultado para realizar dicha operación?) y a cuál le da prioridad en el gasto de los recursos siempre limitados.

Por esto, el ideal de la gratuidad no tiene porqué necesariamente llevarse a cabo por la ‘gratuidad de la matrícula’. El objetivo
de garantizar el acceso a todo el que quiera a la educación superior puede ser cubierto con medios subsidiarios – becas y créditos –. ¿Y si Chile tuviera todos los recursos posibles para cubrir automáticamente la demanda de educación superior gratis, sin pasar a llevar por otra parte los demás derechos incondicionados y condicionados?  Quizás la educación superior sería del todo gratuita, no por lo cual dejaría de ser un derecho condicionado, una llave de agua que podría un día cerrarse para darle mayor fuerza a otra (lo que se vive cuando se está en estado de catástrofe).

Ahora, ¿se piensa a la educación superior hoy como un ‘derecho condicionado’? Me parece que no y creo que la causa es la confusión entre ‘el derecho a ser educado’ y ‘la gratuidad del conocimiento’. Esto que yo entiendo como una confusión lo he encontrado en la opinión precisamente de quienes me merecen el mayor respecto. Uno rescataba el carácter crítico de la universidad, su papel de protección y difusión de las ideas, su carácter independiente del poder establecido. Otro distinguía entre la concepción del conocimiento de Sócrates – ‘alimento del alma’ – y la de los sofistas – ‘mera mercancía’ –. Yo soy un pesimista con respecto a este punto.

La universidad actual no es gratuita en sí misma (no importa para esto si se paga o no), porque es absolutamente esclava de la utilidad. Los conocimientos y las habilidades son entregadas en función de una profesión correspondiente y los progresos académicos se entienden como el ‘acortamiento’ de la distancia en pos de esa meta. No podríamos entender de otra forma la
tendencial desaparición de los ramos formativos en las carreras humanistas (piénsese en la triste extinción del ‘Derecho Romano’ en la Universidad de Chile) y su absoluta inexistencia en las científicas. Los grados académicos no tienen hoy ni siquiera un rol de posicionamiento social; sólo los títulos profesionales juegan el papel decisivo. ¿Qué significa entonces el poner el grito en el cielo
con ‘la educación no se vende’ sin tener en cuenta en absoluto el estado de cosas y la función que la universidad ejerce de facto hoy en la sociedad? ¿No es una confusión crasa identificar como la misma demanda la ‘gratuidad de la educación’ y la ‘gratuidad del
conocimiento’? Podemos tener educación gratuita sin rozar si siquiera la búsqueda de la verdad.

La ‘gratuidad de la educación’ tiene que ver con la capacidad de acceso para garantizar la acreditación laboral y profesional: este bien es condicionado. La ‘gratuidad del conocimiento’ no tiene porqué cualificar para el acceso al mundo laboral: de hecho, los que optan por el ‘camino del conocimiento’ – filósofos, teóricos, científicos –, nunca llegan a salir de la universidad. Sólo esa ‘gratuidad’, tal relación de ‘amor’ al conocimiento, debe ser protegida ‘sin condición’. Pero, ¿por qué? Porque está esencialmente desprotegida, no deja nada para sí, sino que se entrega entera. Y quién se entrega a la búsqueda del conocimiento, a la búsqueda de la verdad, se entrega en último término a la sociedad entera. ¿Dónde? Primero y sobre todo en la misma universidad.

Aquí sí hay realmente gratuidad: la sociedad entera debería proteger la universidad como lugar propio del ‘saber’ y de la ‘ciencia’,
incondicionalmente, incluso en tiempos de catástrofe y necesidad, porque sólo el sabio no se subordina a los fines políticos, sino que más bien es requerido siempre para esclarecer la contingencia. Pero la discusión actual, las demandas de los jóvenes, las propuestas de los políticos, siguen otro cauce, absolutamente indiferente a este tipo de gratuidad. Se sirven de esta fuente vecina – cuando se cita a la Mistral, a Gómez Millas, a Sócrates – para sólo regar un jardín propio. Fue el error también del siempre leído con gusto Cristián Warnken, cuando quiso hace unas semanas reconocer en la pretensión de los jóvenes el ‘amor al conocimiento’.

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