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¿Concilio progre? A 50 años del Concilio Vaticano II

P.D.

Sería interesante hacer el siguiente experimento: tomar las siguientes proposiciones y dárselas a leer a católicos, que independiente de su estado (sacerdotal, religioso, laical), grados de erudición (teólogos, católicos informados, católicos no informados) suscriben una visión teológica “progresista”, y preguntarles qué opinan de ellas y de dónde podrían provenir:

“Ciertamente, la misión propia que Cristo confió su Iglesia no es de orden político, económico o social: el fin que le asignó es de orden religioso” . “No podrán salvarse los que, sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia católica como necesaria para la salvación, sin embargo, no hubiesen querido entrar o perseverar en ella”. “La teología se apoya, como en cimiento perdurable, en la Sagrada Escritura unida a la Sagrada Tradición”. “El sacerdocio del fiel y del sacerdote difieren no sólo en grado, sino en esencia” . “Por lo tanto, desde el momento de su concepción, la vida debe ser protegida con el mayor cuidado: el aborto y el infanticidio son crímenes nefandos”. “Por su naturaleza, la institución del matrimonio y el amor conyugal se ordenan a la procreación y educación de la prole y encuentra en ellos su corona”.

No sería raro que la mayoría de los encuestados del mundo católico “progresista” respondiesen que se trata de fragmentos de la doctrina tradicional católica, pre-conciliar, conservadora o medieval, sacadas probablemente de algún catecismo viejo o de algún documento secreto, sólo accesible a miembros de sectas preconciliares . Que la Iglesia sea requisito necesario para la salvación, que la Iglesia sea ante todo una institución religiosa y no político-social, que la tradición recibe el nombre de “sagrada” y que ella sea base de la teología, que al laico no le compete ejercer las funciones del sacerdote, que el matrimonio se defina como una institución orientada a la procreación, etc. etc. parecen ser justamente aquellas cosas que ya no valen hoy como antes. ¿La causa? “El Concilio Vaticano II”. Sería interesante ver la reacción de los encuestados, cuando se les revelara que estos textos son citas textuales de dicho Concilio (cf. Gaudium et Spes 42, Lumen Gentium 14, Gaudium et Spes 51, Lumen Gentium 48, Lumen Gentium 10, Dei Verbum)

A veces me pregunto si los teólogos, blogistas, periodistas y cronistas que inundan la prensa con sus meditaciones sobre el Concilio Vaticano II se han tomado la molestia de leerlo. La Tercera, en su edición del sábado 3 de noviembre, pág. 12, nos regala una enjundiosa entrevista a Enrique Correa (ex ministro, consultor) sobre el Concilio. En ella Correa nos cuenta que el Papa Pablo VI (quien, por ejemplo, se opuso a la anticoncepción en su encíclica Humanae Vitae) fue el “hombre símbolo del progresismo” (!), y que el Concilio “toma distancia de las cruzadas, toma distancia de la cristiandad y toma un modo de ver la Iglesia más similar al de Lutero y menos similar al del Concilio de Trento”. Todas estas afirmaciones grandilocuentes (faltó nombrar a Galileo) pueden ser interesantes, si los que las defienden se tomen la molestia de hablar del Concilio en sí mismo y no de sus experiencias personales (“conocí a tal cura, me contaron esto, yo era monagillo”), o peor aún, del “espíritu del Concilio”. “El espíritu” del Concilio suele ser el último (o primer)  recurso para esbozar la interpretación más descabellada, muchas veces contradictoria, sin tener que darse el trabajo de hacer una lectura detallada y ponderada de los documentos que lo conforman. Esta pillería hermenéutica ha dado resultados: son muchos los que lamentablemente miran con malos ojos el Concilio, porque éste (o más bien, su “espíritu”) ha servido de excusa para cualquier disolución de la doctrina, la liturgia y la ética católicas. En nombre del Concilio se descuida la liturgia, cuando éste dice expresamente que ella es el acto sagrado más importante de la Iglesia (DS 4007; 4010) , se desprecia la vida monástica cuando el Concilio dice que la acción se subordina a la contemplación (DS 4002), en nombre del Concilio se discute la infalibilidad del Papa en materias de fe y costumbres, cuando el Concilio expresamente la reafirma, citando textualmente al Concilio Vaticano I (LG 25), y así un largo etcétera.

