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A propósito de Trump

vox populi...plurimum vox stultitiae

vox populi…plurimum vox stultitiae

P.D.

 

Escribir sobre Donald Trump es fácil. Opinar sobre él, ¿qué gracia tiene? Es evidentemente un tipo extremadamente desagradable, molesto a la vista, repugnante como un payaso chillón.  Ya pasó la época de los aspavientos periodísticos por su victoria y su nominación como candidato a la presidencia de Estados Unidos. Ahora queda tragarse el polvo, apretar los dientes y esperar que el decurso de la historia siga adelante. No sin antes reflexionar, con la parsimonia de quien espera la tormenta sentado en un muelle (es decir: sin caer en la tentación de pensar que toda reflexión política es de suyo un llamado a actuar  –también existe el llamado a padecer) sobre el sistema que hace posible la asunción al poder de Trump, Maduro, Señora K y la serie de tiranillos omnipresentes (gracias a la televisión ya no es posible escapar de los mandatarios): la democracia.

 

Me llama la atención toda alusión irónica o desencantada sobre la democracia (no digamos la crítica descarnada) sea interpretada automáticamente como un guiño al totalitarismo o a un estado militarizado. Justamente al contrario: los tiranos belicistas del siglo XX (habrá que nombrar a Hitler, a riesgo de ser poco original) no sólo se llenaron la boca con la palabra “democracia”, sino que llegaron al poder de forma democrática. La democracia permite que energúmenos lleguen al poder, porque su principio sacrosanto es que el destino de las naciones las elige el 50%+1 de la población (o lo que es peor, el número de inscritos o votantes de facto).  Si mañana a la mayoría de los estadounidenses se les ocurre votar por Trump, entonces ¡plaf! tenemos a un idiota en el poder. Nadie puede asegurar que para la próxima elección un tipo como Trump no salga electo en ninguna parte del mundo. La democracia actual tiende a ser absolutamente creadora: el voto de la mayoría puede abolir la existencia del pan o afirmar que 2 + 2 son 5. Vox populi, vox Dei (Dios como voluntad pura, más allá de toda razón, como lo querían algunos teólogos medievales)

 

–“No hay sistemas perfectos” – “en todos los sistemas también puede pasar lo mismo”. Concedámoslo. ¿En qué se basa la constatación sensata de que no hay “sistemas” que hagan bueno al hombre? Habrá que reconocer que el hombre está hecho de madera torcida, y meditar de allí algunas conclusiones. La primera es: si el hombre no es bueno por naturaleza, no necesariamente elegirá su propio bien; por el contrario, podría elegir su propio mal y hasta su propia aniquilación. Baudelaire: “Todas las herejías a las que me refería hace un momento no son, después de todo, más que la consecuencia de la gran herejía moderna, de la doctrina artificial, que suplanta a la doctrina natural – quiero decir la supresión de la idea del pecado original. … la naturaleza entera participa del pecado original” (Correspondance, Oeuvres, t I., pp. 336-337).

 

¿Qué tipo de gobierno entonces será el más adecuado para lidiar con la realidad de que el hombre es un “embutido de ángel y bestia”? Aquel que reconozca este hecho como indiscutible, y que por ende prohíba que la mayoría decida abolirlo. El poder de la democracia se tornaría automáticamente limitado, y podríamos sentarnos a pensar en paz sobre las consecuencias antropológicas de la “doctrina natural” baudeleriana. Quedaríamos inmunes ante las intentonas conceptualmente golpistas de las masas vociferantes azuzadas por el ventrílocuo de turno o por la la secta de iluminados gnósticos. Tendríamos una democracia escéptica de sí misma justamente por su lucidez con respecto a la naturaleza humana. Desde este escepticismo basado en la lucidez podríamos dejar de dogmatizar sobre “la voz del pueblo” y evitarnos sin mala conciencia, quizás, la desagradable sensación de la aparición de bufones como Trump.

