Las alas del deseo

p.d.

 

Hace algunos años me percaté que varios autos tenían pegados un adhesivo indescifrable en la maleta. A primera vista, no parecía un logo de una marca o algún símbolo político. Sus formas sinuosas y un punto en lo alto me hicieron pensar, en mi ignorancia, en algún vocablo árabe. No fue hasta poco tiempo en que reparé que ese signo era el om, la sílaba sagrada del hinduismo y del budismo. En Santiago de Chile, lejana provincia de la cultura hispana, abundan los 4×4 o los autos deportivos que lucen una identidad budista difícil de comprender.

 

Quizá la primera reacción del intelectual sea el desprecio de estas muestras espurias de religiosidad. Después de todo, el budismo y el hinduismo no son religiones de merchandising, de logotipos, calcomanías y tazones (¿habrá alguna verdadera religión que lo sea?). Más aún: estas sabidurías milenarias que nos invitan a alejarnos de los bienes pasajeros y aspirar a una iluminación alejada del mundo difícilmente pueden ser reconciliables con el estilo de vida consumista, ajetreado y superficial que sugiere el rugir de un motor de un auto deportivo a toda velocidad.

 

Pero el fenómeno sigue sin explicarse completamente si apelamos sólo a la frivolidad.  ¿Por qué se pegan adhesivos de om? ¿Por qué se compran Budas de utilería para decorar (o afear) un vestíbulo o un living de una casa? Quizá la gente que lo hace no ha leído el Dhamapada ni los textos védicos, pero eso no es lo relevante del caso. Lo importante, a mi juicio, es que ese Buda reemplazó un crucifijo o un cuadro de la Virgen. La sílaba om que cuelga en el pecho de algunos fue no hasta hace poco un escapulario o una cruz metálica.

 

“Cuando se deja de creer en Dios, en seguida se cree en cualquier cosa” (Chesterton). Cierto, pero se sigue creyendo. El que consume yoga y compra adhesivos de om, prende velitas y saluda al sol, el pseudo-budista, probablemente no tiene idea de lo que es el budismo (quizá hasta enojaría al budista auténtico), pero sí está perfectamente consciente de que algo le atrae del budismo. Y me temo que ese algo no es reductible a pura frivolidad o a sincretismo de mercado.  Si la naturaleza humana existe, y si todo hombre quiere ser feliz, como señalaban los sabios griegos, entonces ahí debe estar el encanto del budismo y de toda religión, por muy domesticada o aguada que la hayan vendido.

 

“Pare de sufrir” se llama una iglesia de origen dudoso, que abre sus puertas en Santiago Centro. El género humano entero pertenece, en cierto modo, a esta iglesia. ¿Hasta qué punto, sin embargo, es deseable parar de sufrir? Creo que acá la sabiduría budista y la religión cristiana se separan definitivamente y toman caminos separados por un abismo infranqueable. El yoghi dice: “el origen del dolor y del sufrimiento está en el deseo, deja de desear, desapégate de todo, y lograrás la paz”. Pero Cristo dice: “está bien no sufrir, pero no al costo de dejar de amar. Por eso, toma tu cruz y hazlo por amor a mí”. El Buda dice: “el sabio es el que se libera de todos los apegos”, pero Cristo dice: “El sabio es el que se hace esclavo del gran Apego”. El sabio budista es des-apasionado. Cristo nos deja su pasión.

 

San Agustín quizá podría servir como modelo de discernimiento entre cristianismo y budismo en esta época de confusiones y de categorías jaleosas. Cuando se enfrenta a los estoicos y a su noble búsqueda de ataraxia, el africano les recuerda que el cristiano no busca liberarse de las pasiones ni de los afectos y que Cristo mismo sufrió tristeza (esa “bestia infernal” como la llamaba Cicerón) en el huerto de los olivos. Cristo sufre, padece, goza, ansía, teme. No anula su yo para poder desasirse de lo pasajero y poder acceder a la imperturbabilidad de la iluminación.