Leyendo los documentos, vemos que ninguna consigna “progre” está en el Concilio ni se sigue de él. Lo que se hace es una interpretación voluntariosa, en base a un tono, una “atmósfera” progresista. No hay lugar a dudas que dentro del Concilio hubo posturas contrapuestas, luchas enconadas, tramas, trampas y cosas que siempre ha habido en los Concilios. Muchos de los padres conciliares estaban inspirados por aquel “modernismo” condenado por Pío X o por ideas protestantes (protestantes no en bloque, sino muchas veces pertenecientes al llamado “protestantismo liberal”) ajenas a la tradición católica, así como muchos obispos del Concilio de Nicea eran arrianos. Pero de ahí no se sigue que el Concilio en sí mismo haya acogido esas posturas. Por el contrario, si hacemos una hermenéutica seria -es decir, tomando en cuenta lo que se ha dicho antes y después del Concilio, sin esquivar textos incómodos- veremos que la mayoría de las interpretaciones en boga no son más que eslóganes sin fundamento. Como dijo Norbert Lüdecke recientemente en el periódico Die Zeit:  invocar al Vaticano II para introducir el reformismo en la Iglesia (democracia, sacerdocio femenino) es un disparate. “Muchos laicos quieren seguir viviendo en el mito de que el Concilio traería estas cosas. Pero los teólogos no deberían seguir fomentándolo.  Decir la verdad, aunque puede ser duro para un católico reformista, es parte del fair play” (Die Zeit, 11.10.2012).

Con esto no afirmo que el Concilio no tenga nada de innovador y que en él no haya nada de original. Por el contrario, en el Concilio hay muchos énfasis nuevos (para poner tres ejemplos: en cuestiones litúrgicas, el ecumenismo y la valoración de la libertad religiosa). Cuando estos nuevos énfasis son interpretados desde una hermenéutica voluntarista, sin ningún cuidado del contexto que procede y precede al Concilio, con un poco de histeria adolescente y complejo de inferioridad con respecto a lo “moderno”, probablemente se malentenderá todo. Pero si nos tomamos en serio la tarea hermenéutica (muchas veces trabajosa: ¿quién dijo que esto era fácil?) de comprender y analizar un Concilio, con todo lo que ello implica, podremos ver que éste es un texto esencialmente católico, en conexión orgánica con el magisterio anterior. Muchos querrían que la conexión entre el Vaticano II y otros concilios no fuera orgánica, sino literal, es decir, que allí se usara el mismo tono y las mismas palabras de Trento o del Sílabo. Como no es así, se frustran y anatemizan al Concilio Vaticano II. Pero al hacerlo caen en la misma trampa progresista, porque leen el Concilio desde el prejuicio de que éste representa un quiebre con todo anterior. A ellos hay que recordarles lo que decía San Agustín a quienes se escandalizaban por los cambios en las costumbres a lo largo de la historia sagrada: “¿Diremos por esto que la justicia es varia y mudable? No: lo que pasa es que los tiempos que aquella  rige no caminan iguales, porque son tiempos.” (conf. 3, 7, 13).

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El sol de los hiperbóreos 2

 

 

 

 

José Antonio Giménez

La querella del invierno(https://ruletarusablog.wordpress.com/2012/02/10/el-sol-de-los-hiperboreos/) no puede ser olvidada en el verano. El rencor reemplaza a la impotencia, pues el verano nunca llegó.

La historia comenzó con un invierno crudo: el viento soplaba desde el este, la nieve no llegaba a formarse por el frío. En primavera, la esperada primavera, el verde floreció. Primavera es la mejor estación en las tierras del norte. No se esperan grandes milagros y se recibe con sobresaltos de placer el primer sol que te entibia la piel.

Mas el verano es una estafa. Es la gran estafa. Con suerte, cuatro semanas de sol: repartidas entre junio y septiembre. No es un verano corto, mas no tiene comienzo ni final. Son sólo signos, epifanías, rebeliones de pacotilla. Los alemanes se justifican: ‘este sí que es el peor verano’; ‘¡vieras cómo fue el del Mundial, el 2008!’. Un amigo, como un triste secreto, me reveló que desde niño se le había prometido un verano: ‘el que nunca llegó’. Como de hadas, como de trolls, el verano es sólo un cuento.

La última semana fue una de las pocas donde efectivamente reinó el sol. Toda la ciudad se volcó a la calle. Un helado donde los italianos, pescado holandés en el mercado, los músicos de Europa del Este. Es el arte de vivir – en la calle.

Sabemos ya el lunes – el primer día de sol – que el viernes habrá tormenta. Por eso, todos, con una conciencia completa de la situación, nos disponemos a aprovechar todo rayo que venga del sol. Es un imperativo ético y estético. Si hay que entregar la vida, que sea ahora. Las primeras gotas de la tormenta me cayeron mientras me bañaba en el canal. Eso es morir con las botas puestas.