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Acerca del espíritu apocalíptico I

P.D.

anticristo-signorelli“Decadencias como esta ha habido siempre”. Tal parece ser el lema de quienes se niegan, a priori, a pensar apocalípticamente. Muchos de ellos, sin quererlo, pasan de una sana cautela (“nadie sabe el día ni la hora”) a una indiferencia propia de nuestros antepasados paganos, que concebían a la historia como una rueda que gira sin parar, una serie de altibajos destinados a repetirse para siempre. ¿La decadencia (o más bien la caída libre) actual? “En la antigua Roma lanzaban a los cristianos a las fieras”. “En tal o cual época había guerras atroces”. “En todas partes se cuecen habas”. El no apocalíptico parece partir del dogma igualitario de que cada período de la historia tiene igual porcentaje de desgracias y de gracias.

 

Pero el ethos apocalíptico no se basa únicamente en “evidencias” o datos que puedan ser analizados, sopesados. El apocalíptico se ve tentado a enumerar desgracias, genocidios y  monstruosidades, a mostrar el libro de Daniel si es necesario, pero sabe que su palabra, cuando cae en el corazón del no apocalíptico, cae en tierra yerma. Para el no apocalíptico, el aborto masivo y legal, la destrucción de la familia en nombre de los “derechos”, el mal gusto obligatorio,  el culto al dinero como institución universal y la apostasía como forma de gobierno pueden ser males, pero jamás una confirmación de que estamos entrando en el fin de los tiempos. Para el apocalíptico, en cambio, basta sentir la brisa de la tarde para saber que se aproxima el temporal.

 

¿Quién es un apocalíptico? ¿Acaso un pesimista? Esta es una de las confusiones más seguidas acerca del tema, y si se me permite, una de las más aburridas. El pesimista cree que todo va para peor; el optimista cree que todo va para mejor. Ya Chesterton, con su humor exquisito, se despachó esta disyuntiva tan pobre. El apocalíptico sabe que todo irá para mejor, pero sólo una vez que “pase el mundo y su concupiscencia”. Antes de que haya pasado el mundo, el apocalíptico sabe que la barbarie democrático-liberal-idolátrica irá para peor, la percibe, la presiente y la expresa de modo insuperable. Mentes y temperamentos tan disímiles y tan variopintas como Joseph Roth, Vladimir Soloviev, John H. Newman, Gómez Dávila, Kennedy Toole, F. Dostoievski o Josef Pieper han sido cultivadores del genio apocalíptico. Concedamos, entonces, que el genio apocalíptico ha hecho un aporte literario indiscutible, superior.

 

El apocalíptico está harto de disputar. Sabe  que el gran disputador, el demonio, es anti-apocalíptico, y que puede fácilmente ganar la disputa. Sin embargo, sabe que el anti-apocaliptismo es parte de una atmósfera apocalíptica. “Lo mismo sucedió en tiempos de Lot: comían y bebían, compraban y vendían, sembraban y edificaban. Pero el día en que Lot salió de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre y acabó con todos.” (Luc 17, 28). En otras palabras: Los hombres estarán metidos en sus afanes, harán matrimonios gays, la usura bancaria seguirá cobrando intereses, los filósofos seguirán publicando papers de filosofía analítica hasta que un día nos lloverá azufre a todos y será el fin.

 

El anti-apocalíptico contrataca: -“Los primeros cristianos creían que venía la segunda venida pronto.” – “Durante el año mil se pensó que era el fin del mundo”. “Muchos pensaban que Napoleón o Hitler eran el anticristo”. Es verdad. Pasó Nerón, pasó el año mil, pasaron Napoleón, Hitler y Stalin, y el mundo sigue en pie.   El apocalíptico sabe que los predecesores apocalípticos estaban en cierto modo equivocados, pero los siente sus hermanos, porque se han tomado en serio el “vengo pronto” del Apocalipsis.

 

La victoria del pensamiento apocalíptico por sobre el pensamiento circular  se verifica en la calidad dramática y existencial del primero por sobre el segundo.   Mientras el no apocalíptico”compra y vende, siembra y edifica”, el apocalíptico se estremece al pensar que la historia es un gran batalla entre Dios y satán, y siente a la vez gozo, porque sabe que es una batalla ya ganada.

 

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Entrevista a Hernán Solar, militante histórico UDI

Por Gianfranco Tirronis

Hernán  Solar se ve agobiado y pensativo. Luego de una dura campaña parlamentaria por el distrito de Las Peñas/Las Mazas/Porvenir (5ª región) que  perdió por paliza contra Lorena Gallardo, del Partido Estalinista (PE), perteneciente a la Nueva Mayoría, no ha querido dar entrevistas. La derrota de Evelyn Matthei, la de su compañero de lista, el histórico RN Maximiliano Ovalle, más la derrota cultural, sociopolítica y deportiva de la centro-derudiecha lo tienen sumido en una dolorosa reflexión.