Me pregunto si los cristianos que practican yoga están conscientes de que esta práctica ascética apunta en cierto sentido a la ataraxia y a la anulación de la sede de los afectos y deseos. Y si no hay deseos y afectos –ya se preguntaba Agustín- ¿cómo es posible desear el bien, odiar el mal, temer la condenación y gozarse en las buenas obras? Los cuatro páthe de los antiguos son asumidos por Cristo, no arrancados de cuajo. La sílaba vibrante del mantra, la mandala que gira y gira y me diluye en el gran mar del devenir, la elongación respirada del yoga que me adentra en esa luz tenue de la nada…¿harán que pare de sufrir?

Puede ser, pero entonces cuando lo consiga, ese inocente crucifijo que cuelga en el cuello de buenos y malos se tornará, tarde o temprano, en un signo insoportable, y tendrá que ser reemplazado por la sílaba que exhiben desde hace un tiempo los veloces autos deportivos en Santiago.

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Una rara flor. Lobelia, de Joaquín Trujillo Silva. RIL Editores, 2017, 448 pp.

P.D.

Si tuviéramos que decir de qué trata Lobelia de Joaquín Trujillo, diríamos que se trata a grandes rasgos de la vida de una niña en una ciudad perdida de provincia en busca de la vindicación del abandono sufrido a manos deResultado de imagen para LOBELIA trujillo su madre. Luisa Manso, una niña cuyo genio y apariencia atestiguan un destino superior, es criada por una “tía” (la entrañable Lorena Carrasco) en la polvorienta San Estanislao, donde transcurre su vida enmarcada en el prosaico y a la vez estrambótico paisaje de provincia. Cual heroína griega, Luisa va tomando conciencia de una misión: a través del conócete a ti mismo debe remontarse a su origen y restablecer la justicia violada en épocas pretéritas. A través de la amistad, la religión, el amor, la historia, los viajes y el arte (estadios de la Bildungsroman trujillana) Luisa es capaz de armar una bizarra expedición, junto a su hermano perdido, para conocer a su verdadero padre y enfrentar a su madre.

Sin embargo, ésa es sólo una de las capas de la novela de Trujillo. En realidad, el autor nos advierte ya en el título de que esto no es una novela común y corriente: Lobelia es más bien una Pseudo-fábula, un ejemplar de un género que a su vez evade la clasificación y que se esconde, se falsea, en la imitación, quizá incluso en parodia. Lobelia es también una alegoría, una narración que remite, en sus personajes, acciones y parlamentos, a una cierta cosmovisión barroquísima de la historia de Chile, ese país, que, como toda Hispanoamérica, ha intentado demasiadas veces cambiar identidad sin salir de la adolescencia de ninguna de sus identidades. Como lo han mostrado magistralmente tantos escritores hace varias décadas, el producto de esta juguera de indios, españoles, frailes, masones, mercachifles, dictadores y mendigos, es un escenario que no puede sino describirse como mágico.

En la alegoría trujillana, Chile -Cristina Manso-, producto del mestizaje inveterado de viejos hispanos, portadores de esa vieja Europa de conquistadores rudos pero nobles, vive la tragedia de haberse hecho criolla a sangre para caer en los brazos de una falsa primavera, el mundo del bussiness y la eficiencia devastadora (el mundo de Lenz-mann, ¿“el hombre primavera”?). El capitalismo salvaje lo arrasa todo, hasta lo más sagrado: la inocencia de los niños y los conventos. Luisa es aquella nueva generación chilena, que habiendo sido relegada al oscuro mundo de la Quinta Religión, al mundo de los profesores jubilados de francés, de comerciantes árabes calerinos, de testigos de Jehová cantando en la plaza, lejos del contubernio dinero-política de la capital, constituye una esperanza para acabar con el enmarañado entuerto de nuestra historia.

La prosa de Trujillo es hábil, y no hay página en donde el lector no pueda sacar alguna perlita o una pequeña alegría. Las atmósferas de la Quinta Región están retratadas con maestría. Siendo llaillaino, puedo decir que Lobelia me ha traído a la memoria personajes que creo haber conocido en sueños de infancia: el inspector Sabag, las vendedoras de los catálogos Avon, las parvularias de San Estanislao. Los diálogos fluyen con agilidad, aunque no siempre. Aquí entra la cuestión del género de Lobelia (¡Pseudo-fábula!). No siendo una novela a secas, su carácter puede desperfilarse ante los ojos del lector. Se diría que a veces uno está leyendo una novela escrita desde la dramaturgia o el ensayo.  A veces Luisa Manso habla como la joven original que es, a veces habla en frases marmóreas de heroína griega, y a veces, lamentablemente, como una delirante opinóloga de historia universal.

