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Chilenos en Disney parte 2

Los correos de los lectores de este blog a propósito del artículo “Chilenos en Disney parte 1” fueron más de los que me esperaba. Esto me confirma dos cosas: que los temas estéticos son muchísimo más importantes que los temas de contingencia política, y que el blog goza de buena lectura. Ambas cosas me ponen contento, máxime cuando los correos de los lectores denotan una variedad ideológica y psicológica interesante desde el punto de vista médico. Algunos ejemplos:

“Qué posteo más amargado. ¿Qué tiene de malo ir a Disney? ¿Por qué juzgas a la gente? El Papa dice que no hay que juzgar”

Otro: “Muera Disney, engendro neoliberal, hijo de la conspiración feísta-capitalista”

Este me pareció muy bueno: “Estimado Sr. Domínguez: ¿Por qué escribe  en forma de diálogo? ¿Será acaso para ocultar su opinión detrás de su amigo ficticio? ¡Larga vida al imperio austro-húngaro!”

Otro correo me dejó pensando. Dice así:

“Te escribo desde Epcot Center. Vine con mi familia a Disney aprovechando las vacaciones que me da el MBA y lo hemos pasado espectacular. Con mi mujer nos alegramos con la cara de felicidad de nuestros niños al conocer varias culturas en este maravilloso lugar.  Se nota que no has venido para acá y no has tenido la experiencia de experimentar este mundo fantástico. Me imagino que eres de esos papás que sólo piensa en sus intereses pero no en los de los niños. Déjame contarte que también hay papás que piensan en sus hijos para las vacaciones, y que se endeudan para darles lo mejor. Saludos, A.B.”

 

Googleo “Epcot Center” para entender de qué se trata. ¿Será ese castillo de hadas infesto, copia colorinche del castillo alemán de souvenir? No, Epcot Center es otra cosa. Es un complejo turístico–cultural (¡!) en el cual tú y tu familia pueden, en cuestión de horas, conocer y experimentar diferentes culturas. Hay un réplica de un barrio parisino, una piazza italiana, una fortaleza medieval china, etc. Me meto en la página oficial de Epcot Center [http://disneyworld.disney.go.com/es/parks/epcot/attractions/] y me encuentro con esta descripción del “Italy Pavillion”:

Entusiásmate con puntos de interés fascinantes, que evocan la Fontana de Trevi en Roma, y el campanario de la Plaza de San Marcos, y disfruta de comida auténtica en Tutto Italia Ristorante y Via Napoli Pizzeria e Ristorante. Músicos, payasos y grupos de actores ofrecen gran entretenimiento en la piazza.

Leamos la descripción del “France Pavillion”:

Pasea por un barrio de París, hasta con una vista completa de la Torre Eiffel. Restaurantes y panaderías ofrecen delicias tentadoras, las tiendas ofrecen perfumes, una pantalla de cine muestra la encantadora película Impressions de France y artistas callejeros te entretienen con su espectáculo.

Averiguo un poco más. Después de buscar un rato, me entristezco al enterarme de que no existe una “atracción” dedicada a Chile ¿Cómo sería la descripción Disney del “Chile Pavillion”?:

epcotcenterday1map

distopian post-modern monster Wonderland

“Pasea por un barrio de Santiago, donde podrás jugar a discernir lo cerros a través del smog impenetrable y podrás jugar a evitar lanzas y portonazos. Date una vuelta fascinante por la Isla de Pascua y por el Desierto de Atacama, donde probarás la típica comida del curanto atentido por simpáticos moais. Un grupo de mapuches te hará sentir en pleno machitún, todo esto dentro de una encantadora casa móvil tirada por bueyes chilotes al ritmo del Sau-Sau- Leru”.

 

Le muestro a mi amigo la hipotética descripción de un “Chile Pavillon” en Disney.  – “Qué imbecil suena” – me dice buscando, nervioso, uno de sus cigarros. Y continúa: “-¿Por qué entonces torturar a tus hijos llevándolos a este infierno del souvenir, a este lugar común hipostasiado, a este cliché extendido por miles de hectáreas?”

-Misterios de la noventología…” respondo, apesadumbrado.

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Chilenos en Disney parte 1

La otra vez me junté con mi amigo E. a tomar un café en Providencia. E, auto-declarado noventólogo, quería escuchar mi opinión sobre un tema nuevo en sus investigaciones. Para los que no lo saben, la noventología es una disciplina creada por mi amigo cuyo objeto de estudio es la década de los noventa, sobre todo en sus manifestaciones más triviales (televisión, vida diaria, habla juvenil, ideas ambientales, etcétera). El tema de reflexión era la ida de rigor a Disney World (Orlando,  País de las Oportunidades) por la familia chilena de clase alta en los 90s). Según E., el viaje a Disney con los hijos se había transformado a partir de esa década en un rito iniciático del chileno de clase alta (y media aspiracional) y quería averiguar sus orígenes psicológicos, estéticos y metafísicos.

