Archivo mensual: marzo 2012

¿Quién abrirá la puerta? Presión y tracción

Giménez

Los métodos de presión que han utilizado los protestantes en Aysén, con el fin de causar im-presión en la ciudadanía y dar ex-presión a la voluntad de toda una región, han producido como reacción la re-presión policial, la su-presión de todo diálogo posible y como resultado final la permanencia del estado de o-presión en que vive el pueblo y que alimentan los poderosos. ‘La com-presión del problema a una lucha callejera por parte del Gobierno’, dicen los protestantes, ‘hoy nos mueve a profunda de-presión’.

La de-tracción de quienes lideran las protestas a las soluciones que ofrece el Gobierno es enteramente injustificada. Los protestantes no aceptan ningún tipo de con-tracción en las demandas, exigiendo la inmediata sus-tracción de diversas cargas impositivas, sin tomar en consideración de dónde el país podrá realizar la ex-tracción de dichos recursos. La intransigencia e imposibilidad de cualquier tipo de re-tracción, ha conducido a que el diálogo haya perdido en a-tracción para el Gobierno. ‘Hoy las protestas mueven sólo a dis-tracción con respecto a los verdaderos temas’, señalan las autoridades ‘no es posible dialogar con quien no vive en la realidad sino en el mundo de la abs-tracción’.

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Paganismo y barbarie parte 2

por P.D.

Este artículo es la continuación de “Paganismo y Barbarie I” publicado en este blog el 15 de Agosto de 2011 (https://ruletarusablog.wordpress.com/2011/08/15/paganismo-y-barbarie-a-partir-de-de-civitate-dei-i-v-parte-1/). En ese post me preguntaba si el juicio de San Agustín sobre la cultura pagana no era acaso exagerado, erróneo o parcial. Recordemos el título completo de una de sus obras más importantes: “Sobre la ciudad de Dios. Contra los paganos.” Ese contra paganos, ¿es una mera anécdota arqueológica en el pensamiento de San Agustín? Más aún: ¿es un elemento central del cristianismo el enfrentamiento cultural contra el paganismo, o es sólo un rastro histórico accidental?

Si pensamos en otras épocas o autores, pareciera que tal enfrentamiento o bien parece no existir o está minimizado al máximo. En el humanismo, el monje Erasmo de Rotterdam escribe pidiéndole inspiración a las musas, exclama Sancte Socrates ora pro nobis! y muchas de sus obras famosas son un collage de sabiduría pagana. Muchos siglos antes, Dante se dejaba guiar por Virgilio para su bajada al infierno. No faltan en San Agustín las loas entusiastas a los filósofos platónicos y los intentos de toda época de reconciliar la sabiduría greco-latina con el cristianismo. Sin embargo, ¿son todos estos intentos absolutamente homogéneos, o más bien admiten matices decisivos? Yo me inclino por la segunda opción. Dante designó a Virgilio como su guía de ultra-tumba, pero no lo sitúa en el cielo, sino en el infierno, en el limbo de los virtuosos pre-cristianos. San Agustín se deja llevar por el entusiasmo platónico hasta exclamar que los platónicos tienen que cambiar “pocas palabras” de su doctrina para hacerse cristianos (de vera religione 4.7.) pero algunos años después, en La ciudad de Dios, habla de “las muchas y grandes cosas” que separan a los cristianos de los platónicos, dándole como caja a Porfirio (ciu 8.13 ss.). El mismo Sto. Tomás de Aquino escribe contra los errores de Aristóteles. Y estamos hablan

“Me parece que Platón no desconocía las Sagradas Escrituras, ciu.8, 11”

