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El conflicto de La la land

P.D.

la-la-land-ryan-gosling-emma-stone-1Como la mente humana funciona mejor por medio de los contrastes y las comparaciones, echaré mano al musical “Los paraguas de Cherburgo” (1964) para esbozar una crítica de la aclamada La la land (2017). La crítica es el género que pretende dar razones atendibles de los gustos e intuiciones personales, muy personales. La crítica no intenta darse a entender mediante razones científicas ni filosóficas, sino que pone sobre la mesa -ojalá de modo honesto- el parecer del crítico, sus reacciones viscerales y sus puntos de partida. Intentando ser coherente con este principio, he de decir que los musicales en general no me gustan; me dan vergüenza ajena (pasión que hay que cuidar y cultivar), los hallo musicalmente pobres, ridículos, infantiles. Esto vale para Andrew Lloyd-Weber y todos sus satélites, los productos de Disney, Singin’ in the rain, etc.

catherine-deneuve-umbrellas-of-cherbourg-pinkLa la land no es mejor musicalmente que los otros. Probablemente sus canciones no quedarán grabadas mucho tiempo en el panteón de la música popular, como sí quedó la notable banda sonora de los Bee Gees en la mediocre Fiebre de Sábado por la Noche. ¿Qué queda de La la land? No hay que ser un genio para darse cuenta que Emma Stone es lo que quedará para la posteridad. Diamante en bruto, ojalá que siga por la recta senda.

Vuelvo al principio. Como lo notarán los nostálgicos del cine, “La la land” rinde homenaje a “Los paraguas de Cherburgo”; en cierto sentido depende creativamente de ella. Ambas narran historias de amor sin final feliz, ambas nos plantean conflictos que se resuelven dejando al hombre herido. Ambos filmes juegan con el recurso del nóstos del ganador; tanto Geneviève (la inolvidable Catherine Deneuve) como Mia (Emma Stone) vuelven desde París, elegantes y triunfadoras, para que el destino las haga encontrarse con el hombre abandonado, que intenta una sonrisa triste y resignada.

Sin embargo, La la land queda debajo de Los paraguas. La música de Los Paraguas es mejor, pero no es ahí donde radica su superioridad. Es el conflicto de “Los paraguas” lo que la hace, a mi juicio, mil veces más interesante. Mia termina por abandonar al jazzista Sebastian para perseguir sus “sueños” de ser una gran actriz. Toma una decisión racional, producto del seguimiento obsecuente del imperativo ético de Steve Jobs: “follow your dreams”.  Genevieve abandona su sueño de casarse con Guy tomando una decisión irracional: la distancia con el amado la desenamora, la nubla, la desafecta. Las lágrimas y requiebros de amor eterno se esfuman en su ánimo adolescente; su embarazo parece ahogar toda promesa…la donna è mobile. Termina casándose con otro, un hombre respetable, un poco aburrido, acogedor. El espectador se toma los pelos, se estremece. ¿A quién no le podría pasar? ¿Qué cosa más cruel que los afectos,  cambiantes como la fortuna?

Con Mia pasa otra cosa. Su decisión está tomada del manual del winner americano. Es talentosa, quiere trabajar duro, lograr éxito. Su imperativo engendra una suerte de derecho de perseguir los sueños profesionales. Sebastian no protesta. Como héroe de nuestro tiempo, deja partir a su paloma. “No seré yo quien obstaculice tus sueños”. El conflicto de La la land es entre trabajo y amor. El conflicto de Los paraguas gira en torno a la volubilidad de la pasión.

La la land descansa, queramos a no, en un conflicto éticamente pobre. Alguien podrá decir que ese tipo de conflictos caracteriza mejor a la generación actual, y quizá tenga razón. Pero eso sólo significaría que esta generación, la generación “millenial”, la generación del emprendimiento y de los trabajos esporádicos, no está a la altura ética como para servir de material estético. Después de todo, el enamoramiento pasajero de la niña de 17 años de Los paraguas de Cherburgo es mil veces más terrible y más trágico que la disyuntiva de Mia, que no sabe si aceptar un papel y lanzarse al estrellato. Creo que al director no se le escapa esto último.  Por eso nos regala la mejor escena al final de la película, esa especie de raconto ficticio de lo que pudo haber sido la vida de Mia y Sebastian si el destino hubiese cambiado algunas cosillas y la vida no hubiese girado en torno a la auto-realización. Sin esa escena, la película ya no se sostenía. La imaginación de Mia nos salva, al menos in effigie, de un happy end con sabor a manual de auto-ayuda.