A algunos lectores les parecerá que Lobelia gana en densidad con sus pobladas reflexiones y excursos históricos; otros se impacientarán ante estos obstáculos a la acción y a la poesía. Me cuento más bien entre los segundos. Para mi Lobelia se eleva en los momentos de narración (por ejemplo, el episodio del caballo nadador, el doloroso encuentro de Clemente con Ramón o la seducción a Juan Hipólito) y desciende notablemente en los diálogos enigmáticos de la madre superiora, los delirios filo-habsburgo, las teorías estéticas de Fidelio. Probablemente el autor metió inconscientemente en Lobelia el peso de su enorme universo intelectual y espiritual, y así lo que ganó Lobelia en páginas lo perdió en ritmo y agilidad. El resultado: una obra sui generis que entretiene, conmueve, pero también atosiga.

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El conflicto de La la land

P.D.

la-la-land-ryan-gosling-emma-stone-1Como la mente humana funciona mejor por medio de los contrastes y las comparaciones, echaré mano al musical “Los paraguas de Cherburgo” (1964) para esbozar una crítica de la aclamada La la land (2017). La crítica es el género que pretende dar razones atendibles de los gustos e intuiciones personales, muy personales. La crítica no intenta darse a entender mediante razones científicas ni filosóficas, sino que pone sobre la mesa -ojalá de modo honesto- el parecer del crítico, sus reacciones viscerales y sus puntos de partida. Intentando ser coherente con este principio, he de decir que los musicales en general no me gustan; me dan vergüenza ajena (pasión que hay que cuidar y cultivar), los hallo musicalmente pobres, ridículos, infantiles. Esto vale para Andrew Lloyd-Weber y todos sus satélites, los productos de Disney, Singin’ in the rain, etc.

catherine-deneuve-umbrellas-of-cherbourg-pinkLa la land no es mejor musicalmente que los otros. Probablemente sus canciones no quedarán grabadas mucho tiempo en el panteón de la música popular, como sí quedó la notable banda sonora de los Bee Gees en la mediocre Fiebre de Sábado por la Noche. ¿Qué queda de La la land? No hay que ser un genio para darse cuenta que Emma Stone es lo que quedará para la posteridad. Diamante en bruto, ojalá que siga por la recta senda.

Vuelvo al principio. Como lo notarán los nostálgicos del cine, “La la land” rinde homenaje a “Los paraguas de Cherburgo”; en cierto sentido depende creativamente de ella. Ambas narran historias de amor sin final feliz, ambas nos plantean conflictos que se resuelven dejando al hombre herido. Ambos filmes juegan con el recurso del nóstos del ganador; tanto Geneviève (la inolvidable Catherine Deneuve) como Mia (Emma Stone) vuelven desde París, elegantes y triunfadoras, para que el destino las haga encontrarse con el hombre abandonado, que intenta una sonrisa triste y resignada.

Sin embargo, La la land queda debajo de Los paraguas. La música de Los Paraguas es mejor, pero no es ahí donde radica su superioridad. Es el conflicto de “Los paraguas” lo que la hace, a mi juicio, mil veces más interesante. Mia termina por abandonar al jazzista Sebastian para perseguir sus “sueños” de ser una gran actriz. Toma una decisión racional, producto del seguimiento obsecuente del imperativo ético de Steve Jobs: “follow your dreams”.  Genevieve abandona su sueño de casarse con Guy tomando una decisión irracional: la distancia con el amado la desenamora, la nubla, la desafecta. Las lágrimas y requiebros de amor eterno se esfuman en su ánimo adolescente; su embarazo parece ahogar toda promesa…la donna è mobile. Termina casándose con otro, un hombre respetable, un poco aburrido, acogedor. El espectador se toma los pelos, se estremece. ¿A quién no le podría pasar? ¿Qué cosa más cruel que los afectos,  cambiantes como la fortuna?

