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El rechazo

Franz Kafka, 1908.
KAFKA

 

Si me encuentro con una linda muchacha y le pido: “sé buena, ven conmigo” y ella se aleja sin decir palabra, quiere decir lo siguiente:

-“No eres un duque con nombre rimbombante, ni un norteamericano grandote con pinta de piel roja, de pacíficos ojos horizontales, de piel amasada por el aire de los pastizales y de los ríos que lo cruzan; no has viajado a los grandes lagos – que se encuentran no sé dónde-ni navegado en ellos. Entonces por favor: ¿por qué debería yo, una muchacha linda, ir contigo?”

-“Te olvidas de que ningún automóvil te lleva a trancos, bamboleándose a través de la calle; no veo a los caballeros de tu séquito apretados en sus vestidos yendo detrás tuyo en perfecto semicírculo murmurando elogios por ti; tus pechos están bien ocultos bajo tu corsé, pero tus muslos y caderas contradicen esa abstinencia; llevas puesto un vestido plisado de tafetán, tal como a todos nos hizo gracia el otoño pasado, y aún así, vestida como un peligro público, sonríes de cuando en cuando”.

-“Sí, ambos tenemos razón, y para no hacernos conscientes de esta verdad indiscutible, mejor que cada uno se marche a su casa, ¿cierto?”

 

Traducción P.D.

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Getting a Job to be rich

P.D.

 

Veo la pausa que se toma Santo Tomás de Aquino en su comentario al libro de Job para explicar los primeros versículos de dicho libro, que en general uno pasa por encima. Job era un varón justo, íntegro (“perfecto en toda virtud” dice Aquino) y además gozaba de inmensas riquezas (Job 1,1-3). Que Job haya sido santo y rico a la vez habla de la gran santidad de Job, piensa Aquino. Lo usual, lo común, lo frecuente (plerumque, frequenter) es que la abundancia de riquezas engendre grandes vicios. “En general, quienes poseen muchas riquezas, al amarlas sin moderación, las usan de modo avariento”. “La casa de Job era inmune a los vicios que suele engendrar la opulencia”. “En la mayoría de los casos, la abundancia de riquezas produce discordia”.

 

Creo que los adverbios aquí son la clave. “Por lo general…con frecuencia”. Es común que la relación entre riqueza y virtud (relación tan difícil como el paso de un camello por la aguja) sea matizada, en los auditorios pudientes, mediante conceptos filosóficos con los cuales Aquino estaría de acuerdo. –“El problema no está en las riquezas, sino en el apego a ella”; “Se puede ser rico y a la vez desprendido de las riquezas”; “No hay nada de malo en sí en tener muchas cosas”. Sin embargo, este tipo de consideraciones ontológicas no vienen al caso, salvo que se esté debatiendo contra un gnóstico o un maniqueo que afirme que existe algo así como la maldad de ciertos seres en sí.

 

Volviendo a los adverbios: la ética es el dominio del arte de vivir bien, el ámbito de las decisiones prácticas, es el ámbito de lo “que ocurre en la mayoría de los casos”. Cuando se dice que al rico le costará entrar al Reino de los Cielos, no se está proponiendo un postulado ontológico, ni mucho menos. Ni por tratarse de una frase de Cristo se trata necesariamente de una doctrina teológica en sentido estricto. Se está haciendo una constatación empírica muy realista, que un sabio pagano, en otro contexto radicalmente diferente (Platón en su República) también pudo haber adivinado: la opulencia suele ser enemiga de la virtud.

 

Las constataciones propia del hombre prudente son constataciones de prácticas comunes, no de principios inmutables. Cuando el economista liberal (o el hombre viejo, el burgués que todos llevamos dentro) se molesta con la frase de Cristo e intenta buscar consuelo en premisas ontológicas agustinianas (“las riquezas no son un mal en sí, etc.), pierde el hilo de la cuestión. La prudencia es realista en un sentido distinto al que la metafísica es realista. Considerando al hombre tal como existe (“el ciudadano de a pie”, como se dice hace un tiempo –¿traducción moderna del homo viator?) la frase de Papá Goriot es muy iluminadora: “detrás de toda gran fortuna se esconde un gran crimen”.

