Chilenos en Disney parte 1

La otra vez me junté con mi amigo E. a tomar un café en Providencia. E, auto-declarado noventólogo, quería escuchar mi opinión sobre un tema nuevo en sus investigaciones. Para los que no lo saben, la noventología es una disciplina creada por mi amigo cuyo objeto de estudio es la década de los noventa, sobre todo en sus manifestaciones más triviales (televisión, vida diaria, habla juvenil, ideas ambientales, etcétera). El tema de reflexión era la ida de rigor a Disney World (Orlando,  País de las Oportunidades) por la familia chilena de clase alta en los 90s). Según E., el viaje a Disney con los hijos se había transformado a partir de esa década en un rito iniciático del chileno de clase alta (y media aspiracional) y quería averiguar sus orígenes psicológicos, estéticos y metafísicos.

 

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mundus beatitudinis summae

Me da pena que E. gaste su inteligencia en este tipo de temas.- “¿Por qué no te dedicas a otra cosa más provechosa, como el griego o la demonología? ¿A quién le importa lo que haga un grupo insignificante de personas en un país perdido? –le espeté.  “Tu punto de vista absoluto y despectivo de la realidad chilena me parece falso”– retruca E. – “Como chilenos debería interesarnos esta realidad de carne y hueso: los terremotos, la muerte de Camiroaga y la carne mechada. Los chilenos que van a Disney serán un grupo insignificante en la Historia Universal, pero a nosotros, que vivimos al margen de esa historia, nos debería intrigar. Puede dar, además, para un psicoanálisis de alto calibre.”

 

Le expliqué a E. mi sencilla teoría. La gente va a Disney por falta de gusto y exceso de plata, o por ignorancia, o por ninguna razón en particular. Mi tesis simplona y vaga le parece a E. sólo un punto de partida general. “Hay mucho más que eso” – señala malicioso. “¿Porqué diablos llevar a tus hijos a un lugar horrible, plástico, lejano, húmedo, lleno de guatones y juegos endemoniados”?

 

Intento imaginarme el cuadro. Nunca fui a Disney, crecí impoluto de ese infra-mundo, de esa utopía a 100 dólares de ratones que hablan, aladinos y personajes de los hermanos Grimm en versión Miami. Pero el mérito no es mío. Nunca me llevaron. Si me lo hubieran propuesto, obviamente habría aceptado gustoso a los 8 años. ¿En  teología, cómo se llama esa gracia que preserva al hombre antes incluso de ser tentado? San Agustín habla de ella en las Confesiones.  Esa gracia me salvó de Disney, le confieso a E.

 

-“Pero no teologices la cuestión; el viaje a Disney es, antes que eso, obviamente, un síntoma de la ordinariez de la élite, de su ignorancia, su mal gusto, su falta de mundo e imaginación” pontifica E.  Contraataco: “Qué original tu tesis… ¿Se la copiaste a Warnken?” E. ríe y reconoce que siente nostalgia por la élite del XIX, el cerro Santa Lucía y la Biblioteca Nacional, y que según mi amigo, desapareció en los 70. “Es cosa de comparar la comuna de Providencia con la Dehesa”.

 

Quizá la gente va por nihilismo, odio al ser, evasión, o simplemente porque es entretenido y el resto lo hace, qué sé yo…¿Quién en su sano juicio preferiría Disney a El Cuzco, a Frutillar o a Buenos Aires? Eso es lo difícil de explicar el error: es inexplicable. E. declara: “Otra cosa ir a Disney es algo para los niños. Es la infantilización mental del adulto. El yuppie que se ve bien vestido, encorbatado, solemne, no tiene 38 años, sino 8. Él dice que quiere ir por sus hijos, pero lo hace por él. Conclusión número uno: el papá Disney es mentalmente infantil” – “¿Y qué se sigue de eso?” le pregunto. -“Se sigue que el adulto de la élite no ha dejado de ser un niño, y tú sabes cómo son los niños: crueles entre ellos, animales de presa, destructores…”

 

continuará…

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El paseo repentino

(Franz Kafka, Der plötzliche Spaziergang, 1912)

 

