Archivo mensual: julio 2013

‘Ilusiones Perdidas’ de Balzac

por José Antonio Giménez

Hay novelas de gran carácter que se encuentran en tiempos de poca monta. La vida del espíritu se debe a estos grandes acontecimientos.

Ilusiones perdidas es la novela más larga de la ‘Comedia Humana’ de Balzac. Ese proyecto, no por humano menos titánico que la cosmovisión del Dante, fue graficado por el propio autor como una ‘entomología’ del mundo burgués. Como ‘coleópteros en el despacho de un entomólogo’ son los tipos humanos diseccionados y analizados más allá de la tragedia humana, más allá de las ilusiones de una humanidad que no da el talle para ser ‘trágica’.

ImagenLúkacs escribió de las Ilusiones… que fundan un tipo de novela nueva: la ‘novela de la desilusión’. Los dos protagonistas de la historia, el ambicioso Lucien y el manso David, acaban por ‘desilusionar’: Lucien, el poeta, hace de la literatura mercancía, David, el científico, de las injusticias que le impiden desarrollar su invento, un factum – y un fatum – frente al cual no cabe oponer resistencia. Lucien nos desilusiona, David pierde su ilusión. Y culmina el filósofo checo: ‘la verdadera necesidad en esta novela es que Lucien debe arruinarse en París’. La ‘capitalización del espíritu’ que acusa Lúkacs, sirve al dedillo de clave interpretativa de la novela. Ahora, Balzac – ¡anticapitalista, conservador y monárquico! – no parece creer en las utopías: es el hombre – necesariamente el hombre – el que guarda en sí el germen del mal. Por eso es que el ‘infierno grande’ parisino se reconoce en la imagen del ‘infierno chico’ de la provincia. Por eso es que los avaros balzacianos se deben al capitalismo como a una economía de trueque.

Ilusiones… es – también – una novela de época. La Restauración borbónica (1815-1830) es minuciosamente ‘denunciada’ por un monárquico legitimista como Balzac. Ilusiones… (1837-1843) quiere hacer una genealogía de las tensiones que llevaron a la Revolución de 1830. Entre todos los objetos de la fina crítica de Balzac sobresale aquí su crítica al periodismo. Los periodistas parisinos siguen fielmente el axioma de que ‘la palabra es poder’. La ‘capitalización de la idea’ según Lúkacs – que es también el germen (contra Lúkacs) de la misma ‘ideologización de la idea’ –  es encarnada de modo magistral por esta nueva clase de insectos. El periodismo es, en Lucien, ‘la perversión de la literatura’. El ambicioso provinciano quiere que su palabra vibre, que su palabra pueda, antes que la palabra haya sido cargada en absoluto de valor. El ‘Cenáculo’, círculo de intelectuales pobres – casi diogenianos – de París, no logra satisfacer el anhelo del triunfo rápido que espera el protagonista. Las máximas del literato d’Arthez no pueden con las chispeantes frases del periodista Lousteau: entre el sabio y el pillo, Lucien sabrá a quien seguir. Balzac, dice Lúkacs, vuelve aquí ‘necesaria la casualidad’. ¿Lucien ha sido engañado? Como en un eterno retorno, el principio de la ambición del ‘buen intencionado’, del medianamente bueno Lucien, acaba por imponerse. Lucien asciende y cae por ambición; y así, habiendo caído por ambición – y esto es lo más terrible del proyecto de Balzac –, volverá a querer ascender por el mismo medio.

ImagenHijo de su tiempo, Lucien, aspira al ideal napoléonico: lograr por el ‘fuego’ de Prometeo, democráticamente entregado a todos los hombres, encumbrarse desde lo más hondo hasta lo más alto. Pero a diferencia de otro retoño napoleónico, el Julien Sorel de Stendhal, Lucien no es un ‘nihilista’, sino más bien ‘alguien que no es capaz de sacar fuerza de ningún ideal’. La ‘voluntad’ de Lucien hace entrada una y otra vez – siempre y solamente – como ‘ambición’. El arrepentimiento, el enternecimiento, las buenas intenciones de Lucien, son profundamente humanas, mas sólo humanas: como el autor en distintos momentos de la novela le recuerda al lector, los arrepentimientos de Lucien son absolutamente auténticos, mas no tienen fuerza alguna para generar algún cambio.

