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Una rara flor. Lobelia, de Joaquín Trujillo Silva. RIL Editores, 2017, 448 pp.

P.D.

Si tuviéramos que decir de qué trata Lobelia de Joaquín Trujillo, diríamos que se trata a grandes rasgos de la vida de una niña en una ciudad perdida de provincia en busca de la vindicación del abandono sufrido a manos deResultado de imagen para LOBELIA trujillo su madre. Luisa Manso, una niña cuyo genio y apariencia atestiguan un destino superior, es criada por una “tía” (la entrañable Lorena Carrasco) en la polvorienta San Estanislao, donde transcurre su vida enmarcada en el prosaico y a la vez estrambótico paisaje de provincia. Cual heroína griega, Luisa va tomando conciencia de una misión: a través del conócete a ti mismo debe remontarse a su origen y restablecer la justicia violada en épocas pretéritas. A través de la amistad, la religión, el amor, la historia, los viajes y el arte (estadios de la Bildungsroman trujillana) Luisa es capaz de armar una bizarra expedición, junto a su hermano perdido, para conocer a su verdadero padre y enfrentar a su madre.

Sin embargo, ésa es sólo una de las capas de la novela de Trujillo. En realidad, el autor nos advierte ya en el título de que esto no es una novela común y corriente: Lobelia es más bien una Pseudo-fábula, un ejemplar de un género que a su vez evade la clasificación y que se esconde, se falsea, en la imitación, quizá incluso en parodia. Lobelia es también una alegoría, una narración que remite, en sus personajes, acciones y parlamentos, a una cierta cosmovisión barroquísima de la historia de Chile, ese país, que, como toda Hispanoamérica, ha intentado demasiadas veces cambiar identidad sin salir de la adolescencia de ninguna de sus identidades. Como lo han mostrado magistralmente tantos escritores hace varias décadas, el producto de esta juguera de indios, españoles, frailes, masones, mercachifles, dictadores y mendigos, es un escenario que no puede sino describirse como mágico.

En la alegoría trujillana, Chile -Cristina Manso-, producto del mestizaje inveterado de viejos hispanos, portadores de esa vieja Europa de conquistadores rudos pero nobles, vive la tragedia de haberse hecho criolla a sangre para caer en los brazos de una falsa primavera, el mundo del bussiness y la eficiencia devastadora (el mundo de Lenz-mann, ¿“el hombre primavera”?). El capitalismo salvaje lo arrasa todo, hasta lo más sagrado: la inocencia de los niños y los conventos. Luisa es aquella nueva generación chilena, que habiendo sido relegada al oscuro mundo de la Quinta Religión, al mundo de los profesores jubilados de francés, de comerciantes árabes calerinos, de testigos de Jehová cantando en la plaza, lejos del contubernio dinero-política de la capital, constituye una esperanza para acabar con el enmarañado entuerto de nuestra historia.

La prosa de Trujillo es hábil, y no hay página en donde el lector no pueda sacar alguna perlita o una pequeña alegría. Las atmósferas de la Quinta Región están retratadas con maestría. Siendo llaillaino, puedo decir que Lobelia me ha traído a la memoria personajes que creo haber conocido en sueños de infancia: el inspector Sabag, las vendedoras de los catálogos Avon, las parvularias de San Estanislao. Los diálogos fluyen con agilidad, aunque no siempre. Aquí entra la cuestión del género de Lobelia (¡Pseudo-fábula!). No siendo una novela a secas, su carácter puede desperfilarse ante los ojos del lector. Se diría que a veces uno está leyendo una novela escrita desde la dramaturgia o el ensayo.  A veces Luisa Manso habla como la joven original que es, a veces habla en frases marmóreas de heroína griega, y a veces, lamentablemente, como una delirante opinóloga de historia universal.

A algunos lectores les parecerá que Lobelia gana en densidad con sus pobladas reflexiones y excursos históricos; otros se impacientarán ante estos obstáculos a la acción y a la poesía. Me cuento más bien entre los segundos. Para mi Lobelia se eleva en los momentos de narración (por ejemplo, el episodio del caballo nadador, el doloroso encuentro de Clemente con Ramón o la seducción a Juan Hipólito) y desciende notablemente en los diálogos enigmáticos de la madre superiora, los delirios filo-habsburgo, las teorías estéticas de Fidelio. Probablemente el autor metió inconscientemente en Lobelia el peso de su enorme universo intelectual y espiritual, y así lo que ganó Lobelia en páginas lo perdió en ritmo y agilidad. El resultado: una obra sui generis que entretiene, conmueve, pero también atosiga.

