Archivo mensual: julio 2015

Acerca del espíritu apocalíptico I

P.D.

anticristo-signorelli“Decadencias como esta ha habido siempre”. Tal parece ser el lema de quienes se niegan, a priori, a pensar apocalípticamente. Muchos de ellos, sin quererlo, pasan de una sana cautela (“nadie sabe el día ni la hora”) a una indiferencia propia de nuestros antepasados paganos, que concebían a la historia como una rueda que gira sin parar, una serie de altibajos destinados a repetirse para siempre. ¿La decadencia (o más bien la caída libre) actual? “En la antigua Roma lanzaban a los cristianos a las fieras”. “En tal o cual época había guerras atroces”. “En todas partes se cuecen habas”. El no apocalíptico parece partir del dogma igualitario de que cada período de la historia tiene igual porcentaje de desgracias y de gracias.

 

Pero el ethos apocalíptico no se basa únicamente en “evidencias” o datos que puedan ser analizados, sopesados. El apocalíptico se ve tentado a enumerar desgracias, genocidios y  monstruosidades, a mostrar el libro de Daniel si es necesario, pero sabe que su palabra, cuando cae en el corazón del no apocalíptico, cae en tierra yerma. Para el no apocalíptico, el aborto masivo y legal, la destrucción de la familia en nombre de los “derechos”, el mal gusto obligatorio,  el culto al dinero como institución universal y la apostasía como forma de gobierno pueden ser males, pero jamás una confirmación de que estamos entrando en el fin de los tiempos. Para el apocalíptico, en cambio, basta sentir la brisa de la tarde para saber que se aproxima el temporal.

 

¿Quién es un apocalíptico? ¿Acaso un pesimista? Esta es una de las confusiones más seguidas acerca del tema, y si se me permite, una de las más aburridas. El pesimista cree que todo va para peor; el optimista cree que todo va para mejor. Ya Chesterton, con su humor exquisito, se despachó esta disyuntiva tan pobre. El apocalíptico sabe que todo irá para mejor, pero sólo una vez que “pase el mundo y su concupiscencia”. Antes de que haya pasado el mundo, el apocalíptico sabe que la barbarie democrático-liberal-idolátrica irá para peor, la percibe, la presiente y la expresa de modo insuperable. Mentes y temperamentos tan disímiles y tan variopintas como Joseph Roth, Vladimir Soloviev, John H. Newman, Gómez Dávila, Kennedy Toole, F. Dostoievski o Josef Pieper han sido cultivadores del genio apocalíptico. Concedamos, entonces, que el genio apocalíptico ha hecho un aporte literario indiscutible, superior.

 

El apocalíptico está harto de disputar. Sabe  que el gran disputador, el demonio, es anti-apocalíptico, y que puede fácilmente ganar la disputa. Sin embargo, sabe que el anti-apocaliptismo es parte de una atmósfera apocalíptica. “Lo mismo sucedió en tiempos de Lot: comían y bebían, compraban y vendían, sembraban y edificaban. Pero el día en que Lot salió de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre y acabó con todos.” (Luc 17, 28). En otras palabras: Los hombres estarán metidos en sus afanes, harán matrimonios gays, la usura bancaria seguirá cobrando intereses, los filósofos seguirán publicando papers de filosofía analítica hasta que un día nos lloverá azufre a todos y será el fin.

 

El anti-apocalíptico contrataca: -“Los primeros cristianos creían que venía la segunda venida pronto.” – “Durante el año mil se pensó que era el fin del mundo”. “Muchos pensaban que Napoleón o Hitler eran el anticristo”. Es verdad. Pasó Nerón, pasó el año mil, pasaron Napoleón, Hitler y Stalin, y el mundo sigue en pie.   El apocalíptico sabe que los predecesores apocalípticos estaban en cierto modo equivocados, pero los siente sus hermanos, porque se han tomado en serio el “vengo pronto” del Apocalipsis.

 

La victoria del pensamiento apocalíptico por sobre el pensamiento circular  se verifica en la calidad dramática y existencial del primero por sobre el segundo.   Mientras el no apocalíptico”compra y vende, siembra y edifica”, el apocalíptico se estremece al pensar que la historia es un gran batalla entre Dios y satán, y siente a la vez gozo, porque sabe que es una batalla ya ganada.

