“Es que los políticos son todos unos corruptos”

por Pato D.

“Las dos ciudades, la celeste y la terrenal,

entremezcladas desde el principio hasta el fin”

 San Agustín

“Es que los políticos son todos unos corruptos”

¿Cuántas veces nos hemos topado con esta frase? Si antes era común toparse con algún hermano latinoamericano que, con la mirada cargada de desánimo, tiraba esta frase desesperanzada que corta de raíz cualquier intento de comprensión  medianamente racional sobre alguna catástrofe política, se ha hecho usual escuchar, una y otra vez en nuestro debate político, la misma frase, pero en una variante más sofisticada y aséptica:   “la clase política es la peor evaluada por la gente” o “los políticos son el grupo con menos aprobación por la ciudadanía” (acompañado por una cita a x encuesta o ‘estudio’, asunto que da para otra columna). Quienes se oponen a que el debate sobre la educación superior en Chile se traslade al congreso y prefieren una “asamblea”, los que se identifican con los indignados y creen que el sistema (político, económico, social, educacional, etc.) es causa de todos o muchos de los males que vivimos en Chile, tienden a entonar, una y otra vez, la misma cantinela: “los políticos están pésimamente evaluados por la gente”.

Detengámonos un segundo. Probablemente sea verdad que los políticos estén pésimamente evaluados por la mayoría de los chilenos. Y puede ser verdad que todos o la mayoría de los políticos sean corruptos (cosa que no creo, no al menos  como los políticos de Ciudad Gótica o algo por el estilo). Lo que me molesta de todas estas afirmaciones “indignadas” sobre los políticos es que se introduce una suerte de idea subliminal que divide al mundo entre la “gente” y los “políticos”. Los políticos serían seres malvados, llenos de avidez y astucia, mientras que la gente, la ciudadanía o el pueblo (elija la que quiera) sería la masa de personas honestas que se levanta todos los días temprano a matarse trabajando, tiene una conducta ejemplar y sufre, al final del día, bajo los políticos, que las exprimen, la ignoran o sencillamente “no hacen la pega”.

La indignación periodística

Esta distinción de dos reinos -que puede darse por igual entre los que desconfían de la política o de lo “estatal” en general y prefieren la técnica y los diplomas de universidades norteamericanas o entre aquellos para quienes la democracia representativa es un gustillo burgués en manos de la oligarquía bancaria- olvida un hecho muy simple: la gente y los políticos están hechos de la misma tela (la naturaleza humana), conviven en un mismo espacio, hablan el mismo idioma, ven los mismos programas de televisión, etc.  por el simple hecho de que los políticos y la gente no son dos géneros o conjuntos separados, sino que uno es un subconjunto del otro, y yo diría, uno es una muestra casi estadística del otro, en lo que a hábitos se refiere.  ¿De dónde sino salen los políticos, sino de la “gente”? Por lo tanto: ¿los políticos son unos corruptos? Entonces somos una nación corrupta. ¿Son flojos?  Lo mismo. No es difícil darse cuenta de que en los países donde los políticos son corruptos, también el deporte, la policía o los agricultores son corruptos. Robarse 10 pesos en el vuelto, tomar nastizol antes del partido de fútbol y copiar en la prueba son correlatos perfectos -a menor escala, claro- de un diputado que se deja sobornar por una empresa o de un ministro que favorece a sus parientes con platas truchas.

Alguien podría replicar: “no, lo que sucede es que los políticos son corruptos porque el poder corrompe”. Esta misma razón podría esgrimirse contra los profesores, padres de familia, empresarios, obispos o entrenadores de fútbol, es decir, a todos los que detenten algún poder y cuyas decisiones repercutan sobre los demás.  No resiste mucho análisis. Me parece que es más sensato pensar que el poder puede corromper a quien esté dispuesto a dejarse corromper, y que no existe  un estamento o un empleo  que por arte de magia “corrompa”, salvo en aquellos trabajos donde la corrupción es parte del currículum (el sicario, la prostituta, el narcotraficante).

Hace unos días miraba en el programa “Tolerancia Cero” la entrevista al historiador Gabriel Salazar (http://www.youtube.com/watch?v=FD4ro9_4FZk). Me llamó la atención cómo Salazar se movía en el dualismo blanco-negro de “los poderosos” versus “el pueblo”. Siempre en oposición, uno era opresor y otro oprimido. Por un lado, la ciudadanía indignada e inocente, y por otro, el poder (político-económico-militar) reprimiéndola sin cesar, como clave interpretativa de la historia social de Chile. Es un discurso que parece ser perfecto y ultra-explicativo. El problema es que no alcanza ni siquiera a atisbar la complejidad de la realidad, donde todo es mucho más mezclado y surtido  de lo que querría un intelectual aficionado a las conceptos puros. La historia de Chile está llena de complejidades como para hacerla caber en un par de ideas (el obrero derechista, el aristócrata comunista, el ferretero oligarca, el que vota por Lavín y por MEO en la misma elección, el consumista indignado, etc.). Por respeto a la mezcla y la impureza de nuestra realidad es que tenemos que evitar categorizaciones dualistas en el plano social, en donde los buenos y los malos quedan divididos por su grupo social o su lugar en la escala socio-económica. ¿Quiere decir esto que no existen los opuestos, las alternativas irreconciliables, el bien y el mal? Por supuesto que no; más bien quiere decir que tales disyuntivas no se han de buscar en lo político o sociológico, sino en un lugar más profundo. ¿Dónde? “En el corazón de todo hombre…campo de batalla de Dios y el diablo”.  (Dostoievski)

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4 comentarios

Archivado bajo Actualidad, Política

4 Respuestas a ““Es que los políticos son todos unos corruptos”

  1. Buena la columna, pero los indignados se pueden indignar aún más porque le cambias el nombre a su gurú de Gabriel a Manuel!

  2. En efecto el punto de vista de una logica binaria, verdadero/falso, bueno/malo, etc. puede ser muy adecuada para una computadora por ej. que trabaja con ceros y unos, pero demasiado simplista para el analisis del campo de la accion humana. Sin embargo la historia del pensamiento occidental (en general, con excepciones que confirman la regla) representa la historia de la agudizacion de esta misma lógica, como si la realidad solo fuera comprensible a partir de diferenciaciones absolutas realizadas por un observador neutral. Es la historia misma de la conciencia transcendental desde la cual pretende hablar el filosofo, el teologo, el politologo, el periodista y cualquier hombre de la calle que aspira a dar una respuesta con validez “cientifica” (es decir verdadera sin más) sobre las problematicas que le conciernen. Entweder/oder, tertium non datur, las disyuntivas excluyentes son sumamente tranquilizadoras en un mundo tan complicado como el de hoy.
    Sin embargo la realidad, por su indole temporal, siempre se da mezclada, en grados, no viene dada en estado puro.
    Pero vivir en un mundo de “grises” donde lo bueno no es completamente bueno y donde lo malo no es completamente malo, no es tan facil. No pertencer a los buenos absolutos y no poder identificar a los malos absolutos es lo que verdaderamente “indigna” al hombre de hoy y lo que puede conducir a la desperacion. Tener que vivir con la conciencia de que yo tambien soy “en parte” malo, sin embargo, en eso consiste el verdadero desafio. Lo cual, por otro lado conlleva un escándalo para muchos, pues, como dice Jean Guitton, todos somos cátaros en potencia, todos tendemos naturalmente al fariseismo.

  3. Pingback: Los Escándalos Políticos en la Argentina « El País del Revés

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