La excepción universitaria

P.D.

La excepción universitaria. Reflexiones sobre la educación superior chilena. Herrera, H; Garrido, M.; Svensson, M. Ediciones UDP, 2012. 107, páginas.

excepcion

El propósito de los autores del ensayo La excepción universitaria es presentar una reflexión pausada y meditada un problema que muchas veces en nuestro país tiende a despacharse con un par de lugares comunes y un par de recetas. Esto lo hace ser desde ya un libro interesante. Los autores aprovechan el impulso que el movimiento estudiantil de los últimos años dio a esta cuestión y toman como hilo conductor su consigna de una universidad “pública, laica y gratuita”. Así, el ensayo bien se puede dividir en torno a estas tres cuestiones: el carácter público de la universidad, la cuestión del pluralismo y el problema del financiamiento o del lucro.

Pero el libro no se agota ahí. A estos tres temas subyace una cuestión aún más fundamental, a saber, qué sea la universidad. La cuestión por la esencia de lo universitario es, según lo veo yo, el verdadero núcleo sistemático del libro. Pero los autores prefieren ser más modestos a este respecto. Dicen que no les interesa la reflexión sobre el concepto que ellos llaman “ideal” de universidad, es decir, qué sería la universidad en sí, qué sería aquello unitario que permite el concepto de lo “universitario” bajo sus diferentes realizaciones históricas, sino que más bien quieren meramente “explicitar supuestos del uso del término ‘universidad’”. Para provecho del lector, los autores no son coherentes con este principio auto-impuesto de deflación conceptual, sino que rápidamente abandonan su timidez especulativa y se adentran en la cuestión esencial, por ejemplo, cuando afirman, no sin razón, que “una universidad sin estudiosos de las matemáticas, de la filosofía, del arte, de la historia, de las lenguas vivas y muertas, de las ciencias básicas, no será universidad”. Tal afirmación sólo es posible, a mi juicio, si se tiene en mente aquel concepto “ideal y prescriptivo” que dicen querer evitar. ¿Acaso es posible un juicio de ese estilo operando con un concepto meramente lingüístico-funcional? Bastaría con echar una mirada a los diccionarios o mejor aún, al uso corriente de la expresión, y tendríamos la cuestión zanjada. En Chile ‘universidad’ significa muchas veces: “edificio en donde se imparten clases y se dan títulos”. Este uso incorrecto del término ‘universidad’ en Chile tiene que ver justamente porque la cuestión acerca de qué debe ser en sí lo universitario brilla por su ausencia. Sorprendentemente, los autores reconocen que se pisan la cola más adelante, cuando conceden abiertamente que han dejado entrar “conceptos ideales” para definir lo que es la universidad (!).

¿Porqué una institución que no tiene matemáticas, filosofía, historia y latín (notable mención) no es universitaria? La respuesta de los autores: porque estas disciplinas son las que más enseñan a pensar, y sin pensamiento no hay universidad. La intuición fundamental de los autores del ensayo es que pensamiento no es meramente actividad mental, sino primariamente un “exponerse a lo desconocido, a lo otro, a lo insondable”. En este sentido, pensamiento equivale a investigación. La tesis de los autores es que el pensamiento-investigación es la actividad humana que intenta lidiar con aquellas cuestiones más difíciles y misteriosas de la existencia, y que por lo tanto, no acepta respuestas pre-fabricadas o regladas de antemano, sino que siempre está abierta a lo radicalmente nuevo, a lo “excepcional”. La universidad sería el lugar privilegiado para abordar estas cuestiones. Es a partir de esta concepción que se argumenta en contra de la uniformación del sistema universitario, ya sea con respecto a la disyunciones público versus privado, religioso versus laico o simplemente como modo de control de la “producción” científica a través de estandarizaciones y mediciones odiosas. Me parece muy interesante que los autores pongan en el tapete el tema de la “medición” del saber desde la perspectiva de que el saber sea en sí mismo algo asombroso, inmensurable y no burocratizable.

En contra de las voces que anatemizan a las universidades privadas o miran con recelo a la universidades públicas, los autores del ensayo proponen una institucionalidad lo más “asistemática” posible, cuyo fin sea anularse a sí misma y dejar espacio libre a lo radicalmente nuevo, ya sea bajo lo público o lo privado. Mientras más diverso y menos “sistemático” el sistema en todos los sentidos, dicen los autores, mejor para el pensamiento y la investigación. Lo mismo vale para cada universidad. Mientras mejor maneje concretamente esta antinomia entre “institución” y “espíritu”, entre lo vivo y lo mecánico, mejores posibilidades tiene la universidad en ser lo que debería ser: lugar de pensamiento.

La tesis general me parece interesante, aunque me deja con gusto a poco. Podría haberse ahondado más el discurso sobre lo “desconocido” o lo “otro”. A veces parece suponerse con demasiada facilidad que el lector comprende o está de acuerdo en que el pensamiento en su variante más profunda se define echando mano de expresiones o metáforas que no significan lo mismo, ni para el lector medio ni para el lector más exigente. Si se dice que el pensamiento tiene como objeto lo radicalmente otro, habría que considerar también su objeción de raíz platónica: ¿cómo buscamos lo “otro” si no lo conocemos? ¿Cómo es posible reconocerlo una vez hallado, si es totalmente desconocido? ¿En qué sentido la medicina, por ejemplo, estudia lo “radicalmente heterogéneo”? ¿Porqué la realidad es un misterio? Me parece que el citado Josef Pieper podría haber dado luces sobre estos temas más fundamentales. También me llama la atención que los conceptos de “sabiduría”, “ocio” o “verdad”, claves en la determinación acerca del sentido de saber, no se toquen ni una sola vez en el libro. Los autores se podrán defender diciendo que el ensayo no pretendía ser un tratado de filosofía. Estoy de acuerdo. Pero de ser así, tampoco se justifica el discurso sobre lo “radicalmente heterogéneo” o “la autoafirmación que nos invita a la autoafirmación de otros” que a fin de cuentas son expresiones más sofisticadas y complicadas el amor por el saber, búsqueda de la verdad y ocio intelectual.

Para terminar, me gustaría hablar un poco del estilo. Creo que es el punto más flaco del ensayo. Me parece muy loable que tres personas se pongan de acuerdo para escribir un ensayo, que es por definición un género bastante personal. Los resultados estilísticos, sin embargo, son dispares. Probablemente porque cada autor por separado cultive un estilo personal es que el ensayo a veces deja un fuerte saber a collage. A veces uno podría decir cuándo habla Herrera, cuándo Svensson y cuándo Garrido. La poca uniformidad del estilo también se nota en la variación de los registros. A veces estamos en presencia de alta filosofía continental, en donde exponer es “tematizar”, prejuicios son “habitualidades”, y donde abundan expresiones todo menos obvias como “síntesis de lo múltiple” o “sedimentación”, y de un segundo a otro estamos sentados tomándonos una cerveza en el bar de la esquina, hablando de “cachativa”, “problemita” o “punta de vista país”.

Para cerrar: un libro interesante, que ojalá leyeran todos aquellos que marchan o que defienden una cosmovisión determinada con respecto a la educación en Chile, que sin duda será un tema que dará que hablar por años de años.

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