 

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mundus beatitudinis summae

Me da pena que E. gaste su inteligencia en este tipo de temas.- “¿Por qué no te dedicas a otra cosa más provechosa, como el griego o la demonología? ¿A quién le importa lo que haga un grupo insignificante de personas en un país perdido? –le espeté.  “Tu punto de vista absoluto y despectivo de la realidad chilena me parece falso”– retruca E. – “Como chilenos debería interesarnos esta realidad de carne y hueso: los terremotos, la muerte de Camiroaga y la carne mechada. Los chilenos que van a Disney serán un grupo insignificante en la Historia Universal, pero a nosotros, que vivimos al margen de esa historia, nos debería intrigar. Puede dar, además, para un psicoanálisis de alto calibre.”

 

Le expliqué a E. mi sencilla teoría. La gente va a Disney por falta de gusto y exceso de plata, o por ignorancia, o por ninguna razón en particular. Mi tesis simplona y vaga le parece a E. sólo un punto de partida general. “Hay mucho más que eso” – señala malicioso. “¿Porqué diablos llevar a tus hijos a un lugar horrible, plástico, lejano, húmedo, lleno de guatones y juegos endemoniados”?

 

Intento imaginarme el cuadro. Nunca fui a Disney, crecí impoluto de ese infra-mundo, de esa utopía a 100 dólares de ratones que hablan, aladinos y personajes de los hermanos Grimm en versión Miami. Pero el mérito no es mío. Nunca me llevaron. Si me lo hubieran propuesto, obviamente habría aceptado gustoso a los 8 años. ¿En  teología, cómo se llama esa gracia que preserva al hombre antes incluso de ser tentado? San Agustín habla de ella en las Confesiones.  Esa gracia me salvó de Disney, le confieso a E.

 

-“Pero no teologices la cuestión; el viaje a Disney es, antes que eso, obviamente, un síntoma de la ordinariez de la élite, de su ignorancia, su mal gusto, su falta de mundo e imaginación” pontifica E.  Contraataco: “Qué original tu tesis… ¿Se la copiaste a Warnken?” E. ríe y reconoce que siente nostalgia por la élite del XIX, el cerro Santa Lucía y la Biblioteca Nacional, y que según mi amigo, desapareció en los 70. “Es cosa de comparar la comuna de Providencia con la Dehesa”.

 

Quizá la gente va por nihilismo, odio al ser, evasión, o simplemente porque es entretenido y el resto lo hace, qué sé yo…¿Quién en su sano juicio preferiría Disney a El Cuzco, a Frutillar o a Buenos Aires? Eso es lo difícil de explicar el error: es inexplicable. E. declara: “Otra cosa ir a Disney es algo para los niños. Es la infantilización mental del adulto. El yuppie que se ve bien vestido, encorbatado, solemne, no tiene 38 años, sino 8. Él dice que quiere ir por sus hijos, pero lo hace por él. Conclusión número uno: el papá Disney es mentalmente infantil” – “¿Y qué se sigue de eso?” le pregunto. -“Se sigue que el adulto de la élite no ha dejado de ser un niño, y tú sabes cómo son los niños: crueles entre ellos, animales de presa, destructores…”

 

continuará…

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¿Por qué estudiar latín? Una respuesta de entre miles

latin

http://www.elmercurio.com/blogs/2014/11/03/26567/Por-que-estudiar-latin.aspx

P.D.

La cuestión de porqué estudiar lenguas clásicas es apasionante. Para muchos pedagogos que rebuznan con la modernidad y con los “nuevos métodos” el estudio del latín o el griego en los colegios podrá ser una pregunta inentendible, una especie de locura o fiebre idealista. “¿Y para qué sirve?” es la pregunta que usan como arma mortal, esperando que el defensor del latín no sepa qué responder o se ruborice.

Lo cierto es que esa pregunta está ya marchita; supone un terreno infértil para una posible respuesta. La pregunta “¿para qué sirve?” tiene, en boca del pedagogo orientado al mundo productivo, un sentido servil. “Para qué sirve” significa, “¿de qué es esclavo (siervo)?”. Supone una petición de principios: todo aprendizaje tiene que estar subordinado a la utilidad práctica.

A veces el amigo del latín gasta demasiado tiempo en defender al latín desde la utilidad, y la verdad es que todo eso en exceso genera aburrimiento y distrae de las cosas más esenciales.