Con Mia pasa otra cosa. Su decisión está tomada del manual del winner americano. Es talentosa, quiere trabajar duro, lograr éxito. Su imperativo engendra una suerte de derecho de perseguir los sueños profesionales. Sebastian no protesta. Como héroe de nuestro tiempo, deja partir a su paloma. “No seré yo quien obstaculice tus sueños”. El conflicto de La la land es entre trabajo y amor. El conflicto de Los paraguas gira en torno a la volubilidad de la pasión.

La la land descansa, queramos a no, en un conflicto éticamente pobre. Alguien podrá decir que ese tipo de conflictos caracteriza mejor a la generación actual, y quizá tenga razón. Pero eso sólo significaría que esta generación, la generación “millenial”, la generación del emprendimiento y de los trabajos esporádicos, no está a la altura ética como para servir de material estético. Después de todo, el enamoramiento pasajero de la niña de 17 años de Los paraguas de Cherburgo es mil veces más terrible y más trágico que la disyuntiva de Mia, que no sabe si aceptar un papel y lanzarse al estrellato. Creo que al director no se le escapa esto último.  Por eso nos regala la mejor escena al final de la película, esa especie de raconto ficticio de lo que pudo haber sido la vida de Mia y Sebastian si el destino hubiese cambiado algunas cosillas y la vida no hubiese girado en torno a la auto-realización. Sin esa escena, la película ya no se sostenía. La imaginación de Mia nos salva, al menos in effigie, de un happy end con sabor a manual de auto-ayuda.

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Chilenos en Disney parte 2

Los correos de los lectores de este blog a propósito del artículo “Chilenos en Disney parte 1” fueron más de los que me esperaba. Esto me confirma dos cosas: que los temas estéticos son muchísimo más importantes que los temas de contingencia política, y que el blog goza de buena lectura. Ambas cosas me ponen contento, máxime cuando los correos de los lectores denotan una variedad ideológica y psicológica interesante desde el punto de vista médico. Algunos ejemplos:

“Qué posteo más amargado. ¿Qué tiene de malo ir a Disney? ¿Por qué juzgas a la gente? El Papa dice que no hay que juzgar”

Otro: “Muera Disney, engendro neoliberal, hijo de la conspiración feísta-capitalista”

Este me pareció muy bueno: “Estimado Sr. Domínguez: ¿Por qué escribe  en forma de diálogo? ¿Será acaso para ocultar su opinión detrás de su amigo ficticio? ¡Larga vida al imperio austro-húngaro!”

Otro correo me dejó pensando. Dice así:

“Te escribo desde Epcot Center. Vine con mi familia a Disney aprovechando las vacaciones que me da el MBA y lo hemos pasado espectacular. Con mi mujer nos alegramos con la cara de felicidad de nuestros niños al conocer varias culturas en este maravilloso lugar.  Se nota que no has venido para acá y no has tenido la experiencia de experimentar este mundo fantástico. Me imagino que eres de esos papás que sólo piensa en sus intereses pero no en los de los niños. Déjame contarte que también hay papás que piensan en sus hijos para las vacaciones, y que se endeudan para darles lo mejor. Saludos, A.B.”

 

Googleo “Epcot Center” para entender de qué se trata. ¿Será ese castillo de hadas infesto, copia colorinche del castillo alemán de souvenir? No, Epcot Center es otra cosa. Es un complejo turístico–cultural (¡!) en el cual tú y tu familia pueden, en cuestión de horas, conocer y experimentar diferentes culturas. Hay un réplica de un barrio parisino, una piazza italiana, una fortaleza medieval china, etc. Me meto en la página oficial de Epcot Center [http://disneyworld.disney.go.com/es/parks/epcot/attractions/] y me encuentro con esta descripción del “Italy Pavillion”:

Entusiásmate con puntos de interés fascinantes, que evocan la Fontana de Trevi en Roma, y el campanario de la Plaza de San Marcos, y disfruta de comida auténtica en Tutto Italia Ristorante y Via Napoli Pizzeria e Ristorante. Músicos, payasos y grupos de actores ofrecen gran entretenimiento en la piazza.