“Eso lo que nos falta como centro-derecha: reflexión” dice Solar mientras apunta a un montón de libros que tiene en su velador. Dan Brown, Milton Friedman, Roberto Ampuero y Guy Sorman forman parte de esta exclusiva lista de autores sobre los cuales se basará un documento de reflexión para la centro derecha, a publicarse en pocas semanas.

GT: Diputado Solar, ¿nos puede adelantar un poco de qué se trata ese documento?

HS: Se trata de algo inédito en nuestro sector: un texto denso, profundo, de 12 páginas, en los que intento explicar nuestra derrota como centro-derecha, después de 4 años en el poder. Se lo resumo: el principal culpable es Piñera, y a nivel subconsciente, nuestra falta de relato.

GT: ¿Me podría explicar qué entiende Ud. por relato?

HS: Claro, es muy simple. Nosotros en la UDI hemos construido una centro derecha popular, inclusiva, abierta a todos los chilenos. La antigua derecha era una cosa de unos pocos señores de clase alta, hacendados, como mi compañero de lista Maximiliano Ovalle, a quien estimo mucho, por lo demás. En la UDI creemos en el emprendimiento, en la libertad de emprender, en la posibilidad de emprender, y en la libertad de tener esa posibilidad. Estamos con la clase media, con la clase baja y con la clase alta. Estamos con los pescadores artesanales y también con las grandes familias dueñas de grandes consorcios pesqueros. Somos un partido abierto a esa diversidad tan propia de la sociedad chilena.

GT: ¿Pero no cree Ud. que los ideales de la UDI se han desdibujado con el tiempo?

HS:  No lo creo. Mucha gente cree que somos un partido ultra-conservador o dictatorial, pero Jaime no lo veía así. Jaime, en el fondo, era un convencido de la libertad de emprendimiento y de que el estado jamás se puede meter en nada. Esos son las dos grandes enseñanzas filosóficas de Jaime.

GT: ¿Pero acaso Guzmán no es más que eso? Por ejemplo su teoría constitucional, su pensamiento político, su concepción del derecho…

HS: A veces en la derecha caemos en esa cosa media intelectual, de hablar de “teoría constitucional” o “concepto del derecho”. Pero yo me pregunto: ¿cuáles son los problemas reales de la gente? Hoy estamos a 12 de enero. Hace mucha calor. Los niños de Chagres no tienen piscina. ¡La gente quiere refrescarse un poco! Con el alcalde de Chagres hemos inaugurado una piscina desechable para toda la familia. Y le digo más: en invierno traeremos nieve de Portillo para que la gente de Chagres pueda esquiar, o al menos, tirarse en bolsa de basura por la nieve. Eso es un problema real. Lo otro es música. La concertación, los viejos políticos de siempre, no han hecho nada en 20 años.

GT: Entonces Ud. cree que las ideas de Guzmán estaban erróneas.

HS: ¡No, para nada! Jaime Guzmán hablaba desde un contexto de guerra fría, de anti-comunismo. No nos olvidemos que Chile iba a ser una segunda Cuba y que en los supermercados no habían 20 marcas de yogurt, sino sólo 1, qué deprimente era Chile. Pero todo eso ya pasó, ahora hay que abrirse a otras realidades.

GT: ¿Por ejemplo al matrimonio gay?

HS: ¿Por qué no? Mientras los gays sean emprendedores y no socaven las bases iusnaturalistas-metafísicas del estado subsidiario,  no veo porqué habría que discriminarlos. En la UDI creemos en el valor de la persona. Si alguien es persona, lo valoramos. Si no, entonces no. Mis hijos son todos bacheletistas y se cambiaron el apellido por vergüenza de ser hijos míos. Uno trabajó en la franja de Marcel Claude y otro se unió a la guerrilla en Venezuela. Qué loquillo. ¡Yo lo encuentro fantástico! Viva la libertad. No voy a andar educando a mis hijos con valores que yo considero correctos. Ellos decidirán; nosotros en la centro-derecha creemos en la libertad.