Y en las tierras cálidas, ¡cuánto sol dejamos ir entre nuestros dedos! Medio Norte se desplaza a las playas del Sur, aquellos que ya no esperan que se cumplan las promesas de cuando niño. En el Sur está la Crisis… pero está también el Sol. Nadie está del todo solo en este mundo. Europa se desangra por el sur, mas los hermanos ricos del norte siguen añorando el oro de los sureños: el sol eterno, el vero verano.

No añorar tanto, dar las gracias de que al menos el sol sigue ahí, en algún lado detrás de las nubes – y que no se ha volcado todavía sobre el planeta -: esa es la sabiduría del norte. El verano es muy añorado por los hombres del sur, quizás los del norte han aprendido a prescindir de él. O a llorar su ausencia en silencio.

Se cuenta que Apolo pasaba los largos inviernos en Hiperbórea: aquí nunca se ocultaba el sol. Apolo, el Olímpico cuyo culto llegó más al norte. ¿Cuándo volverás a reinar Apolo, en el norte y en el sur?

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Paganismo y barbarie parte 2

por P.D.

Este artículo es la continuación de “Paganismo y Barbarie I” publicado en este blog el 15 de Agosto de 2011 (https://ruletarusablog.wordpress.com/2011/08/15/paganismo-y-barbarie-a-partir-de-de-civitate-dei-i-v-parte-1/). En ese post me preguntaba si el juicio de San Agustín sobre la cultura pagana no era acaso exagerado, erróneo o parcial. Recordemos el título completo de una de sus obras más importantes: “Sobre la ciudad de Dios. Contra los paganos.” Ese contra paganos, ¿es una mera anécdota arqueológica en el pensamiento de San Agustín? Más aún: ¿es un elemento central del cristianismo el enfrentamiento cultural contra el paganismo, o es sólo un rastro histórico accidental?

Si pensamos en otras épocas o autores, pareciera que tal enfrentamiento o bien parece no existir o está minimizado al máximo. En el humanismo, el monje Erasmo de Rotterdam escribe pidiéndole inspiración a las musas, exclama Sancte Socrates ora pro nobis! y muchas de sus obras famosas son un collage de sabiduría pagana. Muchos siglos antes, Dante se dejaba guiar por Virgilio para su bajada al infierno. No faltan en San Agustín las loas entusiastas a los filósofos platónicos y los intentos de toda época de reconciliar la sabiduría greco-latina con el cristianismo. Sin embargo, ¿son todos estos intentos absolutamente homogéneos, o más bien admiten matices decisivos? Yo me inclino por la segunda opción. Dante designó a Virgilio como su guía de ultra-tumba, pero no lo sitúa en el cielo, sino en el infierno, en el limbo de los virtuosos pre-cristianos. San Agustín se deja llevar por el entusiasmo platónico hasta exclamar que los platónicos tienen que cambiar “pocas palabras” de su doctrina para hacerse cristianos (de vera religione 4.7.) pero algunos años después, en La ciudad de Dios, habla de “las muchas y grandes cosas” que separan a los cristianos de los platónicos, dándole como caja a Porfirio (ciu 8.13 ss.). El mismo Sto. Tomás de Aquino escribe contra los errores de Aristóteles. Y estamos hablan

“Me parece que Platón no desconocía las Sagradas Escrituras, ciu.8, 11”

do de Platón, Aristóteles y Virgilio, personajes queridos dentro de la tradición humanística cristiana. Como decía el entonces teólogo J. Ratzinger (1955) la Iglesia antigua optó por aliarse con el “dios de los filósofos” y le hizo la guerra al “dios de los poetas” y “al dios de la ciudad”. El piso común que proyectaron los Padres de la Iglesia para el diálogo con el pensamiento pagano fue el piso de la filosofía, no el de la mitología ni el de la teología política. Eso se puede ver claramente en La ciudad de Dios. San Agustín dedica páginas de páginas a atacar la mitología pagana, no dejando títere con cabeza. Lo mismo hace con la teología política oficial. Pero es con la tradición filosófica platónica donde ve puntos de encuentro con el Dios de las Sagradas Escrituras (“Yo soy el que soy” como Ser supremo). No encontramos en San Agustín un intento de salvar -no siquiera estéticamente- a la mitología pagana, justamente porque ésta era conocida por Agustín en toda su facticidad histórica (orgías, sacrificios humanos) y no como un mero motivo decorativo. Para volver a jugar con los dioses paganos, éstos tienen que haber muerto. Para Agustín, los dioses estaban bastante “vivos”, todavía eran imágenes de las cuales se servían los demonios para engañar a los hombres y llevarlos a la perdición. Lo mismo vale para San Justino, que habla de las “semillas del Lógos” no refiriéndose a las religiones paganas, sino a quienes han vivido de acuerdo a la razón (como Sócrates o Heráclito, Apol. I 46).

