La degradación de la presencia y el aburrimiento

José Antonio Giménez

En la micro y en el metro, en un bar y en el living de una casa, en todas partes, estamos conectados – y desconectados – a través de plataformEdward-Hopper-metroas electrónicas. No quiero hacer un discurso anti-tecnología ni nada por el estilo, sino tan solo reflexionar sobre algunas cosas que nos podemos perder por querer ser tan modernos.

Era el único que no miraba mi teléfono en mi vagón del metro. Por curiosidad y aburrimiento comencé a pasar y detener la vista en las pantallas telefónicas y tablets. Uno que otro estudiaba para una prueba, un señor leía un libro de coaching ontológico en su Kindle, el resto escribía mensajes en Whatsapp o revisaba su Facebook. Una estudiante se había sacado un 6,7 en un examen, se lo contó a una amiga, copió el mensaje y comenzó a enviárselo a otros contactos. Tal vez cada uno de los receptores del mensaje estaba sumamente preocupado por el resultado del examen: tal vez no. Otro hablaba con su enamorada y llenó tres líneas con íconos de corazones. Una joven me descubrió en mi indiscreción e intenté encubrirme transformando la mirada concentrada en una mirada fija. Luego, girando lentamente la cabeza hacia otro punto, me sentí del todo libre de la mirada acusatoria de la joven. Sin poder controlarme, aburrido, vuelvo a mirar, esta vez a la misma joven que me había llamado la atención. Ésta volvía a tomar su Iphone y revisaba si le habían contestado sus mensajes, pero al parecer no obtenía respuesta. Volvía a guardar su teléfono, volvía otra vez a mirar. Me dio pena su preocupación, su imposibilidad de dejar de hacer lo uno o lo otro: guardar su teléfono o volver a mirarlo.

No es que me sienta orgulloso de mi comportamiento voyeurista. Lo que me interesa mostrar es que mientras yo los miraba a ellos, ellos no se importunaban por mí. El voyeurismo es, en cierto sentido, un tipo de interés por el otro. Aunque sea utilitario o con fines estéticos. Es cierto, es muy difícil conocer a alguien en el metro, pero cualquier persona con un mínimo de espíritu de aventura está abierta a la posibilidad de entablar conversación con desconocidos. La presencia y la cercanía física generan un tipo de confianza. Los “conectados” están sin embargo más allá de esta posibilidad, porque mental y táctilmente intentan hacer presente tan sólo a los ausentes.

No quiero ser alarmista, pero no es atrevido pensar que la realidad de los compañeros de metro se degrada, en la medida en que crece la conexión con lo ausente. El desconocido deja de ser “extraño” – y, en ese sentido, una dificultad y un desafío – y comienza a ser un fantasma, un ser de un universo paralelo. Él tendrá sus propias conexiones, sus propios amigos ausentes: él tampoco me mira. Y es verdad, sólo yo, por unos momentos, los miro. Pero basta con que alguien me mire – como la matrimonio-con-movilesjoven que espera respuestas – para que deje de mirar. Yo tampoco los estoy tomando tan en serio.

La conexión con lo ausente te impide poner atención en lo presente. Y eso degrada lo presente, es decir, aquello con lo que me enfrento cuando actualmente estoy siendo. No sólo no pongo atención en los desconocidos, tampoco puedo estar concentrado del todo cuando estoy con los que ya conozco. Porque la posibilidad de estar constantemente con lo ausente degrada inexorablemente lo presente. No digo que esto le pase a todos y en igual grado, pero creo que no exagero si señalo el peligro y si reconozco que estas fuerzas están operando en las relaciones postmodernas.