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El conflicto de La la land

P.D.

la-la-land-ryan-gosling-emma-stone-1Como la mente humana funciona mejor por medio de los contrastes y las comparaciones, echaré mano al musical “Los paraguas de Cherburgo” (1964) para esbozar una crítica de la aclamada La la land (2017). La crítica es el género que pretende dar razones atendibles de los gustos e intuiciones personales, muy personales. La crítica no intenta darse a entender mediante razones científicas ni filosóficas, sino que pone sobre la mesa -ojalá de modo honesto- el parecer del crítico, sus reacciones viscerales y sus puntos de partida. Intentando ser coherente con este principio, he de decir que los musicales en general no me gustan; me dan vergüenza ajena (pasión que hay que cuidar y cultivar), los hallo musicalmente pobres, ridículos, infantiles. Esto vale para Andrew Lloyd-Weber y todos sus satélites, los productos de Disney, Singin’ in the rain, etc.

catherine-deneuve-umbrellas-of-cherbourg-pinkLa la land no es mejor musicalmente que los otros. Probablemente sus canciones no quedarán grabadas mucho tiempo en el panteón de la música popular, como sí quedó la notable banda sonora de los Bee Gees en la mediocre Fiebre de Sábado por la Noche. ¿Qué queda de La la land? No hay que ser un genio para darse cuenta que Emma Stone es lo que quedará para la posteridad. Diamante en bruto, ojalá que siga por la recta senda.

Vuelvo al principio. Como lo notarán los nostálgicos del cine, “La la land” rinde homenaje a “Los paraguas de Cherburgo”; en cierto sentido depende creativamente de ella. Ambas narran historias de amor sin final feliz, ambas nos plantean conflictos que se resuelven dejando al hombre herido. Ambos filmes juegan con el recurso del nóstos del ganador; tanto Geneviève (la inolvidable Catherine Deneuve) como Mia (Emma Stone) vuelven desde París, elegantes y triunfadoras, para que el destino las haga encontrarse con el hombre abandonado, que intenta una sonrisa triste y resignada.

Sin embargo, La la land queda debajo de Los paraguas. La música de Los Paraguas es mejor, pero no es ahí donde radica su superioridad. Es el conflicto de “Los paraguas” lo que la hace, a mi juicio, mil veces más interesante. Mia termina por abandonar al jazzista Sebastian para perseguir sus “sueños” de ser una gran actriz. Toma una decisión racional, producto del seguimiento obsecuente del imperativo ético de Steve Jobs: “follow your dreams”.  Genevieve abandona su sueño de casarse con Guy tomando una decisión irracional: la distancia con el amado la desenamora, la nubla, la desafecta. Las lágrimas y requiebros de amor eterno se esfuman en su ánimo adolescente; su embarazo parece ahogar toda promesa…la donna è mobile. Termina casándose con otro, un hombre respetable, un poco aburrido, acogedor. El espectador se toma los pelos, se estremece. ¿A quién no le podría pasar? ¿Qué cosa más cruel que los afectos,  cambiantes como la fortuna?

Con Mia pasa otra cosa. Su decisión está tomada del manual del winner americano. Es talentosa, quiere trabajar duro, lograr éxito. Su imperativo engendra una suerte de derecho de perseguir los sueños profesionales. Sebastian no protesta. Como héroe de nuestro tiempo, deja partir a su paloma. “No seré yo quien obstaculice tus sueños”. El conflicto de La la land es entre trabajo y amor. El conflicto de Los paraguas gira en torno a la volubilidad de la pasión.

La la land descansa, queramos a no, en un conflicto éticamente pobre. Alguien podrá decir que ese tipo de conflictos caracteriza mejor a la generación actual, y quizá tenga razón. Pero eso sólo significaría que esta generación, la generación “millenial”, la generación del emprendimiento y de los trabajos esporádicos, no está a la altura ética como para servir de material estético. Después de todo, el enamoramiento pasajero de la niña de 17 años de Los paraguas de Cherburgo es mil veces más terrible y más trágico que la disyuntiva de Mia, que no sabe si aceptar un papel y lanzarse al estrellato. Creo que al director no se le escapa esto último.  Por eso nos regala la mejor escena al final de la película, esa especie de raconto ficticio de lo que pudo haber sido la vida de Mia y Sebastian si el destino hubiese cambiado algunas cosillas y la vida no hubiese girado en torno a la auto-realización. Sin esa escena, la película ya no se sostenía. La imaginación de Mia nos salva, al menos in effigie, de un happy end con sabor a manual de auto-ayuda.