El latín es útil, el latín sirve, qué duda cabe: por eso, no está errado quien constata la “gimnasia mental” que éste hace adquirir a sus aprendices. Tampoco es inoportuno señalar que aprender gramática latina es útil para aprender otros idiomas. Son, por decirlo así, destrezas “hijas” del latín. Pero aprendemos latín por otras razones más profundas. Vamos al museo para contemplar obras de arte bellas. La belleza es algo bueno en sí. Si mis visitas al museo me brindan tranquilidad a los nervios o capacidad de concentración, bienvenidos sean estos benditos efectos. Pero lo primario es contemplar un cuadro. Lo mismo con el latín.

¿Pero, puede el latín ser objeto de contemplación? Se me viene a la mente la novela Narciso y Goldmundo de H. Hesse. Uno de los dos muchachos, no me acuerdo cuál, gozaba con el estudio del griego incluso desde el nivel sensitivo: disfrutaba los caracteres griegos, sus líneas y junturas. Tomando en sentido metafórico, creo que el estudio de una lengua como el latín también está orientada a ese tipo de goce. No me refiero al goce del lingüista, legítimo por lo demás. El estudio de una lengua separada de su literatura es ya un saber especializado; me refiero al goce universal. Y es que como dice un sabio del medioevo, in contemplatione veritatis maxima delectatio consistit: el mayor deleite está en la contemplación de la verdad. Pero, ¿enseña verdad el latín?

El latín que debería estudiarse como disciplina obligatoria en las escuelas humanistas y en las universidades es, nada más ni nada menos, la lengua en la cual se plasmó el genio de épocas completas. Estudiar latín es introducirse en una gran odisea del espíritu humano, es sentarse a conversar con poetas, filósofos, oradores, concilios, teólogos, juristas, astrónomos y goliardos. Es darse cuenta de una gran verdad: que sin estos personajes que pensaron y hablaron en latín, hoy estaríamos probablemente en las cavernas, comiéndonos los unos a los otros.

Sentarse a traducir, lentamente, las frases de algún vate o las sentencias de algún sabio, descubrir como nuestro castellano revela etimologías deliciosas, admirar la estructura y confección de frases musicales y recónditas, y darse cuenta de que somos herederos de un caudal aquilatado por muchos siglos, es entonces, como ir a un concierto de J.S. Bach o admirar una puesta de sol. Una actividad gratuita, pacífica, intensa y feliz.

 

 

 

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Universidad

P.D.

Aprovecho estas fechas luego de las elecciones presidenciales y parlamentarias en Chile, para tocar  un tema que sin duda será importante durante el próximo gobierno: la educación universitaria. No voy a dar cifras ni citar “estudios” sino simplemente intentar proponer una reflexión sobre qué es  (y no es) ‘universidad’.

1.- Comunidad estable de profesores y alumnos.

Las etimologías son buenos puntos de partida, y más en este caso, siendo la universidad una institución esencialmente histórica. La etimología de universitas es tentadora. Por ejemplo J. H. Newman en sus Discursos dice que la universalidad de los saberes tiene que ser la nota esencial de una institución que se jacte de ser tal. Mientras más disciplinas reúna, más universitaria, más “universal” será la universidad. Quienes defienden la idea de una universidad “pluralista” en el sentido más jaleoso del término tienden a decir que en la universidad tienen que caber todas las visiones y todos los puntos de vista, porque ella es “universal”. Mucho más interesante desde el punto de vista conceptual es conectar esa “universalidad” con la concepción aristotélica de la universalidad del saber (Met. I, 2). Ahí la metafísica como ciencia suprema sería el saber universitario por excelencia.

La etimología de universidad, sin embargo, parece ser más sencilla y más modesta que eso. Universitas significa en latín tardío “conjunto”, “sociedad”, “comunidad” ,“agrupación”. Una universitas es una agrupación . ¿Agrupación de qué? De profesores y alumnos. Así de sencillo. Para que haya universidad tiene que haber una comunidad de profesores y alumnos. Ese es justamente uno de los grandes problemas de muchas de nuestras universidades: no hay comunidades de maestros y discípulos, porque ellos no “están” en la universidad. Nos hemos acostumbrado a universidades sin profesores y sin alumnos. Profesores contratados por algunas horitas a la semana y alumnos que van a la universidad por un rato, como quien va a un supermercado o una farmacia: a pagar por un producto y llevárselo a casa lo más rápido posible. Son esas universidades de papel las que han proliferado desde los años 80, cuando se empezó a pensar que una universidad era una empresa más. La universidad dejó de ser el lugar de los maestros, ahora empezó también a ser el lugar de los emprendedores. Este concepto pobre de universidad como empresa de títulos tuvo su crisis mediática con el cierre de una universidad en la 5ª región, que no sólo era una estafa académica, sino que además era un fachada de negocios oscuros.