 

La frase de Balzac es provocadora, qué duda cabe. Habrá izquierdistas o ideólogos de la revancha que la lean con mucho placer, y que quieran hacerla un dogma metafísico. Pero Balzac, que era un católico monárquico “antimoderno” (en el sentido de Compagnon), no quiere dogmatizar, sino quizá describir la comedia humana del eterno desencuentro entre riqueza y virtud. Uno escucha de tanta estulticia, tantas peleas sobre herencias, tanta rapiña en el aparato público y ratería en el angelical mundo de los emprendedores. Si el “hombre de a pie” fuese un querubín incorrupto, todos estos desvaríos no tendrían explicación.

 

De vez en cuando la prensa nos regala algunos intercambios epistolares en que defensores de ciertas doctrinas económicas quieren hacer pasar gato por liebre y citan teólogos escolásticos o pensadores “cristianos” para afirmar sus opiniones. Sus contradictores, devenidos en teólogos de la pobreza cuando les conviene, se esfuerzan otro tanto. Pero al pobre Job nadie lo escucha. “El Señor me lo ha dado, el Señor me lo ha quitado, sea bendito el nombre del Señor”. Así hablaba el hombre más rico del Oriente, que no vivía embrutecido leyendo manuales de management o leadership, ni pensaba todo el día en acciones y bonos, sino que se preocupaba de que en su casa reinara “la agradable y equilibrada frugalidad” (In Iob 1, 2)

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Acerca del espíritu apocalíptico I

P.D.

anticristo-signorelli“Decadencias como esta ha habido siempre”. Tal parece ser el lema de quienes se niegan, a priori, a pensar apocalípticamente. Muchos de ellos, sin quererlo, pasan de una sana cautela (“nadie sabe el día ni la hora”) a una indiferencia propia de nuestros antepasados paganos, que concebían a la historia como una rueda que gira sin parar, una serie de altibajos destinados a repetirse para siempre. ¿La decadencia (o más bien la caída libre) actual? “En la antigua Roma lanzaban a los cristianos a las fieras”. “En tal o cual época había guerras atroces”. “En todas partes se cuecen habas”. El no apocalíptico parece partir del dogma igualitario de que cada período de la historia tiene igual porcentaje de desgracias y de gracias.

 

Pero el ethos apocalíptico no se basa únicamente en “evidencias” o datos que puedan ser analizados, sopesados. El apocalíptico se ve tentado a enumerar desgracias, genocidios y  monstruosidades, a mostrar el libro de Daniel si es necesario, pero sabe que su palabra, cuando cae en el corazón del no apocalíptico, cae en tierra yerma. Para el no apocalíptico, el aborto masivo y legal, la destrucción de la familia en nombre de los “derechos”, el mal gusto obligatorio,  el culto al dinero como institución universal y la apostasía como forma de gobierno pueden ser males, pero jamás una confirmación de que estamos entrando en el fin de los tiempos. Para el apocalíptico, en cambio, basta sentir la brisa de la tarde para saber que se aproxima el temporal.

 

¿Quién es un apocalíptico? ¿Acaso un pesimista? Esta es una de las confusiones más seguidas acerca del tema, y si se me permite, una de las más aburridas. El pesimista cree que todo va para peor; el optimista cree que todo va para mejor. Ya Chesterton, con su humor exquisito, se despachó esta disyuntiva tan pobre. El apocalíptico sabe que todo irá para mejor, pero sólo una vez que “pase el mundo y su concupiscencia”. Antes de que haya pasado el mundo, el apocalíptico sabe que la barbarie democrático-liberal-idolátrica irá para peor, la percibe, la presiente y la expresa de modo insuperable. Mentes y temperamentos tan disímiles y tan variopintas como Joseph Roth, Vladimir Soloviev, John H. Newman, Gómez Dávila, Kennedy Toole, F. Dostoievski o Josef Pieper han sido cultivadores del genio apocalíptico. Concedamos, entonces, que el genio apocalíptico ha hecho un aporte literario indiscutible, superior.