Taciano (s. II) autor de “Discurso contra los griegos”

Sin embargo, en su apropiación de la filosofía platónica es en donde Agustín nos muestra la actitud más equilibrada del cristiano con respecto a las culturas paganas: el rechazo global a éstas y su obsolescencia con respecto al cristianismo no implica el rechazo a cada particularidad de éstas, en la medida en que el mismo Dios de Israel se manifiesta también a través de estos destellos de luz (las “semillas del Verbo” según San Justino). Este intuición recoge las doctrinas de San Pablo, expresadas en el discurso del Areópago (Hch 17, 22) y en Rom 1 10ss. En el Areópago San Pablo afirma la presencia de verdad en la teología pagana, haciendo suya una frase del poeta-filósofo griego Aratus: “ porque somos también de linaje divino”; en la Epístola a los Romanos San Pablo reconoce que Dios se ha revelado también a los paganos a través de la creación visible, que permite remontarse hacia lo invisible de Dios mediante la inteligencia. La contracara de estos dos pasajes es que de San Pablo se burlaron en el Areópago y que los mismos paganos a los que Dios se les revela terminan no reconociéndolo ni alabándolo y por ende cayendo en la idolatría e irracionalidad (Rom 1, 20-23). Sin embargo, creo que este claroscuro no nos tiene que inducir a considerar como fallido todo intento de armonización entre filosofía pagana y cristianismo (como pensaban Lutero y Heidegger, cada uno a su modo): no se nos olvide que de entre las burlas de Areópago surgen  conversos (Dionisio, Damaris y unos más) y que el pasaje de Romanos ha posibilitado la defensa de cierto conocimiento natural de Dios, sin el cual la fe tiende a disolverse en algo irracional.

A modo de conclusión: creo que la actitud agustiniana con respecto a la cultura pagana, en este sentido, no tiene nada de original: es la consecuencia de las doctrinas de las Escrituras. Sin embargo, no ha sido fácil y quizá nunca será el encontrar este justo medio entre reconocer las “semillas del Verbo” y rechazar lo propiamente demoníaco en el encuentro histórico entre una cultura cristiana (en concreto, la cristiandad europea) con una cultura pagana. El hecho de que la historia moderna esté tan llena de casos de abusos y crueldades (por ejemplo, luego del descubrimiento de América) no nos tiene que enceguecer ante el hecho de que gracias a la labor incesante de cristianos, los pueblos abandonaron prácticas como el canibalismo, los sacrificios humanos, la sociedad de castas y un sinnúmero de supersticiones que impiden el desarrollo espiritual y moral de cualquier sociedad, y lo más importante, fueron includios en el plan salvífico de Dios (“Id y haced discípulas a todas las gentes bautizándolas…  Mat 28, 19). Preguntarse por lo que se “perdió” con la llegada del cristianismo al mundo pagano (bellos templos abandonados, literatura mutilada en el caso greco-romano, obras de arte o tradiciones valiosas en el caso pre-colombino) debiera ir siempre acompañado, si queremos seguir en esto a San Agustín, del pensamiento de que incluso en los momentos más atroces y crueles, el nombre de Cristo y de los cristianos ha sido un lugar de misericordia y paz como no lo ha habido nunca en la historia humana  (ciu. 1.7).

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Paganismo y barbarie (a partir de De civitate dei I-V) parte 1

Por Patricio Domínguez V.

Uno de los muchos temas de reflexión que pueden extraerse de los primeros libros del De civitate dei de San Agustín  es aquel de la valoración de la antigüedad greco-latina por parte del cristiano (y en alguna medida, por quien no siendo cristiano, vive de la herencia del ethos cristiano). Para quien ha tenido la suerte de poder admirar -aunque sea un poco- la riqueza cultural del mundo antiguo, siempre merodea la tentación de contentarse con conceptos prefabricados que tienden a idealizar, edulcorar, simplificar o domesticar la selva del mundo antiguo. La imagen de la ciudad griega, por la cual se pasean razonables Sócrates de blancas vestiduras bajo incoloros templos relucientes, o la Roma de nobles senadores, de rostro adusto y ética inquebrantable puede colarse rápidamente del lienzo de un Jacques-Louis David o de algún renacentista a nuestras cabezas,  y si a esto le añadimos la ayuda conceptual de más de algún pensador especulativo del siglo XIX, entonces tendremos el concepto prefabricado perfecto de la antigüedad como para sentirnos avergonzados de la irrupción del cristianismo en la historia.

