Archivo mensual: febrero 2012

El sol de los hiperbóreos

J. A. Giménez

La tierra es inhabitable y sin embargo está habitada. Los hiperbóreos salen cada mañana a vivir su invierno. Un invierno para cada cual. Los termómetros marcan temperaturas extrañas. Un benigno fenómeno del frío extremo es que bajo los 10 grados no queda ni un hálito de humedad: no nieva ni hay nubes, sólo un sol que no calienta, pero que da luz. Es el frío seco, ‘el frío en sí’. No el sol de los 0 grados, un epifenómeno entre las nubes bramantes, entre la acuosa densidad. Un disco de diamante, un sol de Antártida. Me contaban que tan brutal helada es causa del viento del Este, remembranzas del Ejército Rojo. Del Este viene el frío de los menos 10 – de los menos 20 – pero del Este viene también el sol de invierno; del Oeste en cambio, del Atlántico, se levantan nubes goteantes y nos inundan de lluvia y nieve. Así fue enero: frío, mojado y penetrante, lluvia y sol rasgado por nubes. Me dicen que todo se ha atrasado, que febrero era enero, que enero era diciembre, que la primavera vendrá en Semana Santa. Me prometen un mejor verano: es incómodo decir ‘aquí no sale el sol’.

Yo no lo creo.

Sé que el sol de invierno viene del Este, que para verle la cara tienen que encogerse las nubes de frío, tiene que de alguna manera morir todo para que pueda llenarse el espacio de luz inerte. La luz pasa sobre la piedra sin chispear el musgo, sobre los cuerpos sin darles calor. El sol cae rendido en medio de las plazas, lo vemos morir a nuestros pies.

Sé que la primavera será una constante promesa de la gran verdad y no su primera manifestación. Un constante signo de contradicción. Quisiera pensar que la primavera es juventud, cuando no es sino pubertad. Que mueve a la esperanza, cuando no mueve sino a la duda.

Sé que el sol de verano será un epifenómeno, porque ocurren siempre cosas raras con los vientos de acá. Cada mañana, abrir la persiana es un acto de fe. Pues, aunque sea duro de decir, el verano no trae consigo la gran verdad.

La gran verdad es el reinado de Febo Apolo. Es la presencia, segura y predecible, del calor y la luz sobre la tierra, sin temer que la ira de Zeus nos cubra de nubes y rayos. Son pocas las seguridades que el hombre puede tener sobre la tierra. Tal vez sólo las más fundamentales: que la historia tiene sentido, que el laberinto tiene salida.

Sin embargo, el sol de los hiperbóreos no deja de ser una y otra vez una promesa. El sol emerge, se le elevan oraciones, se le ofrecen sacrificios, un gran invierno de dolores le es depositado a sus pies; tras devorar las ofrendas vuelve sin embargo a su escondite. El capricho de este sol ha llevado a los hiperbóreos a mirarlo con recelo. Quienes continúan fieles a su promesa claman al verlo salir ‘¡milagro!’; los que han perdido ya tal fe no hacen sino hablar del ‘azar’. Pero ninguno es capaz de sentir lo que Ulises cuando volvió a pisar su Ítaca.

En mi tierra se cuentan los años por sus primaveras; aquí por sus inviernos.

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¿Y dónde está el cisne? Wagner y lo “conceptual”

por Patricio Domínguez V.           

Hace poco tuve la suerte de asistir a Lohengrin de Wagner. La puesta en escena era, como se dice hoy por hoy, conceptual. Se trataba de una enorme biblioteca, en donde los brabantes acéfalos se reunían para decidir, con el emperador Enrique a la cabeza, quién sería su próximo gobernante (El libreto original sitúa la escena en la margen de un río) Para los que no conocen la historia, resumo: En el siglo X el duque de Brabante, un ducado germánico (hoy en los Países Bajos)  ha muerto y dejado a dos hijos, un niño y una niña. Como el niño se presume desaparecido, el trono caería en manos de la niña (Elsa). Sin embargo, uno de los nobles  (Federico), instigado por su esposa malévola, acusa a Elsa de

"¡Mirad! ¡Qué prodigio extraño! ¿un cisne?"

haber matado a su hermanito, abandonándolo en el bosque. Según Federico, como Elsa es culpable y no puede asumir el trono, le corresponde a él el derecho, siendo el más cercano al difunto duque por línea sanguínea. La horrenda acusación contra Elsa conmueve a los brabantes, que erigen al rey como juez, para que dirima el asunto. El rey convoca a Elsa para que se defienda, pero ella no hace más que repetir una visión que tuvo: tras haber orado a Dios, éste le mostró un caballero encantado que vendrá de una tierra lejana a salvarla y mostrar que es inocente. Además, la hará su esposa y gobernará a los brabantes (y serán felices para siempre).

