Archivo mensual: junio 2012

Detrás de la Eutanasia

Imagen Jose Antonio Giménez

Conversábamos con un amigo sobre la difícil situación de ser viejo.

Mi amigo sugirió una solución: que a los viejos se les permitiese drogarse y pasar sus últimos días en el sopor de la inconsciencia.

Me dio que pensar: ¿Por qué es tan brutal volverse viejo? ¿Hubo un tiempo en el cual no era tan malo ser viejo? A mí me cae bien mi abuelo y, aunque no sea la reencarnación del viejo Sócrates, creo que puedo aprender mucho de él. La vejez es otoño, el verano ya pasó. Pero el otoño, el acabarse, ¿no nos estaba ya sugerido en el reinado del verano (del sol absoluto)?

Mientras reine el ideal de la racionalidad ilustrada y de la vitalidad postmoderna, los viejos seguirán sin tener un lugar. Se hablara de eutanasia – la ‘bella muerte’ – para ocultar el verdadero enemigo: la insoportable vejez.

Para los ilustrados la primacía se encuentra en la adultez. Los niños nada saben, viven bajo el imperio de la tradición. La inocencia es ignorancia, es la ausencia de conciencia. El primer acto de la conciencia – el ‘yo soy’ – es un acto de absoluta rebelión. El parricidio es el objetivo de la rebelión y su consecución el comienzo de la historia personal. La historia del yo. ‘Conciencia crítica’, de Kant a Adorno, es el camino del hombre para alcanzar su ‘mayoría de edad’. Hay sutiles – sutilísimas – distinciones, pero que no viene al caso aquí discutir. En términos generales la cuestión es así. El viejo es el eclipse de la razón. La pérdida de las potencias, una vuelta a la niñez donde ya no existe la posibilidad de matar  otra vez al padre. Revisionismo, autocrítica, arrepentimiento y reconciliación son los signos propios de la debilidad de los últimos días. Los ilustrados proclaman la primera crítica, pero desprecian la última; reciben con aplausos su despertar, mas abuchean sus últimos estertores. Pues el límite de la Ilustración es su Crítica. Pero esta Crítica merece ser escuchada. El viejo, cuando no se ha vuelto nihilista, se ha vuelto sabio. Y la razón ilustrada teme al sabio pues éste dice entre otras cosas: ‘vanidad de vanidades’, ‘la soberbia mata’, ‘sólo sé que nada sé’. Para el sabio la crítica no es el fin de la razón; por eso el sabio vuelve de uno u otro modo a la tradición. Si bien pocos viejos llegan a ser sabios, sólo siendo viejo se puede realmente serlo.

El vitalismo postmoderno no apela tanto a la ‘mayoría de edad’ del adulto como a la jovialidad del joven. El joven es proyecto y promesa. Lo que hace el ‘vitalismo’ es separar la promesa de su cumplimiento, la búsqueda del encuentro para destacar el movimiento entre ambos extremos. Por este trayecto se entiende la ‘vida’. Se está entonces más vivo de joven que en otra edad, pues hay un largo tramo por recorrer, hay mucho por hacer. Ser viejo es en cambio un ‘contemplar lo ya hecho’. Los surcos han dejado sus marcas en el viejo: pareciera que esas arrugas son la verdadera cosecha de la siembra. El viejo ‘ha vivido’. La postmodernidad no puede aceptar que la contemplación sea un modo del vivir. La ‘última manifestación’ del vivir, como la presencia de la promesa en su cumplimiento, de la ansiedad de la búsqueda en el goce del encuentro. Triste es que los viejos tampoco lo ven así. Y en vez de ponerse a contemplar la vida, parece que estuvieran contemplando su muerte.

El viejo sólo puede ser estimado desde una visión sapiencial. En la visión sapiencial hay que esperar hasta el final para entender el significado del todo.

Pero no puede negarse que el ‘viejo postmoderno’ no ayuda mucho a potenciar esta visión: viejos aburridos que miran con envidia la vitalidad adolescente y se avergüenzan de ‘no hacer nada útil por la sociedad’. Que en el mejor de los casos se toman un crucero con enfermera y medicamentos a bordo y van a ‘conocer’ el mundo. Como si el tiempo de viajar fuera la vejez… Así no me extrañan que salgan a conversación tales ‘defensas de la autonomía del viejo’, que no esconden sino un profundo desprecio por la última etapa de la vida.

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Sin embargo, aún así, el apocado viejo de nuestros tiempos no deja de ser un viejo, lo que significa que no ‘deja de haber vivido lo que ha vivido’. Puede por eso una y otra vez volver a querer ser lo que es y, de ese modo – para bien de todos –, volverse ‘sabio’. Para hacer tal cosa posible, nosotros, los que aún sólo somos viejos en potencia debemos ir en busca de los viejos para que nos enseñen a vivir.

