El rechazo

Franz Kafka, 1908.
KAFKA

 

Si me encuentro con una linda muchacha y le pido: “sé buena, ven conmigo” y ella se aleja sin decir palabra, quiere decir lo siguiente:

-“No eres un duque con nombre rimbombante, ni un norteamericano grandote con pinta de piel roja, de pacíficos ojos horizontales, de piel amasada por el aire de los pastizales y de los ríos que lo cruzan; no has viajado a los grandes lagos – que se encuentran no sé dónde-ni navegado en ellos. Entonces por favor: ¿por qué debería yo, una muchacha linda, ir contigo?”

-“Te olvidas de que ningún automóvil te lleva a trancos, bamboleándose a través de la calle; no veo a los caballeros de tu séquito apretados en sus vestidos yendo detrás tuyo en perfecto semicírculo murmurando elogios por ti; tus pechos están bien ocultos bajo tu corsé, pero tus muslos y caderas contradicen esa abstinencia; llevas puesto un vestido plisado de tafetán, tal como a todos nos hizo gracia el otoño pasado, y aún así, vestida como un peligro público, sonríes de cuando en cuando”.

-“Sí, ambos tenemos razón, y para no hacernos conscientes de esta verdad indiscutible, mejor que cada uno se marche a su casa, ¿cierto?”

 

Traducción P.D.

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A propósito de Trump

vox populi...plurimum vox stultitiae

vox populi…plurimum vox stultitiae

P.D.

 

Escribir sobre Donald Trump es fácil. Opinar sobre él, ¿qué gracia tiene? Es evidentemente un tipo extremadamente desagradable, molesto a la vista, repugnante como un payaso chillón.  Ya pasó la época de los aspavientos periodísticos por su victoria y su nominación como candidato a la presidencia de Estados Unidos. Ahora queda tragarse el polvo, apretar los dientes y esperar que el decurso de la historia siga adelante. No sin antes reflexionar, con la parsimonia de quien espera la tormenta sentado en un muelle (es decir: sin caer en la tentación de pensar que toda reflexión política es de suyo un llamado a actuar  –también existe el llamado a padecer) sobre el sistema que hace posible la asunción al poder de Trump, Maduro, Señora K y la serie de tiranillos omnipresentes (gracias a la televisión ya no es posible escapar de los mandatarios): la democracia.

 

Me llama la atención toda alusión irónica o desencantada sobre la democracia (no digamos la crítica descarnada) sea interpretada automáticamente como un guiño al totalitarismo o a un estado militarizado. Justamente al contrario: los tiranos belicistas del siglo XX (habrá que nombrar a Hitler, a riesgo de ser poco original) no sólo se llenaron la boca con la palabra “democracia”, sino que llegaron al poder de forma democrática. La democracia permite que energúmenos lleguen al poder, porque su principio sacrosanto es que el destino de las naciones las elige el 50%+1 de la población (o lo que es peor, el número de inscritos o votantes de facto).  Si mañana a la mayoría de los estadounidenses se les ocurre votar por Trump, entonces ¡plaf! tenemos a un idiota en el poder. Nadie puede asegurar que para la próxima elección un tipo como Trump no salga electo en ninguna parte del mundo. La democracia actual tiende a ser absolutamente creadora: el voto de la mayoría puede abolir la existencia del pan o afirmar que 2 + 2 son 5. Vox populi, vox Dei (Dios como voluntad pura, más allá de toda razón, como lo querían algunos teólogos medievales)

 

–“No hay sistemas perfectos” – “en todos los sistemas también puede pasar lo mismo”. Concedámoslo. ¿En qué se basa la constatación sensata de que no hay “sistemas” que hagan bueno al hombre? Habrá que reconocer que el hombre está hecho de madera torcida, y meditar de allí algunas conclusiones. La primera es: si el hombre no es bueno por naturaleza, no necesariamente elegirá su propio bien; por el contrario, podría elegir su propio mal y hasta su propia aniquilación. Baudelaire: “Todas las herejías a las que me refería hace un momento no son, después de todo, más que la consecuencia de la gran herejía moderna, de la doctrina artificial, que suplanta a la doctrina natural – quiero decir la supresión de la idea del pecado original. … la naturaleza entera participa del pecado original” (Correspondance, Oeuvres, t I., pp. 336-337).

