Sobre las comparaciones de valor entre pueblos

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J. A. Giménez

Me motivó a escribir esta entrada el comentario de un compatriota en un posteo de facebook, sosteniendo como evidente que los chilenos son más flojos que los alemanes. Entiendo que un chileno piense de este modo: así se ha hablado siempre en Chile de los alemanes, con admiración, como de un pueblo trabajador. Si bien es cierto que los alemanes han hecho conscientemente una promoción de esta imagen – y en mi patria viven muchos alemanes que se esfuerzan por ser vistos de este modo (una retórica que, para ser justos, va acompañada muchas veces de los hechos), los chilenos que viajan a Alemania o viven allí un tiempo vuelven con frecuencia a atestiguar esta tesis.

Así y todo, sostener que ‘los chilenos son más flojos que los alemanes’ me parece un error. Mucho se puede decir del ‘espíritu’ alemán y no soy yo precisamente el más indicado para dar razón de esto. Sin embargo, después de unos años de enfrentamiento e integración con los usos y costumbres de este país, algo se puede especular.

Hay muchas marcas distintivas del alemán, pero quiero poner de relieve aquí sólo una de ellas: su ‘sistematicidad’. Los ‘sistemas’ – desde el Estado hasta el club de ajedrecistas – son comprendidos como estructuras que están ahí ya dadas, para que el individuo ‘desnudo’ se vista de civilidad. Los sistemas, los clubs, las organizaciones, las formas, son la ‘condición de posibilidad’ (a propósito, expresión elemental para el ideal alemán de la filosofía como ‘sistema’), el marco en el cual el individuo puede ‘aparecer’ en sociedad.

Entender al individuo desde el sistema no es sin embargo la única manera de entender la organización social. El norteamericano pone un énfasis tal en la ‘capacidad de elegir del individuo’, que no posibilita más que la emergencia de sistemas débiles. Explicar estos modelos en términos de capitalismo y socialismo me parece equivocado. Es posible representarse un Estado capitalista y ‘sistémico’ sin conflicto alguno (una descripción en la que cae de alguna manera la misma Alemania). Hay otros pueblos, los mediterráneos y sus descendientes, que se fundan desde la estructura de la familia, un sistema muy particular, porque ‘cohesiona’ tanto como ‘separa’ del sistema social – como bien vio ya Platón -. Las leyes son siempre reflejo del espíritu de sistematicidad que requiere la vida social. Las leyes son en esencia ‘sistema’ y pocos son tan respetuosos de las leyes como el alemán: un anarquista alemán puede pararse a esperar la luz verde del paso peatonal, cuando el rey de España ya pasó al otro lado. Es una paradoja, pero que hace sentido. No quiero correr muy lejos con estas generalizaciones; quisiera solamente  poner de relieve una característica relevante del esquema cultural alemán, para pasar ahora a considerar el punto inicial en discusión.

Calificar de flojo es llevar a cabo un juicio moral, lo que en sentido estricto cuestionablemente puede hacerse con respecto a un ‘pueblo’. Juzgar a una nación por un proceder histórico – la Babel bíblica -, (hacer cargar a una nación con una culpa) es un asunto distinto, que no quiero entrar a discutir acá. Considero cuestionable distinguir valorativamente a los pueblos de modo a-histórico, ya sea por una referencia a la raza, ya sea por la suposición de un inmodificable ‘espíritu de un pueblo’. Que la flojera pueda adjudicarse por predeterminación racial, es una tesis que los ‘criollos’ americanos han sostenido y siguen sosteniendo con frecuencia con respecto a los indios conquistados, y que los europeos del norte cada vez que tienen ocasión levantan frente a los del sur. Esta tesis se desentiende completamente del marco cultural de cada pueblo. Como el profesor Hugo Herrera indica en su columna del 28 de enero en la Tercera (http://www.latercera.com/noticia/opinion/ideas-y-debates/2013/01/895-506056-9-el-mapuche-que-nos-mira.shtml), sólo puede llamarse ‘flojo’ al mapuche desde una mentalidad europeo-occidental, que cifra en el progreso de la técnica el éxito de una civilización. Lo mismo puede decirse del desprecio del europeo del norte, a veces solapado, a veces manifiesto, por usos sureños como la ‘siesta’ y la interminable ‘fiesta’. El alemán tiene muchas cosas notables, pero se haya en aprietos en lo que se refiere al ‘arte de vivir’.

