‘Ilusiones Perdidas’ de Balzac

por José Antonio Giménez

Hay novelas de gran carácter que se encuentran en tiempos de poca monta. La vida del espíritu se debe a estos grandes acontecimientos.

Ilusiones perdidas es la novela más larga de la ‘Comedia Humana’ de Balzac. Ese proyecto, no por humano menos titánico que la cosmovisión del Dante, fue graficado por el propio autor como una ‘entomología’ del mundo burgués. Como ‘coleópteros en el despacho de un entomólogo’ son los tipos humanos diseccionados y analizados más allá de la tragedia humana, más allá de las ilusiones de una humanidad que no da el talle para ser ‘trágica’.

ImagenLúkacs escribió de las Ilusiones… que fundan un tipo de novela nueva: la ‘novela de la desilusión’. Los dos protagonistas de la historia, el ambicioso Lucien y el manso David, acaban por ‘desilusionar’: Lucien, el poeta, hace de la literatura mercancía, David, el científico, de las injusticias que le impiden desarrollar su invento, un factum – y un fatum – frente al cual no cabe oponer resistencia. Lucien nos desilusiona, David pierde su ilusión. Y culmina el filósofo checo: ‘la verdadera necesidad en esta novela es que Lucien debe arruinarse en París’. La ‘capitalización del espíritu’ que acusa Lúkacs, sirve al dedillo de clave interpretativa de la novela. Ahora, Balzac – ¡anticapitalista, conservador y monárquico! – no parece creer en las utopías: es el hombre – necesariamente el hombre – el que guarda en sí el germen del mal. Por eso es que el ‘infierno grande’ parisino se reconoce en la imagen del ‘infierno chico’ de la provincia. Por eso es que los avaros balzacianos se deben al capitalismo como a una economía de trueque.

Ilusiones… es – también – una novela de época. La Restauración borbónica (1815-1830) es minuciosamente ‘denunciada’ por un monárquico legitimista como Balzac. Ilusiones… (1837-1843) quiere hacer una genealogía de las tensiones que llevaron a la Revolución de 1830. Entre todos los objetos de la fina crítica de Balzac sobresale aquí su crítica al periodismo. Los periodistas parisinos siguen fielmente el axioma de que ‘la palabra es poder’. La ‘capitalización de la idea’ según Lúkacs – que es también el germen (contra Lúkacs) de la misma ‘ideologización de la idea’ –  es encarnada de modo magistral por esta nueva clase de insectos. El periodismo es, en Lucien, ‘la perversión de la literatura’. El ambicioso provinciano quiere que su palabra vibre, que su palabra pueda, antes que la palabra haya sido cargada en absoluto de valor. El ‘Cenáculo’, círculo de intelectuales pobres – casi diogenianos – de París, no logra satisfacer el anhelo del triunfo rápido que espera el protagonista. Las máximas del literato d’Arthez no pueden con las chispeantes frases del periodista Lousteau: entre el sabio y el pillo, Lucien sabrá a quien seguir. Balzac, dice Lúkacs, vuelve aquí ‘necesaria la casualidad’. ¿Lucien ha sido engañado? Como en un eterno retorno, el principio de la ambición del ‘buen intencionado’, del medianamente bueno Lucien, acaba por imponerse. Lucien asciende y cae por ambición; y así, habiendo caído por ambición – y esto es lo más terrible del proyecto de Balzac –, volverá a querer ascender por el mismo medio.

ImagenHijo de su tiempo, Lucien, aspira al ideal napoléonico: lograr por el ‘fuego’ de Prometeo, democráticamente entregado a todos los hombres, encumbrarse desde lo más hondo hasta lo más alto. Pero a diferencia de otro retoño napoleónico, el Julien Sorel de Stendhal, Lucien no es un ‘nihilista’, sino más bien ‘alguien que no es capaz de sacar fuerza de ningún ideal’. La ‘voluntad’ de Lucien hace entrada una y otra vez – siempre y solamente – como ‘ambición’. El arrepentimiento, el enternecimiento, las buenas intenciones de Lucien, son profundamente humanas, mas sólo humanas: como el autor en distintos momentos de la novela le recuerda al lector, los arrepentimientos de Lucien son absolutamente auténticos, mas no tienen fuerza alguna para generar algún cambio.