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El rechazo

Franz Kafka, 1908.
KAFKA

 

Si me encuentro con una linda muchacha y le pido: “sé buena, ven conmigo” y ella se aleja sin decir palabra, quiere decir lo siguiente:

-“No eres un duque con nombre rimbombante, ni un norteamericano grandote con pinta de piel roja, de pacíficos ojos horizontales, de piel amasada por el aire de los pastizales y de los ríos que lo cruzan; no has viajado a los grandes lagos – que se encuentran no sé dónde-ni navegado en ellos. Entonces por favor: ¿por qué debería yo, una muchacha linda, ir contigo?”

-“Te olvidas de que ningún automóvil te lleva a trancos, bamboleándose a través de la calle; no veo a los caballeros de tu séquito apretados en sus vestidos yendo detrás tuyo en perfecto semicírculo murmurando elogios por ti; tus pechos están bien ocultos bajo tu corsé, pero tus muslos y caderas contradicen esa abstinencia; llevas puesto un vestido plisado de tafetán, tal como a todos nos hizo gracia el otoño pasado, y aún así, vestida como un peligro público, sonríes de cuando en cuando”.

-“Sí, ambos tenemos razón, y para no hacernos conscientes de esta verdad indiscutible, mejor que cada uno se marche a su casa, ¿cierto?”

 

Traducción P.D.

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Excusas e impresiones de Buenos Aires

Toño G.

Acabo de volver de mi primera vez en Buenos Aires. Dejo algunas de mis impresiones.

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Avenida de mayo

Buenos Aires es la ciudad más europea de Sudamérica: por lo tanto, es también la ciudad más potente del continente. Quiéranlo o no, Europa inventó nuestra “ciudad” – el burgos – y, en ese ámbito de cosas, nosotros los latinoamericanos no debemos adscribirnos originalidad alguna, podemos ser tan sólo buenos o malos herederos.

Ahora bien, que sea una “ciudad al modo europeo” no quiere decir que Buenos Aires carezca de identidad. Al contrario: ser verdaderamente ciudad al modo europeo significa “nacer a partir del espíritu”. Los edificios, las calles, la “materia” de Buenos Aires, no es mera importación e impostación, sino que parece sustentarse en un “espíritu”. Ese espíritu, esa “alma” de la ciudad, no es otra cosa que el conjunto de relaciones “reales” entre los ciudadanos que, antes que buscar lo propio (como idiotés) buscan lo “común”. Esa es la grandeza de Buenos Aires, ese amor por lo común y, hay que decirlo, ese amor por la belleza y el arte de vivir. Porque lo común también es bohemia, encuentro en la calle, vida de bar, de mercado y de plaza.

Ahora, quizás habría que decir que así “fue” Buenos Aires y que lo que hoy me fascinó es una imagen de la decadencia, los estertores del enfermo terminal. Pero este juicio es exagerado. Lo que sí me parece claro es que la gloria descrita nació en otros tiempos. Buenos Aires ha preservado parte de su pasado, mas no lo ha reproducido del todo.

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La elegancia de Recoleta

Habiendo tomado un citytour nos detuvimos como parada final en Puerto Madero. Edificios modernos, restaurantes caros, ostentación: ¡no se jacten de eso, por favor, que entonces no marcarán ninguna diferencia! Si medimos Buenos Aires con esa vara, tal vez Santiago con sus rascacielos pueda sentirse superior. Pero eso no es gloria, es sólo dinero – y mal gusto.

“Lo común” parece también ser un valor del pasado en Buenos Aires. En Argentina se siente la falta de cohesión, la desconfianza frente a lo público – merecida frente a la incompetencia política de las últimas décadas y a la implantación de un culto cuasi-mesiánico de ciertas personas y partidos – y, como consecuencia, la huida hacia lo privado. Por eso es explicable que ese argentino inmigrante en Santiago, amante de los countries, haya encontrado en una comuna tan artificial como La Dehesa el lugar ideal.

Santiago, mi querida ciudad, no tiene Recoleta ni San Telmo ni Palermo, pero tiene Providencia, Bellas Artes, Bellavista y el Centro. No es lo mismo, pero es también “ciudad”. ¡Mas quién se preocupa del Plan Urbano en esta ciudad! ¡De la noche a la mañana la altura de cuatro pisos puede infringirse por una moles de treinta! ¡Y quién cuida el Patrimonio! El Centro de Santiago podría ser completamente otro, tan sólo haciéndose cargo de lo que ya hay. Desgarrado por dos almas, Santiago empezó a crecer en las últimas décadas como “ciudad extendida norteamericana” (nunca olvidaré un debate de comienzo de siglo, en el que profesores de la Adolfo Ibañez proponían para Santiago como modelo la ciudad de Phoenix) – un monstruo de carreteras, viviendo en la periferia, huyendo de la ciudad.