 

El apocalíptico está harto de disputar. Sabe  que el gran disputador, el demonio, es anti-apocalíptico, y que puede fácilmente ganar la disputa. Sin embargo, sabe que el anti-apocaliptismo es parte de una atmósfera apocalíptica. “Lo mismo sucedió en tiempos de Lot: comían y bebían, compraban y vendían, sembraban y edificaban. Pero el día en que Lot salió de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre y acabó con todos.” (Luc 17, 28). En otras palabras: Los hombres estarán metidos en sus afanes, harán matrimonios gays, la usura bancaria seguirá cobrando intereses, los filósofos seguirán publicando papers de filosofía analítica hasta que un día nos lloverá azufre a todos y será el fin.

 

El anti-apocalíptico contrataca: -“Los primeros cristianos creían que venía la segunda venida pronto.” – “Durante el año mil se pensó que era el fin del mundo”. “Muchos pensaban que Napoleón o Hitler eran el anticristo”. Es verdad. Pasó Nerón, pasó el año mil, pasaron Napoleón, Hitler y Stalin, y el mundo sigue en pie.   El apocalíptico sabe que los predecesores apocalípticos estaban en cierto modo equivocados, pero los siente sus hermanos, porque se han tomado en serio el “vengo pronto” del Apocalipsis.

 

La victoria del pensamiento apocalíptico por sobre el pensamiento circular  se verifica en la calidad dramática y existencial del primero por sobre el segundo.   Mientras el no apocalíptico”compra y vende, siembra y edifica”, el apocalíptico se estremece al pensar que la historia es un gran batalla entre Dios y satán, y siente a la vez gozo, porque sabe que es una batalla ya ganada.

 

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La degradación de la presencia y el aburrimiento

José Antonio Giménez

En la micro y en el metro, en un bar y en el living de una casa, en todas partes, estamos conectados – y desconectados – a través de plataformEdward-Hopper-metroas electrónicas. No quiero hacer un discurso anti-tecnología ni nada por el estilo, sino tan solo reflexionar sobre algunas cosas que nos podemos perder por querer ser tan modernos.

Era el único que no miraba mi teléfono en mi vagón del metro. Por curiosidad y aburrimiento comencé a pasar y detener la vista en las pantallas telefónicas y tablets. Uno que otro estudiaba para una prueba, un señor leía un libro de coaching ontológico en su Kindle, el resto escribía mensajes en Whatsapp o revisaba su Facebook. Una estudiante se había sacado un 6,7 en un examen, se lo contó a una amiga, copió el mensaje y comenzó a enviárselo a otros contactos. Tal vez cada uno de los receptores del mensaje estaba sumamente preocupado por el resultado del examen: tal vez no. Otro hablaba con su enamorada y llenó tres líneas con íconos de corazones. Una joven me descubrió en mi indiscreción e intenté encubrirme transformando la mirada concentrada en una mirada fija. Luego, girando lentamente la cabeza hacia otro punto, me sentí del todo libre de la mirada acusatoria de la joven. Sin poder controlarme, aburrido, vuelvo a mirar, esta vez a la misma joven que me había llamado la atención. Ésta volvía a tomar su Iphone y revisaba si le habían contestado sus mensajes, pero al parecer no obtenía respuesta. Volvía a guardar su teléfono, volvía otra vez a mirar. Me dio pena su preocupación, su imposibilidad de dejar de hacer lo uno o lo otro: guardar su teléfono o volver a mirarlo.

No es que me sienta orgulloso de mi comportamiento voyeurista. Lo que me interesa mostrar es que mientras yo los miraba a ellos, ellos no se importunaban por mí. El voyeurismo es, en cierto sentido, un tipo de interés por el otro. Aunque sea utilitario o con fines estéticos. Es cierto, es muy difícil conocer a alguien en el metro, pero cualquier persona con un mínimo de espíritu de aventura está abierta a la posibilidad de entablar conversación con desconocidos. La presencia y la cercanía física generan un tipo de confianza. Los “conectados” están sin embargo más allá de esta posibilidad, porque mental y táctilmente intentan hacer presente tan sólo a los ausentes.

No quiero ser alarmista, pero no es atrevido pensar que la realidad de los compañeros de metro se degrada, en la medida en que crece la conexión con lo ausente. El desconocido deja de ser “extraño” – y, en ese sentido, una dificultad y un desafío – y comienza a ser un fantasma, un ser de un universo paralelo. Él tendrá sus propias conexiones, sus propios amigos ausentes: él tampoco me mira. Y es verdad, sólo yo, por unos momentos, los miro. Pero basta con que alguien me mire – como la matrimonio-con-movilesjoven que espera respuestas – para que deje de mirar. Yo tampoco los estoy tomando tan en serio.