 

Anuncios

2 comentarios

Archivado bajo Actualidad, Escatología política, Literatura, Signos de los tiempos, Vida cotidiana

Las metáforas de la inmortalidad en Milan Kundera

José Antonio Giménez

“Inmortalidad” (Nesmrtelnost: 1989) es una novela polifónica. Milan Kundera no deja ninguna pieza al azar. Para el final de la novela todos los hilos se han recogido, todas las historias se han entrelazado de alguna manera. En la última parte (“Celebración”) es el mismo Kundera quien celebra el final de su novela y el aniversario de su inicio. Ahora bien, para entender la naturaleza de este entrelazamiento sirve recordar la teoría de la casualidad que esboza el escritor en la misma novela – “Inmortalidad” está a propósito llena de “meta-reflexiones” –. Una casualidad puede ser muda, poética, contrapuntual, generaddedaloora de historias y morbosa. El escritor juega posiblemente en “Inmortalidad” con cada una de estas casualidades para darle unidad dramática a la historia. Sin embargo, en otra “meta-reflexión” Kundera se rebela incluso contra la unidad de la acción: para que la novela sobreviva como tal y no sea inexorablemente adaptada al cine, a la televisión y al mundo de las imágenes, es necesario escribir novelas que no se puedan contar. La tensión dramática convierte los episodios en “meros escalones que conducen al desenlace final”, de modo que la más bella escena, la más profunda reflexión, se agotan en su subordinación al todo. Kundera da cuerpo a esta rebelión al introducir en su novela un apartado (la sexta parte) que poco y nada tiene que ver con los demás hilos de la historia – y, sin embargo, el narrador se tienta igualmente a hacer una leve conexión –.

¿Qué unidad tiene una novela que se constituye por historias y episodios que se comunican unos con otros sólo por casualidad? “Casual” y “causal” son en castellano palabras tan vecinas fonéticamente como distintas en significado. Como “ovíparo” y “opíparo”, “inicuo” e “inocuo”, palabras que sin ser antónimas sugieren en determinados contextos lo contrario una de la otra. ¿Casualidades o causalidades del lenguaje?

La pregunta por la unidad le parecerá ingenua al escritor contemporáneo de avantgarde –como la pregunta por lo consonante al músico contemporáneo –. Sin embargo, es una pregunta legítima cuando leemos “Inmortalidad”. Si bien Kundera no lo establece abiertamente, al menos podemos decir que lo sugiere. ¿Qué cosa? Que la novela no encuentra su unidad en los individuos y sus historias, sino más bien en los “gestos” y los modos individuales de encarnar “lo mismo”. No se trata tanto de que sus personajes encarnen “Ideas” – como se acusa y se elogia a la novela de Dostoievski (no discutiré aquí si justa o injustamente) – sino que estos gestos representan todos el mismo drama. Pero el drama, la motivación profunda del actuar humano (como el Grund alemán, recuerda Kundera, que no significa tan sólo “explicación” sino también “base, fundamento”) sólo puede ser explicado por metáforas. La metáfora no tiene la universalidad de la Idea ni la individualidad del rostro: su origen es el gesto.

El gesto que origina esta novela encuentra su resolución en la última metáfora de la novela: “ella ansiaba tener una flor de nomeolvides como la última huella visible de la belleza”. Agnes es la mujer cuyo cuerpo tiende hacia arriba y su espíritu hacia abajo. Al contrario de su hermana, Laura, cuyo cuerpo es pesado y su espíritu se eleva liviano. Agnes no ama el mundo como se lo ha pintado su padre: una enorme computadora que se rige autónomamente con respecto a un Creador que ya la ha abandonado. Hay sólo dos modos de escapar de la gran computadora: encontrar el Amor y, entonces, querer vivir el mundo siempre de la misma manera o bien huir del mundo en la vida retirada. Agnes no conoce el Amor y elige el anonimato. La inmanencia es su límite mental, la trascendencia su real anhelo.

índiceLaura, en cambio, quiere ser recordada y amada antes que todo. Laura quiere la inmortalidad y su gesto, como el de la Bettina de Goethe, es una metáfora de ese anhelo. La inmortalidad y la muerte, porque “no hay nadie más inmortal que aquel que ha muerto”. No se trata aquí, precisa Kundera, de la trascendencia de un alma o de alguna suerte de identidad personal tras la muerte. Es esa inmortalidad que Goethe en Poesía y verdad reconocía en Shakespeare al entrar en el Templo de la Fama. Es la gloria del artista, pero también la esencia del homo sentimentalis que gobierna como ideal en Europa desde el romanticismo hasta nuestros días.