Que Santiago no tiene memoria de ciudad ni amor a la belleza se muestra para mí en nuestra actitud pasiva frente a la terrible contaminación del aire. Si no es suficiente argumento el aumento de enfermedades respiratorias, nuestro “sentido estético” debiera decirnos algo. Una ciudad depende de la geografía, su identidad se configura por su geografía.

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El barrio de san Telmo

No tenemos el río, el estuario y el mar que permitieron a Buenos estar abierto a Europa y ser comunidad de inmigrantes. Pero tenemos la montaña (la materia más trascendente de todas). Mas, ¿cómo una ciudad que se asienta a la ladera del segundo cordón de montañas más alto del mundo – grandeza absoluta – “no ve la montaña”? No me importa tanto ver la ciudad desde la montaña: quiero ver la montaña desde la ciudad. ¿Por qué un santiaguino no puede inspirarse una, dos o mil veces al día con la belleza sublime de la cordillera? Yo creo, como dijo ese escritor que ustedes sin duda conocen, que “la belleza salvará el mundo”. Y, si puede salvar el mundo, entonces servirá también de sostén a Buenos Aires en sus apuros actuales, y de medicina a este Santiago tan contaminado en cuerpo y alma.

En fin, esas fueron mis impresiones de Buenos Aires… y de Santiago – cuando fui a Buenos Aires.

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A propósito del estilo literario en filosofía

P.D.

Hace poco me tocó traducir un texto del filósofo y teólogo Francisco Suárez (1548-1617). Como muchos adivinarán, no lo hice por gusto, sino por lucro. Un colega jurista me pidió que tradujera algunas cuestiones y ahí me vi, frente al texto del “doctor eximio”. Creo no estar mal si repito (sin haberlo comprobado), con los manuales de filosofía, que Suárez es un pensador gravitante en la historia. Su metafísica se puede rastrear hasta Leibniz y Kant; su filosofía jurídica y su teología también parecen haber calado hondo desde el siglo XVI hasta hoy.

Y así y todo, si la obra de Suárez está redactada de igual manera a estas quaestiones disputatae probablemente no vuelva jamás a leerlo, por una razón muy sencilla: su prosa es lo más feo, seco y sin gracia que me ha tocado leer.  Frases cortas terminadas abruptamente, entrelazadas casi siempre por los mismos conectores, ausencia de ejemplos, abuso de abreviaciones; en suma, la insipidez propia de un desierto o de una sopa carcelaria.

Se me viene a le mente la crítica vulgar a la escolástica. Que es seca, encorsetada, árida, muerta. Unamuno decía que las Sumas de Santo Tomás era como una aburrida filosofía de código civil, con respuestas y “soluciones” a todo, en contraposición a la prosa ardiente y creadora de San Agustín. El bilbaíno se equivoca. La prosa de Santo Tomás es prístina, bellísima, serena, para quien le interese la búsqueda de la verdad sin estridencias. Al leer la Suma tiene uno la impresión de hallarse en aposentos “llenos de luz” (como decía Goethe de la prosa de Kant). Hay párrafos del rétor Agustín que piden a gritos la concisión y la síntesis del Aquinate.  ¡Tantas recapitulaciones floridas en su Ciudad de Dios que podrían resumirse en un  patet quod…!

Platón, quizá el escritor-filósofo por excelencia

Platón, quizá el escritor-filósofo por excelencia.

El estilo de Suárez en estas cuestiones disputadas es escolástico en el peor sentido del término. Pastiche de citas, distinciones sobre distinciones, uso meramente técnico de la lengua. ¿Cuántos filósofos de mente eximia pierden lectores por su uso tan árido del lenguaje, por sus formulaciones lacónicas en exceso o hipertrofiadas e inabarcables? Karl Rahner será, sin duda, uno de los teólogos importantes del siglo XX que pocos leerán en el futuro. Su prosa enrevesada, abstracta y esencialmente gris (¿fruto de su parentesco lejano con Suárez?) levantan una valla de aburrimiento difícil de superar. Platón, por el contrario, sigue hechizando a miles de lectores siglo tras siglo.

Todo esto nos lleva a plantear la eterna pregunta de la importancia de la forma en relación al contenido. En un sentido el lenguaje es un vehículo del pensamiento, qué duda cabe. Pero en otro, el lenguaje es la materia ya organizada por la idea, por el concepto. El perfil de la idea queda comprometida entonces por el modo en que ésta se encarna en imágenes, palabras, oraciones, comas, verbos e incluso géneros literarios. Quizá la predominancia actual del paper científico en filosofía (con límite de palabras y estructura prefijada) no es más que un síntoma estético de un concepto minimalista y pasajero de pensamiento sobre el cual parece girar la academia hodierna.

