Archivo mensual: febrero 2013

Aesthetica nuptialis o porqué son insoportables los matrimonios

P.D.

boda

Comienzo esta columna con una reflexión del gran Gustave Thibon:

“Dios es el bien, pero también la belleza. Una de las grandes debilidades del cristianismo histórico es la de haber sacrificado la estética a la moral, y haber acentuado la oposición entre el bien y el mal sin tener lo bastante en cuenta la oposición, no menos esencial, entre lo feo y lo bello. Me cuesta creer que el arte de San Sulpicio y cierta música, cierta literatura llamada religiosas, constituyan una menor ofensa a la pureza divina, que una blasfemia, un robo o un adulterio”.

Este párrafo de Thibon calza al dedillo con el estiércol al que nos tienen acostumbrados los matrimonios que una y otra vez se celebran en las iglesias de nuestro país. A veces me alarmo y me pregunto: ¿Seré un maldito, un demente, que todo me parece intolerablemente horrible? O más bien: ¿acaso las bodas a las que me toca ir son justo los mejores ejemplares de la fealdad chilensis? Abro hoy El Mercurio (9 de febrero 2013, pág. A16), sección “vida social” (tema para otra columna) y me doy cuenta de que esto es una epidemia. Esto es la fantasía de los novios “echada a volar”: novias que quieren ser princesas, tortas con formas de esquís (es el hobby de los novios), fotos sacadas de catálogo de Ripley y un largo etcétera. Alguien podrá decir, como viviendo en el limbo del cuico colonial: se trata de algo social, los nuevos ricos son así, siúticos. Pero no es así, las cosas horribles se ven a raudales en matrimonios de “viejos ricos”. Que nadie tire la primera piedra.

Esta columna puede caer mal. Quizá tú, querido lector o querida lectora, te casaste y contrataste un coro guitarrero y te emocionaste hasta las lágrimas con la canción “Margaritas”. Pensaste que la prédica del cura fue como escuchar a San Agustín en persona, que tu brindis con música de película fue un momento estelar de la humanidad, que el video que mostraste en tu fiesta fue sencillamente conmovedor, que tu coreografía después del vals fue un logro estético, que la música de la fiesta fue un acierto, que el cotillón durante la fiesta fue algo muy ingenioso y hermoso, y que el código de falabella con que importunaste a medio mundo es algo muy simpático e incluso “moral” (¿después de todo, acaso no tiene una derecho a unas sábanas recién bordadas?). Quizá mucha gente te acompañe en todas y cada una de estas creencias. Yo sólo pido que concibas la posibilidad de que alguien, allá sentado en un banco de la iglesia y luego merodeando esas mesas llenas de postres, haya vivido cada uno de esos momentos como una verdadera tortura.

“Amargado”. Ese es el típico mote que reciben los que se quejan de lo prostituida que está la estética de los matrimonios. Yo sólo quiero hacer las siguientes preguntas: ¿porqué diablos todo tiene que estar infectado de una estética de “Village”? ¿Porqué todo, incluso lo más sagrado, tiene que regirse por la lógica de una multitienda? ¿Porqué no somos capaces de discernir lo solemne de lo sentimental? ¿Y porqué lo sentimental tiene que ser sinónimo de dulzón, gelatinoso? ¿Y porqué lo festivo tiene que ser sinónimo de vulgar? “Son preguntas, que tú, Burgués, tendrás que contestar en el día del juicio, cuando el demonio te lleve a su morada de eterna fealdad” — ese habría sido el toque de León Bloy. Yo no quiero ser un Bloy, sólo quiero intentar poner un poco de sentido común en todo este embrollo. He visto Misas en que los novios toman el micrófono y cantan (!), otros sacan, instados por el presbítero, un objeto bajo la manga (por ej. un lápiz) y explican, frente a toda la grey, que “este lápiz simboliza la historia que vamos a escribir juntos”, o presbíteros que canonizan a los novios con sus prédicas empalagosas,  he visto a novios salir con la canción de la película “Titanic” (¿la novia se creía Kate Winslet?) . Ni Arjona habría inventado tanta cursilada.

Alguno se sentirá ofendido porque se cree juzgado por esta columna (bueno, a decir verdad eso sería un logro, porque eso querría decir que el número de lectores del blog ha aumentado). Yo no los considero malas personas. ¡Qué diablos! Ese nivel del debate es justamente el que se quiere evitar. Por eso la reflexión de Thibon al comienzo. Además, ¿no estamos en la época dorada de la tolerancia y de la libertad de expresión? La libertad de expresión, supongo, también sirve para decir lo que nos parece feo o desagradable, no sólo para difundir lo feo y lo desagradable. Nuestras conversaciones están llenas de banalidades y adulaciones.  ¡Entremos en terreno de la verdad! Acá va una verdad: ¡no me dejen de invitar a sus matrimonios, me encantan los postres!

Otro podrá decir : “esto es una crítica negativa, sin caridad. ¿dónde está la parte positiva?” No sé de dónde diantres salió esa idea de que cada aserto pronunciado por el hombre tiene que ser como el yin-yang. Si encuentro que una película es una obra maestra, ¿tengo que añadir, como por necesidad del destino, que también tiene partes malas? Hagamos valer el argumento también a la inversa.

¿Porqué tanta fealdad, tanta estética plástica, tanto arribismo? ¿Dónde quedó esa sobriedad ancestral del chileno? ¿Existió alguna vez o es un invento de Cristián Warnken?  Cedo la palabra a mis queridos lectores.