La inmortalidad del poeta y del hombre de estado (del creador y del hombre de acción) se funda en el recuerdo de los hombres de hazañas y obras que se introducen al gran Relato de la Historia Universal y al Canon de los Clásicos. “Pero qué recuerdan los hombres de ti” – le pregunta Hemingway a Goethe años después de muertos – “¿tu persona o tu obra?” Goethe será recordado sólo por su obra y su obra será recordada sólo por ser de Goethe. Pero el “Fausto” ya no es Goethe, quizás tan solo una imagen del poeta, que con el tiempo dirá tan solo lo que los hombres quieren que diga. Al final une petite phrase como “das Ewigweibliche zieht uns hinan” (el eterno femenino nos empuja hacia alguna parte) que no es más que una pancarta del pensamiento de Goethe, una IMAGEN, un impulso -, eso y sólo eso, será inmortal.

Esta inmortalidad romántica se hipertrofia más todavía en los tiempos de la imagen. Nadie es capaz de vivir hoy en día – anota Kundera – sin preocuparse de la propia imagen frente a los demás. Preferimos ser vistos felices, gozando y triunfando, que realmente ser felices, gozar y triunfar. De hecho, no se nos ocurre otra felicidad que una que los demás reconozcan en nosotros como tal. Porque la imagen nos trasciende – está más allá de nosotros –, mientras que la realidad, en cambio, está condenada a ser interior e incomunicable. La imagen es finalmente antes lo que los demás toman de nosotros – una fotografía – que lo que nosotros expresamos de nuestra interioridad. Y si vivo ejercías algún control sobre tu propia imagen, muerto ésta quedará del todo a la deriva de la moda. La imagen es inmortalidad a la deriva.

Así como la imagen posibilita la inmortalidad del culto da origen a esa otra inmortalidad de la que quiere escapar todo poeta y todo hombre de estado: la inmortalidad del ridículo. En este caso la imagen triunfa definitivamente sobre la realidad. Un estornudo, un bostezo, un gesto de asco, una posición incómoda pueden ser captados por una fotografía y así eternizar el ridículo. Una frase o un episodio ridículos – sobre todo cuando es la última frase y el último episodio – pueden volver toda una vida ridícula en la imagen colectiva. No todos los inmortales causan admiración, muchos también provocan risa.

images kunderaUna tercera metáfora de “Inmortalidad” es representada por el profesor Avenarius. En nuestros tiempos, señala el profesor, nadie es capaz de vivir sin preocuparse de lo que piensen los demás. “Si preguntásemos en una encuesta si prefieres pasar una noche con Brigitte Bardot sin que nadie se entere o caminar de la mano todo el día con ella por el centro de París, te aseguro que, en el fondo, más allá de lo que contesten, todos sin excepción preferirían lo segundo”. La metáfora de Avenarius es “jugar por el mundo como un niño melancólico sin hermanito”. Para el profesor este mundo de imágenes ha de ser tomado como un juego. Quien se toma tan en serio la inmortalidad mundana (la inmortalidad de las imágenes), peligra de no poder ya distinguir lo estrictamente serio de la realidad. ¿Pero hay algo estrictamente serio, una realidad más allá de las imágenes? Avenarius anhela esa realidad sin imágenes, mas no como mundo trascendente o mundo transfigurado, sino como ese anhelo nietzscheano que clama en Zaratustra: “Alle Lust will Ewigkeit!” (¡Todo placer quiere eternidad!). Por eso el juego del profesor tiene el “gesto de la melancolía”, de saber que el placer es juego precisamente porque, como la pelota que patea el niño, siempre se nos escapa. Y no es posible además compartirlo con la humanidad. Pero el hedonista no se pierde al menos en la inmortalidad de la imagen, sino que hace del presente – del placer del presente – su centro de gravitación.

¿Representa Avenarius la última metáfora, el último anhelo de inmortalidad? No sé si deba apropiarme a ese nivel de la voluntad del escritor. Una novela polifónica debiese dejar abierta la posibilidad de que nuevas voces se introduzcan en el coro. La unidad del gesto, la unidad de la metáfora, la unidad del anhelo de inmortalidad. ¿Habrá al final de la novela y del drama de la vida una “unidad de inmortalidad”, que no sea imagen ni metáfora, sino la más pura realidad? Qué buena novela la de Kundera.