Se apela a una especie de Juicio de Dios, en donde Federico tendrá que enfrentar en combate a este enviado del Señor. Cuando todos dan por una ilusión la existencia de este caballero, y Elsa está sumida en la desesperación, aparece el caballero. Desde el río se ve venir una pequeña barcaza tirada por ¡un cisne!; desde ella se baja Lohengrin, el caballero mágico y reluciente. Uds. se preguntarán cómo lo hicieron esta vez con el cisne, a quien Lohengrin le dedica una hermosa aria (‘Nun sei bedankt, mein lieber Schwann’) luego de apearse. Como en la puesta no había río sino sólo una biblioteca, la aparición del cisne fue así: empezaron a caer libros de todos los anaqueles, hasta que Elsa cogió un libro grande de ilustraciones. Lo abrió y encontró dentro una foto de un cisne, que mostraba al público con cara de éxtasis mientras todos coro cantaban a viva voz: “¡milagro, milagro!”.

¿Esa fue la llegada del cisne? Tal cual. El público no pudo dejar de reírse un poco del cisne de calendario, pero no fue una risa de humor, sino de decepción. Claro, la ópera de Wagner es un cuento de hadas, con cisnes que traen caballeros, con espadas, brujas y hechizos. Y aquí no había sino una biblioteca, una Elsa vestida con jeans y un guatón desaliñado que era el caballero de “esplendorosa armadura” que venía a salvarla.

Todo este tipo de puestas en escena plantean numerosas preguntas. En primer lugar, ¿debemos serle fiel a los libretos de las óperas, que contienen indicaciones tanto escenográficas como dramáticas? Si Wagner creó Lohengrin ambientada en

El polémico Lohengrin de Neunfels

el siglo X, con cisne y marcha nupcial dentro de una Iglesia, podemos nosotros ambientarla en el siglo XXI, sin cisne, vistiendo a los brabantes de ratones repelentes, y haciendo del hermano de Elsa una especie de feto que viene dentro de un huevo-excusado (ver el Lohengrin 2011 de Bayreuth en youtube)? En segundo lugar, esta fidelidad, ¿tiene que ser a la letra, o más bien al espíritu? ¿Existe alguna respuesta definitiva, sin analizar el caso concreto? Todas preguntas difíciles. Hay que distinguir, claramente, entre las innovaciones horribles y en las innovaciones atractivas. Pero vamos a la pregunta por la innovación simpliciter.

En el caso de Wagner me parece que con las innovaciones su ópera sale perdiendo, por al menos tres razones:

1. Se pierde la armonía entre el texto y los demás elementos. Si el coro canta conmovido: “¿Qué noble maravilla veo? ¿Acaso estoy encantado? Mi corazón parece expirar viendo a este hombre bendito” (“Welch holde Wunder muss ich sehen?” etc.) para que haya coherencia y unidad la escena tiene que ser maravillosa, y yo tengo que sentir que Lohengrin es una especie de ángel enviado por Dios para proteger a una criatura inocente, no un gordo desgarbado que parece salido de una taberna de mala muerte. Wagner mismo le rogó a Liszt (quien estrenó la obra) que fuera extremadamente fiel con las indicaciones del libretto. ¿Habrá que tomar en cuenta un poco la opinión de Wagner sobre Lohengrin de Wagner, no?

2. No se trata de ser historicista, en el sentido de ser fiel a una época pasada de modo monolítico. Si tenemos una ópera escrita en el siglo XIX y ambientada en el siglo XIX, los problemas con cambiarla de época son menores, porque no hay una idea que se quiere desarrollar en relación necesaria con una época, como sí es el caso de Wagner: aparece el tema del Grial, el texto está escrito en un alemán arcaizante y el contexto político (la sucesión al trono, el juicio de Dios, etc.) es “medieval” en el sentido amplio que tiene esa palabra dentro de la cabeza de Wagner –no nos olvidemos que el héroe medieval Tristán habla en lenguaje de Schopenhauer.

3. Wagner ya era bastante “conceptual” para que un régie actual le intente añadir otros conceptos y otros trasfondos filosóficos a la ópera. El resultado puede ser un empacho de intelectualidad. Lohengrin tiene que ver, además de la trágica división entre el amor y el conocimiento,  con de la posibilidad de una solución política desde una instancia supra-racional, etc. Añadirle a todo esto una reflexión sobre el futuro cultural del mundo político o sobre el avance de la técnica planetaria hace que la ópera se transforme en un pastiche filosófico de difícil digestión.

 Para terminar, me gustaría dejar en claro que no se trata de defender aquí a la Valquiria con trenzas y con un casco con

Marcha nupcial (Met.)

cuernos por sí misma, sino simplemente ofrecer algunos razonamientos que se aplican bien -creo- en el caso de Wagner.  No creo que pase exactamente lo mismo con La Traviata o Lady MacBeth de Minsk o La Flauta mágica, por ejemplo.   Dentro de una interpretación fiel caben millones de posibilidades; ahí está el genio del régie y los directores, el poder jugar dentro de ciertos límites, sacándoles el jugo.

P.S. Otro factor que incide bastante es el económico-ingenieril. Si no hay plata o tramoya para un cisne a lo James Levine en el Met. entonces bien valen otras opciones. ¿Un cisne proyectado en una pantalla, por ejemplo?

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