La conexión con lo ausente te impide poner atención en lo presente. Y eso degrada lo presente, es decir, aquello con lo que me enfrento cuando actualmente estoy siendo. No sólo no pongo atención en los desconocidos, tampoco puedo estar concentrado del todo cuando estoy con los que ya conozco. Porque la posibilidad de estar constantemente con lo ausente degrada inexorablemente lo presente. No digo que esto le pase a todos y en igual grado, pero creo que no exagero si señalo el peligro y si reconozco que estas fuerzas están operando en las relaciones postmodernas.

La degradación de lo presente no sólo tiene que ver con personas, aunque sean sólo las personas las que acusen el golpe de la falta de atención. Tampoco la ciudad ni la naturaleza ni los objetos cotidianos pueden ser vistos cuando la atención está en lo ausente. Louis C. K. cuenta en un stand up que en la obra musical de fin de año de sus hijas todos los padres hacían un video. Ninguno vio sin mediación – en la resolución de la realidad, mejor que High Definition, recordaba Louis – la obra de los niños. Aunque en este caso ninguno estaba escribiendo mensajes, la desconcentración también tenía que ver con “lo ausente”: la posibilidad de que los que no estaban presentes vieran el video (lo que no significa de ninguna manera que algún otro efectivamente verá esa grabación). Lo mismo vale para los museos, las catedrales, las obras de arte. Recuerdo haber visitado el museo Van Gogh de Amsterdam sin poder detenerme más de unos segundos frente a cada cuadro: me esperaba irritado un aluvión de turistas que esperaban alcanzar el ángulo perfecto para hacer la foto.

El entorno se vuelve fantasmal, toda la atención está volcada al control digital. El solipsismo de las plataformas electrónicas – que primero encerraban al adolescente en su habitación, luego permitieron al ejecutivo trabajar más allá de las fronteras de su oficina y finalmente se han tomado micros, metros y calles (incluso cines, salas de conferencias y aulas de clases) – tiene el peligro de destruir el “aburrimiento”. La posibilidad de la comunicación continua – incluso cuando se envían preguntas y no llegan las respuestas – hace imposible el aburrimiento. En una cita, en un encuentro entre amigos, en una cena familiar, tengo siempre la posibilidad de escapar al aburrimiento. Se puede con bastante exactitud medir lo entretenido que uno es según cuanto demoran los demás en mirar sus mensajes de texto. Ya no hay aburrimiento, porque siempre hay escapatoria. Y cuando se pierde la tolerancia al aburrimiento, o bien evolucionamos a un nivel superior de “ser entretenido” – que pueda competir con el complejo de textos e imágenes de los ausentes – o bien tendremos también que escapar con nuestras pantallas telefónicas de la terrible culpa de estar aburriendo a otro.

09af422e47cc5b475d7252c195a098c3_LEl aburrimiento tiene, sin embargo, una función fundamental en la vida humana. Por lo pronto, cuando nos aburrimos vivimos el tiempo de un modo muy particular. En “Los conceptos fundamentales de Metafísica” (Grundbegriffe der Metaphysik) Heidegger dedica toda la primera parte al análisis del aburrimiento. En alemán “aburrimiento” (Langeweile) significa “momento largo, distendido”. Sin entrar en la complicada descripción fenomenológica de Heidegger, tomo de su análisis la “oportunidad” que abre la experiencia de aburrirse. Cuando nos aburrimos sentimos el paso del tiempo de manera más intensa y queremos por eso mismo desembarazarnos del tiempo, “moverlo hacia delante”. Aun así, sin estarlo buscando, el aburrimiento produce un estado de ánimo que posibilita el despertar de preguntas metafísicas.