Tampoco puede decirse que el mal de Lucien es su ‘incontinencia’, la ‘debilidad de su voluntad’ – pues los episodios de arrepentimiento son tan sólo los ‘instantes’ al recodo del  camino, que no muestra todavía meta que ambicionar. En Lucien sólo la ambición mueve la voluntad. Lucien tampoco es un ‘trágico’ – porque volverá a caer siempre otra vez, de modo que la ‘tragedia humana’, por repetitiva, acaba por ser comedia. Lucien quiere sentirse poeta, quiere sentirse ‘trágico’, pero no da el talle, no tiene espaldas para cargar el peso de sus culpas. La tragedia de la persona de Lucien es querer ser un poeta y acabar siendo un mediocre: mas lo trágico aquí se le esconde a Lucien, quien seguirá siempre creyendo que la ‘vida de poeta’ antecede a la ‘obra del poeta’.

ImagenDostoievski, un lector de Balzac, explota la temática de la ‘desilusión’. ‘Humillados y ofendidos’ o ‘Pobres gentes’ dan razón de este status quo de ilusiones insatisfechas, de voluntades anuladas. ‘Pobres gentes’ son David y Eve, la hermana de Lucien, madame Chardon, la madre, las ‘buenas gentes’ cuya presencia en la novela es el refugio del lector. Sin este claroscuro, tal vez los insectos no parecerían tales. Sin embargo, la gran desilusión de Ilusiones… es nuestra desilusión, representada en la persona de la entregada Eve. Su amor incondicional es sustituido por una imposibilidad de creer en su hermano. La desilusión es grande porque el amor – ciego como era – era también ilimitado. La ‘casual necesidad’ de la caída de Lucien – del ascenso y la caída – encuentra un paralelo en el gran pecador de Dostoievski: Raskolnikov. Lucien está más allá – o más acá – de toda redención, Balzac quiere quitarnos para siempre esa última ilusión; Raskolnikov, en cambio, ‘es redimido’. Pero la redención de Raskolnikov no significa la superación de la ‘necesidad de la caída’: termina la novela del ruso enfatizando que la historia de la redención acaba de empezar, que el protagonista será una y otra vez esclavo de su propio demonio, pero que una y otra vez podrá el hombre ser redimido. Balzac y Dostoievski, los dos, grandes conocedores del corazón humano – ¿quizás los más grandes? –, coinciden en la necesidad de la caída, pero se contraponen en la posibilidad de la redención.

ImagenEn Esquilo Prometeo roba junto al fuego ‘la esperanza’ (élpis); en Hesíodo ésta se encuentra en lo más profundo de la caja que Pandora libera. En ambos textos la ‘esperanza’ es causa de la perdición de los hombres. Por eso algunos han preferido traducir élpis aquí simplemente por ‘espera’: la actitud de inmovilidad en el presente – ¡curiosamente, una actitud anti-científica! – posibilitada desde la ilusión de una felicidad futura. Que la verdadera faz de la tierra se nos mantenga velada es, sin embargo, un bálsamo de la existencia. Las ilusiones de Lucien seguirán siempre vivas, porque un ambicioso vive de la ilusión; las ilusiones de David y Eve han muerto ya y tendrán que vivir bajo los límites de la realidad. Balzac llega al final de su novela al umbral de una pregunta religiosa: ¿cabe ‘esperar’ en absoluto, para el que ha perdido las ilusiones y – peor – para el que no puede ya ‘ser redimido’? La respuesta de Balzac es brutal. El sacerdote español que salva a Lucien de perderse de una vez por todas – y ejecutar paradójicamente su único sacrificio –, lo inicia en las creencias en ‘la otra vida’: la otra vida que le espera si se hace ‘siervo’ del sacerdote: volver a hacer entrada en la vida parisina y con la espada que se le pondrá en las manos, cortarle la cabeza a todos sus enemigos. El terrible retrato de Balzac acaba con la última esperanza. Pero es cierto, la esperanza no proviene del corazón de los insectos, es un regalo de los dioses. Pero Dios entonces, ¿no tiene espacio en la ‘Comedia humana’? ¿Por qué Balzac – cristiano romano – no lo deja entrar? ¿Acaso no son los insectos también creación de Dios? ¿No hay esperanza en la semejanza?