Una universidad animada por un espíritu “emprendedor” no puede ser universitaria, porque necesariamente intentará minimizar costos, es decir, no contratará profesores con jornada completa. Una universidad sin profesores que estén todo el día allí, estudiando, ojeando libros, dando clases, atendiendo alumnos y quebrándose la cabeza intentando comprender los clásicos no es más que un mero conjunto de edificios, un resort, un inmueble, una fábrica de tornillos o un taller mecánico: cualquier cosa menos una universitas. Y sólo donde hay profesores puede haber alumnos. Una universidad no puede pedir de sus alumnos “espíritu universitario” si ella en sí misma no posibilita lo universitario mediante el fomento de cuerpos docentes estables.  Si el estado quiere ponerse regular y a imponer su visión en este sentido, bienvenido sea.

2.- “Vida universitaria”

“¿Qué esperas tú de la universidad?” podríamos preguntarles a nuestros alumnos de 4º medio. Probablemente muchos responderían: “vida social”  “vida universitaria” “acción social” “talleres”. Todas malas respuestas, pero  al fin y al cabo hijas de nuestra pobre educación escolar. Lo preocupante es que las universidades mismas son las que dan ese tipo de respuestas a la hora de definirse como una oferta interesante de estudio. Basta echar una mirada por las páginas web de muchas de nuestras universidades para darnos cuenta de que éstas se jactan de ganar campeonatos de fútbol, concursos de baile, de hacer asados multitudinarios o de construir millones de mediaguas, o invierten muchos recursos en espectáculos muy pobres (por ejemplo musicales estilo Broadway), como si todo eso fuese algo “universitario”, cuando no lo es. No lo es porque la universidad es una institución muy particular con fines particulares, no es el lugar para “crecer como persona” ni tampoco el lugar ideal para pasarlo bien, conocer gente, participar de talleres o ser solidario con los pobres: ese lugar se llama ‘vida’. La universidad tiene un objetivo más definido: ser el lugar en donde alumnos y profesores se encuentran para la investigación apasionada y sistemática de la verdad. Los griegos le dieron a ese tipo de vida el nombre de theoría, que tiene un matiz contemplativo, es decir, de algo esencialmente solemne y reverencial. Con esto no quiero decir que en la universidad no deba haber lugar para el jolgorio. Tiene que haber lugar para lo festivo, pero como dependiente de lo académico. Una borrachera medieval celebrando un torneo de retórica es algo muy universitario. Pero nuestros festivales o espectáculos universitarios no son universitarios, sino un mero recorte de “diversión” impuesta desde fuera a la universidad, simplemente para que los alumnos se diviertan, tal como lo harían fuera de ella. Los publicistas, los hombres del marketing y los directivos universitarios le han hecho mucho mal la estética universitaria, y con ello le han hecho mal a la universidad. Falta pensar bien qué tipo de estética es la que se corresponde con un lugar cuyo fin específico no es pasarlo bien o “desarrollar todos tus potenciales”, sino dedicarse afanosamente a la formación intelectual.  Las obras de teatro colegiales, el reguetón y las fiestas novatas son cosas ridículas que no deberían existir en la universidad. Las obras sociales y las actividades deportivas o recreativas deberían existir, pero sin ocupar el rol mediático preponderante que suelen tener. Este lugar deberían tomarlo, por ejemplo, el teatro clásico, los cursos obligatorios de lenguas, las ferias de libro usado  y los certámenes literarios.  De otro modo, nuestras universidades seguirán siendo, como decía Gómez Dávila,   lugares en donde la cultura se dedica a invernar.

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La base de una buena educación universitaria

por P.D.

En una diatriba anterior afirmaba yo que el “problema universitario” chileno viene incubándose desde el colegio, en donde a los alumnos literalmente poco o nada se les enseña. Esta tesis algo gruesa y generalizadora intenté mostrarla a partir del hecho de que una gran mayoría de los alumnos que entran a la universidad vienen con vacíos tremendos porque simplemente los habían tratado como tontos, sin rigor y sin desafíos en sus respectivas escuelas.

Alguien podría pensar: ¿es ese “el” problema universitario chileno? ¿No es acaso más problemático el lucro, los aranceles abusivos, las injusticias de la PSU?