Leamos la descripción del “France Pavillion”:

Pasea por un barrio de París, hasta con una vista completa de la Torre Eiffel. Restaurantes y panaderías ofrecen delicias tentadoras, las tiendas ofrecen perfumes, una pantalla de cine muestra la encantadora película Impressions de France y artistas callejeros te entretienen con su espectáculo.

Averiguo un poco más. Después de buscar un rato, me entristezco al enterarme de que no existe una “atracción” dedicada a Chile ¿Cómo sería la descripción Disney del “Chile Pavillion”?:

epcotcenterday1map

distopian post-modern monster Wonderland

“Pasea por un barrio de Santiago, donde podrás jugar a discernir lo cerros a través del smog impenetrable y podrás jugar a evitar lanzas y portonazos. Date una vuelta fascinante por la Isla de Pascua y por el Desierto de Atacama, donde probarás la típica comida del curanto atentido por simpáticos moais. Un grupo de mapuches te hará sentir en pleno machitún, todo esto dentro de una encantadora casa móvil tirada por bueyes chilotes al ritmo del Sau-Sau- Leru”.

 

Le muestro a mi amigo la hipotética descripción de un “Chile Pavillon” en Disney.  – “Qué imbecil suena” – me dice buscando, nervioso, uno de sus cigarros. Y continúa: “-¿Por qué entonces torturar a tus hijos llevándolos a este infierno del souvenir, a este lugar común hipostasiado, a este cliché extendido por miles de hectáreas?”

-Misterios de la noventología…” respondo, apesadumbrado.

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Chilenos en Disney parte 1

La otra vez me junté con mi amigo E. a tomar un café en Providencia. E, auto-declarado noventólogo, quería escuchar mi opinión sobre un tema nuevo en sus investigaciones. Para los que no lo saben, la noventología es una disciplina creada por mi amigo cuyo objeto de estudio es la década de los noventa, sobre todo en sus manifestaciones más triviales (televisión, vida diaria, habla juvenil, ideas ambientales, etcétera). El tema de reflexión era la ida de rigor a Disney World (Orlando,  País de las Oportunidades) por la familia chilena de clase alta en los 90s). Según E., el viaje a Disney con los hijos se había transformado a partir de esa década en un rito iniciático del chileno de clase alta (y media aspiracional) y quería averiguar sus orígenes psicológicos, estéticos y metafísicos.

 

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mundus beatitudinis summae

Me da pena que E. gaste su inteligencia en este tipo de temas.- “¿Por qué no te dedicas a otra cosa más provechosa, como el griego o la demonología? ¿A quién le importa lo que haga un grupo insignificante de personas en un país perdido? –le espeté.  “Tu punto de vista absoluto y despectivo de la realidad chilena me parece falso”– retruca E. – “Como chilenos debería interesarnos esta realidad de carne y hueso: los terremotos, la muerte de Camiroaga y la carne mechada. Los chilenos que van a Disney serán un grupo insignificante en la Historia Universal, pero a nosotros, que vivimos al margen de esa historia, nos debería intrigar. Puede dar, además, para un psicoanálisis de alto calibre.”

 

Le expliqué a E. mi sencilla teoría. La gente va a Disney por falta de gusto y exceso de plata, o por ignorancia, o por ninguna razón en particular. Mi tesis simplona y vaga le parece a E. sólo un punto de partida general. “Hay mucho más que eso” – señala malicioso. “¿Porqué diablos llevar a tus hijos a un lugar horrible, plástico, lejano, húmedo, lleno de guatones y juegos endemoniados”?

 

Intento imaginarme el cuadro. Nunca fui a Disney, crecí impoluto de ese infra-mundo, de esa utopía a 100 dólares de ratones que hablan, aladinos y personajes de los hermanos Grimm en versión Miami. Pero el mérito no es mío. Nunca me llevaron. Si me lo hubieran propuesto, obviamente habría aceptado gustoso a los 8 años. ¿En  teología, cómo se llama esa gracia que preserva al hombre antes incluso de ser tentado? San Agustín habla de ella en las Confesiones.  Esa gracia me salvó de Disney, le confieso a E.