Tampoco seremos realmente jóvenes si no aprendemos de los viejos a serlo.

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El problema universitario chileno

P.D.

El problema de la universidad chilena es el pésimo nivel de sus alumnos, que llegan deformados desde el colegio. Por lo tanto el problema de la universidad chilena está en el colegio. ¿Qué pasa en los colegios? Simplemente no pasa nada, ése es el mayor problema. Un alumno puede pasar diez años de su vida yendo todas las mañanas a un establecimiento, aprobar todo con un cómodo promedio 5,8 y simplemente salir de ahí a los dieciocho años sin saber qué diablos hacer, perdido en el planeta tierra, sin los conocimientos básicos de un ciudadano con derecho a voto, sin una cultura que le haga situarse en la línea de la historia, con mala ortografía y una pobre capacidad de expresarse en su idioma materno, ignorante total en inglés o el idioma extranjero que le tocó (pudo ser el chino mandarín de los colegios del ministro Bitar)  incapaz de estudiar, esto es, de poder sentarse frente a libro por algunas horas e intentar aprehender una idea, y lo que es peor, falto de interés y afán por aprender cualquier cosa. Y no deja de tener razón: si la historia o la ciencia es lo que le enseñaron en el colegio, entonces no vale la pena dedicarles mucho tiempo.

Este alumno ha sido estafado. Durante diez largos años de su vida, cada minuto y cada segundo, ha sido estafado. Desde que la parvularia no lo obligó a comerse la colación a su hora, desde que el profesor de básica se le ocurrió enseñarle a leer y a escribir con métodos más “amigables e intuitivos”, desde que en la adolescencia no le sacaron trote, sino que lo dejaron a merced de su “propia creatividad”, desde que los propios profesores, ya por tedio, por temor o simplemente por un arranque inexplicable de ternura le perdonaron, una y otra vez, sus atrasos, travesuras y faltas de respeto (“es un chiquillo, qué le vamos a hacer, hay que darle una quinta oportunidad”). Desde que el director decidió no dejarlo repitiendo de curso aunque tuviera muchas materias sin aprobar, desde que el profesor de castellano consideró que la ortografía no era importante o que la Ilíada era un libro demasiado largo. Todos los días una estafa nueva. El estafado va creciendo sin hábitos, sin exigencias, sin deslumbrarse con la ciencia o el arte, y por lo tanto sin proyectos personales. Esos profesores que le perdonan todo se han transformado en seres ridículos, útiles para hacer bromas : rara vez un ser

Gaudeamus Igitur. (“Carrete mechón” en Con-cón)

ridículo podrá ser modelo. El estafado cree que el conocimiento es algo fácil: tiene un excelente promedio en filosofía, porque en la última clase el “profe” le puso un 7 al “trabajo en grupo” sobre el amor platónico, sacado de internet. En historia le va bastante bien, sacó un 6,5 en la examen final con alternativas, porque se sentó al lado del mateo y pudo copiar. Yo no tiene miedo a que lo sorprendan copiando: una vez lo pillaron y le dieron otra oportunidad, porque su mamá amenazó al colegio de que si le hacían algo, iba a denunciarlos. En inglés todos los años ven las mismas cosas: los colores, nombres de la ropas y los verbos en pasado. De leer algún libro en inglés, ni hablar.

El estafado llega a 4o medio, ocupa casi todo ese año en preparar la prueba de selección académica, rinde dicha prueba y entra a la universidad que le corresponde por su puntaje. Y los profesores universitarios se sorprenden: tienen en frente a un analfabeto. Si fuera un par, sería una anécdota, pero como son un ejército los estafados, entonces para evitar el desastre hay que hacer muchos ramos introductorios, incluso dar cursos de castellano o de cultura general, armar “5º medios” para evitar la fuga masiva de alumnos. ¿Qué puede hacer la universidad si en el colegio no se aprendieron nociones fundamentales? Nada. Quod schola non dat, universitas non praestat, es el dicho que queda como anillo al dedo.

Se habla mucho de la desigualdad social en la educación, de que la cuna determina la calidad de educación, etc. Pero yo veo que los estafados son una clase transversal, los hay ricos y pobres por igual. Incluso se podría pensar que los que desembolsaron millones durante diez años fueron más estafados, porque además de deformarles la cabeza les robaron la plata.

¿Qué está pasando en nuestros colegios? ¿Son la mayoría de los profesores malos, como se deja entrever en mi relato caricaturesco, o sólo algunos de ellos? ¿Son éstos a su vez víctimas de un sistema perverso, que los obliga a ser mediocres para poder sobrevivir? ¿Existe alguna solución realista a este problema de la estafa? Todo eso en la próxima columna. Hasta entonces.

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