La fuerza y la debilidad de las imágenes

José Antonio Giménez Salinas

En su ‘Historia de la Eternidad’ (1936) ensaya Borges un sucinto y bastante caótico catálogo histórico del concepto de ‘eternidad’. La tesis del escritor no difiere demasiado de la crítica de Heidegger a la metafísica: hemos, sugiere el argentino, definido ‘el tiempo por la eternidad’, cuando deberíamos definir ‘la eternidad por el tiempo’.

 

¿Quién comenzó por invertir las cosas? Quien sino Platón el griego. Las cosas nacen y perecen: sólo las ideas se mantienen siempre semejantes a sí mismas. Sólo en las ideas podemos poner nuestra confianza, conformar un  saber científico y movernos con consistencia en vistas a un fin. Pues las ideas son eternas y el ‘tiempo’ tan sólo una imagen quebrantada de la eternidad.

Platón habría, por lo tanto, introducido una visión degradada del tiempo como ‘eternidad sucesiva’ o, dicho de otro modo, como ‘la eterna pérdida de eternidad’. Pero, ¿por qué hemos de pensar el tiempo como ‘ausencia’ si se trata del fenómeno primigenio? ¿Acaso la presencia eterna y sin sucesión de las ideas no se funda en nuestra experiencia del tiempo, en nuestra memoria que ‘retiene los instantes’, haciendo de ‘lo discontinuo algo continuo’, de ‘lo distinto lo mismo’?

El análisis filosófico de Borges no es ni agudo ni novedoso. Donde su argumento sin embargo gana fuerza es al
introducir la herramienta de la ‘imagen’:

 

‘la eternidad es un juego o una fatigada esperanza’,

‘el inmóvil y terrible museo de los arquetipos platónicos’, ‘arquetipos asépticos’, ‘una eternidad que es más pobre que el mundo’,

‘no sé si lo miraron ojos mortales (fuera de la intuición visionaria o la pesadilla) o si el griego remoto que lo ideó, se lo representó alguna vez, pero algo de museo presiento en él: quieto, monstruoso y clasificado’.

Es conocida la frase que Borges adjudica al ficticio heresiarca de Uqbar: ‘los espejos y la paternidad son abominables porque multiplican y divulgan el universo’. ‘Que todo sea uno’ o ‘que algo esté presente siempre ante sí mismo’ son intuiciones que calzan bastante bien con el ‘horror de la multiplicación de los espejos’. Por otra parte, la imagen del ‘museo’ despierta la idea de ‘reposo’ y ‘muerte’. Si la idea de eternidad platónica denigraba al tiempo, la imagen borgeana reniega de la nobleza de la eternidad acusándola de ser meramente ‘ausencia de temporalidad’: reposo, silencio, muerte. Aunque puede ponerse en duda que esta imagen recoja correctamente la intuición platónica, debe decirse que tampoco otras imágenes lo hacen mucho mejor. Borges desenmascara la ‘imaginería beata’ que conecta complicadas abstracciones metafísicas con imágenes de bucolia y de hogar.

Sin embargo, ésta no es la última palabra del escritor. Sorprendentemente encontramos en su prólogo de 1953 unas palabras de autoreproche con respecto a su trato de Platón:

 

‘No sé cómo pude comparar a <inmóviles piezas de museo> las formas de Platón y cómo no entendí, leyendo a Schopenhauer y al Eurígena, que éstas son vivas, poderosas y orgánicas. El movimiento, ocupación de sitios distintos en instantes distintos, es inconcebible sin tiempo; asimismo lo es la inmovilidad, ocupación de un mismo lugar en distintos puntos del tiempo’.

Las ideas platónicas son ahora aceptadas porque ya no son muertas o estáticas, sino vivas y dinámicas. La ‘eternidad platónica’ es rehabilitada porque, de algún modo, ‘está hecha de tiempo’. Borges no cambia de parecer con respecto a las ideas platónicas, sino que cambia las ideas platónicas con respecto a su parecer.

Esta es la fortaleza y la debilidad de las imágenes. Éstas están formadas en y por el tiempo: una imagen de una realidad que está fuera del tiempo simplemente no puede sino causar horror. Y Borges se preocupa de desterrar las imágenes apacibles (algo así como una ‘siesta en el campo’) para introducir la imagen de la horrorosa eternidad. Pero esta imagen tampoco es ‘la eternidad’: es más bien ‘el límite de la imagen’, donde ésta ‘se destruye a sí misma’, lo que significa por cierto la borgeana ‘refracción de los espejos al infinito’.

Nuestras imágenes de eternidad están hechas de tiempo, mas la eternidad misma no puede serlo: esto es lo que entendemos por ‘eternidad’ cuando hablamos de la ‘eterna presencia’ de las ideas platónicas. Si queremos con Borges remendar la imagen del ‘museo’ introduciendo en estas ideas el dinamismo, la productividad y la vida, podemos hacerlo y yo estaría de acuerdo con eso (afirmo el ‘dinamismo’ que significa la interacción de los conceptos con el lenguaje cotidiano, la ‘productividad’ del concepto al
mover a la acción y la ‘vitalidad’ del alma donde se hospedan las ideas).

Sin embargo, Borges parece tener una idea bastante puntual de la ‘nueva vitalidad de la eternidad’: ‘la ocupación de un mismo lugar en distintos puntos del tiempo’. ¿La identidad de la conciencia? Efectivamente, aunque Borges, argentino de formación inglesa, recurre al remedo de identidad que hizo célebre a Hume: el ‘yo’ como teatro de representación de sensaciones e ideas. Bueno, sobre imágenes no hay nada escrito.

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