Sí, esos son grandes problemas, nadie lo duda. Pero parece que nadie se ha puesto a pensar que detrás de todos estos libriproblemas “sistémicos” subyace un problema más grave aún: no sabemos qué es y para qué es la universidad. Podríamos solucionar el problema de los créditos, cerrar las universidades lucrativas y terminar con la PSU. Aún así, nuestra profunda crisis universitaria permanecería tan viva como siempre. ¿Qué crisis es esta? La crisis es que los alumnos tienen un pésimo nivel intelectual, y que por lo tanto, no saben para qué van a la universidad.

Pero detengámonos un poco. Así como la universidad no tienen la culpa del mal nivel de los alumnos que aterrizan en ella, el colegio tampoco se lleva todo la culpa. ¿Y de quién es la culpa entonces? ¿De la sociedad, del “sistema”? Sí, de un sistema muy concreto, llamado familia. Un alumno ignorante puede tener buenos profesores en la universidad y no aprender nada, porque le faltaron buenos profesores en el colegio. Pero un alumno pudo haber tenido buenos profesores en el colegio y no haber aprendido nada, porque en su casa le faltó un padre, una madre, un tío, un abuelo, que le enseñara lo fundamental: la tan vilipendiada “cultura general”.

Sin entrar en definiciones especulativas sobre qué es cultura, yo diría que la cultura general es aquella red mental de datos, imágenes, razonamientos, impresiones y afectos, que posibilita la comprensión básica de nuestra situación como seres que vivimos un entorno histórico-cultural concreto. La cultura general es aquel conocimiento que nos permite leer el periódico, ver un noticiario internacional, ubicarse en el mapamundi, explicarle a un extranjero cómo funciona a grandes rasgos la vida política del país o poder disfrutar algún clásico de la literatura o de una buena pintura.

Evidente:  no hace falta ir a la universidad y ni siquiera al colegio para gozar de una buena cultura general. La cultura general es un tipo de enseñanza muy interesante: es totalmente gratis y no necesita de estudios formales. Requiere constancia y gusto, nada más.  Si Gabriela Mistral no hubiese tenido esa abuela que le leía historias de la Biblia todas las tardes en el lejano pueblo de Vicuña, probablemente no hubiese sido quien fue. Son muchísimos los casos en la historia en que personas de la clase obrera o campesina llegan a ser grandes genios o intelectuales. No tiene nada de extraño: un padre atento que lleva a su hijo a ver una obra de teatro o una madre que les pone a sus hijos un disco de Mozart, es por lo general, el comienzo de una carrera genial. Como diría un tecnócrata de think-tank: es el mejor “capital cultural”.

Pero esta pirámide de hogar-colegio-universidad está trastocada. En las casas, lo que muchos niños escuchan hablar es únicamente de fútbol. Los momentos de conversación se los toma la telenovela de turno. Los domingo no hay visitas a museos o paseos con los abuelos, que son fuentes vivas de cultura general, porque ellos han vivido la historia. Pero no: el tiempo libre se lo come el consumo (mall, supermercado, feria), según sea el presupuesto de cada cual.

Segundo estrato de la pirámide, que podría eventualmente suplir el primero: el colegio. Acá reina la anemia cultural. Profesores con malos sueldos, sobrecargos de trabajo. Como dice Parra: “Soy profesor en un liceo obscuro, / He perdido la voz haciendo clases. / (Después de todo o nada / Hago cuarenta horas semanales)” Y tanto mediocre, que no enseña filosofía, ni historia, ni castellano, sino que se guarece en unas “actividades grupales” y “trabajos para la casa” (es decir: copiar-pegar de internet). Que en nuestras escuelas se sigan leyendo la Odisea de Homero o El Quijote en versión resumida o que los alumnos de historia no sepan diferenciar entre Alejandro Magno y Carlomagno es que estamos hablando de una estafa a todo nivel. Esta estafa la viven a diario nuestros estudiantes, desde el más pobre al más rico. Como dato: hay colegios que cuestan más de 350 mil pesos al mes, cuyo producto es un hombre que no sabe dónde está parado en el universo. Y muchos caraduras se esconden en teorías pedagógicas de dudosa hechura, que supuestamente pondrían el énfasis en la creatividad y en la comprensión y no en la memoria. Me quedo con la frase del filósofo alemán Viktor Ehrlich: “El desprecio de la memoria es una de las grandes tragedias pedagógicas de la historia. Sin memoria no se puede comprender ni crear.”

