Archivo mensual: junio 2015

Excusas e impresiones de Buenos Aires

Toño G.

Acabo de volver de mi primera vez en Buenos Aires. Dejo algunas de mis impresiones.

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Avenida de mayo

Buenos Aires es la ciudad más europea de Sudamérica: por lo tanto, es también la ciudad más potente del continente. Quiéranlo o no, Europa inventó nuestra “ciudad” – el burgos – y, en ese ámbito de cosas, nosotros los latinoamericanos no debemos adscribirnos originalidad alguna, podemos ser tan sólo buenos o malos herederos.

Ahora bien, que sea una “ciudad al modo europeo” no quiere decir que Buenos Aires carezca de identidad. Al contrario: ser verdaderamente ciudad al modo europeo significa “nacer a partir del espíritu”. Los edificios, las calles, la “materia” de Buenos Aires, no es mera importación e impostación, sino que parece sustentarse en un “espíritu”. Ese espíritu, esa “alma” de la ciudad, no es otra cosa que el conjunto de relaciones “reales” entre los ciudadanos que, antes que buscar lo propio (como idiotés) buscan lo “común”. Esa es la grandeza de Buenos Aires, ese amor por lo común y, hay que decirlo, ese amor por la belleza y el arte de vivir. Porque lo común también es bohemia, encuentro en la calle, vida de bar, de mercado y de plaza.

Ahora, quizás habría que decir que así “fue” Buenos Aires y que lo que hoy me fascinó es una imagen de la decadencia, los estertores del enfermo terminal. Pero este juicio es exagerado. Lo que sí me parece claro es que la gloria descrita nació en otros tiempos. Buenos Aires ha preservado parte de su pasado, mas no lo ha reproducido del todo.

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La elegancia de Recoleta

Habiendo tomado un citytour nos detuvimos como parada final en Puerto Madero. Edificios modernos, restaurantes caros, ostentación: ¡no se jacten de eso, por favor, que entonces no marcarán ninguna diferencia! Si medimos Buenos Aires con esa vara, tal vez Santiago con sus rascacielos pueda sentirse superior. Pero eso no es gloria, es sólo dinero – y mal gusto.

“Lo común” parece también ser un valor del pasado en Buenos Aires. En Argentina se siente la falta de cohesión, la desconfianza frente a lo público – merecida frente a la incompetencia política de las últimas décadas y a la implantación de un culto cuasi-mesiánico de ciertas personas y partidos – y, como consecuencia, la huida hacia lo privado. Por eso es explicable que ese argentino inmigrante en Santiago, amante de los countries, haya encontrado en una comuna tan artificial como La Dehesa el lugar ideal.

Santiago, mi querida ciudad, no tiene Recoleta ni San Telmo ni Palermo, pero tiene Providencia, Bellas Artes, Bellavista y el Centro. No es lo mismo, pero es también “ciudad”. ¡Mas quién se preocupa del Plan Urbano en esta ciudad! ¡De la noche a la mañana la altura de cuatro pisos puede infringirse por una moles de treinta! ¡Y quién cuida el Patrimonio! El Centro de Santiago podría ser completamente otro, tan sólo haciéndose cargo de lo que ya hay. Desgarrado por dos almas, Santiago empezó a crecer en las últimas décadas como “ciudad extendida norteamericana” (nunca olvidaré un debate de comienzo de siglo, en el que profesores de la Adolfo Ibañez proponían para Santiago como modelo la ciudad de Phoenix) – un monstruo de carreteras, viviendo en la periferia, huyendo de la ciudad.

Que Santiago no tiene memoria de ciudad ni amor a la belleza se muestra para mí en nuestra actitud pasiva frente a la terrible contaminación del aire. Si no es suficiente argumento el aumento de enfermedades respiratorias, nuestro “sentido estético” debiera decirnos algo. Una ciudad depende de la geografía, su identidad se configura por su geografía.