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La base de una buena educación universitaria

por P.D.

En una diatriba anterior afirmaba yo que el “problema universitario” chileno viene incubándose desde el colegio, en donde a los alumnos literalmente poco o nada se les enseña. Esta tesis algo gruesa y generalizadora intenté mostrarla a partir del hecho de que una gran mayoría de los alumnos que entran a la universidad vienen con vacíos tremendos porque simplemente los habían tratado como tontos, sin rigor y sin desafíos en sus respectivas escuelas.

Alguien podría pensar: ¿es ese “el” problema universitario chileno? ¿No es acaso más problemático el lucro, los aranceles abusivos, las injusticias de la PSU?

Sí, esos son grandes problemas, nadie lo duda. Pero parece que nadie se ha puesto a pensar que detrás de todos estos libriproblemas “sistémicos” subyace un problema más grave aún: no sabemos qué es y para qué es la universidad. Podríamos solucionar el problema de los créditos, cerrar las universidades lucrativas y terminar con la PSU. Aún así, nuestra profunda crisis universitaria permanecería tan viva como siempre. ¿Qué crisis es esta? La crisis es que los alumnos tienen un pésimo nivel intelectual, y que por lo tanto, no saben para qué van a la universidad.

Pero detengámonos un poco. Así como la universidad no tienen la culpa del mal nivel de los alumnos que aterrizan en ella, el colegio tampoco se lleva todo la culpa. ¿Y de quién es la culpa entonces? ¿De la sociedad, del “sistema”? Sí, de un sistema muy concreto, llamado familia. Un alumno ignorante puede tener buenos profesores en la universidad y no aprender nada, porque le faltaron buenos profesores en el colegio. Pero un alumno pudo haber tenido buenos profesores en el colegio y no haber aprendido nada, porque en su casa le faltó un padre, una madre, un tío, un abuelo, que le enseñara lo fundamental: la tan vilipendiada “cultura general”.

Sin entrar en definiciones especulativas sobre qué es cultura, yo diría que la cultura general es aquella red mental de datos, imágenes, razonamientos, impresiones y afectos, que posibilita la comprensión básica de nuestra situación como seres que vivimos un entorno histórico-cultural concreto. La cultura general es aquel conocimiento que nos permite leer el periódico, ver un noticiario internacional, ubicarse en el mapamundi, explicarle a un extranjero cómo funciona a grandes rasgos la vida política del país o poder disfrutar algún clásico de la literatura o de una buena pintura.

Evidente:  no hace falta ir a la universidad y ni siquiera al colegio para gozar de una buena cultura general. La cultura general es un tipo de enseñanza muy interesante: es totalmente gratis y no necesita de estudios formales. Requiere constancia y gusto, nada más.  Si Gabriela Mistral no hubiese tenido esa abuela que le leía historias de la Biblia todas las tardes en el lejano pueblo de Vicuña, probablemente no hubiese sido quien fue. Son muchísimos los casos en la historia en que personas de la clase obrera o campesina llegan a ser grandes genios o intelectuales. No tiene nada de extraño: un padre atento que lleva a su hijo a ver una obra de teatro o una madre que les pone a sus hijos un disco de Mozart, es por lo general, el comienzo de una carrera genial. Como diría un tecnócrata de think-tank: es el mejor “capital cultural”.