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Chilenos en Disney parte 2

Los correos de los lectores de este blog a propósito del artículo “Chilenos en Disney parte 1” fueron más de los que me esperaba. Esto me confirma dos cosas: que los temas estéticos son muchísimo más importantes que los temas de contingencia política, y que el blog goza de buena lectura. Ambas cosas me ponen contento, máxime cuando los correos de los lectores denotan una variedad ideológica y psicológica interesante desde el punto de vista médico. Algunos ejemplos:

“Qué posteo más amargado. ¿Qué tiene de malo ir a Disney? ¿Por qué juzgas a la gente? El Papa dice que no hay que juzgar”

Otro: “Muera Disney, engendro neoliberal, hijo de la conspiración feísta-capitalista”

Este me pareció muy bueno: “Estimado Sr. Domínguez: ¿Por qué escribe  en forma de diálogo? ¿Será acaso para ocultar su opinión detrás de su amigo ficticio? ¡Larga vida al imperio austro-húngaro!”

Otro correo me dejó pensando. Dice así:

“Te escribo desde Epcot Center. Vine con mi familia a Disney aprovechando las vacaciones que me da el MBA y lo hemos pasado espectacular. Con mi mujer nos alegramos con la cara de felicidad de nuestros niños al conocer varias culturas en este maravilloso lugar.  Se nota que no has venido para acá y no has tenido la experiencia de experimentar este mundo fantástico. Me imagino que eres de esos papás que sólo piensa en sus intereses pero no en los de los niños. Déjame contarte que también hay papás que piensan en sus hijos para las vacaciones, y que se endeudan para darles lo mejor. Saludos, A.B.”

 

Googleo “Epcot Center” para entender de qué se trata. ¿Será ese castillo de hadas infesto, copia colorinche del castillo alemán de souvenir? No, Epcot Center es otra cosa. Es un complejo turístico–cultural (¡!) en el cual tú y tu familia pueden, en cuestión de horas, conocer y experimentar diferentes culturas. Hay un réplica de un barrio parisino, una piazza italiana, una fortaleza medieval china, etc. Me meto en la página oficial de Epcot Center [http://disneyworld.disney.go.com/es/parks/epcot/attractions/] y me encuentro con esta descripción del “Italy Pavillion”:

Entusiásmate con puntos de interés fascinantes, que evocan la Fontana de Trevi en Roma, y el campanario de la Plaza de San Marcos, y disfruta de comida auténtica en Tutto Italia Ristorante y Via Napoli Pizzeria e Ristorante. Músicos, payasos y grupos de actores ofrecen gran entretenimiento en la piazza.

Leamos la descripción del “France Pavillion”:

Pasea por un barrio de París, hasta con una vista completa de la Torre Eiffel. Restaurantes y panaderías ofrecen delicias tentadoras, las tiendas ofrecen perfumes, una pantalla de cine muestra la encantadora película Impressions de France y artistas callejeros te entretienen con su espectáculo.

Averiguo un poco más. Después de buscar un rato, me entristezco al enterarme de que no existe una “atracción” dedicada a Chile ¿Cómo sería la descripción Disney del “Chile Pavillion”?:

epcotcenterday1map

distopian post-modern monster Wonderland

“Pasea por un barrio de Santiago, donde podrás jugar a discernir lo cerros a través del smog impenetrable y podrás jugar a evitar lanzas y portonazos. Date una vuelta fascinante por la Isla de Pascua y por el Desierto de Atacama, donde probarás la típica comida del curanto atentido por simpáticos moais. Un grupo de mapuches te hará sentir en pleno machitún, todo esto dentro de una encantadora casa móvil tirada por bueyes chilotes al ritmo del Sau-Sau- Leru”.

 

Le muestro a mi amigo la hipotética descripción de un “Chile Pavillon” en Disney.  – “Qué imbecil suena” – me dice buscando, nervioso, uno de sus cigarros. Y continúa: “-¿Por qué entonces torturar a tus hijos llevándolos a este infierno del souvenir, a este lugar común hipostasiado, a este cliché extendido por miles de hectáreas?”