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El barrio de san Telmo

No tenemos el río, el estuario y el mar que permitieron a Buenos estar abierto a Europa y ser comunidad de inmigrantes. Pero tenemos la montaña (la materia más trascendente de todas). Mas, ¿cómo una ciudad que se asienta a la ladera del segundo cordón de montañas más alto del mundo – grandeza absoluta – “no ve la montaña”? No me importa tanto ver la ciudad desde la montaña: quiero ver la montaña desde la ciudad. ¿Por qué un santiaguino no puede inspirarse una, dos o mil veces al día con la belleza sublime de la cordillera? Yo creo, como dijo ese escritor que ustedes sin duda conocen, que “la belleza salvará el mundo”. Y, si puede salvar el mundo, entonces servirá también de sostén a Buenos Aires en sus apuros actuales, y de medicina a este Santiago tan contaminado en cuerpo y alma.

En fin, esas fueron mis impresiones de Buenos Aires… y de Santiago – cuando fui a Buenos Aires.

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Mad Men: el conflicto de Don Draper

Toñoimages G.

Hace unos días vi el capítulo final de la serie Mad Men. Es posible que a mí me haya gustado esta producción por las razones equivocadas. La historia de Mad Men cuenta cómo Donald Draper pasa de ser infeliz a ser feliz. Esa es mi lectura, probablemente, pura interpretación.

Don tiene un pasado oscuro, lleno de demonios. Sus culpas podrían sin embargo justificarse rápidamente por su infancia terrible. Es la tentación continua de la serie. Esta solución sería interesante de todas maneras si el remordimiento de conciencia fuera realmente el problema de Don. Pero no se trata de eso. Don cree a veces que puede pagar sus culpas con buenas acciones, a veces que puede apagarlas con los mejores placeres, a los que le da acceso su buena facha, dinero y desplante.

La resolución del último capítulo revela el verdadero problema de Don. No se trata de poder ahogar la conciencia, sino más bien de no sentirse querido por nadie. Don puede desaparecer y a nadie le importaría. No es que nadie vaya a asistir a su funeral, no, muchos llorarán seguramente. Pero él no es parte de nadie, no participa de ningún grupo familiar o social que lo vaya a extrañar como mengua real de una totalidad con sentido. Don, como Wakefield, puede abandonarlo todo y a todos sin que nada en absoluto se derrumbe a su alrededor. Los corazones abiertos espectacularmente ante el desgarro del abandono pueden volver a cerrarse mucho más rápido de lo que uno pensaba.images

Nadie espera que Don se quede en un lugar, todos esperan que escape una y otra vez. Un hombre normal elige una mujer, tiene unos hijos, cultiva unos amigos, soporta a otros. Don hace todo lo que los demás, pero les enseña a todos a no necesitarlo, a tenerlo por prescindible. Y cuando llegue el día de la partida, se tratará simplemente del cumplimiento de una promesa, de la realización de un presagio por todos ya conocido. Mas Don no escapa hacia ningún lugar determinado, porque es un hombre sin pasado – sólo al final descubre que California no es su pasado, pues esa realidad nunca tuvo lugar – y un hombre sin futuro – el éxito de la publicidad se revela como un eterno retorno hacia la novedad que nace con fecha de expiración –. Don más bien parece dar vueltas en círculos alrededor de su propia sombra.

Don hace todo para no ser amado, porque sufre por no sentirse amado. Por eso Don se me hizo interesante. Porque está atrapado de ese modo tan humano que debe hacer tan graciosa nuestra raza a los ojos de un ángel. O quizás no, quizás el ángel vive el mismo drama. Don ama antes que el poder, la soledad del poder. La soledad puramente escogida, libre, autónoma, liberadora de los hombres. El solitario del poder es visto por todos, mas no puede ser alcanzado por nadie, no puede ser querido por nadie. El poder te vuelve invisible a los ojos del alma. Pero el dinero es sólo el medio del “poder”: poder es tener la libertad de escapar, es tener en sí la posibilidad de no importarle a nadie. La atracción vertiginosa del “lobo estepario”.índice

¿Es éste Don Draper? Ni idea, escribo en mi blog lo que se me ocurrió. Pero tendría que ser así, si Don acabó por ser feliz sin que nadie lo haya empezado a querer más que antes. Porque finalmente es el solitario del poder el que está subido en un pedestal del que no quiere bajar. Tal vez todos lo están queriendo y él piensa que sólo lo miran a la distancia. Tal vez se tiene por invisible, cuando todos lo ven. Tal vez es sólo él mismo el que no sabe ni quiere ser amado.

Y así Donald Draper puede, finalmente, perdonarse a sí mismo.

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