GT: Pero diputado, Ud. se opuso al divorcio, al aborto y a la venida de Gun’s and Roses, por ejemplo. Además, cuando Pinochet estuvo detenido en Londres Ud. propuso bombardear la embajada de Inglaterra con bombas de racimo.

HS: ¿Uno tiene derecho a cambiar, no? Lo del divorcio fue una equivocación. Hemos madurado como partido y como país. Pinochet es parte del pasado, nosotros en la UDI miramos el futuro. Con respecto al aborto: nosotros estamos a favor de la vida, siempre. Lo que sucede es que tampoco podemos cerrarnos a la posibilidad de que este principio inmutable sea inamovible, Ud. me entiende. Lo de Gun’s and Roses es una calumnia. Nunca me he opuesto a que embajadores de la cultura de otros países visiten Chile. Me encanta la música popular, por ejemplo Víctor Jara, y también la música clásica, sobre todo Enya. Eso es un déficit de nuestro sector: la cultura. Si yo hubiera sido ministro de cultura de Piñera, ¿sabe lo que hubiera hecho? Repartir vouchers a toda la gente para que elegir diferentes recorridos de la Pequeña Gigante. La Concertación nos dio esa lección: si queremos ganar una elección, tenemos que tomarnos la cultura.

GT: Volvamos a un análisis de la actualidad. Pareciera que en la derecha reina el caos. Muchos en la UDI culpan a Piñera de la derrota electoral,  muchos militantes de RN han formado un nuevo referente, algunos incluso han pensado en dejar la mezcla de política y negocios para siempre y dedicarse solamente a los negocios. ¿Cómo ve Ud. esta crisis en la derecha?

HS: Yo soy optimista. Creo que después de esta crisis catastrófica volveremos a recuperar el gobierno, al menos dentro de 60 o 70 años. Muchos culpan al binominal de la crisis, otros al carisma de Bachelet. Nosotros en la UDI creemos en la libertad de emprender opiniones contradictorias, porque todo emprendimiento debe ser apoyado por el estado, siempre y cuando haya baja de impuestos. Y si todo esto es tutelado por las fuerzas armadas, aún mejor. Esas son las ideas que faltó comunicar bien. Aunque tengamos una minoría absoluta en ambas cámaras tendremos el coraje de defender estas ideas y de persuadir a nuestros adversarios políticos. Queremos que Chile sea un nuevo Silicon Valley, pensamos en grande. Para la próxima elección parlamentaria incluiremos a más personas del mundo de la cultura y de los movimientos sociales, por ejemplo a bailarines de programas juveniles y actrices de bajo coeficiente intelectual. De seguro repuntaremos. Lo que sí tengo claro es que yo renunciaré a la UDI. Hace 10 años escribí una carta en la que explicaba porqué lo iba a hacer. Esa carta se me perdió, así que tengo que escribir una carta nueva.

GT: Por último, me gustaría hacerle una pregunta más personal, diputado. Ud. es  accionista de la Universidad del Esfuerzo, que ha sido acusada de fraude al fisco y además ha lucrado con carreras sin campo laboral, por ejemplo, catador de piscola o magíster en asesoría de emprendimiento. ¿Qué le respondería a esos alumnos que no tienen trabajo y además están endeudados?

HS: Mire, yo estudié Derecho en la Universidad Católica en una época en que éramos pocos los de clase media los que accedíamos a la educación superior. Hoy aproximadamente el 90% de nuestros jóvenes entra a la universidad. ¡Cómo no me voy a sentir orgulloso de aquello! Las nuevas universidades le han cambiado el pelo a Chile. Hay quienes demonizan el lucro. Pero todos lucramos. Eso demuestra que el lucro es algo bueno y natural. Con amigos de la concertación hemos fundado muchas universidades privadas que hoy son líderes en su tipo. Son universidades sin libros, sin profesores, sin investigación y con poquísimas carreras. Es un concepto muy innovador de universidad, pero ya le contaré más en otra entrevista, que me esperan en Suecia 286.

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Izquierda y derecha unidas….

por P.D.