Los esquemas culturales explican mucho mejor las ‘diferencias de producción’ que los juicios morales. Que Alemania sea uno de los primeros productores de Europa y que a la vez tenga una de las jornadas laborales más cortas de este continente, no se deja explicar bajo la dialéctica flojo/trabajador. Más explicativo es suponer que hay aquí diversos factores culturales en juego. La ‘sistematicidad’ alemana es, por una parte, algo objetivo: instituciones, leyes, formalidades, que posibilitan al individuo trabajar desde su sector en la maquinaria total. Pero es también, por otra parte, algo subjetivo: el alemán intenta crear un ‘sistema’ donde no lo encuentra y descansa en él cuando ya está ahí dado. Los ‘sistemas’ son por una parte un esquema dado; pero también son el producto de una historia, de una acumulación de ‘jurisprudencia’ de la que países tan nuevos como Chile carecen.

Las comparaciones valorativas entre pueblos están en mi opinión condenadas al fracaso y a imposibilitar la comprensión de lo ‘otro’. En Chile hay flojos y trabajadores: pero eso sólo puede distinguirse desde nuestro esquema cultural, si es que existe un ‘único’ esquema cultural en Chile (lo que mapuches, rapanuis y chilotes vacilarían en aceptar).

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6 comentarios

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6 Respuestas a “Sobre las comparaciones de valor entre pueblos

  1. Nicolás

    Mmmm, Toño, dejas una lúcida reflexión, pero como siempre, falta sólo el golpe final. Siempre cuando estoy ebrio en el bar de mi casa pregunto, a un peruano criado en alemania (postmo), por qué él considera que la elitización de la universidad es tan nefasta, y me decía simplemente que eso atenta contra la igualdad. Vine a Alemania con la mayor ilusión de encontrarme con “cultos” en una U alemana, y me encontré con analfabetos. Parece tener razón entonces Bloom (en el The Closeing of the American Mind) al proponer su programa de lectura de los grandes libros, pero más radicalmente, tiene razón al decir que hay una ideología que, al prohibir lo “elitista”, se cierra, y se cierra ni más ni menos que a lo clásico. Las “culturas”, como dices en tu posteo, sirven de slogan al cierre de la mentalidad y a la mediocridad intelectual.

  2. Como siempre que se habla de los habitantes de una nación en general, el tema puede derivar hacia lo ridículo o lo injusto (recordemos el cisne negro de Popper que rompía una impropia generalización empírica). Sin embargo, no me parece equivocado decir que en cada país existen tendencias sociales muy marcadas que lo diferencian, más o menos, de los demás.

    Pongamos un ejemplo. Es digno de mencionar que un país pequeño, pantanoso e improductivo (en la agricultura) como Singapur sea uno de los más ricos de Asia mientras que otros con muchos más recursos no terminan de despegar. Algo dirá esto del talante de sus ciudadanos (entre otras variables a considerar).