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Praga de noche

Cuando uno parece haberse decidido definitivamente a quedarse la noche en casa, se ha puesto la bata, y luego de haber cenado se sienta en la mesa iluminada a hacer este trabajo o jugar este juego, luego del cual uno habitualmente se va a dormir; cuando afuera hace mal tiempo, y por lo tanto es obvio que uno se va a quedar en casa, cuando además uno ha estado tanto rato sentado que marcharse generaría una sorpresa general, cuando la escalera se halla a oscuras y la puerta de la casa ya está cerrada, y pese a todo esto uno se levanta entonces con un malestar repentino, se saca la bata, aparece de inmediato vestido para salir a la calle, explica que debe salir, lo hace luego de una corta despedida, y dependiendo de cuán fuerte dio el portazo para salir, cree haber dejado más o menos enojados a los de adentro; cuando se halla uno en la calle, con miembros que responden con una especial agilidad a la inesperada libertad que se les ha concedido, cuando uno siente haber reunido toda su fuerza de decisión mediante esa única decisión, cuando uno reconoce con más claridad que lo acostumbrado el hecho de que uno tiene más fuerza que necesidad de hacer y sufrir el cambio más rápido, y así se lanza uno a caminar por las largas calles, — entonces esta noche uno ha retirado completamente de su familia, cuyo ser se deshace, mientras uno mismo, totalmente firme, negro de contorno, espoleándose por detrás, logra su verdadera forma. Todo esto se intensifica, si uno a estas altas horas de la noche va a visitar a un amigo, para ver cómo le va.

 

(Traducción P.D.)

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El rechazo

Franz Kafka, 1908.
KAFKA

 

Si me encuentro con una linda muchacha y le pido: “sé buena, ven conmigo” y ella se aleja sin decir palabra, quiere decir lo siguiente:

-“No eres un duque con nombre rimbombante, ni un norteamericano grandote con pinta de piel roja, de pacíficos ojos horizontales, de piel amasada por el aire de los pastizales y de los ríos que lo cruzan; no has viajado a los grandes lagos – que se encuentran no sé dónde-ni navegado en ellos. Entonces por favor: ¿por qué debería yo, una muchacha linda, ir contigo?”

-“Te olvidas de que ningún automóvil te lleva a trancos, bamboleándose a través de la calle; no veo a los caballeros de tu séquito apretados en sus vestidos yendo detrás tuyo en perfecto semicírculo murmurando elogios por ti; tus pechos están bien ocultos bajo tu corsé, pero tus muslos y caderas contradicen esa abstinencia; llevas puesto un vestido plisado de tafetán, tal como a todos nos hizo gracia el otoño pasado, y aún así, vestida como un peligro público, sonríes de cuando en cuando”.

-“Sí, ambos tenemos razón, y para no hacernos conscientes de esta verdad indiscutible, mejor que cada uno se marche a su casa, ¿cierto?”

 

Traducción P.D.

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A propósito de Trump

vox populi...plurimum vox stultitiae

vox populi…plurimum vox stultitiae

P.D.

 

Escribir sobre Donald Trump es fácil. Opinar sobre él, ¿qué gracia tiene? Es evidentemente un tipo extremadamente desagradable, molesto a la vista, repugnante como un payaso chillón.  Ya pasó la época de los aspavientos periodísticos por su victoria y su nominación como candidato a la presidencia de Estados Unidos. Ahora queda tragarse el polvo, apretar los dientes y esperar que el decurso de la historia siga adelante. No sin antes reflexionar, con la parsimonia de quien espera la tormenta sentado en un muelle (es decir: sin caer en la tentación de pensar que toda reflexión política es de suyo un llamado a actuar  –también existe el llamado a padecer) sobre el sistema que hace posible la asunción al poder de Trump, Maduro, Señora K y la serie de tiranillos omnipresentes (gracias a la televisión ya no es posible escapar de los mandatarios): la democracia.

 

Me llama la atención toda alusión irónica o desencantada sobre la democracia (no digamos la crítica descarnada) sea interpretada automáticamente como un guiño al totalitarismo o a un estado militarizado. Justamente al contrario: los tiranos belicistas del siglo XX (habrá que nombrar a Hitler, a riesgo de ser poco original) no sólo se llenaron la boca con la palabra “democracia”, sino que llegaron al poder de forma democrática. La democracia permite que energúmenos lleguen al poder, porque su principio sacrosanto es que el destino de las naciones las elige el 50%+1 de la población (o lo que es peor, el número de inscritos o votantes de facto).  Si mañana a la mayoría de los estadounidenses se les ocurre votar por Trump, entonces ¡plaf! tenemos a un idiota en el poder. Nadie puede asegurar que para la próxima elección un tipo como Trump no salga electo en ninguna parte del mundo. La democracia actual tiende a ser absolutamente creadora: el voto de la mayoría puede abolir la existencia del pan o afirmar que 2 + 2 son 5. Vox populi, vox Dei (Dios como voluntad pura, más allá de toda razón, como lo querían algunos teólogos medievales)