-Misterios de la noventología…” respondo, apesadumbrado.

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Chilenos en Disney parte 1

La otra vez me junté con mi amigo E. a tomar un café en Providencia. E, auto-declarado noventólogo, quería escuchar mi opinión sobre un tema nuevo en sus investigaciones. Para los que no lo saben, la noventología es una disciplina creada por mi amigo cuyo objeto de estudio es la década de los noventa, sobre todo en sus manifestaciones más triviales (televisión, vida diaria, habla juvenil, ideas ambientales, etcétera). El tema de reflexión era la ida de rigor a Disney World (Orlando,  País de las Oportunidades) por la familia chilena de clase alta en los 90s). Según E., el viaje a Disney con los hijos se había transformado a partir de esa década en un rito iniciático del chileno de clase alta (y media aspiracional) y quería averiguar sus orígenes psicológicos, estéticos y metafísicos.

 

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mundus beatitudinis summae

Me da pena que E. gaste su inteligencia en este tipo de temas.- “¿Por qué no te dedicas a otra cosa más provechosa, como el griego o la demonología? ¿A quién le importa lo que haga un grupo insignificante de personas en un país perdido? –le espeté.  “Tu punto de vista absoluto y despectivo de la realidad chilena me parece falso”– retruca E. – “Como chilenos debería interesarnos esta realidad de carne y hueso: los terremotos, la muerte de Camiroaga y la carne mechada. Los chilenos que van a Disney serán un grupo insignificante en la Historia Universal, pero a nosotros, que vivimos al margen de esa historia, nos debería intrigar. Puede dar, además, para un psicoanálisis de alto calibre.”

 

Le expliqué a E. mi sencilla teoría. La gente va a Disney por falta de gusto y exceso de plata, o por ignorancia, o por ninguna razón en particular. Mi tesis simplona y vaga le parece a E. sólo un punto de partida general. “Hay mucho más que eso” – señala malicioso. “¿Porqué diablos llevar a tus hijos a un lugar horrible, plástico, lejano, húmedo, lleno de guatones y juegos endemoniados”?

 

Intento imaginarme el cuadro. Nunca fui a Disney, crecí impoluto de ese infra-mundo, de esa utopía a 100 dólares de ratones que hablan, aladinos y personajes de los hermanos Grimm en versión Miami. Pero el mérito no es mío. Nunca me llevaron. Si me lo hubieran propuesto, obviamente habría aceptado gustoso a los 8 años. ¿En  teología, cómo se llama esa gracia que preserva al hombre antes incluso de ser tentado? San Agustín habla de ella en las Confesiones.  Esa gracia me salvó de Disney, le confieso a E.

 

-“Pero no teologices la cuestión; el viaje a Disney es, antes que eso, obviamente, un síntoma de la ordinariez de la élite, de su ignorancia, su mal gusto, su falta de mundo e imaginación” pontifica E.  Contraataco: “Qué original tu tesis… ¿Se la copiaste a Warnken?” E. ríe y reconoce que siente nostalgia por la élite del XIX, el cerro Santa Lucía y la Biblioteca Nacional, y que según mi amigo, desapareció en los 70. “Es cosa de comparar la comuna de Providencia con la Dehesa”.

 

Quizá la gente va por nihilismo, odio al ser, evasión, o simplemente porque es entretenido y el resto lo hace, qué sé yo…¿Quién en su sano juicio preferiría Disney a El Cuzco, a Frutillar o a Buenos Aires? Eso es lo difícil de explicar el error: es inexplicable. E. declara: “Otra cosa ir a Disney es algo para los niños. Es la infantilización mental del adulto. El yuppie que se ve bien vestido, encorbatado, solemne, no tiene 38 años, sino 8. Él dice que quiere ir por sus hijos, pero lo hace por él. Conclusión número uno: el papá Disney es mentalmente infantil” – “¿Y qué se sigue de eso?” le pregunto. -“Se sigue que el adulto de la élite no ha dejado de ser un niño, y tú sabes cómo son los niños: crueles entre ellos, animales de presa, destructores…”