  3. Gaspar

    Muchas gracias, Toño, por el artículo. Como siempre, plantea una cuestión muy profunda y fundamental. Me gustaría hacer al respecto algunos comentarios.
    Cuando alguien me pregunta, en qué se diferencia un chileno de un alemán, suelo siempre dar la misma respuesta: “en muy poco”. Muchos llaman a ese “poco” cultura, en contraste con las semejanzas que tienen todos los hombres en cuanto a su naturaleza. Ver una especie de dialéctica entre naturaleza y cultura me parece erróneo ya que, si bien se refieren ciertamente a fenómenos distintos, no se tratan de dos términos radicalmente opuestos. Prefiero decir que la naturaleza humana posibilita la cultura, está abierta a algo más, no es una realidad cerrada. La inteligencia y la voluntad, la libertad en cuanto tal, hace que el hombre deje de ser algo meramente “dado”, y pueda en cierto grado determinarse y dejarse determinar por otros.
    Desde este punto de vista, sí me parece posible hacer una crítica moral a nivel cultural. Si bien muchos aspectos culturales son de naturaleza estética y se relacionan más con la capacidad imaginativa del hombre que en sí no tiene límites externos a sí misma, o con dimensiones técnicas, sí pueden reconocerse valores éticos extra-culturales que permiten un juicio moral de un determinado comportamiento o ideal cultural. Ellos provienen de la naturaleza humana, apertura que posibilita la cultura. Que una cultura acepte como “normal” una conducta que sea antinatural, contraria a la naturaleza, es caer en una especie de suicidio: el renegar a la naturaleza conlleva necesariamente la condenación de la cultura, pues la primera es condición necesaria para la segunda; la apertura se cierra y deja de existir. Incluso lo estético, que a mi juicio siempre está de alguna manera relacionada con lo ético por surgir del actuar libre del hombre, en cuanto cultural, está llamado a respetar la naturaleza humana si no quiere anular al hombre. Pero no se trata de analizar la cultura desde un punto meramente negativo. Una cultura será mejor, en cuanto permita que las facultades propias de la naturaleza humana se ejerzan y desarrollen de la manera más adecuada. Soy consciente, eso sí, de lo difícil que es lograr un juicio moral cultural objetivo, superando los límites impuestos por la propia cultura. Sin embargo creo que la única posibilidad está en el juicio personal del individuo y en su conciencia. Él es el único que puede percibir una posible disconformidad entre cultura y naturaleza; y está llamado a dejarse oír y a argumentar en la sociedad.
    Decir “los alemanes son menos flojos que los chilenos” me parece un error, por no ser un juicio moral de una cultura. Es más bien un juicio ético a un conjunto cerrado de personas, dejando de lado el hecho de que cada uno actúa desde su propia libertad y de que tal aseveración no deja espacio para una excepción. Distinto sería decir, lo que ya es un juicio ético cultural y tiene amplio margen para casos particulares, que “en la cultura alemana el flojo tiene una connotación más negativa que en la chilena. Y esto es bueno”.
    Tampoco me parece correcto decir que “los esquemas culturales explican mejor las diferencias de producción”. La técnica también está supeditada a la moral, y no vice versa.

  4. Me excuso por contestar tan tarde a los comentarios, pero me encontraba de vacaciones fuera de servicio. Algunas cosas: no niego que se pueda alcanzar cierta ‘ciencia’ sobre un pueblo. Pero sugiero tres restricciones: i) no perder de vista el carácter provisorio de las conclusiones que se hayan alcanzado, lo limitado de la experiencia considerada y la facilidad con que generalizamos – idealizamos – para alcanzar un concepto de lo que se da fundamentalmente como singular; ii) el ‘espíritu’ de un pueblo no se funda en la ‘raza’ sino en la historia. Y como, creo, sugiere con razón Hegel, la ‘naturaleza pura’ no existe, sino que siempre está siendo mediada por la cultura; iii) los juicios sobre un pueblo deben ser fundamentalmente descriptivos y no valorativos.

    No quiero que se confunda lo que digo con una suerte de relativismo cultural. Obviamente los pueblos guerreros pueden ser calificados de irascibles por vivir según una cultura del honor; o los pueblos mercantes de ‘avaros-ahorrativos’ por su trato con el dinero. En mi opinión el esquema cultural no produce todavía eso – propiamente individual – que llamamos ‘virtud’. Genera condiciones para la activación de una virtud u otra. O de tal vicio o tal otro. El único vicio de una cultura guerrera no es la cobardía, sino también la temeridad y la soberbia, difíciles de distinguir de la valentía anhelada. El trato con el dinero posibilita tanto al avaro como al ahorrativo, dos calificaciones que hasta el día de hoy cuesta distinguir.