En efecto, la idealización racionalista del mundo antiguo ha sido un base predilecta para desacreditar al cristianismo, acusarlo de haber corrompido a la tolerante  y apolínea cultura antigua, introduciendo en ella los elementos foráneos y bárbaros del judaísmo, “una cultura de locos fanáticos” como piensa el emperador Adriano de M. Yourcenar. (Ideas parecidas también a la usadas históricamente para denigrar por igual a Bizancio, al gótico o a la patrística).  Al joven Agustín de Hipona le pareció también que, después de haberse curtido con lo mejor de las letras latinas, las Escrituras era una barbaridad, “indignas del estilo de Cicerón” (conf III, 5, 9.). Lo interesante del caso es que Agustín era cristiano,  -un cristiano paganizado y no practicante, si se quiere, pero no un pagano- cuando formulaba tal juicio. Tendría que pasar mucho tiempo para que Agustín, converso desde el fondo, tomase distancia de la propia cultura de la que se nutrió desde la infancia y la criticase radicalmente (¡compárese también el tono hacia la cultura pagana en los primeros escritos del otium liberale con los escritos maduros!).

            Los primeros libros de De civitate dei pueden leerse como una crítica a la cultura pagana en su forma política más exitosa: Roma. El poderío de la “eterna Roma”, cantado por Virgilio y celebrado también por algunos teólogos cristianos, es interpretado por Agustín a partir del binomio afán de poder – deseo de gloria (libido dominandi – cupiditas glorae). Roma, en todo su poder y su pax romana, en todo su ideal civilizador, es para Agustín el producto de un deseo descontrolado por dominar y ser admirado, análogo al deseo descontrolado de dinero (avaricia) o de placer sexual (lujuria). Para probar o ejemplificar su tesis -según el punto de vista que se quiera tomar- Agustín hace un recuento de la historia de Roma, mostrando cómo la historia política de Roma está marcada -externa e internamente- por el deseo desbocado de subyugar, que se concretiza en la brutalidad y crueldad más extremas (como cuando Sula manda a matar a un prisionero haciendo que le arranquen la carne a mano limpia, sin espadas, ciu III 28).

 Al contrario de otros pensadores, a San Agustín le parece que el inmenso tamaño de un imperio (en este caso, el romano) no es necesariamente un mérito, sino que más bien puede una muestra de la corrupción del mismo: en un orden político justo, un estado no buscaría absorber en sí a los demás estados vecinos, sino que más bien se esforzaría en mantener la concordia con ellos (ciu. IV 15). San Agustín se muestra también escéptico también frente al “relato” (como se dice hoy en la jerga política) de las “viejas virtudes romanas” defendido por aquellos paganos que, ante la degeneración de las costumbres, proclamaban la vuelta a la ‘viejas virtudes’: como la proverbial frugalidad, el sacrificio por el bien común, por ejemplo. La crítica radical del obispo de Hipona a las virtudes reza (en resumen) así: las virtudes romanas no son virtudes en sentido propio, sino más bien vicios útiles con apariencia de virtud: formas de la vanidad (como la cupiditas gloriae) que refrenan a otros vicios y permiten cierto éxito terreno, pero que no están orientadas a Dios, sino a la gloria del hombre (ciu. V 14-15; 19). Esta crítica tajante a las virtudes romanas no nos debe hacer pensar, no obstante, que Agustín condene o rechazo de plano el legado romano. Por el contrario, no escatima alabanzas a personajes históricos (Régulo), a personajes histórico-mitológicos (la hermana de los Horacios) y a pensadores y gobernantes (Varrón, Cicerón, César Augusto). Lo que San Agustín se propone, creo, es hacer un juicio sobre la estructura general del paganismo, que siendo en sí mala, puede contener elementos rescatables (así como un cuerpo en descomposición conserva todavía órganos que funcionan …¿resulta la analogía?).