Hace poco leí en el diario español El País una susinta descripción del mundo político, desde una visión de “izquierdas”. El artículo trataba sobre Nicanor Parra, y comenzaba citando esos conocidos versos de que “la izquierda y la derecha unidas / jamás serán vencidas”. En seguida arremetía contra la burla del anti-poeta, espetándole  a Parra, entre en serio y en broma: “¿no sabe usted que a un lado están los buitres capitalistas que quieren devorarlo todo para engordar y, al otro, una gente que padece sus excesos? […] ¿No sabía usted que la derecha siempre protege las cosas de los poderosos y que la izquierda anda como loca procurando defender a los desposeídos?” (El País, 24 Abril 2012). Si esto también habrá sido una burla del editorialista del diario socialista El País, ha logrado hacerlo de maravilla. Si no es broma, y se trata de la más solemne e indignada declamación del estado del mundo, me parece aún más interesante.

Interesante, porque expresa perfectamente el tono mesiánico y maniqueo que marca a la retórica de la izquierda, aquí y en la quebrada del ají. Según ésta, el mundo actual se divide entre dos fuerzas puras: por un lado los buenos, por otro los malos. Los malos son “la derecha”, que se identifica que la opresión económica, mientras que la izquierda quiere salvar al mundo de este monstruo. Siendo así las cosas, quien no vota por la izquierda o no simpatiza con ella, tiene altas probabilidades de ser un ser maléfico, partidario de que los ricos aplasten a los pobres. ¿Y si los pobres votan no votan por la izquierda? ¿Por qué ganó Piñera? Porque la gente es “fascista”, como dice la doumentalista Marcela Said (The Clinic, 31 Diciembre, 2009), o  “frívola”, como sentencia la filósofa Carla Cordua (íbidem). En resumen: quien no simpatiza con la izquierda es en realidad una mala persona, o en el mejor de los casos un idiota.

Llaman la atención varias cosas: en primer lugar, que quienes sean los primeros en defender el “pluralismo” y la “diversidad” como valores culturales, sean los primeros en aclarar que sólo ellos son la única posibilidad razonable dentro del espectro político. En segundo lugar, es interesante cómo lo político (en el sentido de partidismo ideológico) se hace omnipresente y no deja nada fuera de sí. Si la terea de la izquierda es nada menos que liberar al mundo, entonces “ser de izquierda” deja de ser un estilo de administrar el estado y pasa a ser un estilo de vida, una cosmovisión, una cruzada que incluye arte, cultura, una determinada estética para vestirse, un canon literario, fórmulas dogmáticas, en suma: una religión.

Ahí precisamente está el encanto y el peligro de la izquierda. Su estilo religioso le permite formular una misión, unos fines, un ideario que pueden entusiasmar. Cuando una coalición gobernante de derecha se jacta de que su ideario consiste en “mejorar la gestión”, a cualquiera le dan ganas de salir corriendo y refugiarse en cualquier opción política, que tenga ideas, aunque sean descabelladas. La eterna atracción de los intelectuales hacia la izquierda se explica porque la izquierda, como mesianismo, ofrece una mirada sistemática del mundo. Su miseria consiste en que como religión salvífica fracasa una y otra vez, aunque cambie de formas, mute de color y vaya corrijiendo algunos de sus defectos más políticamente incorrectos e incluya principios del capitalismo brutal que con tanto aspaviento critica.

Una matriz de pensamiento que le pueda hacer realmente el peso a la izquierda, creo, es el pensamiento inspirado en la tradición occidental cristiana (es decir, algo que no se venda ni a la economicismo ni al lacisimo, de partida), pero los partidos de derecha o “conservadores” hace mucho tiempo que dejaron de inspirarse en ideales y se dedicaron a mirar encuestas o avergonzarse ante la campaña cultural que demoniza todo lo se oponga al “progreso indefinido de la historia” (que es lo que en el fondo defienden los auto-denominados “progresistas”). Dejando el campo cultural desierto para que la intelligentsia de izquierda haga de las suyas (desde renovación de currícula en los colegios para enseñarle a los niños que la Edad Media es “oscura” hasta financiamiento de arte “transgresor” -el otrora arte comprometido) el derechismo se ha dedicado a insistir que la economía es la base de todo, y que desde ahí se puede estrucutrar un país. Hemos terminado por hacer de Chile un país económicamente capitalista (todo se compra y se vende), y espiritualmente progresista (donde la idea es tirarlo todo -cristianismo incluido- por la borda para “progresar”), es decir, la peor mezcla posible. Después de todo, Nicanor Parra no andaba muy equivocado con eso de la “derecha y la izquierda unidas…”

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