No pretendo que la falta de aburrimiento en la sociedad haya destruido la metafísica. Sólo quiero apuntar que, si no te aburres, ciertas cosas no pasarán. Cosas interesantes, seguramente más interesantes que las opiniones inteligentes del twittero de moda. Pienso, por ejemplo, en el cuento de Cortázar “Manuscrito hallado en un bolsillo”. El juego de subirse al metro y buscar otras miradas con la esperanza de encontrar correspondencia, es, con todo, un producto del aburrimiento. Muchas conversaciones, a veces las mejores, nacen tras haber vencido el aburrimiento. Pero vencer el aburrimiento no es escapar de él, sino vivirlo. Muchos pensamientos, muchas ideas y fantasías necesitan del aburrimiento para despertar. Sólo los que se aburren activan el mecanismo del pensar; sólo de los que se han puesto a pensar puede decirse que ya no se aburren más.

edward_hooperEste mundo funciona por sus propias reglas, no tengo intención de cambiarlas. Pero aunque los “movimientos” del mundo sean más fuertes que nosotros, la realidad siempre estará ahí. La realidad no puede ser reconducida por una pantalla, no puede ser limitada por un diseño. Todo eso lo sabe el tecnólogo. La realidad organizada por un teléfono inteligente nos puede parecer más accesible y más excitante que la realidad bruta y caótica en la que vivimos. La realidad, sin embargo, la real realidad, siempre estará ahí para aquellos que quieran ir a recogerla en su modo de donarse sin mediaciones.

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La sal de cada día

sal

por P.D.

Me he dado cuenta últimamente que ha aparecido un enemigo en las mentes de muchas personas: la sal. La sal es pésima para la salud; en Chile comemos demasiada sal; hay que cocinar sin sal porque vamos al desfiladero.

¿Hace cuánto que la sal comenzó a ser un enemigo de la salud y de la moral? ¿Desde que a un ministro se le ocurrió obligar mediante la ley el sacar saleros de restoranes y fuentes de soda?

El miedo a la sal es el miedo a la muerte. Si comemos mucha sal, nuestra salud empeorará, y si nuestra salud empeora, moriremos. No quiero reírme de la muerte ni despreciarla. Todos le tenemos miedo a la muerte. Pero “sublimar” nuestro miedo a la muerte mediante el miedo a la sal me parece, además de poco imaginativo, deprimente. ¿Qué logramos no comiendo sal? ¿No morir? ¿Muchos años más de próspera vida terrena, pero sin sazonar carnes y pescados, sin quesos y jamones? ¿Ese es nuestro último recurso ante el miedo a la muerte? ¿Dejar la sal, el cigarrillo, mantener la línea, hacer mucho deporte, y ser un pobre diablo preocupado todo el día de la salud?

Es espantoso ver con cuánta facilidad la palabra “malo” en sentido físico se las arregla para significar “malo” en sentido moral. La sal es mala, el cigarro es malo, la mayonesa es mala. Entonces, parece que al consumir estas cosas nos estamos haciendo malos, perversos. Muchas madres fuman a escondidas de sus hijos, como si sus hijos fueran sus padres severos y ellas tuviesen 15 años. “No quiero que me vean hacer esto” dicen.

¿Desde cuándo prender un cigarrillo se ha transformado en un acto vergonzoso? ¿Por qué saborear el humo del tabaco es una cosa no apta para que la vean los niños? Demás está decir que las películas de Disney no pueden incluir tabaco en sus personajes. Pobre Cruela de Vil…

Quizá no está lejos el día en que tendremos que avergonzarnos ante nuestros hijos de echarle sal a un pedazo de carne en la parrilla. Para qué decir el “pollo a la sal”. Quizá habrá locales clandestinos en donde se venda sal y los saleros sean equivalente a pipas para fumar opio. Hace poco supe de unas profesoras que le llamaron la atención a un apoderado por haberle mandado como colación unas galletas “Selz” a su hijo. ¿Qué monstruos estamos criando? ¿Niños que encuentran inmoral comer chocolates, berlines y “nachos”? Cuando sean adultos, ¿sentirán remordimiento por comer como la gente? ¿O se transformarán en profetas de una eterna cuaresma materialista, la terrible ascesis del apio?

“Somos un país de obesos” se nos dice. “Es un tema de salud pública”. Estoy de acuerdo. Chile es un país de guatones. Pero la manía contra la sal es una moda muy de clase alta, de gente delgada. Es una manía importada, al igual que la furia contra el cigarrillo; o el fanatismo por el “emprendimiento”.