El estilo literario, no como mera fachada, sino como esfuerzo constante por traer a la luz un concepto, es algo importantísimo. No hay razón para excluir a la belleza de la exposición de la verdad. Si el hombre, como dice Newman, no sólo es un animal racional, sino también un animal que imagina, siente y actúa, entonces el componente imaginativo del estilo literario en filosofía es de importancia capital. Una idea verdadera atrae. Una idea verdadera transmitida bellamente atrae doblemente.

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7 tesis para repensar el Chile de Hoy después de las primarias presidenciales

por Gianfranco Tirronis, ex Mapu, hoy monje palamita del monte Athos.

1.- En la época colonial Chile era un país más culto que hoy porque se enseñaba latín como carrera.

2.- Hoy comerse un sánduich de 500 gramos en la Fuente Alemana es un acto más filosófico que leerse 500 gramos de papers.

3.-Schopenhauer: “La abolición del latín como idioma universal de los hombres cultos (…), ha sido una verdadera desgracia para la causa del conocimiento en Europa”. J. Ratzinger: “el latín era la asignatura base de toda enseñanza escolar y se estudiaba con gran severidad y rigor, cosa que luego he agradecido toda mi vida. Como teólogo nunca he tenido nunca dificultad para estudiar las antiguas fuentes en latín y griego”.

4.- “Escuela de negocios” es uno de los grandes chistes etimológicos postmodernos.

5.- “Cultivado es el hombre que no convierte la cultura en profesión” (Gómez Dávila).

6.- “No el mucho saber harta y satisface el alma, sino el sentir y gustar las cosas internamente“ (San Ignacio de Loyola).

7.- “Just the fax, ma’am” (Bruce Willis en Duro de Matar 1)

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Los miserables (Les Miserábles) 2012.

P.D.

Los miserables (Les Misérables). EE.UU. 2012. Dir: Tom Hooper. R.Hugh Jackman, Russel Crowe, Anne Hamiserablesthaway. Basado en el musical Les Misérables, de Claude-Michel Schönberg, libreto de Alain Boublil and Jean-Marc Natel.

1. ¿Cómo se lo explico?

Premisa 1. Todos los musicales son horribles. Premisa 2. Los miserables es un musical. La conclusión lógica es:

a) Los miserables es un musical.

b) Los miserables son gente miserable.

c) Depende de qué sistema de lógica estemos usando.

d) “Los Miserables” es un musical horrible.

e)  “Ustedes, los ricos, lloren y giman por las desgracias que les van a sobrevenir.” (Santiago 5, 1)

2. ¿Qué puede resultar de una copia de una copia de algo mediocre (a saber, la novela de Victor Hugo)? La respuesta a este misterio especulativo se halla en:

a) “Todo está en ti” de Gerardo Rocha

b) “Sexo y carácter” de Otto Weininger

c) “La raza chilena” de Nicolás Palacios

d) “La concentración del poder Económico” de Ricardo Lagos Escobar

e) “La República” de Platón.

3. ¿Qué es peor?

a) Ir a Nueva York y llegar contando que uno fue a ver Los Miserables.

b) Ir a Buenos Aires y llegar contando que uno fue a ver Los Miserables.

c)Haber participado en un musical en el colegio y no ocultarlo.

d) Hacer musicales en la universidad.

e) Cometer actos terroristas.

4. ¿Qué compact le regalarías a tu peor enemigo?

a) “Música de Matrimonios”, incluyendo hits como “Margaritas” y “Milagro de amor”.

b) “Grandes éxitos” de Susan Boyle.

c) “Los miserables” versión francesa.

d)”Los miserables” versión broadway.

e) Poupurrí de Los Miserables, El fantasma de la Ópera,  Miss Saigon y Cats.

5. ¿Qué es lo peor del mundo contemporáneo?

a) La televisión y los musicales

b) Los teléfonos inteligentes y los musicales

c El nihilismo existencial y los musicales

d. La caída del Imperio Austro-húngaro y los musicales

e. Todas las anteriores

6. Si Victor Hugo viese la película de Los Miserables, ¿cómo reaccionaría?

a) Le encantaría

b) Se convertiría al catolicismo

c) Encontraría que le faltó sentimentalismo.

d) Se cambiaría de sala para ver James Bond

e) Diría: ¿Yo escribí esta cursilada?

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