A propósito de que el aborto sea un tema de discusión

José Antonio Giménez Salinas

En Chile se discute, otra vez, ley de aborto (terapéutico). Este proyecto incluye tres casos: i) peligro de vida y salud de la madre, ii) malformaciones y iii) violación. ‘Terapéutico’ es un nombre vacío: son tres casos de excepción que se fundamentan o rebaten de modo distinto. No quiero discutir aquí si este proyecto debiese o no ser aprobado. Me interesa más bien legitimar la posibilidad de que una discusión en absoluto tenga lugar.

De conocidos y amigos que respeto mucho intelectualmente he leído algunos argumentos contra los anti-abortistas que imposibilitan a priori la discusión. Lo mismo vale para los que consideran, como cristianos católicos o evangélicos, que los abortistas están simplemente endemoniados. Sin ocultar que me considero entre los que tienen al aborto como un mal que debe evitarse en todos los casos, me referiré sólo a la intransigencia de los abortistas, si bien reconociendo que la situación contraria también existe.

El primer argumento es la apelación a la ‘inconsistencia moral’. Se acusa a los anti-abortistas de, por ejemplo, no escandalizarse (igualmente) de los crímenes contra los derechos humanos o de la injusticia social. La descripción es parcialmente efectiva: hay que preguntarse entonces si la actitud de esta parte deslegitima el ataque al aborto. Una conducta hipócrita, por una parte, nunca condena la tesis defendida, sino sólo a su defensor. Por otra parte, es una falacia plantear la disyuntiva entre el aborto de los fetos y los detenidos desaparecidos en la dictadura. Estas posturas no están en conflicto entre sí; la hipocresía puede ser acusada por el hecho de que bajo un principio moral – ‘el valor absoluto de toda vida’ – un caso (‘aborto’) sea reconocido, pero otro, no (asesinato y tortura en dictadura). La razón de esta doble moral – que no daña en absoluto el juicio contra el aborto, pero sí acusa inconsistencia en el aparato de creencias del individuo – es fácil de entender: el aborto no compromete un color político, mientras que, quien fue asesinado en dictadura, podría ser un enemigo político. Esto no justifica la inconsistencia moral, pero explica al menos que para algunos sea menos evidente el ‘principio’ en un caso que en el otro.

Otro notable argumento contra los anti-abortistas consiste en suponer en ellos intereses de dominio de clase. El pobre no puede abortar sin ley: el rico sí. La Iglesia católica apoyaría este programa: bienaventurados los pobres (de corazón) porque de ellos será el cielo. Yo creo que este argumento está mal hecho. El rico puede tenerlo todo, es cierto; ahora, los que marchan contra el aborto, sean ricos o no, en general no son los que abortan. Como no todo rico es anti-abortista, sería lo más lógico suponer que los que hacen uso de dichas clínicas privadas son más bien los que no van a las marchas por la vida del feto. Podría formularse la sospecha de otra forma: el rico no toma en consideración que, con la ley de aborto, la pobreza puede disminuir; luego, el rico que ataca el aborto intenta perpetuar la pobreza. Más allá de la evidente falacia de esta argumentación (suponer ‘intención’ en toda la cadena de aparentes consecuencias que se siguen de una decisión), el control de la natalidad es una política que no necesariamente va pareja de pretensiones democráticas: baste recordar la política de natalidad de la República y de la Magnesia platónicas, la primera, una comunidad esencialmente aristocrática, la segunda, una constitución mixta (monarquía-democracia). Finalmente el ‘aborto’ tiene un efecto menor dentro de una política de control de natalidad, la cual se concentra sobre todo ‘antes’ de la concepción. (Si bien la píldora del día después, que ya se vende en Chile, es inmediatamente posterior).