 Decir “elementos rescatables del paganismo” suena muy fuerte. Dentro de un concepto multiculturalista suena hasta ofensivo.  Pero para los cristianos de los primeros siglos no era así: el paganismo, con toda su riqueza y cultura (apreciada y reconocida) era sencillamente una cultura no-cristiana, una cultura que desconocía el hecho más singular de toda la historia universal: la encarnación del Verbo de Dios en Belén, en una provincia marginal del imperio romano. En ese

Saturno devorando a sus hijos. "La historia más brutal y monstruosa" (ciu. VI, 8)

sentido, eran culturas marginales con respecto a la verdad, adoradores de ídolos o simplemente de demonios. La mitología greco-romana, con toda su belleza plástica y literaria, le parece a Agustín una perversión demoníaca en el sentido literal de la palabra: los dioses antiguos son demonios,  “autores y maestros de pecado” que actúan en la historia romana concreta (ciu. II 24-25). El arte y la literatura no corren mejor suerte. En las Confesiones Agustín no escatima esfuerzos en mostrar que el teatro  y las ficciones de la literatura paganos son “una locura increíble” (mirabilis insania)  que hacen malo al hombre (conf III.2.3)

¿Es exagerado San Agustín? ¿Es San Agustín preso de una cosmovisión ya superada? ¿Puede o debe un cristiano compartir el juicio general del Hiponense acerca de la cultura pagana? Esto continúa en una segunda parte, porque este artículo se está haciendo ya largo.

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¿Dónde está mi patria?

José Antonio Giménez Salinas

‘Y tras no muchos días, recogiendo todas sus cosas, el hijo más joven se ausentó hacia una tierra lejana y allí disipó su fortuna viviendo perdidamente’ (Lucas 15, 13).

 

‘¿Dónde está mi patria?’ le pregunta al padre. ‘Esta tierra, todo lo que has tomado con la ingenuidad de un niño, ahí está tu patria’. ‘Pero padre’ continuó el joven, ‘¿dónde está mi patria?’.

‘Cúanta ciudad, cuánta sed y tú, un hombre solo’ canta Spinetta. Cuánta sed me produce la ciudad. Las luces de los escaparates me invitan a entrar, quiero saber si ahí, dentro, se encontrará mi amada. Quiero salir y respirar, el asfalto mojado de la calle me parece esconder muchos secretos.

Y se irá a buscar otra patria, otra región donde llenar su anhelo. La primera patria, la abandonada, permanecerá en el horizonte de su memoria, como un recuerdo que se hará presente sólo ante el resorte de la necesidad. Son las palabras de Aliosha a los niños que asisten al entierro del pequeño Iliucha: ‘Sabed que no hay nada más noble, más fuerte, más sano y más útil en la vida que un buen recuerdo, sobre todo cuando es un recuerdo de la infancia, del hogar paterno. Se os habla mucho de vuestra instrucción. Pues bien, un recuerdo ejemplar, conservado desde la infancia, es lo que más instruye. El que hace una buena provisión de ellos para su futuro, está salvado. E incluso si conservamos uno solo, este único recuerdo puede ser algún día nuestra salvación’ (Hermanos Karamasov, Dostoievski).

Con sus cosas, bienes, hacienda, propiedades, el camino le parecerá más seguro. Los bienes le abrirán posibilidades, lo acompañaran en sus pasos y le permitirán construir ilusiones. Pero sin patria, ¿dónde está la ‘propiedad’, qué será realmente propio, idéntico contigo? ¿Podrás, hombre, pertenecer a las cosas? Pues si te pertenecen, ¿cómo podrás entrar en ellas? La patria es ‘tuya’, cierto, pero tú estás también dentro de ella. Como la humanidad misma, ‘nuestra humanidad’, que nos pertenece y a la que pertenecemos.

Hacia tierra lejana, cada vez más lejos del centro, hacia lo lejos. Lejos de la patria, del ‘eterno retorno’, del mismo cielo, montaña y tierra. El mismo día, la misma noche. ‘¡Arrancarse los ojos para ver de otra forma!’ Mi misma terrible mismidad. El tedio de Baudelaire, que ‘en un bostezo se tragaría el mundo’, esa araña delicada que teje en silencio la trampa más sutil, el implacable aburrimiento de sí mismo.

Vuelto sobre muchas cosas, puesto su corazón en nuevas experiencias, viendo como su bostezo es superado por una respiración acelerada y discontinua, la vida misma se levantará como la nueva patria. ‘¡Dónde está tu agijón oh muerte, cuando yo estoy tan vivo!’. Los bienes, las posibilidades, sin embargo, comenzarán a echarse en falta. Como las semillas arrojadas por el sembrador, el corazón se disipará en muchas direcciones. La ilusión, débil, el anhelo, gastado, las expectativas, frustradas. Los proyectos, despojos. ¿En cuál tierra podrá germinar la nueva patria? ¿Dónde el corazón podrá descansar? Pero el movimiento es centrífugo, siempre lejos y siempre más lejos, para que la ‘terrible mismidad’ termine por desdibujarse en el horizonte del pasado y ‘yo sea, finalmente, otro’. Desesperadamente clamo por otra identidad, mi identidad anulada, superada y ganada, ¡yo quiero resolver el gran enigma!