Tampoco puede decirse que el mal de Lucien es su ‘incontinencia’, la ‘debilidad de su voluntad’ – pues los episodios de arrepentimiento son tan sólo los ‘instantes’ al recodo del  camino, que no muestra todavía meta que ambicionar. En Lucien sólo la ambición mueve la voluntad. Lucien tampoco es un ‘trágico’ – porque volverá a caer siempre otra vez, de modo que la ‘tragedia humana’, por repetitiva, acaba por ser comedia. Lucien quiere sentirse poeta, quiere sentirse ‘trágico’, pero no da el talle, no tiene espaldas para cargar el peso de sus culpas. La tragedia de la persona de Lucien es querer ser un poeta y acabar siendo un mediocre: mas lo trágico aquí se le esconde a Lucien, quien seguirá siempre creyendo que la ‘vida de poeta’ antecede a la ‘obra del poeta’.

ImagenDostoievski, un lector de Balzac, explota la temática de la ‘desilusión’. ‘Humillados y ofendidos’ o ‘Pobres gentes’ dan razón de este status quo de ilusiones insatisfechas, de voluntades anuladas. ‘Pobres gentes’ son David y Eve, la hermana de Lucien, madame Chardon, la madre, las ‘buenas gentes’ cuya presencia en la novela es el refugio del lector. Sin este claroscuro, tal vez los insectos no parecerían tales. Sin embargo, la gran desilusión de Ilusiones… es nuestra desilusión, representada en la persona de la entregada Eve. Su amor incondicional es sustituido por una imposibilidad de creer en su hermano. La desilusión es grande porque el amor – ciego como era – era también ilimitado. La ‘casual necesidad’ de la caída de Lucien – del ascenso y la caída – encuentra un paralelo en el gran pecador de Dostoievski: Raskolnikov. Lucien está más allá – o más acá – de toda redención, Balzac quiere quitarnos para siempre esa última ilusión; Raskolnikov, en cambio, ‘es redimido’. Pero la redención de Raskolnikov no significa la superación de la ‘necesidad de la caída’: termina la novela del ruso enfatizando que la historia de la redención acaba de empezar, que el protagonista será una y otra vez esclavo de su propio demonio, pero que una y otra vez podrá el hombre ser redimido. Balzac y Dostoievski, los dos, grandes conocedores del corazón humano – ¿quizás los más grandes? –, coinciden en la necesidad de la caída, pero se contraponen en la posibilidad de la redención.

ImagenEn Esquilo Prometeo roba junto al fuego ‘la esperanza’ (élpis); en Hesíodo ésta se encuentra en lo más profundo de la caja que Pandora libera. En ambos textos la ‘esperanza’ es causa de la perdición de los hombres. Por eso algunos han preferido traducir élpis aquí simplemente por ‘espera’: la actitud de inmovilidad en el presente – ¡curiosamente, una actitud anti-científica! – posibilitada desde la ilusión de una felicidad futura. Que la verdadera faz de la tierra se nos mantenga velada es, sin embargo, un bálsamo de la existencia. Las ilusiones de Lucien seguirán siempre vivas, porque un ambicioso vive de la ilusión; las ilusiones de David y Eve han muerto ya y tendrán que vivir bajo los límites de la realidad. Balzac llega al final de su novela al umbral de una pregunta religiosa: ¿cabe ‘esperar’ en absoluto, para el que ha perdido las ilusiones y – peor – para el que no puede ya ‘ser redimido’? La respuesta de Balzac es brutal. El sacerdote español que salva a Lucien de perderse de una vez por todas – y ejecutar paradójicamente su único sacrificio –, lo inicia en las creencias en ‘la otra vida’: la otra vida que le espera si se hace ‘siervo’ del sacerdote: volver a hacer entrada en la vida parisina y con la espada que se le pondrá en las manos, cortarle la cabeza a todos sus enemigos. El terrible retrato de Balzac acaba con la última esperanza. Pero es cierto, la esperanza no proviene del corazón de los insectos, es un regalo de los dioses. Pero Dios entonces, ¿no tiene espacio en la ‘Comedia humana’? ¿Por qué Balzac – cristiano romano – no lo deja entrar? ¿Acaso no son los insectos también creación de Dios? ¿No hay esperanza en la semejanza?

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1 comentario

Archivado bajo Literatura, Novela, Uncategorized

Una respuesta a “‘Ilusiones Perdidas’ de Balzac

  1. Gastón R.

    Perdone lo poco, Toño, pero qué buena interpretación y comentarios. Muchos Saludos

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