1 comentario

Archivado bajo Literatura, Novela, Signos de los tiempos, Uncategorized

La degradación de la presencia y el aburrimiento

José Antonio Giménez

En la micro y en el metro, en un bar y en el living de una casa, en todas partes, estamos conectados – y desconectados – a través de plataformEdward-Hopper-metroas electrónicas. No quiero hacer un discurso anti-tecnología ni nada por el estilo, sino tan solo reflexionar sobre algunas cosas que nos podemos perder por querer ser tan modernos.

Era el único que no miraba mi teléfono en mi vagón del metro. Por curiosidad y aburrimiento comencé a pasar y detener la vista en las pantallas telefónicas y tablets. Uno que otro estudiaba para una prueba, un señor leía un libro de coaching ontológico en su Kindle, el resto escribía mensajes en Whatsapp o revisaba su Facebook. Una estudiante se había sacado un 6,7 en un examen, se lo contó a una amiga, copió el mensaje y comenzó a enviárselo a otros contactos. Tal vez cada uno de los receptores del mensaje estaba sumamente preocupado por el resultado del examen: tal vez no. Otro hablaba con su enamorada y llenó tres líneas con íconos de corazones. Una joven me descubrió en mi indiscreción e intenté encubrirme transformando la mirada concentrada en una mirada fija. Luego, girando lentamente la cabeza hacia otro punto, me sentí del todo libre de la mirada acusatoria de la joven. Sin poder controlarme, aburrido, vuelvo a mirar, esta vez a la misma joven que me había llamado la atención. Ésta volvía a tomar su Iphone y revisaba si le habían contestado sus mensajes, pero al parecer no obtenía respuesta. Volvía a guardar su teléfono, volvía otra vez a mirar. Me dio pena su preocupación, su imposibilidad de dejar de hacer lo uno o lo otro: guardar su teléfono o volver a mirarlo.

No es que me sienta orgulloso de mi comportamiento voyeurista. Lo que me interesa mostrar es que mientras yo los miraba a ellos, ellos no se importunaban por mí. El voyeurismo es, en cierto sentido, un tipo de interés por el otro. Aunque sea utilitario o con fines estéticos. Es cierto, es muy difícil conocer a alguien en el metro, pero cualquier persona con un mínimo de espíritu de aventura está abierta a la posibilidad de entablar conversación con desconocidos. La presencia y la cercanía física generan un tipo de confianza. Los “conectados” están sin embargo más allá de esta posibilidad, porque mental y táctilmente intentan hacer presente tan sólo a los ausentes.

No quiero ser alarmista, pero no es atrevido pensar que la realidad de los compañeros de metro se degrada, en la medida en que crece la conexión con lo ausente. El desconocido deja de ser “extraño” – y, en ese sentido, una dificultad y un desafío – y comienza a ser un fantasma, un ser de un universo paralelo. Él tendrá sus propias conexiones, sus propios amigos ausentes: él tampoco me mira. Y es verdad, sólo yo, por unos momentos, los miro. Pero basta con que alguien me mire – como la matrimonio-con-movilesjoven que espera respuestas – para que deje de mirar. Yo tampoco los estoy tomando tan en serio.

La conexión con lo ausente te impide poner atención en lo presente. Y eso degrada lo presente, es decir, aquello con lo que me enfrento cuando actualmente estoy siendo. No sólo no pongo atención en los desconocidos, tampoco puedo estar concentrado del todo cuando estoy con los que ya conozco. Porque la posibilidad de estar constantemente con lo ausente degrada inexorablemente lo presente. No digo que esto le pase a todos y en igual grado, pero creo que no exagero si señalo el peligro y si reconozco que estas fuerzas están operando en las relaciones postmodernas.