Hijo, ¿hasta dónde tendrás que caer? ¿Dónde encontrarás sosiego? ¿Tendrás que llegar al fondo del abismo para encontrarte nuevamente con tu padre? ¿Querrás allí quizás fundar tu ‘nueva patria’? ¿Desde el abismo?

 

‘Wir alle fallen. Diese Hand da fällt. Und sieh dir andre an: es ist in allen.

Und doch ist Einer, welcher dieses Fallen unendlich sanft in seinen Händen hält‘ (Rilke, de Herbst).

(Todos caemos. Mira esta mano caer. Y mira las demás: es con todas igual.

Pero <no desesperes>, pues hay Uno que sostiene este infinito caer suavemente en sus manos.)

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Resurrección

por José Antonio Giménez

¿Se puede amar realmente la caída de una hermosa tarde? ¿Se puede querer volver a casa después de una noche de conversación con tus amigos? Algunos han soñado, han prometido y han afirmado aceptar el ‘devenir’ de las cosas, de la ‘cosa como viene’, la aceptación y la paciencia ante el tiempo que juega con nosotros en sus manos. Se habla del ‘destino’, de la fuerza que mueve los procesos en los que cómoda o incómodamente nos involucramos, como de una realidad que podemos aceptar, cambiando la actitud, la perspectiva, volviéndonos, variando el dictum de Cicerón, dóciles a sus palabras antes de ser conducidos entre gemidos por sus órdenes. Todo esto me parece el ‘gran chisme de la historia’, la posibilidad de negar, de superar y de abolir, la tragedia de la vida humana, la posibilidad de agotar el ansia de eternidad, introduciendo la duda, la skepsis, ya no sobre la ‘referencia’ de tal expectativa, sino sobre la ‘fuente’ misma de toda expectativa. Es por eso que me gusta tanto leer al ateo de Nietzsche, porque su amor por el instante, por el mundo del acá frente a ese ‘contra-mundo reactivo’ – que no espera que continúe la hermosa tarde ni la afiebrada conversación entre copas de la noche, sino más bien espera asolar con la tarde, la conversación, la fiebre, las copas y la noche –, ¡acaba con la trasformación del instante en eternidad! Ese instante debe ‘retornar el mismo eternamente’, para que pueda realmente ser querido como ‘instante que deviene’. Si no, ¡quién lo va a querer! El ‘amor por el instante’ – ¡lo ve Nietzsche contra Sade! – no termina de ser otra cosa que ‘sed de eternidad’. Pero lo ‘eterno’ no es ‘ese instante’ – esa tarde, esa conversación -, sino su ‘eterna repetición’.

Yo quiero, en cambio, resucitar y vivir todo instante como presencia absoluta, no quiero dejar pasar esa hermosa tarde, no quiero sufrir en el recuerdo y ansiar para el futuro; no quiero dejar de conversar con mis amigos, expulsado por el masticar voraz del tiempo, por el crujir de los cuerpos gastados y los espíritus rápidos al aburrimiento, por causa del ‘bostezo del mundo’ , de la abolición constante del instante, del presente. ¿Odio al mundo, ‘pseudo-platonismo’? Profundo amor al mundo, desesperado amor por la presencia de este mundo. ¿Odio al devenir, al carácter proyectivo del ser humano? Pues claro que no, eso es lo que somos, un constante proyecto. Pero ese proyecto se detendrá cuando se encuentren las cosas más importantes, cuando no se espere con estoicismo que el instante transite al siguiente, porque ‘ahí’ nos queremos quedar. Basta con haber amado realmente, creado o contemplado la belleza, intuido el fondo de una persona, para desear para siempre la eternidad. Porque Cristo no vino a abolir este mundo, sino a ‘recogerlo todo en Él’.

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Ach, noch mal die Deutsche Theologen!

Tübingen, donde el anticristo recibirá un doctorado (Soloviev)

Por Pato D.

Supe hace poco por la prensa que un grupo enorme de teólogos (más de 200) del mundo germano parlante había redactado y firmado un documento en el que piden reformas urgentes en la Iglesia (El documento se puede leer aquí en traducción castellana:  http://www.memorandum-freiheit.de/?page_id=460 ). Tal petición no puede sino despertar, en primera instancia, simpatía. ¡Tanto hay que reformar, renovar en la Iglesia! El documento se centra en el triste caso de abusos que explotó el año pasado y a partir de este caso intenta extraer una serie de puntos para considerar en un “diálogo abierto sin tabúes” sobre el futuro de la Iglesia. Entre estos puntos se mencionan las siguientes peticiones: (a). Estructuras más democráticas en la Iglesia (b) Necesidad de tener curas casados y mujeres en el sacerdocio por falta de personal (c). Aprobación de las relaciones entre parejas de divorciados y parejas del mismo sexo.(d). Fin al rigorismo moral: juzgarse uno mismo antes de juzgar a los demás.