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Sobre las comparaciones de valor entre pueblos

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J. A. Giménez

Me motivó a escribir esta entrada el comentario de un compatriota en un posteo de facebook, sosteniendo como evidente que los chilenos son más flojos que los alemanes. Entiendo que un chileno piense de este modo: así se ha hablado siempre en Chile de los alemanes, con admiración, como de un pueblo trabajador. Si bien es cierto que los alemanes han hecho conscientemente una promoción de esta imagen – y en mi patria viven muchos alemanes que se esfuerzan por ser vistos de este modo (una retórica que, para ser justos, va acompañada muchas veces de los hechos), los chilenos que viajan a Alemania o viven allí un tiempo vuelven con frecuencia a atestiguar esta tesis.

Así y todo, sostener que ‘los chilenos son más flojos que los alemanes’ me parece un error. Mucho se puede decir del ‘espíritu’ alemán y no soy yo precisamente el más indicado para dar razón de esto. Sin embargo, después de unos años de enfrentamiento e integración con los usos y costumbres de este país, algo se puede especular.

Hay muchas marcas distintivas del alemán, pero quiero poner de relieve aquí sólo una de ellas: su ‘sistematicidad’. Los ‘sistemas’ – desde el Estado hasta el club de ajedrecistas – son comprendidos como estructuras que están ahí ya dadas, para que el individuo ‘desnudo’ se vista de civilidad. Los sistemas, los clubs, las organizaciones, las formas, son la ‘condición de posibilidad’ (a propósito, expresión elemental para el ideal alemán de la filosofía como ‘sistema’), el marco en el cual el individuo puede ‘aparecer’ en sociedad.

Entender al individuo desde el sistema no es sin embargo la única manera de entender la organización social. El norteamericano pone un énfasis tal en la ‘capacidad de elegir del individuo’, que no posibilita más que la emergencia de sistemas débiles. Explicar estos modelos en términos de capitalismo y socialismo me parece equivocado. Es posible representarse un Estado capitalista y ‘sistémico’ sin conflicto alguno (una descripción en la que cae de alguna manera la misma Alemania). Hay otros pueblos, los mediterráneos y sus descendientes, que se fundan desde la estructura de la familia, un sistema muy particular, porque ‘cohesiona’ tanto como ‘separa’ del sistema social – como bien vio ya Platón -. Las leyes son siempre reflejo del espíritu de sistematicidad que requiere la vida social. Las leyes son en esencia ‘sistema’ y pocos son tan respetuosos de las leyes como el alemán: un anarquista alemán puede pararse a esperar la luz verde del paso peatonal, cuando el rey de España ya pasó al otro lado. Es una paradoja, pero que hace sentido. No quiero correr muy lejos con estas generalizaciones; quisiera solamente  poner de relieve una característica relevante del esquema cultural alemán, para pasar ahora a considerar el punto inicial en discusión.

Calificar de flojo es llevar a cabo un juicio moral, lo que en sentido estricto cuestionablemente puede hacerse con respecto a un ‘pueblo’. Juzgar a una nación por un proceder histórico – la Babel bíblica -, (hacer cargar a una nación con una culpa) es un asunto distinto, que no quiero entrar a discutir acá. Considero cuestionable distinguir valorativamente a los pueblos de modo a-histórico, ya sea por una referencia a la raza, ya sea por la suposición de un inmodificable ‘espíritu de un pueblo’. Que la flojera pueda adjudicarse por predeterminación racial, es una tesis que los ‘criollos’ americanos han sostenido y siguen sosteniendo con frecuencia con respecto a los indios conquistados, y que los europeos del norte cada vez que tienen ocasión levantan frente a los del sur. Esta tesis se desentiende completamente del marco cultural de cada pueblo. Como el profesor Hugo Herrera indica en su columna del 28 de enero en la Tercera (http://www.latercera.com/noticia/opinion/ideas-y-debates/2013/01/895-506056-9-el-mapuche-que-nos-mira.shtml), sólo puede llamarse ‘flojo’ al mapuche desde una mentalidad europeo-occidental, que cifra en el progreso de la técnica el éxito de una civilización. Lo mismo puede decirse del desprecio del europeo del norte, a veces solapado, a veces manifiesto, por usos sureños como la ‘siesta’ y la interminable ‘fiesta’. El alemán tiene muchas cosas notables, pero se haya en aprietos en lo que se refiere al ‘arte de vivir’.

Los esquemas culturales explican mucho mejor las ‘diferencias de producción’ que los juicios morales. Que Alemania sea uno de los primeros productores de Europa y que a la vez tenga una de las jornadas laborales más cortas de este continente, no se deja explicar bajo la dialéctica flojo/trabajador. Más explicativo es suponer que hay aquí diversos factores culturales en juego. La ‘sistematicidad’ alemana es, por una parte, algo objetivo: instituciones, leyes, formalidades, que posibilitan al individuo trabajar desde su sector en la maquinaria total. Pero es también, por otra parte, algo subjetivo: el alemán intenta crear un ‘sistema’ donde no lo encuentra y descansa en él cuando ya está ahí dado. Los ‘sistemas’ son por una parte un esquema dado; pero también son el producto de una historia, de una acumulación de ‘jurisprudencia’ de la que países tan nuevos como Chile carecen.

Las comparaciones valorativas entre pueblos están en mi opinión condenadas al fracaso y a imposibilitar la comprensión de lo ‘otro’. En Chile hay flojos y trabajadores: pero eso sólo puede distinguirse desde nuestro esquema cultural, si es que existe un ‘único’ esquema cultural en Chile (lo que mapuches, rapanuis y chilotes vacilarían en aceptar).

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