Hay una historia famosa de un estudiante universitario que trató de convencer a don Héctor Herrera Cajas de que su abuelo había peleado en las cruzadas. Como ayudante de periodismo en una universidad santiaguina me tocó ver casos similares, aunque no tan espectaculares. Me acuerdo muy bien de uno que escribió que “Mahoma había fundado el judaísmo” (sic). Es para llorar de risa y de pena, porque los padres de ese pajarito probablemente se desangraron pagando un colegio carísimo, para algo que se puede aprender leyendo el “Icarito” o yendo a la iglesia el domingo. La pregunta urgente es entonces: Si un alumno no posee la mínima cultura general, ¿debería ir a la universidad? ¿Debería la universidad dejarlo entrar? ¿Qué le cabe hacer a las universidades? ¿Simplemente aceptar esta triste realidad y exigir bachilleratos y ramos introductorios para todos? ¿Habría que salir a marchar a la Alameda para que el estado nos dé cultura general? Le dejo la palabra a los fieles lectores.

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La legalización de la droga. Sobre un pensamiento de Chesterton

por P.D.

Chesterton

Quiso la feliz fortuna que cayera en mis manos un libro de G.K. Chesterton. Allí encontré este pasaje lucidísimo que quiero compartir:

“Pero de todas las ideas modernas generadas por la pura riqueza, la peor es ésta: la noción de que la domesticidad es aburrida y sosa. Dentro del hogar (dicen) no hay más que decoro mortecino y rutina; fuera está la aventura y la variedad. Ésta es sin duda la opinión de un hombre rico. El hombre rico sabe que su propia casa se mueve sobre las anchas y silenciosas ruedas de la riqueza, la hacen avanzar regimientos de sirvientes gracias a un ritual rápido y callado. Por otra parte, todo tipo de vagabundeo romántico está abierto a él en el exterior, en las calles. Tiene mucho dinero y puede permitirse ser un vagabundo. Su más loca aventura terminará en un restaurante, mientras que la aventura más modesta de un gañán puede acabar en la comisaría. Si rompe una ventana, puede pagarla; si aplasta a un hombre, puede pasarle una pensión. Puede comprar (como el millonario de la historia) un hotel para conseguir un vaso de ginebra. Y como es él, el hombre de lujo, quien dicta el tono de casi todo el pensamiento “avanzado” y “progresista”, nosotros casi hemos olvidado lo que un hogar significa realmente para abrumados millones de seres humanos.” (Lo que anda mal en el mundo I, 8)

Se me viene a la cabeza el debate sobre la legalización de las drogas en nuestro país. Quizá llamarlo “debate” es demasiado, llamémoslo bullicio o graznido. Políticos auto-denominados “progresistas” y pensadores con tribuna en los cenáculos liberales de la república  se pronuncian a favor de legalizar la tenencia y auto-cultivo de marihuana u otras drogas. La razón que esgrimen es la siguiente: “el estado no tiene derecho de decidir cómo sus ciudadanos se entretienen, siempre que no dañen al resto. Además, con la legalización de la droga se acabaría el narcotráfico, que es un flagelo en las poblaciones, etc.” Muchos incluso añaden, como para reforzar la prueba, que fumar marihuana es en todo caso mejor que perder la conciencia en una borrachera (¡!). Es como decir: “robar no es tan malo, porque matar es peor”. Este tipo de argumentación lo que realmente hace es reforzar la teoría de que la marihuana afecta al cerebro.

Pero volvamos al razonamiento anterior. El problema de este razonamiento es que, además de ser falaz, es estúpidamente burgués. La imagen mental que opera detrás de este razonamiento es la de un “carrete” nocturno, en donde jóvenes con un cierto bienestar (por ejemplo, candidatos a alcalde, diputados, artistas visuales y ociosos en general) aprovechan de fumarse un pito de marihuana para aumentar el número de carcajadas, sentir otras cosas o perder la conciencia habitual. Entonces piensan: “¿le hacemos daño a la sociedad con esta inocente actividad? ¿Porqué recurrir al narcotráfico y exponerse a una sanción por algo completamente inocente? Esto hay que legalizarlo”.

Legalizar la droga significa para un burgués que lo dejen en paz con su pasatiempo y que además no lo jodan con tener que ir a la población, al barrio bajo, a buscar su pastilla de entretención. Pero para la gente de la población, la gente pobre de Chile, que legalicen la droga significa otra cosa. Para alguien que vive en la pobreza extrema y en la frustración, la droga puede ser más que un aliño del viernes por la noche: puede ser una escapatoria, una evasión total, de la cual no se sale, porque no hay plata para pegar una terapia de desintoxicación. Un pito de marihuana puede ser el primer paso para una vida desperdiciada, pues la droga afecta al cerebro de modo irreversible. Es literalmente tirar a la basura la única herramienta para salir adelante: la interrelación de inteligencia, memoria y voluntad que llamamos “mente”. Un joven semi analfabeto que cae en la droga probablemente no termine nunca de aprender a leer. Los drogadictos no son en su mayoría rockeros ingleses, niñitas flacas vestidas a la moda o abogados vanidosos, sino jóvenes pobres que terminan deambulando con la mirada idiotizada y un brillante futuro de criminalidad por delante.

