Archivo de la categoría: Novela

El drama de la literatura

por Toño

Estoy leyendo ‘Los Detectives Salvajes’ de Bolaño, porque tres alemanes del ámbito de la filosofía me lo nombraron apenas les hablé de que era chileno; uno había leído una obra, otro una buena parte, el otro, obras completas. Me sorprendí y cuando viajé a Chile por Navidad me compré la novela que llaman fundamental. Leí corrido las primeras 100 páginas, seguí dudoso hasta la 200 y ahí me detuve: simplemente no me gustaba. Hace una semana me junté con uno de mis alemanes: ‘¿qué le encontraste al libro?’, ‘pues’, contestó, ‘que mostrara cómo es posible darlo todo por la literatura’. Me parece brutalmente postmoderno darlo todo por la literatura, pero al menos me sirvió como acicate para continuar con la lectura, al menos la cosa se me apareció con una dirección.

¿Qué me molesto tanto? Lo reconozco abiertamente, la absoluta neutralidad moral. Es cierto que hay mucho sexo, modos de sexo, especies de sexo, pero eso no lo transforma en lo ‘a-moral’: ‘Neutro’ no es que el autor no juzgue a los personajes ni que los personajes no sean juzgados por la historia o no se juzguen entre sí: es que en último término no es posible hacer un juicio más allá de lo literario (nada te da pie!). ¿Y por qué tanta obsesión por juzgar? Porque creo que el drama de la vida y en lo que se ha fundado la gran literatura, es la decisión humana, la decisión y sus consecuencias, el peligro, la perdición y la salvación. ¿Que se trata de describir la realidad, que queremos conocer el mundo underground, cómo se vive en los bajos fondos? Pero si en Dostoievski tenemos prostitutas, borrachos, nihilistas y suicidas, y sin embargo – y quizás por eso mismo – nada impide que se traten las grandes cuestiones del hombre. Y si ya las grandes cuestiones no nos mueven – no lo creo -, hablemos del aburrimiento, del ‘último hombre’, del drama de la falta de drama (¿eso nos quiere mostrar el aburrido de Carver?).  Me gusta Paul Auster porque le da a un problema (a un drama) postmo, actual y real: la falta de identidad.

¿Y darlo todo por la literatura? Bueno, eso es algo, ok, eso es un drama, por eso sigo con el libro. Pero veo en este drama un ‘drama sin drama’ (de coleccionista), la obsesión por el fenómeno de la obsesión, la hipérbole de la meta-literatura, que tomó campo hace un buen tiempo (gusta como gusta el género de detectives). La literatura habla de la literatura, ¿qué es esta endogamia? No tiene que ver con la amplia cultura de Borges – un gran lector -, con su ‘idealización de los libros’ – que como las ideas platónicas, participan y se interconectan -. Quiero ver cómo Ulises Lima y Arturo Belano de Bolaño determinan realmente sus vidas por la literatura: ¿por amor, por nihilismo, porque simplemente les gusta? El gran nihilismo es absolutamente moral: Con el Extranjero de Camus o Julien Sorel de Stendhal tendrás que tomar partido. ¿Cómo se toma partido por la obsesión? ¿Cómo se toma partido por un sueño personal? ‘Tomo partido para que cada cual pueda lograr sus sueños’, para que sobreviva, se suicide o salga a matar.

Habrá que terminar de leer el libro, por mí ya sentenciado. Espero eso sí, una gran cantidad de comentarios que salgan en defensa y me sentencien a mí.

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Roßhalde de Hermann Hesse

Por Pato D.
Una vez le escuché a Ignacio Valente que la obra Hesse “envejecía mal”.  Que de joven se leía a Hesse con fervor, pero que a medida que pasaba el tiempo sus libros se iban quedando en los anaqueles de libros para “adolescentes”. El comentario me pareció en ese entonces verdadero. Habían pasado por mis manos algunas de sus novelas -quizá las más famosas- de corte iniciático, esas en que el joven protagonista se va descubriendo a sí mismo y a la realidad, y en donde el panteísmo orientalista  aparece como solución a las contradicciones internas a esta realidad, y me había dado también esa impresión. Hesse quedaba como un buen narrador, pero demasiado ampuloso y pretencioso. Los párrafos estéticos de “Narciso y Goldmundo” me parecían cargantes, al igual que la historia  del fatídico Demian o el descubrimiento sapiencial de Siddharta. Me sentía viejo leyendo ese tipo de cosas. Sin embargo, también por ese entonces leí una novela llamada Roßhalde y conocí a otro Hesse, un Hesse más reposado, más novelista y menos teosofista, y me gustó bastante. Hesse quedó entonces como un narrador de muchas facetas.

Algunos años después vuelvo a releer Roßhalde, y el resultado es aún mejor: me parece que esta novela es extraordinaria. Escrita en 1914, Roßhalde es una novela corta (170 páginas) que describe la vida de un pintor famoso, Johann Veraguth, que vive retirado en su quinta de recreo, llamada Roßhalde. Su amarga experiencia del matrimonio lo ha hecho recluirse en su taller, lejos de su mujer y su pequeño hijo Pierre, que constituye su única alegría y su única conexión con el mundo. Su vida transcurre así, lenta y en sordina, entre el mundo de la pintura, su hijo Pierre, y el entorno natural de la quinta. Este frágil equilibrio se rompe cuando de improviso llega a visitarlo su único amigo que vive en la India (¿cómo iba a faltar la mención a Oriente?). La visita del amigo viene a remover una serie de heridas latentes que hacen que el pintor encare con más entereza su propia vida y su propia historia. Todo sucede en Roßhalde, una quinta -todo parece indicar que en Suiza- llena de lugares melancólicos, jardines y bancales que Hesse sabe describir con mucha sensibilidad. (Roßhalde se me hace una de esas casas de campo de la zona central hoy abandonadas, cuyos antiguos parques descuidados esconden rincones que evocan a ratos sosiego y a ratos inquietud). Roßhalde es el escenario y a la vez el protagonista de esta novela sencilla, que nos inserta con maestría y sin pretensión en la ascesis del artista, el mundo irracional de los niños, los rincones invisibles de los jardines. Una faceta de Hesse que vale la pena conocer.

P.D.

P.S.  Un amigo me ha insistido con leer “El juego de abalorios”. Estoy en deuda entonces.

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