 

¿Qué tipo de gobierno entonces será el más adecuado para lidiar con la realidad de que el hombre es un “embutido de ángel y bestia”? Aquel que reconozca este hecho como indiscutible, y que por ende prohíba que la mayoría decida abolirlo. El poder de la democracia se tornaría automáticamente limitado, y podríamos sentarnos a pensar en paz sobre las consecuencias antropológicas de la “doctrina natural” baudeleriana. Quedaríamos inmunes ante las intentonas conceptualmente golpistas de las masas vociferantes azuzadas por el ventrílocuo de turno o por la la secta de iluminados gnósticos. Tendríamos una democracia escéptica de sí misma justamente por su lucidez con respecto a la naturaleza humana. Desde este escepticismo basado en la lucidez podríamos dejar de dogmatizar sobre “la voz del pueblo” y evitarnos sin mala conciencia, quizás, la desagradable sensación de la aparición de bufones como Trump.

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Deseo de ser indio – Franz Kafka

Deseo de ser indio

Franz Kafka

Si uno fuera un indio, siempre listo, montado sobre un caballo galopante, inclinado sobre el viento, en constante meneo sobre el suelo tembloroso, hasta soltar las espuelas, pues no había espuelas antes de tirar las riendas, pues no había riendas, y no vió la tierra ante sí como un brezal segado al rase, y no quedaba del caballo ni su cuello ni su cabeza.

(traducción P.D.)Indian-War-Bonnet

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Lecturas veraniegas: Sobre El nombre de la Rosa de U. Eco

p.d.

Hay autores consagrados que sólo han sido capaces de regalarme un sólo libro; hay otros, en cambio, que me han movido a explorarlos, a escudriñar su producción literaria, a buscar sus codiciadas “obras completas” en librerías. Entre los primeros están, por ejemplo, García Márquez, Donoso y Rulfo. Leer una gran obra de cada uno me ha ha bastado, me ha satisfecho, pero a la vez me ha puesto un límite, una sensación de saciedad que me sopla al oído un “no más”. Cien Años de Soledad puede ser un descubrimiento en dos sentidos: podemos, como hispanoamericanos, sentirnos en casa con el boom, caer en la cuenta de que vivimos en Macondo, o bien podemos descubrir que Macondo queda muy lejos y que visitarlo por segunda vez sería demasiado tedioso.
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El mismo dejo de saciedad me ha embargado tras la lectura de El nombre de la Rosa (1980) de Umberto Eco, recientemente fallecido. Cierro la la última página de este libro y relee con asombro que se trató de un “best-seller”. Seguramente los críticos se han preguntado cómo diantres una novela no llena, sino plagada de alusiones eruditas a la teología y filosofía del medioevo (inaccesibles al gran público) llegó a ser un éxito de ventas. Creo que el mérito de Eco en este respecto es innegable: su pluma es entretenida, ágil. El lector promedio, que no tiene porqué conocer la tradición agustiniana, las escuelas de lógica o manejar las luchas intestinas dentro de la orden franciscana, puede sostener una lectura gratificante, aunque fragmentaria. La historia de una serie de crímenes en una abadía medieval, investigada por un monje llamado William of Baskerville (la alusión a S. Holmes salta a la vista) atrapa al lector. Hay personajes divertidos, disputationes ingeniosas, intriga política y vueltas de tuerca. Hasta ahí todo bien.

El problema, la causa de la saciedad, está en que toda la admirable erudición para construir a William of Baskerville termina en un personaje inverosímil, anacrónico, reflejo ideológico quizá del mismo Eco. Baskerville se viste como monje del siglo XIV pero piensa como si fuese un engendro hipermoderno, ajeno y superior al mundo medieval en el cual se supone que vive. Queda claro que las simpatías del medievalista Eco van por el nominalismo-empirismo de Ockham (una tradición, digámoslo, antipática); pero el problema no está tanto allí como en la constante intención moralizante de Baskerville, su superioridad moral no disimulada, su secular santidad. La novela de Eco se mantiene por su trama y sus aliños eruditos, pero flaquea por su intención de ser más que un juego y convertirse en una moraleja ética-política del mundo moderno.

La páginas finales del Nombre de la Rosa se leen con cierto alivio. Agradecemos a Eco sus momentos de genuina entretención, su prosa amena, sus alusiones culturales veladas y abiertas. Pero no ha pasado la prueba. Ha satisfecho mi apetito, pero dejándome un sabor en la boca que es menester cambiar. Habrá que buscar o releer, entonces, aquellos autores que sean como un manantial y que nos hagan subir hasta la fuente, cada vez más alto.