 

continuará…

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El paseo repentino

(Franz Kafka, Der plötzliche Spaziergang, 1912)

 

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Praga de noche

Cuando uno parece haberse decidido definitivamente a quedarse la noche en casa, se ha puesto la bata, y luego de haber cenado se sienta en la mesa iluminada a hacer este trabajo o jugar este juego, luego del cual uno habitualmente se va a dormir; cuando afuera hace mal tiempo, y por lo tanto es obvio que uno se va a quedar en casa, cuando además uno ha estado tanto rato sentado que marcharse generaría una sorpresa general, cuando la escalera se halla a oscuras y la puerta de la casa ya está cerrada, y pese a todo esto uno se levanta entonces con un malestar repentino, se saca la bata, aparece de inmediato vestido para salir a la calle, explica que debe salir, lo hace luego de una corta despedida, y dependiendo de cuán fuerte dio el portazo para salir, cree haber dejado más o menos enojados a los de adentro; cuando se halla uno en la calle, con miembros que responden con una especial agilidad a la inesperada libertad que se les ha concedido, cuando uno siente haber reunido toda su fuerza de decisión mediante esa única decisión, cuando uno reconoce con más claridad que lo acostumbrado el hecho de que uno tiene más fuerza que necesidad de hacer y sufrir el cambio más rápido, y así se lanza uno a caminar por las largas calles, — entonces esta noche uno ha retirado completamente de su familia, cuyo ser se deshace, mientras uno mismo, totalmente firme, negro de contorno, espoleándose por detrás, logra su verdadera forma. Todo esto se intensifica, si uno a estas altas horas de la noche va a visitar a un amigo, para ver cómo le va.

 

(Traducción P.D.)

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A propósito de Trump

vox populi...plurimum vox stultitiae

vox populi…plurimum vox stultitiae

P.D.

 

Escribir sobre Donald Trump es fácil. Opinar sobre él, ¿qué gracia tiene? Es evidentemente un tipo extremadamente desagradable, molesto a la vista, repugnante como un payaso chillón.  Ya pasó la época de los aspavientos periodísticos por su victoria y su nominación como candidato a la presidencia de Estados Unidos. Ahora queda tragarse el polvo, apretar los dientes y esperar que el decurso de la historia siga adelante. No sin antes reflexionar, con la parsimonia de quien espera la tormenta sentado en un muelle (es decir: sin caer en la tentación de pensar que toda reflexión política es de suyo un llamado a actuar  –también existe el llamado a padecer) sobre el sistema que hace posible la asunción al poder de Trump, Maduro, Señora K y la serie de tiranillos omnipresentes (gracias a la televisión ya no es posible escapar de los mandatarios): la democracia.

 

Me llama la atención toda alusión irónica o desencantada sobre la democracia (no digamos la crítica descarnada) sea interpretada automáticamente como un guiño al totalitarismo o a un estado militarizado. Justamente al contrario: los tiranos belicistas del siglo XX (habrá que nombrar a Hitler, a riesgo de ser poco original) no sólo se llenaron la boca con la palabra “democracia”, sino que llegaron al poder de forma democrática. La democracia permite que energúmenos lleguen al poder, porque su principio sacrosanto es que el destino de las naciones las elige el 50%+1 de la población (o lo que es peor, el número de inscritos o votantes de facto).  Si mañana a la mayoría de los estadounidenses se les ocurre votar por Trump, entonces ¡plaf! tenemos a un idiota en el poder. Nadie puede asegurar que para la próxima elección un tipo como Trump no salga electo en ninguna parte del mundo. La democracia actual tiende a ser absolutamente creadora: el voto de la mayoría puede abolir la existencia del pan o afirmar que 2 + 2 son 5. Vox populi, vox Dei (Dios como voluntad pura, más allá de toda razón, como lo querían algunos teólogos medievales)

 

–“No hay sistemas perfectos” – “en todos los sistemas también puede pasar lo mismo”. Concedámoslo. ¿En qué se basa la constatación sensata de que no hay “sistemas” que hagan bueno al hombre? Habrá que reconocer que el hombre está hecho de madera torcida, y meditar de allí algunas conclusiones. La primera es: si el hombre no es bueno por naturaleza, no necesariamente elegirá su propio bien; por el contrario, podría elegir su propio mal y hasta su propia aniquilación. Baudelaire: “Todas las herejías a las que me refería hace un momento no son, después de todo, más que la consecuencia de la gran herejía moderna, de la doctrina artificial, que suplanta a la doctrina natural – quiero decir la supresión de la idea del pecado original. … la naturaleza entera participa del pecado original” (Correspondance, Oeuvres, t I., pp. 336-337).