 

-“Pero no teologices la cuestión; el viaje a Disney es, antes que eso, obviamente, un síntoma de la ordinariez de la élite, de su ignorancia, su mal gusto, su falta de mundo e imaginación” pontifica E.  Contraataco: “Qué original tu tesis… ¿Se la copiaste a Warnken?” E. ríe y reconoce que siente nostalgia por la élite del XIX, el cerro Santa Lucía y la Biblioteca Nacional, y que según mi amigo, desapareció en los 70. “Es cosa de comparar la comuna de Providencia con la Dehesa”.

 

Quizá la gente va por nihilismo, odio al ser, evasión, o simplemente porque es entretenido y el resto lo hace, qué sé yo…¿Quién en su sano juicio preferiría Disney a El Cuzco, a Frutillar o a Buenos Aires? Eso es lo difícil de explicar el error: es inexplicable. E. declara: “Otra cosa ir a Disney es algo para los niños. Es la infantilización mental del adulto. El yuppie que se ve bien vestido, encorbatado, solemne, no tiene 38 años, sino 8. Él dice que quiere ir por sus hijos, pero lo hace por él. Conclusión número uno: el papá Disney es mentalmente infantil” – “¿Y qué se sigue de eso?” le pregunto. -“Se sigue que el adulto de la élite no ha dejado de ser un niño, y tú sabes cómo son los niños: crueles entre ellos, animales de presa, destructores…”

 

continuará…

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El paseo repentino

(Franz Kafka, Der plötzliche Spaziergang, 1912)

 

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Praga de noche

Cuando uno parece haberse decidido definitivamente a quedarse la noche en casa, se ha puesto la bata, y luego de haber cenado se sienta en la mesa iluminada a hacer este trabajo o jugar este juego, luego del cual uno habitualmente se va a dormir; cuando afuera hace mal tiempo, y por lo tanto es obvio que uno se va a quedar en casa, cuando además uno ha estado tanto rato sentado que marcharse generaría una sorpresa general, cuando la escalera se halla a oscuras y la puerta de la casa ya está cerrada, y pese a todo esto uno se levanta entonces con un malestar repentino, se saca la bata, aparece de inmediato vestido para salir a la calle, explica que debe salir, lo hace luego de una corta despedida, y dependiendo de cuán fuerte dio el portazo para salir, cree haber dejado más o menos enojados a los de adentro; cuando se halla uno en la calle, con miembros que responden con una especial agilidad a la inesperada libertad que se les ha concedido, cuando uno siente haber reunido toda su fuerza de decisión mediante esa única decisión, cuando uno reconoce con más claridad que lo acostumbrado el hecho de que uno tiene más fuerza que necesidad de hacer y sufrir el cambio más rápido, y así se lanza uno a caminar por las largas calles, — entonces esta noche uno ha retirado completamente de su familia, cuyo ser se deshace, mientras uno mismo, totalmente firme, negro de contorno, espoleándose por detrás, logra su verdadera forma. Todo esto se intensifica, si uno a estas altas horas de la noche va a visitar a un amigo, para ver cómo le va.

 

(Traducción P.D.)

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El rechazo

Franz Kafka, 1908.
KAFKA

 

Si me encuentro con una linda muchacha y le pido: “sé buena, ven conmigo” y ella se aleja sin decir palabra, quiere decir lo siguiente:

-“No eres un duque con nombre rimbombante, ni un norteamericano grandote con pinta de piel roja, de pacíficos ojos horizontales, de piel amasada por el aire de los pastizales y de los ríos que lo cruzan; no has viajado a los grandes lagos – que se encuentran no sé dónde-ni navegado en ellos. Entonces por favor: ¿por qué debería yo, una muchacha linda, ir contigo?”

-“Te olvidas de que ningún automóvil te lleva a trancos, bamboleándose a través de la calle; no veo a los caballeros de tu séquito apretados en sus vestidos yendo detrás tuyo en perfecto semicírculo murmurando elogios por ti; tus pechos están bien ocultos bajo tu corsé, pero tus muslos y caderas contradicen esa abstinencia; llevas puesto un vestido plisado de tafetán, tal como a todos nos hizo gracia el otoño pasado, y aún así, vestida como un peligro público, sonríes de cuando en cuando”.

-“Sí, ambos tenemos razón, y para no hacernos conscientes de esta verdad indiscutible, mejor que cada uno se marche a su casa, ¿cierto?”

 

Traducción P.D.

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