 

–“No hay sistemas perfectos” – “en todos los sistemas también puede pasar lo mismo”. Concedámoslo. ¿En qué se basa la constatación sensata de que no hay “sistemas” que hagan bueno al hombre? Habrá que reconocer que el hombre está hecho de madera torcida, y meditar de allí algunas conclusiones. La primera es: si el hombre no es bueno por naturaleza, no necesariamente elegirá su propio bien; por el contrario, podría elegir su propio mal y hasta su propia aniquilación. Baudelaire: “Todas las herejías a las que me refería hace un momento no son, después de todo, más que la consecuencia de la gran herejía moderna, de la doctrina artificial, que suplanta a la doctrina natural – quiero decir la supresión de la idea del pecado original. … la naturaleza entera participa del pecado original” (Correspondance, Oeuvres, t I., pp. 336-337).

 

¿Qué tipo de gobierno entonces será el más adecuado para lidiar con la realidad de que el hombre es un “embutido de ángel y bestia”? Aquel que reconozca este hecho como indiscutible, y que por ende prohíba que la mayoría decida abolirlo. El poder de la democracia se tornaría automáticamente limitado, y podríamos sentarnos a pensar en paz sobre las consecuencias antropológicas de la “doctrina natural” baudeleriana. Quedaríamos inmunes ante las intentonas conceptualmente golpistas de las masas vociferantes azuzadas por el ventrílocuo de turno o por la la secta de iluminados gnósticos. Tendríamos una democracia escéptica de sí misma justamente por su lucidez con respecto a la naturaleza humana. Desde este escepticismo basado en la lucidez podríamos dejar de dogmatizar sobre “la voz del pueblo” y evitarnos sin mala conciencia, quizás, la desagradable sensación de la aparición de bufones como Trump.

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Deseo de ser indio – Franz Kafka

Deseo de ser indio

Franz Kafka

Si uno fuera un indio, siempre listo, montado sobre un caballo galopante, inclinado sobre el viento, en constante meneo sobre el suelo tembloroso, hasta soltar las espuelas, pues no había espuelas antes de tirar las riendas, pues no había riendas, y no vió la tierra ante sí como un brezal segado al rase, y no quedaba del caballo ni su cuello ni su cabeza.

(traducción P.D.)Indian-War-Bonnet

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Lecturas veraniegas: Sobre El nombre de la Rosa de U. Eco

p.d.

Hay autores consagrados que sólo han sido capaces de regalarme un sólo libro; hay otros, en cambio, que me han movido a explorarlos, a escudriñar su producción literaria, a buscar sus codiciadas “obras completas” en librerías. Entre los primeros están, por ejemplo, García Márquez, Donoso y Rulfo. Leer una gran obra de cada uno me ha ha bastado, me ha satisfecho, pero a la vez me ha puesto un límite, una sensación de saciedad que me sopla al oído un “no más”. Cien Años de Soledad puede ser un descubrimiento en dos sentidos: podemos, como hispanoamericanos, sentirnos en casa con el boom, caer en la cuenta de que vivimos en Macondo, o bien podemos descubrir que Macondo queda muy lejos y que visitarlo por segunda vez sería demasiado tedioso.
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El mismo dejo de saciedad me ha embargado tras la lectura de El nombre de la Rosa (1980) de Umberto Eco, recientemente fallecido. Cierro la la última página de este libro y relee con asombro que se trató de un “best-seller”. Seguramente los críticos se han preguntado cómo diantres una novela no llena, sino plagada de alusiones eruditas a la teología y filosofía del medioevo (inaccesibles al gran público) llegó a ser un éxito de ventas. Creo que el mérito de Eco en este respecto es innegable: su pluma es entretenida, ágil. El lector promedio, que no tiene porqué conocer la tradición agustiniana, las escuelas de lógica o manejar las luchas intestinas dentro de la orden franciscana, puede sostener una lectura gratificante, aunque fragmentaria. La historia de una serie de crímenes en una abadía medieval, investigada por un monje llamado William of Baskerville (la alusión a S. Holmes salta a la vista) atrapa al lector. Hay personajes divertidos, disputationes ingeniosas, intriga política y vueltas de tuerca. Hasta ahí todo bien.