 

¿Qué tipo de gobierno entonces será el más adecuado para lidiar con la realidad de que el hombre es un “embutido de ángel y bestia”? Aquel que reconozca este hecho como indiscutible, y que por ende prohíba que la mayoría decida abolirlo. El poder de la democracia se tornaría automáticamente limitado, y podríamos sentarnos a pensar en paz sobre las consecuencias antropológicas de la “doctrina natural” baudeleriana. Quedaríamos inmunes ante las intentonas conceptualmente golpistas de las masas vociferantes azuzadas por el ventrílocuo de turno o por la la secta de iluminados gnósticos. Tendríamos una democracia escéptica de sí misma justamente por su lucidez con respecto a la naturaleza humana. Desde este escepticismo basado en la lucidez podríamos dejar de dogmatizar sobre “la voz del pueblo” y evitarnos sin mala conciencia, quizás, la desagradable sensación de la aparición de bufones como Trump.

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Sobre el arte de conversar 2

p.d.

Mi amigo E.J. se sentó en la cómoda silla que le ofrecía el café Manon, al costado del puente Castaño, desde donde nuestro Mapocho muestra su mejor cara. Con el nerviosismo que ameritaba la ocasión prendió torpemente un cigarrillo y esperó la llegada de B.,  a quien esa tarde iba a declarar su amor, aunque el resultado fuese catastrófico. Había que hacerlo de uno u otro modo; la dilatación de este salto mortal  lo estaba carcomiendo por dentro, y necesitaba “quitarse del pecho, esto que le va oprimiendo” como cantan nuestros Ángeles Negros. B. llegó preciosa como siempre: atrasada, sonriente, y dilapidando tanta belleza que a E.J. le llegaba a doler. Después de conversar unos minutos sobre cosas irrelevantes, E.J. se hizo de ánimos, carraspeó, prendió un segundo cigarro y dijo: “B., te quiero decir algo muy importante” –“Dime”, contestó B. poniendo una cara maliciosa.– “Te quiero decir que…” En ese acto, el celular de B. chilló con un pitido ensordecedor. Las palabras de mi amigo se perdieron en el mar agudo del desagradable sonido. “–Dame un segundo, tengo que constestar esto, es una amiga” sentenció B., alejándose rápidamente de la escena.
B. tardó varios minutos, minutos eternos en volver a la mesa. Sin siquiera disculparse (¿se disculpan las ninfas?) miró fijamente a los ojos de E.J. y le dijo: -“¿Me estabas diciendo algo, no?” Mi amigo soltó una carcajada y repuso: “Se me olvidó lo que te iba a decir…probablemente nada importante”.

***

El celular prendido de B., esa costumbre  de estar tele-disponible para cualquiera a cada hora del día desencadenaron  en la cabeza de mi amigo un torrente de reflexiones amargas acerca de la fugacidad de la vida y la vanidad del mundo. En cuestión de minutos lo embargó el desengaño y la persona de B. le pareció leve, inexistente. De modo misterioso, su enamoramiento angustioso se trocó en una  sentimiento vago e indoloro de aburrimiento. Imaginó  la cara de B. sin dientes y con gusanos saliendo de la cuenca de sus ojos, y lo acometió un ataque de risa, que contuvo tosiendo. “Se me olvidó lo que te iba a decir… probablemente nada importante…” El celular de B. truena nuevamente. “–¿Nada importante? Entonces déjame contestar esta llamada, dame un minuto” replica B. “¡Tómate todo el tiempo que quieras!” – repone E.J., desviando la mirada hacia el torrente escaso del Mapocho.