Y entonces a un montón de burgueses iluminados se les ocurre abolir una de las ayudas que quedan para combatir a la drogadicción: el peso de la ley. Lo que los padres de familia en las poblaciones piden a gritos es que se acabe el flagelo de la droga y que a los narcotraficantes los metan presos de por vida. Piden a gritos que la ley los ayude a poder tener una familia sana, un hogar feliz en donde poder descansar como Dios manda el día domingo. No quieren tener un hijo preso por haber entrado a robar totalmente drogado o un nieto que no pueda aprenderse la tabla del 3 porque la marihuana le impida concentrarse en el colegio.

Pero no: como diría Chesterton, estos intelectuales burgueses están hartos de tener un hogar estable y de no vivir en una población llena de delincuentes. Consideran que la paz hogareña es algo incomparablemente más vil que la libertad garantizada por el estado de que ellos puedan pasarlo bien como se les antoje. Pero estos caras de palo justifican su postura aduciendo razones filantrópicas o “democráticas”: que la legalización de la droga traería el fin de narcotráfico, que según la última encuesta x una “creciente tendencia mayoritaria” estaría a favor de la legalización.  Si los demócratas se jactan de proteger los intereses de los débiles, podrían en primer lugar hacer un plebiscito entre las madres de las poblaciones más pobres. Probablemente sus teorías de avanzadas recibirían allí una paliza aplastante. Las verduleras o tejedoras de la población quizá  no entiendan de filosofía progresista, pero son expertas en la mejor de las “políticas públicas”: el bien de los hijos y del hogar.

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La excepción universitaria

P.D.

La excepción universitaria. Reflexiones sobre la educación superior chilena. Herrera, H; Garrido, M.; Svensson, M. Ediciones UDP, 2012. 107, páginas.

excepcion

El propósito de los autores del ensayo La excepción universitaria es presentar una reflexión pausada y meditada un problema que muchas veces en nuestro país tiende a despacharse con un par de lugares comunes y un par de recetas. Esto lo hace ser desde ya un libro interesante. Los autores aprovechan el impulso que el movimiento estudiantil de los últimos años dio a esta cuestión y toman como hilo conductor su consigna de una universidad “pública, laica y gratuita”. Así, el ensayo bien se puede dividir en torno a estas tres cuestiones: el carácter público de la universidad, la cuestión del pluralismo y el problema del financiamiento o del lucro.

Pero el libro no se agota ahí. A estos tres temas subyace una cuestión aún más fundamental, a saber, qué sea la universidad. La cuestión por la esencia de lo universitario es, según lo veo yo, el verdadero núcleo sistemático del libro. Pero los autores prefieren ser más modestos a este respecto. Dicen que no les interesa la reflexión sobre el concepto que ellos llaman “ideal” de universidad, es decir, qué sería la universidad en sí, qué sería aquello unitario que permite el concepto de lo “universitario” bajo sus diferentes realizaciones históricas, sino que más bien quieren meramente “explicitar supuestos del uso del término ‘universidad’”. Para provecho del lector, los autores no son coherentes con este principio auto-impuesto de deflación conceptual, sino que rápidamente abandonan su timidez especulativa y se adentran en la cuestión esencial, por ejemplo, cuando afirman, no sin razón, que “una universidad sin estudiosos de las matemáticas, de la filosofía, del arte, de la historia, de las lenguas vivas y muertas, de las ciencias básicas, no será universidad”. Tal afirmación sólo es posible, a mi juicio, si se tiene en mente aquel concepto “ideal y prescriptivo” que dicen querer evitar. ¿Acaso es posible un juicio de ese estilo operando con un concepto meramente lingüístico-funcional? Bastaría con echar una mirada a los diccionarios o mejor aún, al uso corriente de la expresión, y tendríamos la cuestión zanjada. En Chile ‘universidad’ significa muchas veces: “edificio en donde se imparten clases y se dan títulos”. Este uso incorrecto del término ‘universidad’ en Chile tiene que ver justamente porque la cuestión acerca de qué debe ser en sí lo universitario brilla por su ausencia. Sorprendentemente, los autores reconocen que se pisan la cola más adelante, cuando conceden abiertamente que han dejado entrar “conceptos ideales” para definir lo que es la universidad (!).

