Archivo mensual: mayo 2015

A propósito del estilo literario en filosofía

P.D.

Hace poco me tocó traducir un texto del filósofo y teólogo Francisco Suárez (1548-1617). Como muchos adivinarán, no lo hice por gusto, sino por lucro. Un colega jurista me pidió que tradujera algunas cuestiones y ahí me vi, frente al texto del “doctor eximio”. Creo no estar mal si repito (sin haberlo comprobado), con los manuales de filosofía, que Suárez es un pensador gravitante en la historia. Su metafísica se puede rastrear hasta Leibniz y Kant; su filosofía jurídica y su teología también parecen haber calado hondo desde el siglo XVI hasta hoy.

Y así y todo, si la obra de Suárez está redactada de igual manera a estas quaestiones disputatae probablemente no vuelva jamás a leerlo, por una razón muy sencilla: su prosa es lo más feo, seco y sin gracia que me ha tocado leer.  Frases cortas terminadas abruptamente, entrelazadas casi siempre por los mismos conectores, ausencia de ejemplos, abuso de abreviaciones; en suma, la insipidez propia de un desierto o de una sopa carcelaria.

Se me viene a le mente la crítica vulgar a la escolástica. Que es seca, encorsetada, árida, muerta. Unamuno decía que las Sumas de Santo Tomás era como una aburrida filosofía de código civil, con respuestas y “soluciones” a todo, en contraposición a la prosa ardiente y creadora de San Agustín. El bilbaíno se equivoca. La prosa de Santo Tomás es prístina, bellísima, serena, para quien le interese la búsqueda de la verdad sin estridencias. Al leer la Suma tiene uno la impresión de hallarse en aposentos “llenos de luz” (como decía Goethe de la prosa de Kant). Hay párrafos del rétor Agustín que piden a gritos la concisión y la síntesis del Aquinate.  ¡Tantas recapitulaciones floridas en su Ciudad de Dios que podrían resumirse en un  patet quod…!

Platón, quizá el escritor-filósofo por excelencia

Platón, quizá el escritor-filósofo por excelencia.

El estilo de Suárez en estas cuestiones disputadas es escolástico en el peor sentido del término. Pastiche de citas, distinciones sobre distinciones, uso meramente técnico de la lengua. ¿Cuántos filósofos de mente eximia pierden lectores por su uso tan árido del lenguaje, por sus formulaciones lacónicas en exceso o hipertrofiadas e inabarcables? Karl Rahner será, sin duda, uno de los teólogos importantes del siglo XX que pocos leerán en el futuro. Su prosa enrevesada, abstracta y esencialmente gris (¿fruto de su parentesco lejano con Suárez?) levantan una valla de aburrimiento difícil de superar. Platón, por el contrario, sigue hechizando a miles de lectores siglo tras siglo.

Todo esto nos lleva a plantear la eterna pregunta de la importancia de la forma en relación al contenido. En un sentido el lenguaje es un vehículo del pensamiento, qué duda cabe. Pero en otro, el lenguaje es la materia ya organizada por la idea, por el concepto. El perfil de la idea queda comprometida entonces por el modo en que ésta se encarna en imágenes, palabras, oraciones, comas, verbos e incluso géneros literarios. Quizá la predominancia actual del paper científico en filosofía (con límite de palabras y estructura prefijada) no es más que un síntoma estético de un concepto minimalista y pasajero de pensamiento sobre el cual parece girar la academia hodierna.

El estilo literario, no como mera fachada, sino como esfuerzo constante por traer a la luz un concepto, es algo importantísimo. No hay razón para excluir a la belleza de la exposición de la verdad. Si el hombre, como dice Newman, no sólo es un animal racional, sino también un animal que imagina, siente y actúa, entonces el componente imaginativo del estilo literario en filosofía es de importancia capital. Una idea verdadera atrae. Una idea verdadera transmitida bellamente atrae doblemente.

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