La degradación de lo presente no sólo tiene que ver con personas, aunque sean sólo las personas las que acusen el golpe de la falta de atención. Tampoco la ciudad ni la naturaleza ni los objetos cotidianos pueden ser vistos cuando la atención está en lo ausente. Louis C. K. cuenta en un stand up que en la obra musical de fin de año de sus hijas todos los padres hacían un video. Ninguno vio sin mediación – en la resolución de la realidad, mejor que High Definition, recordaba Louis – la obra de los niños. Aunque en este caso ninguno estaba escribiendo mensajes, la desconcentración también tenía que ver con “lo ausente”: la posibilidad de que los que no estaban presentes vieran el video (lo que no significa de ninguna manera que algún otro efectivamente verá esa grabación). Lo mismo vale para los museos, las catedrales, las obras de arte. Recuerdo haber visitado el museo Van Gogh de Amsterdam sin poder detenerme más de unos segundos frente a cada cuadro: me esperaba irritado un aluvión de turistas que esperaban alcanzar el ángulo perfecto para hacer la foto.

El entorno se vuelve fantasmal, toda la atención está volcada al control digital. El solipsismo de las plataformas electrónicas – que primero encerraban al adolescente en su habitación, luego permitieron al ejecutivo trabajar más allá de las fronteras de su oficina y finalmente se han tomado micros, metros y calles (incluso cines, salas de conferencias y aulas de clases) – tiene el peligro de destruir el “aburrimiento”. La posibilidad de la comunicación continua – incluso cuando se envían preguntas y no llegan las respuestas – hace imposible el aburrimiento. En una cita, en un encuentro entre amigos, en una cena familiar, tengo siempre la posibilidad de escapar al aburrimiento. Se puede con bastante exactitud medir lo entretenido que uno es según cuanto demoran los demás en mirar sus mensajes de texto. Ya no hay aburrimiento, porque siempre hay escapatoria. Y cuando se pierde la tolerancia al aburrimiento, o bien evolucionamos a un nivel superior de “ser entretenido” – que pueda competir con el complejo de textos e imágenes de los ausentes – o bien tendremos también que escapar con nuestras pantallas telefónicas de la terrible culpa de estar aburriendo a otro.

09af422e47cc5b475d7252c195a098c3_LEl aburrimiento tiene, sin embargo, una función fundamental en la vida humana. Por lo pronto, cuando nos aburrimos vivimos el tiempo de un modo muy particular. En “Los conceptos fundamentales de Metafísica” (Grundbegriffe der Metaphysik) Heidegger dedica toda la primera parte al análisis del aburrimiento. En alemán “aburrimiento” (Langeweile) significa “momento largo, distendido”. Sin entrar en la complicada descripción fenomenológica de Heidegger, tomo de su análisis la “oportunidad” que abre la experiencia de aburrirse. Cuando nos aburrimos sentimos el paso del tiempo de manera más intensa y queremos por eso mismo desembarazarnos del tiempo, “moverlo hacia delante”. Aun así, sin estarlo buscando, el aburrimiento produce un estado de ánimo que posibilita el despertar de preguntas metafísicas.

No pretendo que la falta de aburrimiento en la sociedad haya destruido la metafísica. Sólo quiero apuntar que, si no te aburres, ciertas cosas no pasarán. Cosas interesantes, seguramente más interesantes que las opiniones inteligentes del twittero de moda. Pienso, por ejemplo, en el cuento de Cortázar “Manuscrito hallado en un bolsillo”. El juego de subirse al metro y buscar otras miradas con la esperanza de encontrar correspondencia, es, con todo, un producto del aburrimiento. Muchas conversaciones, a veces las mejores, nacen tras haber vencido el aburrimiento. Pero vencer el aburrimiento no es escapar de él, sino vivirlo. Muchos pensamientos, muchas ideas y fantasías necesitan del aburrimiento para despertar. Sólo los que se aburren activan el mecanismo del pensar; sólo de los que se han puesto a pensar puede decirse que ya no se aburren más.

edward_hooperEste mundo funciona por sus propias reglas, no tengo intención de cambiarlas. Pero aunque los “movimientos” del mundo sean más fuertes que nosotros, la realidad siempre estará ahí. La realidad no puede ser reconducida por una pantalla, no puede ser limitada por un diseño. Todo eso lo sabe el tecnólogo. La realidad organizada por un teléfono inteligente nos puede parecer más accesible y más excitante que la realidad bruta y caótica en la que vivimos. La realidad, sin embargo, la real realidad, siempre estará ahí para aquellos que quieran ir a recogerla en su modo de donarse sin mediaciones.

1 comentario

Archivado bajo Filosofía, Signos de los tiempos, Uncategorized, Vida cotidiana