Conclusión apurada: Poco a poco nos vamos dando cuenta de que cuando el estado se hace cargo de nuestro bienestar, le damos el derecho a meter las narices, como una madre aprensiva, en nuestros hábitos culinarios más triviales.

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La triste historia. A propósito de la crisis de Ucrania

P.D.Bruegel muerte

“En este desastre de mortalidad, ¿quién podría contar las desgracias que abundan en la sociedad humana, quién podría siquiera estimar su número? … Si una casa, refugio común del género humano en estas desgracias, no se halla segura, ¿cómo lo estará una ciudad, si siendo mucho mayor, más lleno aún está su foro de litigios civiles y criminales? Aunque  la ciudad goce momentáneamente de la paz y se halla libre de sediciones no sólo turbulentas, sino que muchas veces de sediciones sangrientas y guerras civiles, jamás las ciudades están siempre libres de tales peligros” (San Agustín, De civitate dei 19, 5).

 

“Cuando contemplamos este espectáculo de pasiones y consideramos las consecuencias de su violencia…en la historia, el mal, la maldad, el perecimiento de prósperos imperios, que el alma humana ha producido…sólo podemos terminar este espectáculo del pasado (perecimientos que no sólo son obra de la naturaleza, sino del espíritu humano) con pesar e indignación…” (Hegel, Lecciones sobre la filosofía de la historia, Ed. Lasson p.57)

 

San Agustín y Hegel, dos observadores penetrantes de la historia desde ópticas distintas (y contrapuestas) coinciden en que la historia humana es, lamentablemente, una serie sin pausa de guerras, sufrimiento y caos. Quizá vale la pena recordar esta triste verdad durante el presente año 2014, cuando se cumple un siglo del comienzo de aquella guerra que sepultó brutalmente la creencia de que el civilizado occidente había, definitivamente, dejado la barbarie atrás para siempre. A una parte importante de la élite europea la Gran Guerra la tomó por sorpresa. ¿No estábamos avanzando sin parar hacia la “paz perpetua”? Y el siglo XX volvió con más barbarie y guerra que nunca.

 

“Si usted pudiera investigar todas fuentes históricas, ¿qué encontraría? Nada más que una verdad… la verdad de que en todas las épocas y en todas partes ha reinado la miseria….Así es, así fue, y así será. Es el destino del hombre.”(Goethe). Una frase dura, qué duda cabe. Pero conviene rumiarla y tenerla presente, porque si la historia y la experiencia algo enseñan, es que el hombre se ha venido matando desde Caín y Abel. A veces se vuelven a escuchar en Europa voces que aseguran que los horrores y las guerras del siglo XX son cosa del pasado, y que una en una sociedad abierta y democrática eso ya no debería pasar. La “primavera árabe”, recibida no sin ingenuidad por la opinión pública occidental como una “democratización” u “occidentalización” ha derivado en guerras civiles, masacres y caos. ¿Y quién puede asegurar que no estamos incubando otro sistema totalitario u otro engendro parecido? Muchos alemanes, por ejemplo, creen que mientras haya menos neo-nazis la sociedad está fuera de peligro, como si el nazismo fuese la única posibilidad del horror. Y es que, como nota Kundera, en una época sin certezas, al europeo sólo le quedó Hitler como brújula absoluta de bien y el mal.

 

No deja de ser llamativo que a 100 años de la primera guerra mundial, justo cuando los europeos inauguran congresos académicos, abren muestras en museos e imprimen libros y revistas para rememorar y explicar el horror, aparece por Europa el fantasma de una tercera guerra mundial. La crisis en Ucrania (que ya ha costado muchos muertos) nos recuerda que las relaciones de los “aliados” con el gigante ruso son extremadamente tensas y que no se puede esperar mucho ni de Putin (personaje siniestro y enigmático para occidente) ni de los “aliados” (ocupados en espionajes mutuos y sin ganas de superar su propia hipocresía).

Si estalla una guerra en Ucrania o no, nadie lo sabe. No tiene sentido profetizar catástrofes, porque el hombre no opera según leyes pre-establecidas y es capaz tanto del mal como del bien. Pero así como no tiene sentido profetizar catástrofes, tampoco tiene sentido profetizar paz y prosperidad. Pero si algo se aprende de los anales de la historia, es que el caos social está a la vuelta de la esquina, y que dormirse en los laureles de la “paz perpetua” es el primer paso para avanzar al precipicio.