Se esgrime también como argumento de ‘mono de paja’ – contrincante fácil de desmoronar – que el anti-abortista defiende fundamentalmente una posición religiosa, de fe. Si bien la convicción de la filiación divina sitúa la ‘vida’ de toda persona en un nivel trascendente a la determinación humana (nacer, morir y existir significan otra cosa), los argumentos contra y a favor del aborto tienen origen del todo diverso. La no-posesión absoluta de sí fue ya defendida por Platón para criticar el suicidio. Sin embargo, su defensa de la vida – por su trascendencia y dependencia – no lo llevó a defender al feto: el alma no sobrevendría desde la concepción. Hipócrates, por otra parte, llamó al aborto homicidio. La discusión tuvo una vida pre-cristiana. En la filosofía moderna nos encontramos con la paradoja de Kant: con él se defiende la vida del feto, por ser en potencia un fin en sí mismo (persona), y se la ataca, subrayando el valor de la autodeterminación. Si la bandera anti-abortista es en el fondo una religiosa, habría que aceptar que la condena del homicidio sólo puede ser explicada por fundamentos religiosos – intentos no faltan –, pues aborto se condena como homicidio. La cuestión aquí entonces es doble: si aborto del feto es homicidio  o un tipo de homicidio y, si lo es, si el derecho allí defendido, al entrar en conflicto con otros derechos, debe ser interpretado prioritariamente o no.

Me quiero referir a un último argumento que impide empezar siquiera esta discusión. Podría ser llamado el falacia ad virum. Se esgrime que por ser la mujer la directamente involucrada en el embarazo y en su posible suspensión, los hombres están deslegitimados para emitir una opinión sobre el tema: quien se opone al aborto, sería sexista, tratando esta vez no ya el cuerpo de la mujer como ‘mercancía’, sino como ‘transporte’. Una tal opinión ‘sexista’ fue defendida hace poco por una senadora chilena: dijo que la mujer ‘presta el cuerpo’ (las mujeres, obviamente, también pueden ser sexistas). Yo no estoy de acuerdo con esta opinión. Pero al otro lado hay una metáfora que me parece aún más nefasta: es la imagen del feto como ‘parásito’ que impide la liberación de la mujer, tesis defendida por la ideología de géneros y recreada brutalmente en la película Alien (1979). Ambas metáforas tienen algo en común: niegan la relación de la madre con el feto. Tal relación íntima hace de la mujer la más interesada en la vida por nacer; por otra parte, la que tiene mayor responsabilidad sobre ella. La comprensión ‘parasitaria’ del feto niega esta relación o, al menos, la vuelve ‘unilateral’: el parásito depende del organismo parasitado a la vez que lo consume; el organismo parasitado no se relaciona con el parásito más que como su negación. La relación no deflacionaria ni alienada de la madre y el feto implica, por una parte, una posición privilegiada de la madre en referencia a esa relación, por otra, una relativa independencia de las partes de la relación. Si el feto debe ser considerado como persona humana, entonces, toda otra persona (del universo) está también en una relación con él: ese es el fundamento de los derechos humanos. Hombres y mujeres del mundo tendrían entonces todo el derecho de tener una relación con el feto y todo el deber de protegerlo. La madre seguiría teniendo una relación privilegiada, si bien el resto de la comunidad participaría de otro modo también de esta relación. Obviamente el supuesto de esta argumentación puede ponerse en cuestión: que el feto sea persona. Ahora, si se reduce la discusión sobre el aborto a la relación privilegiada de la madre – y de la mujer en general –, se zanja la discusión sobre el status del feto antes de haber empezado a discutir. Y eso es hacer trampa.

Las condiciones de una discusión racional no garantizan, para nada, que la discusión que tendrá lugar será realmente racional y que tendrá resultados del todo validados por el proceso de intercambio de posiciones. Pero si no podemos como seres racionales vivir siempre en la verdad – siquiera a veces –, podemos al menos, una y otra vez, intentarlo.

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3 comentarios

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3 Respuestas a “A propósito de que el aborto sea un tema de discusión

  1. Pienso, Querido Toño, que el cariz dramático que tiene la discusión sobre el aborto “terapéutico” es precisamente la falta de sentido común. Me gustaría poder conversar en serio con mucha gente que piensa que el aborto es un derecho, han levantado una especie de cortina de hierro (eso en la experiencia personal). Pero, ya a partir del nombre “terapéutico”, la cosa se pone cuesta arriba. El intento de eliminar una vida, innegable en el feto, con la pretensión de “curar” a alguien de algún mal es una contradicción en los términos. El admitirla habla de una cerrazón mental muy grande sólo posible debido a un retardo de carácter biológico o a una muy torcida conciencia. Y, como dice el apotegma: “de una contradicción se sigue cualquier cosa”, luego, etc.