 

***

“¿Sabes lo que más me molesta de todo esto?” -me confidenció E.J., mientras conversábamos unas semanas después del hecho, -“el que ahora no se puede estar con una persona; tienes que competir con miles de personas que pugnan potencialmente cada segundo por irrumpir y destruir toda conversación”. -“¡Claro, viejo! – le dije yo “¡los celulares son una mierda! Tengo una teoría al respecto…” En ese instante suena el celular de E.J. -“¿Quién es?” le pregunto. “Es B.”, me dice, poniéndose de pie, y buscando rápidamente un rincón para hablar en voz baja.

Y se alejó, y no lo volví a ver nunca más.

 

 

 

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Sobre el arte de conversar

p.d.

Todos lo hemos experimentado. Vamos a reuniones sociales, convites, nos sentamos a la mesa con familiares y con semi-conocidos…y tentertuliaemos que conversar. La mayor parte de las veces el resultado es mediocre, para no decir simplemente malo, malo como el natre. Es difícil encontrar una buena conversación, lo cual no deja de ser extrañísimo: ¿acaso no se distingue el hombre de las bestias por poseer lógos, lenguaje? Si eso es lo que nos constituye, ¿por qué se nos hace difícil el diá-logo?

Propongo un puñado de posibles causas y reflexiones sobre este fenómeno.

  • Causa material, el sine qua non: muchos no saben hablar castellano. Sé que hay lingüistas que dicen que los chilenos no hablamos ni bien ni mal, y sospechan de las categorías valorativas en torno a los usos, etc. Yo doy por superada esta discusión estéril y verifico lo que me dicen mis sentidos: con personas que no saben expresar lo que piensan o que usan un solo término para lo que podría expresarse en veinte es difícil entablar una conversación interesante. Sin matices, precisión y belleza no hay conversación: a lo más, habrá intercambio de información o una transacción comercial.
  • Confusión elemental: La conversación no es la yuxtaposición de diferentes anécdotas o la colección de lugares comunes sobre los últimos temas “candentes” (delincuencia, colusión, copa américa). Breve: conversar no es relatar hechos sin más o repetir periodísticamente lo que “pasa”. Hay que aplicar genio y estilo a la cuestión, de lo contrario todo se transforma en una pérdida de tiempo, como lo es escuchar a un conductor de noticias.
  • No todos saben contar anécdotas. Hay pocos que tienen el talento, no nos tiremos todos a grandes cuentistas. Nada más aburrido que una anécdota contada sin gracia, sin chispa. Recuerdo haber escuchado una y otra vez “anécdotas” de viaje que no merecen ser relatadas, porque en realidad no pasó nada digno de ser relatado y porque quien da cuenta del suceso tiñe, con su fomedad interior, todos sus relatos.
  • Lo anterior me obliga a concluir lo siguiente: no hay temas aburridos, sino personas aburridas. La fomedad es una manto de gris que afea y banaliza todo lo que toca. Ejemplo: el periodismo de “tendencias”. Un periodista de este estilo, incapaz por naturaleza de reflexionar, no es capaz de pensar sino en términos de rating o “audiencia” (anglicismo introducido por los periodistas). Un periodista podría lograr, con su arte, hacer de la muerte de Aquiles un lugar común. Deben ser excluidos de toda conversación.
  • Enemigos de la conversación: el relativismo seriote y el culto a lo políticamente correcto. El relativismo seriote e inquisidor hace imposible la ironía, el sarcasmo, la cosmovisión, el juicio. El relativista que se toma demasiado en serio a sí mismo ejerce de inspector aguafiestas de todo intento por alcanzar algo interesante. Lo mismo el cultor del correctismo político. Conversar con este último se parece más a un intento por correr sobre una pista de huevos intentando no romper ninguno.
  • Otro enemigo de la conversación: el fanatismo. Hay que distinguir entre “ideas fanáticas” y personalidades fanáticas. Me refiero más bien a las segundas. Los fanáticos pueden declarar la guerra por opiniones nimias, absolutizan lo esencialmente relativo y defienden lo verdadero de un modo violento o psicológicamente curioso. Hay que alejarlos sobre todo del alcohol.
  • La conversación exige tiempo. Si pudiésemos analogar la conversación a algún género musical, diríamos que la buena conversación es una sonata o una sinfonía, y no un impromptu. “Tengo 20 minutos para conversar” es una frase contradictoria. Si hay interrupciones en la conversación, tienen que ser entre cada movimiento.

continuará

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