do de Platón, Aristóteles y Virgilio, personajes queridos dentro de la tradición humanística cristiana. Como decía el entonces teólogo J. Ratzinger (1955) la Iglesia antigua optó por aliarse con el “dios de los filósofos” y le hizo la guerra al “dios de los poetas” y “al dios de la ciudad”. El piso común que proyectaron los Padres de la Iglesia para el diálogo con el pensamiento pagano fue el piso de la filosofía, no el de la mitología ni el de la teología política. Eso se puede ver claramente en La ciudad de Dios. San Agustín dedica páginas de páginas a atacar la mitología pagana, no dejando títere con cabeza. Lo mismo hace con la teología política oficial. Pero es con la tradición filosófica platónica donde ve puntos de encuentro con el Dios de las Sagradas Escrituras (“Yo soy el que soy” como Ser supremo). No encontramos en San Agustín un intento de salvar -no siquiera estéticamente- a la mitología pagana, justamente porque ésta era conocida por Agustín en toda su facticidad histórica (orgías, sacrificios humanos) y no como un mero motivo decorativo. Para volver a jugar con los dioses paganos, éstos tienen que haber muerto. Para Agustín, los dioses estaban bastante “vivos”, todavía eran imágenes de las cuales se servían los demonios para engañar a los hombres y llevarlos a la perdición. Lo mismo vale para San Justino, que habla de las “semillas del Lógos” no refiriéndose a las religiones paganas, sino a quienes han vivido de acuerdo a la razón (como Sócrates o Heráclito, Apol. I 46).

Taciano (s. II) autor de “Discurso contra los griegos”

Sin embargo, en su apropiación de la filosofía platónica es en donde Agustín nos muestra la actitud más equilibrada del cristiano con respecto a las culturas paganas: el rechazo global a éstas y su obsolescencia con respecto al cristianismo no implica el rechazo a cada particularidad de éstas, en la medida en que el mismo Dios de Israel se manifiesta también a través de estos destellos de luz (las “semillas del Verbo” según San Justino). Este intuición recoge las doctrinas de San Pablo, expresadas en el discurso del Areópago (Hch 17, 22) y en Rom 1 10ss. En el Areópago San Pablo afirma la presencia de verdad en la teología pagana, haciendo suya una frase del poeta-filósofo griego Aratus: “ porque somos también de linaje divino”; en la Epístola a los Romanos San Pablo reconoce que Dios se ha revelado también a los paganos a través de la creación visible, que permite remontarse hacia lo invisible de Dios mediante la inteligencia. La contracara de estos dos pasajes es que de San Pablo se burlaron en el Areópago y que los mismos paganos a los que Dios se les revela terminan no reconociéndolo ni alabándolo y por ende cayendo en la idolatría e irracionalidad (Rom 1, 20-23). Sin embargo, creo que este claroscuro no nos tiene que inducir a considerar como fallido todo intento de armonización entre filosofía pagana y cristianismo (como pensaban Lutero y Heidegger, cada uno a su modo): no se nos olvide que de entre las burlas de Areópago surgen  conversos (Dionisio, Damaris y unos más) y que el pasaje de Romanos ha posibilitado la defensa de cierto conocimiento natural de Dios, sin el cual la fe tiende a disolverse en algo irracional.

A modo de conclusión: creo que la actitud agustiniana con respecto a la cultura pagana, en este sentido, no tiene nada de original: es la consecuencia de las doctrinas de las Escrituras. Sin embargo, no ha sido fácil y quizá nunca será el encontrar este justo medio entre reconocer las “semillas del Verbo” y rechazar lo propiamente demoníaco en el encuentro histórico entre una cultura cristiana (en concreto, la cristiandad europea) con una cultura pagana. El hecho de que la historia moderna esté tan llena de casos de abusos y crueldades (por ejemplo, luego del descubrimiento de América) no nos tiene que enceguecer ante el hecho de que gracias a la labor incesante de cristianos, los pueblos abandonaron prácticas como el canibalismo, los sacrificios humanos, la sociedad de castas y un sinnúmero de supersticiones que impiden el desarrollo espiritual y moral de cualquier sociedad, y lo más importante, fueron includios en el plan salvífico de Dios (“Id y haced discípulas a todas las gentes bautizándolas…  Mat 28, 19). Preguntarse por lo que se “perdió” con la llegada del cristianismo al mundo pagano (bellos templos abandonados, literatura mutilada en el caso greco-romano, obras de arte o tradiciones valiosas en el caso pre-colombino) debiera ir siempre acompañado, si queremos seguir en esto a San Agustín, del pensamiento de que incluso en los momentos más atroces y crueles, el nombre de Cristo y de los cristianos ha sido un lugar de misericordia y paz como no lo ha habido nunca en la historia humana  (ciu. 1.7).

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