    Siguiendo con los recuerdos personales, un grupo de amigos teníamos la costumbre de, cuando alguno de los tres decía alguna estupidez, el segundo le pegaba al tercero diciéndole al primero “¿vez lo que me fuerzas a hacer?”. Lo tomábamos como broma en un ambiente de “peladuras de cable” “creativas”. Pero esto que tomábamos a broma es precisamente lo que se está haciendo en los tres casos de aborto que se proponen. El peligro de vida de la madre… a parte de que ya está suficientemente legislado, hoy es caso rarísimo debido a los avances de la medicina. Con todo, el niño no es causa de la muerte de la madre.

    Malformaciones: ¿Realmente queremos practicar la eugenesia? ¿No era que el nazismo era una práctica perversa? ¿Desde cuando ha sido menos importante una persona porque tenga alguna malformación (física o genética)?

    Violación (el caso más patético): el violador es el culpable y condenan a muerte a otra persona.

    El problema es que no se realmente si hay un punto de encuentro racional con una persona que aprueba la legalización de estos homicidios. Otro tanto respecto de los argumentos en contra de quienes defendemos la vida.del no nacido. Que estamos cegados por la religión, que somos egoístas o que no entendemos el sufrimiento de la mujer, y un largo etcétera que asume la forma de descalificación personal, más que de argumento respecto de lo que se está discutiendo.

    En resumen, están blindados.

    Y lo más trágico es que me parece que ha sido una estrategia subterránea de ideologización la que ha operado, de tal manera de hacer parecer como que es el “sentir popular” al que se haría caso si se aprobara una ley de esa calaña.

    Un gran abrazo, Gimenez.

    (a.)

  2. Marcelo Ch.

    Realmente interesante tus observaciones y comentarios, pero después de esa magistral reflexión introductoria al debate: Pucha José!! me quede con las ganas de conocer tú opinión sobre el tema… (ahora que se exhibió falacias y se limpió de prejuicios el foyer de la discución), en tono de broma y para tratar de tentarte, afirmo que fue como colgar la red, entibiar las pelotas, preparar todo sólo para ver la cancha vacía. No es justo que paguemos nosotros con ignoracia el precio de tu diplomacia…
    Gracias por tú excelente artículo, un Saludo y Felicitaciones cono siempre por el gran aporte humanista de su página.

  3. No creo Aprendiz que esa sea la forma de plantear el diálogo. Estar a favor del aborto no se funda sólo en la inmoralidad o, como tú señalas, en una estupidez enorme. Y, si fuera así, tendrías igualmente que hacerte cargo de los argumentos en vez de ad hominem desplomar al adversario. Es cierto que la cuestión del aborto no se puede discutir sin pasión y, aún menos, sin convicción. Sin embargo, hay que intentar despojar a la discusión en lo posible de todo efecto retórico: al menos, un nivel de la discusión requiere ser llevado a cabo de esa manera. Lo que tenemos hoy son los diarios tapados de cartas de un lado para otro, que quizás modifiquen la apreciación de la cuestión en los medios – haga ver cómo cada bando saca los dientes -, pero no se entra nunca realmente en una discusión racional.

    Gracias Marcelo Ch. por tu comentario. Mi opinión sobre el tema: que estoy en contra de la despenalización del aborto en los tres casos señalados. Mis razones no son nuevas ni originales. Quizás en otra ocasión haga el esfuerzo de desarrollar algún argumento al respecto. Por ahora, lo que quería era advertir sobre problemas de base para iniciar una discusión, a partir de opiniones que me he encontrado de abortistas. Cuando la prohibición del aborto era de sentido común en Chile, nadie que estuviera en dicha posición hubiera hecho esfuerzos diplomáticos o dialógicos para poner el tema sobre el tapete. Bastaba citar un par de argumentos y apelar a algunos recursos retóricos. Hoy es la situación del todo distinta. Los abortistas han logrado fijar la imagen de los derechos de la madre en la sociedad contra (o un pseudo-contra) los derechos del feto. Para el cristiano convencido puede parecer ‘un signo de debilidad’ poner en discusión el derecho a vivir del por nacer; sin embargo, hay que hacerlo de todas formas: cuando la razón no modera la discusión en el espacio público, lo hace el sentimiento. Y por retórica del sentimiento, gane uno u otro, lo mejor y lo verdadero sólo se alcanzará por accidente.

    José Antonio

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