La degradación de lo presente no sólo tiene que ver con personas, aunque sean sólo las personas las que acusen el golpe de la falta de atención. Tampoco la ciudad ni la naturaleza ni los objetos cotidianos pueden ser vistos cuando la atención está en lo ausente. Louis C. K. cuenta en un stand up que en la obra musical de fin de año de sus hijas todos los padres hacían un video. Ninguno vio sin mediación – en la resolución de la realidad, mejor que High Definition, recordaba Louis – la obra de los niños. Aunque en este caso ninguno estaba escribiendo mensajes, la desconcentración también tenía que ver con “lo ausente”: la posibilidad de que los que no estaban presentes vieran el video (lo que no significa de ninguna manera que algún otro efectivamente verá esa grabación). Lo mismo vale para los museos, las catedrales, las obras de arte. Recuerdo haber visitado el museo Van Gogh de Amsterdam sin poder detenerme más de unos segundos frente a cada cuadro: me esperaba irritado un aluvión de turistas que esperaban alcanzar el ángulo perfecto para hacer la foto.

El entorno se vuelve fantasmal, toda la atención está volcada al control digital. El solipsismo de las plataformas electrónicas – que primero encerraban al adolescente en su habitación, luego permitieron al ejecutivo trabajar más allá de las fronteras de su oficina y finalmente se han tomado micros, metros y calles (incluso cines, salas de conferencias y aulas de clases) – tiene el peligro de destruir el “aburrimiento”. La posibilidad de la comunicación continua – incluso cuando se envían preguntas y no llegan las respuestas – hace imposible el aburrimiento. En una cita, en un encuentro entre amigos, en una cena familiar, tengo siempre la posibilidad de escapar al aburrimiento. Se puede con bastante exactitud medir lo entretenido que uno es según cuanto demoran los demás en mirar sus mensajes de texto. Ya no hay aburrimiento, porque siempre hay escapatoria. Y cuando se pierde la tolerancia al aburrimiento, o bien evolucionamos a un nivel superior de “ser entretenido” – que pueda competir con el complejo de textos e imágenes de los ausentes – o bien tendremos también que escapar con nuestras pantallas telefónicas de la terrible culpa de estar aburriendo a otro.

09af422e47cc5b475d7252c195a098c3_LEl aburrimiento tiene, sin embargo, una función fundamental en la vida humana. Por lo pronto, cuando nos aburrimos vivimos el tiempo de un modo muy particular. En “Los conceptos fundamentales de Metafísica” (Grundbegriffe der Metaphysik) Heidegger dedica toda la primera parte al análisis del aburrimiento. En alemán “aburrimiento” (Langeweile) significa “momento largo, distendido”. Sin entrar en la complicada descripción fenomenológica de Heidegger, tomo de su análisis la “oportunidad” que abre la experiencia de aburrirse. Cuando nos aburrimos sentimos el paso del tiempo de manera más intensa y queremos por eso mismo desembarazarnos del tiempo, “moverlo hacia delante”. Aun así, sin estarlo buscando, el aburrimiento produce un estado de ánimo que posibilita el despertar de preguntas metafísicas.

No pretendo que la falta de aburrimiento en la sociedad haya destruido la metafísica. Sólo quiero apuntar que, si no te aburres, ciertas cosas no pasarán. Cosas interesantes, seguramente más interesantes que las opiniones inteligentes del twittero de moda. Pienso, por ejemplo, en el cuento de Cortázar “Manuscrito hallado en un bolsillo”. El juego de subirse al metro y buscar otras miradas con la esperanza de encontrar correspondencia, es, con todo, un producto del aburrimiento. Muchas conversaciones, a veces las mejores, nacen tras haber vencido el aburrimiento. Pero vencer el aburrimiento no es escapar de él, sino vivirlo. Muchos pensamientos, muchas ideas y fantasías necesitan del aburrimiento para despertar. Sólo los que se aburren activan el mecanismo del pensar; sólo de los que se han puesto a pensar puede decirse que ya no se aburren más.

edward_hooperEste mundo funciona por sus propias reglas, no tengo intención de cambiarlas. Pero aunque los “movimientos” del mundo sean más fuertes que nosotros, la realidad siempre estará ahí. La realidad no puede ser reconducida por una pantalla, no puede ser limitada por un diseño. Todo eso lo sabe el tecnólogo. La realidad organizada por un teléfono inteligente nos puede parecer más accesible y más excitante que la realidad bruta y caótica en la que vivimos. La realidad, sin embargo, la real realidad, siempre estará ahí para aquellos que quieran ir a recogerla en su modo de donarse sin mediaciones.

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