Pero esta pirámide de hogar-colegio-universidad está trastocada. En las casas, lo que muchos niños escuchan hablar es únicamente de fútbol. Los momentos de conversación se los toma la telenovela de turno. Los domingo no hay visitas a museos o paseos con los abuelos, que son fuentes vivas de cultura general, porque ellos han vivido la historia. Pero no: el tiempo libre se lo come el consumo (mall, supermercado, feria), según sea el presupuesto de cada cual.

Segundo estrato de la pirámide, que podría eventualmente suplir el primero: el colegio. Acá reina la anemia cultural. Profesores con malos sueldos, sobrecargos de trabajo. Como dice Parra: “Soy profesor en un liceo obscuro, / He perdido la voz haciendo clases. / (Después de todo o nada / Hago cuarenta horas semanales)” Y tanto mediocre, que no enseña filosofía, ni historia, ni castellano, sino que se guarece en unas “actividades grupales” y “trabajos para la casa” (es decir: copiar-pegar de internet). Que en nuestras escuelas se sigan leyendo la Odisea de Homero o El Quijote en versión resumida o que los alumnos de historia no sepan diferenciar entre Alejandro Magno y Carlomagno es que estamos hablando de una estafa a todo nivel. Esta estafa la viven a diario nuestros estudiantes, desde el más pobre al más rico. Como dato: hay colegios que cuestan más de 350 mil pesos al mes, cuyo producto es un hombre que no sabe dónde está parado en el universo. Y muchos caraduras se esconden en teorías pedagógicas de dudosa hechura, que supuestamente pondrían el énfasis en la creatividad y en la comprensión y no en la memoria. Me quedo con la frase del filósofo alemán Viktor Ehrlich: “El desprecio de la memoria es una de las grandes tragedias pedagógicas de la historia. Sin memoria no se puede comprender ni crear.”

Hay una historia famosa de un estudiante universitario que trató de convencer a don Héctor Herrera Cajas de que su abuelo había peleado en las cruzadas. Como ayudante de periodismo en una universidad santiaguina me tocó ver casos similares, aunque no tan espectaculares. Me acuerdo muy bien de uno que escribió que “Mahoma había fundado el judaísmo” (sic). Es para llorar de risa y de pena, porque los padres de ese pajarito probablemente se desangraron pagando un colegio carísimo, para algo que se puede aprender leyendo el “Icarito” o yendo a la iglesia el domingo. La pregunta urgente es entonces: Si un alumno no posee la mínima cultura general, ¿debería ir a la universidad? ¿Debería la universidad dejarlo entrar? ¿Qué le cabe hacer a las universidades? ¿Simplemente aceptar esta triste realidad y exigir bachilleratos y ramos introductorios para todos? ¿Habría que salir a marchar a la Alameda para que el estado nos dé cultura general? Le dejo la palabra a los fieles lectores.

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7 tesis para repensar el Chile de Hoy después de las primarias presidenciales

por Gianfranco Tirronis, ex Mapu, hoy monje palamita del monte Athos.

1.- En la época colonial Chile era un país más culto que hoy porque se enseñaba latín como carrera.

2.- Hoy comerse un sánduich de 500 gramos en la Fuente Alemana es un acto más filosófico que leerse 500 gramos de papers.

3.-Schopenhauer: “La abolición del latín como idioma universal de los hombres cultos (…), ha sido una verdadera desgracia para la causa del conocimiento en Europa”. J. Ratzinger: “el latín era la asignatura base de toda enseñanza escolar y se estudiaba con gran severidad y rigor, cosa que luego he agradecido toda mi vida. Como teólogo nunca he tenido nunca dificultad para estudiar las antiguas fuentes en latín y griego”.

4.- “Escuela de negocios” es uno de los grandes chistes etimológicos postmodernos.

5.- “Cultivado es el hombre que no convierte la cultura en profesión” (Gómez Dávila).

6.- “No el mucho saber harta y satisface el alma, sino el sentir y gustar las cosas internamente“ (San Ignacio de Loyola).

7.- “Just the fax, ma’am” (Bruce Willis en Duro de Matar 1)

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