    El asunto de la ‘flojera’ es decisivo porque refiere al modo más común de diferenciar Norte de Sur. Es una imagen sumamente injusta, si pensamos que Europa no sólo nació en el Sur, sino que de sus fuentes se siguió alimentando hasta avanzada la modernidad. No quiero negar lo evidente: que en Alemania y en el Norte en general hay una relación con el trabajo que se ha mostrado más ‘exitosa’ que la meridional. Me rehúso de todas maneras a dar por supuesto que tal ‘relación con el trabajo’ es la más plena, si consideramos al trabajo como un ámbito de la vida humana que no sólo tiene una dimensión técnica, sino también una ética. Estoy dispuesto a discutirlo.

    Respecto a la sugerencia de Gaspar de no caer en la dicotomía naturaleza-cultura: es cierto que los productos culturales de un pueblo pueden tener un carácter ético. No quiero negar que el todo refleja de algún modo al individuo. Pero ese Todo ya no es individuo, racional y libre, sino Producto. Y el Producto, el nuevo esquema, naturalmente determinará el comportamiento de los individuos, aunque no me atrevo a suponer que ‘un esquema determinado’ determinará el comportamiento de los individuos en sólo ‘una dirección determinada’. ‘Una crítica moral a nivel cultural’: ¿será tan fácil como mirar las leyes de un país para determinar su carácter ético? En algunas naciones las leyes son descriptivas del estado de cosas; en otros más bien de lo que se considera que ‘debiera ser’. Bonita discusión, a ver si sigue.

    Saludos a todos!

    José Antonio

  5. Interesante posteo, aunque estoy en desacuerdo en algunos aspectos. Si la tesis es que algunas valoraciones son erróneas o tienen que ser infinitamente matizadas, estoy de acuerdo. Pero que “todas las comparaciones valorativas entre pueblos están en mi opinión condenadas al fracaso” me parece exagerado. Tú mismo por ejemplo dices que el alemán se halla en aprietos en lo que se refiere al ‘arte de vivir’. ¿Qué significa eso? ¿Que los alemanes son fomes, o pesados, o poco amistosos ? En cualquier caso, es un juicio valorativo que implica mucha moral –¿no definían los antiguos la moral como “el arte de vivir”?

    Yo creo que sí se pueden hacer este tipo de juicios morales, siempre y cuando uno esté consciente de que se trata de juicios oscuros, parciales, muchas veces injustos, generalizaciones, caricaturas, pero que a veces cobran mucho sentido en la vida práctica. Nuestra conversación cotidiana perdería mucho sabor si las generalizaciones y los arquetipos fueran abolidos en pro de la asepsia.

  6. No se puede negar que hay caracteres que tipifican a un pueblo. Y no se puede negar que hayan unos caracteres mejores que otros. El resultado de la actividad cognoscitiva -diríamos en un período canalsiano- es una distinción inevitable entre una cosa y otra; distinción que no puede venir sino de un juicio, que es el modo natural en que conoce el entendimiento humano. Si ese juicio se hace ciego respecto de las particularidades que pueda tener un individuo dentro de un grupo, es un juicio pobre porque refleja una conceptualizacion pobre en la que no caben los inferiores designados por ese concepto. Pero es evidente que, así como diferenciamos entre una cultura y otra (y precisamente porque lo hacemos) hemos de distinguir entre unos carácteres y otros. Y como hay unos mejores y otros peores, es natural juzgar acerca de ellos.

    Dejar en una nube vaga e indiferenciada el hecho de pertenecer a una nación es negarse a emplear la razón en su sentido más básico (A es B, A no es B).

    Por supuesto que la Caridad supone ciertas delicadezas a la hora de juzgar. Y más que unas meras delicadezas. Pero una cosa que no supone la Caridad es la negación de la realidad.

    Slds.

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