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Meditaciones sueltas sobre el 12 de Octubre, día de la raza.

P.D.colon

1.“¿Día de la Raza? ¿Día de la hispanidad?” –preguntará algún hispanoamericano extrañado. No señor, acá no celebramos sino el multicultural “día del respeto a la diversidad cultural” (Argentina) o el amistoso “día del Encuentro de dos mundos” (Chile) o mejor aún, el aguerrido  “día de la resistencia indígena” (Venezuela). ¿Qué pasó con Hispanoamérica, por qué tanto revisionismo anti-hispánico? ¿Ya no nos es lícito celebrar el hecho de que Colón haya descubierto América? -“La palabra ‘descubrir’ presupone ya un punto de vista eurocéntrico’, amigo” nos recuerdan los ideólogos revisionistas, no sin razón. De acuerdo. Entonces celebremos que los americanos descubrieron a los españoles, ¿le parece? El eurocentrismo vuelve de nuevo a la carga, porque ‘lo americano’ es un invento hispano. No hay América como concepto sin España. Los aborígenes de este largo continente jamás se entendieron a sí mismos como parte de un todo étnico-cultural. De hecho, los araucanos eran, antes de la llegada de Valdivia, anti-incas. El anti-hispanismo es un producto también muy europeo, sin la lucidez de reconocerlo.

2. “Es preciso ir a España. Es indispensable, no una sola vez, sino varias, estar en Madrid, en Burgos, en Segovia, viajar de Toledo a Sevilla, de Sevilla a Córdoba…para pronunciar esos nombres magníficos: Guadarrama, Guadalquivir. Sólo eso nos permitirá escapar de la Torre de Babel de los dialectos, salir de la prisión de los lunfardos. Sólo así nos podremos dar el lujo verdaderamente imperial de pasar de un mundo a otro, de uno a otro hemisferio…y en los climas y latitudes más diferentes, entender y darnos a entender en el mismo idioma”. Esto escribía Alone hace más de 50 años. Creo que la situación se ha tornado más dramática, al menos en Chile. Si los famosos estudios siguen confirmado lo que el sentido común percibe sin su necesidad, esto es, que la mayoría de nuestros compatriotas no entienden lo que leen, esto se debe a un paupérrimo uso del lenguaje. Este maltrato a la lengua tendrá como consecuencia que un chileno en algunos años más no logre entenderse con un sevillano o con un bogoteño. El exceso de muletillas y groserías y la escasez de léxico han destruido tanto nuestra lengua, que hoy es cada día más raro encontrar a un universitario que pueda escribir y hablar un buen castellano. Es preciso, como dice Alone, ir a España…es decir, que en nuestros colegios se empiece a leer en serio a los escritores que fundaron la lengua que hablamos.

3. Es realmente triste  que entre los españoles exista racismo contra los hispanoamericanos. Muchos ecuatorianos o peruanos que conocí en Madrid se quejaron amargamente de que nunca faltaba el insulto o el desprecio de parte de muchos españoles, que ven en ellos a una amenaza o que consideran los rasgos indígenas como algo digno de mofa u odio. El racismo anti-hispanoamericano es, sin embargo, una actitud muy poco española. Los españoles que conquistaron, guerrearon y poblaron el continente americano veían al indígena como un igual al que había que vencer, doblegar, evangelizar e hispanizar. Sin esa premisa no se explica el hecho de que los españoles hayan buscado, como algo naturalísimo, a las mujeres de las élites indígenas para casarse con ellas o que sus poetas hayan visto en el indio a un héroe épico  (“La Araucana”). Hasta Diarmaid MacCulloch, historiador no precisamente pro-hispano, lo reconoce sin embagues: “Los españoles estaban muy dispuestos a establecer alianzas matrimoniales con miembros de las elites locales, en un contraste notable con los colonizadores protestantes ingleses en América del norte. Quizá los españoles sencillamente estaban más seguros de su propia cultura que los ingleses de la era Tudor  o Estuardo, que eran productos de una de las monarquías más marginales y de segundo rango de Europa…”

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