¿Porqué una institución que no tiene matemáticas, filosofía, historia y latín (notable mención) no es universitaria? La respuesta de los autores: porque estas disciplinas son las que más enseñan a pensar, y sin pensamiento no hay universidad. La intuición fundamental de los autores del ensayo es que pensamiento no es meramente actividad mental, sino primariamente un “exponerse a lo desconocido, a lo otro, a lo insondable”. En este sentido, pensamiento equivale a investigación. La tesis de los autores es que el pensamiento-investigación es la actividad humana que intenta lidiar con aquellas cuestiones más difíciles y misteriosas de la existencia, y que por lo tanto, no acepta respuestas pre-fabricadas o regladas de antemano, sino que siempre está abierta a lo radicalmente nuevo, a lo “excepcional”. La universidad sería el lugar privilegiado para abordar estas cuestiones. Es a partir de esta concepción que se argumenta en contra de la uniformación del sistema universitario, ya sea con respecto a la disyunciones público versus privado, religioso versus laico o simplemente como modo de control de la “producción” científica a través de estandarizaciones y mediciones odiosas. Me parece muy interesante que los autores pongan en el tapete el tema de la “medición” del saber desde la perspectiva de que el saber sea en sí mismo algo asombroso, inmensurable y no burocratizable.

En contra de las voces que anatemizan a las universidades privadas o miran con recelo a la universidades públicas, los autores del ensayo proponen una institucionalidad lo más “asistemática” posible, cuyo fin sea anularse a sí misma y dejar espacio libre a lo radicalmente nuevo, ya sea bajo lo público o lo privado. Mientras más diverso y menos “sistemático” el sistema en todos los sentidos, dicen los autores, mejor para el pensamiento y la investigación. Lo mismo vale para cada universidad. Mientras mejor maneje concretamente esta antinomia entre “institución” y “espíritu”, entre lo vivo y lo mecánico, mejores posibilidades tiene la universidad en ser lo que debería ser: lugar de pensamiento.

La tesis general me parece interesante, aunque me deja con gusto a poco. Podría haberse ahondado más el discurso sobre lo “desconocido” o lo “otro”. A veces parece suponerse con demasiada facilidad que el lector comprende o está de acuerdo en que el pensamiento en su variante más profunda se define echando mano de expresiones o metáforas que no significan lo mismo, ni para el lector medio ni para el lector más exigente. Si se dice que el pensamiento tiene como objeto lo radicalmente otro, habría que considerar también su objeción de raíz platónica: ¿cómo buscamos lo “otro” si no lo conocemos? ¿Cómo es posible reconocerlo una vez hallado, si es totalmente desconocido? ¿En qué sentido la medicina, por ejemplo, estudia lo “radicalmente heterogéneo”? ¿Porqué la realidad es un misterio? Me parece que el citado Josef Pieper podría haber dado luces sobre estos temas más fundamentales. También me llama la atención que los conceptos de “sabiduría”, “ocio” o “verdad”, claves en la determinación acerca del sentido de saber, no se toquen ni una sola vez en el libro. Los autores se podrán defender diciendo que el ensayo no pretendía ser un tratado de filosofía. Estoy de acuerdo. Pero de ser así, tampoco se justifica el discurso sobre lo “radicalmente heterogéneo” o “la autoafirmación que nos invita a la autoafirmación de otros” que a fin de cuentas son expresiones más sofisticadas y complicadas el amor por el saber, búsqueda de la verdad y ocio intelectual.

Para terminar, me gustaría hablar un poco del estilo. Creo que es el punto más flaco del ensayo. Me parece muy loable que tres personas se pongan de acuerdo para escribir un ensayo, que es por definición un género bastante personal. Los resultados estilísticos, sin embargo, son dispares. Probablemente porque cada autor por separado cultive un estilo personal es que el ensayo a veces deja un fuerte saber a collage. A veces uno podría decir cuándo habla Herrera, cuándo Svensson y cuándo Garrido. La poca uniformidad del estilo también se nota en la variación de los registros. A veces estamos en presencia de alta filosofía continental, en donde exponer es “tematizar”, prejuicios son “habitualidades”, y donde abundan expresiones todo menos obvias como “síntesis de lo múltiple” o “sedimentación”, y de un segundo a otro estamos sentados tomándonos una cerveza en el bar de la esquina, hablando de “cachativa”, “problemita” o “punta de vista país”.

Para cerrar: un libro interesante, que ojalá leyeran todos aquellos que marchan o que defienden una cosmovisión determinada con respecto a la educación en Chile, que sin duda será un tema que dará que hablar por años de años.

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