Partamos por la letra (d), mi preferida, por empezar mi apellido con dicha letra. “Antes de juzgar a los demás, juzguémonos a nosotros mismos”. Buen principio. Me encantaría que todos estos teólogos y teólogas partiera también por juzgarse a sí mismos y a la Iglesia que llevan acá en Alemania. Tengo la suerte de conocer o ubicar a algunos de los firmantes -algunos son profesores de esta universidad y escucho sus prédicas doctorales los Domingo- así que hablo de y a ellos también. Pues bien, sería bonito que practicasen su deporte preferido (criticar a Roma) también hacia adentro. Ahora, lo que voy a decir es bastante fuerte, pero creo que a pesar de todo su activismo, toda su organización, todo su orden, su loable buen gusto musical, la Iglesia alemana llevada por estos ilustres está más muerta que viva. Y han sido estos Doktoren las que la han matado, haciendo de ella un lugar de acción social en vez de sacramentos, un lugar de conferencias en vez de oración, un lugar de instrucción en vez de formación, aprovechando siempre de subrayar la independencia en vez de la comunidad con Roma, enfatizando siempre valores que parecen sacados de folletos volterianos que de la Biblia. Escuchar a estos Professoren desde el púlpito es muy interesante; pero da la impresión de estar uno asistiendo a una cátedra. La cátedra, la Vorlesung, mis queridos hermanas y hermanos, tiene sus ventajas: el volar en la abstracción sin jugársela en temas concretos, no darle al laico una palabra viva de fe, sino “interpretaciones” estéticas o aguachentas del “amor”, que al final se identifica con una especie de compasión estomacal por el prójimo.  Como decía C.S. Lewis:  “Christianity and water”. También da la impresión de estar en un mitin político, en donde se habla de ecología, integración, etc. y donde no aparece ni por si acaso el “signo de contradicción”. No llama la atención que a la gente tampoco le llame la atención la religión. Si encuentra lo mismo en la universidad o en la política, ¿para qué entrar al templo? Con respecto al moralismo, las parroquias ‘progresistas’ no dejan de serlo: todo gira dentro de los estrictos límites de lo políticamente correcto.

Vamos a (a). Democratizar los cargos eclesiásticos quizá sea una buena idea para echarlos a ellos, quién sabe. La letra (b) merece una análisis detallado que no haré ahora. Es totalmente falto de rigor atribuir la falta de sacerdotes al hecho de que éstos no puedan casarse o ¡que las mujeres no puedan ser sacerdotisas!, y peor aún es poner las cosas en el mismo saco. Lo primero es una medida disciplinaria que puede cambiarse; lo segundo es algo que no le compete a la Iglesia por ser una decisión del mismo Cristo. Quizá si los sacerdotes y los cristianos dieran testimonio de lo atractivo de ser cristiano, un buen puñado de jóvenes se animaría –deo vocante– a ser sacerdotes. Pero como el énfasis está tan puesto en el valor de una autonomía abstracta y tan poco en el valor real y objetivo de ser cristiano, que entonces no aparece con claridad lo objetivamente bueno y bello de la conversión hacia Cristo y hacia su Iglesia. El punto (c) incurre en la confusión entre acto y persona. Al pecador siempre se le ha de acoger; pero el pecado no puede ser aprobado ni legitimado como válido. Y desde que existe la Biblia el divorcio y la homosexualidad (como actividad, no como condición, como aclara el Catecismo), cada una en su distinta esfera, son desaprobadas por la Iglesia (desde aproximadamente el siglo I).  Eso no quiere decir que la Iglesia le niegue su gracia a los homosexuales o divorciados; muy por el contrario, los invita con todas sus fuerzas a orientar su vida a Cristo dentro de la Iglesia como a cualquier otro hijo de Dios.

Todo esto aparece con toda claridad en el Catecismo y en el Magisterio de la Iglesia, recopilado por el mismo Peter Hünermann, que hoy firma el documento desde Tübingen. ¿De qué sirve tanto saber, si no se entiende nada? Bien profetizó el sabio Soloviev que al Anticristo le iban a dar el doctorado honoris causa en Tübingen.

Quedémonos con San Pablo, que gracias a Dios no se habilitó cerca del Rin: “Pues está escrito: destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé el entendimiento de los entendidos. (1 Cor 1:19).

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