El problema, la causa de la saciedad, está en que toda la admirable erudición para construir a William of Baskerville termina en un personaje inverosímil, anacrónico, reflejo ideológico quizá del mismo Eco. Baskerville se viste como monje del siglo XIV pero piensa como si fuese un engendro hipermoderno, ajeno y superior al mundo medieval en el cual se supone que vive. Queda claro que las simpatías del medievalista Eco van por el nominalismo-empirismo de Ockham (una tradición, digámoslo, antipática); pero el problema no está tanto allí como en la constante intención moralizante de Baskerville, su superioridad moral no disimulada, su secular santidad. La novela de Eco se mantiene por su trama y sus aliños eruditos, pero flaquea por su intención de ser más que un juego y convertirse en una moraleja ética-política del mundo moderno.

La páginas finales del Nombre de la Rosa se leen con cierto alivio. Agradecemos a Eco sus momentos de genuina entretención, su prosa amena, sus alusiones culturales veladas y abiertas. Pero no ha pasado la prueba. Ha satisfecho mi apetito, pero dejándome un sabor en la boca que es menester cambiar. Habrá que buscar o releer, entonces, aquellos autores que sean como un manantial y que nos hagan subir hasta la fuente, cada vez más alto.

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Sobre el arte de conversar 2

p.d.

Mi amigo E.J. se sentó en la cómoda silla que le ofrecía el café Manon, al costado del puente Castaño, desde donde nuestro Mapocho muestra su mejor cara. Con el nerviosismo que ameritaba la ocasión prendió torpemente un cigarrillo y esperó la llegada de B.,  a quien esa tarde iba a declarar su amor, aunque el resultado fuese catastrófico. Había que hacerlo de uno u otro modo; la dilatación de este salto mortal  lo estaba carcomiendo por dentro, y necesitaba “quitarse del pecho, esto que le va oprimiendo” como cantan nuestros Ángeles Negros. B. llegó preciosa como siempre: atrasada, sonriente, y dilapidando tanta belleza que a E.J. le llegaba a doler. Después de conversar unos minutos sobre cosas irrelevantes, E.J. se hizo de ánimos, carraspeó, prendió un segundo cigarro y dijo: “B., te quiero decir algo muy importante” –“Dime”, contestó B. poniendo una cara maliciosa.– “Te quiero decir que…” En ese acto, el celular de B. chilló con un pitido ensordecedor. Las palabras de mi amigo se perdieron en el mar agudo del desagradable sonido. “–Dame un segundo, tengo que constestar esto, es una amiga” sentenció B., alejándose rápidamente de la escena.
B. tardó varios minutos, minutos eternos en volver a la mesa. Sin siquiera disculparse (¿se disculpan las ninfas?) miró fijamente a los ojos de E.J. y le dijo: -“¿Me estabas diciendo algo, no?” Mi amigo soltó una carcajada y repuso: “Se me olvidó lo que te iba a decir…probablemente nada importante”.

***

El celular prendido de B., esa costumbre  de estar tele-disponible para cualquiera a cada hora del día desencadenaron  en la cabeza de mi amigo un torrente de reflexiones amargas acerca de la fugacidad de la vida y la vanidad del mundo. En cuestión de minutos lo embargó el desengaño y la persona de B. le pareció leve, inexistente. De modo misterioso, su enamoramiento angustioso se trocó en una  sentimiento vago e indoloro de aburrimiento. Imaginó  la cara de B. sin dientes y con gusanos saliendo de la cuenca de sus ojos, y lo acometió un ataque de risa, que contuvo tosiendo. “Se me olvidó lo que te iba a decir… probablemente nada importante…” El celular de B. truena nuevamente. “–¿Nada importante? Entonces déjame contestar esta llamada, dame un minuto” replica B. “¡Tómate todo el tiempo que quieras!” – repone E.J., desviando la mirada hacia el torrente escaso del Mapocho.

 

***

“¿Sabes lo que más me molesta de todo esto?” -me confidenció E.J., mientras conversábamos unas semanas después del hecho, -“el que ahora no se puede estar con una persona; tienes que competir con miles de personas que pugnan potencialmente cada segundo por irrumpir y destruir toda conversación”. -“¡Claro, viejo! – le dije yo “¡los celulares son una mierda! Tengo una teoría al respecto…” En ese instante suena el celular de E.J. -“¿Quién es?” le pregunto. “Es B.”, me dice, poniéndose de pie, y buscando rápidamente un rincón para hablar en voz baja.

Y se alejó, y no lo volví a ver nunca más.

 

 

 

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