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Sobre el arte de conversar 2

p.d.

Mi amigo E.J. se sentó en la cómoda silla que le ofrecía el café Manon, al costado del puente Castaño, desde donde nuestro Mapocho muestra su mejor cara. Con el nerviosismo que ameritaba la ocasión prendió torpemente un cigarrillo y esperó la llegada de B.,  a quien esa tarde iba a declarar su amor, aunque el resultado fuese catastrófico. Había que hacerlo de uno u otro modo; la dilatación de este salto mortal  lo estaba carcomiendo por dentro, y necesitaba “quitarse del pecho, esto que le va oprimiendo” como cantan nuestros Ángeles Negros. B. llegó preciosa como siempre: atrasada, sonriente, y dilapidando tanta belleza que a E.J. le llegaba a doler. Después de conversar unos minutos sobre cosas irrelevantes, E.J. se hizo de ánimos, carraspeó, prendió un segundo cigarro y dijo: “B., te quiero decir algo muy importante” –“Dime”, contestó B. poniendo una cara maliciosa.– “Te quiero decir que…” En ese acto, el celular de B. chilló con un pitido ensordecedor. Las palabras de mi amigo se perdieron en el mar agudo del desagradable sonido. “–Dame un segundo, tengo que constestar esto, es una amiga” sentenció B., alejándose rápidamente de la escena.
B. tardó varios minutos, minutos eternos en volver a la mesa. Sin siquiera disculparse (¿se disculpan las ninfas?) miró fijamente a los ojos de E.J. y le dijo: -“¿Me estabas diciendo algo, no?” Mi amigo soltó una carcajada y repuso: “Se me olvidó lo que te iba a decir…probablemente nada importante”.

***

El celular prendido de B., esa costumbre  de estar tele-disponible para cualquiera a cada hora del día desencadenaron  en la cabeza de mi amigo un torrente de reflexiones amargas acerca de la fugacidad de la vida y la vanidad del mundo. En cuestión de minutos lo embargó el desengaño y la persona de B. le pareció leve, inexistente. De modo misterioso, su enamoramiento angustioso se trocó en una  sentimiento vago e indoloro de aburrimiento. Imaginó  la cara de B. sin dientes y con gusanos saliendo de la cuenca de sus ojos, y lo acometió un ataque de risa, que contuvo tosiendo. “Se me olvidó lo que te iba a decir… probablemente nada importante…” El celular de B. truena nuevamente. “–¿Nada importante? Entonces déjame contestar esta llamada, dame un minuto” replica B. “¡Tómate todo el tiempo que quieras!” – repone E.J., desviando la mirada hacia el torrente escaso del Mapocho.

 

***

“¿Sabes lo que más me molesta de todo esto?” -me confidenció E.J., mientras conversábamos unas semanas después del hecho, -“el que ahora no se puede estar con una persona; tienes que competir con miles de personas que pugnan potencialmente cada segundo por irrumpir y destruir toda conversación”. -“¡Claro, viejo! – le dije yo “¡los celulares son una mierda! Tengo una teoría al respecto…” En ese instante suena el celular de E.J. -“¿Quién es?” le pregunto. “Es B.”, me dice, poniéndose de pie, y buscando rápidamente un rincón para hablar en voz baja.

Y se alejó, y no lo volví a ver nunca más.

 

 

 

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Sobre el arte de conversar

p.d.

Todos lo hemos experimentado. Vamos a reuniones sociales, convites, nos sentamos a la mesa con familiares y con semi-conocidos…y tentertuliaemos que conversar. La mayor parte de las veces el resultado es mediocre, para no decir simplemente malo, malo como el natre. Es difícil encontrar una buena conversación, lo cual no deja de ser extrañísimo: ¿acaso no se distingue el hombre de las bestias por poseer lógos, lenguaje? Si eso es lo que nos constituye, ¿por qué se nos hace difícil el diá-logo?

Propongo un puñado de posibles causas y reflexiones sobre este fenómeno.

  • Causa material, el sine qua non: muchos no saben hablar castellano. Sé que hay lingüistas que dicen que los chilenos no hablamos ni bien ni mal, y sospechan de las categorías valorativas en torno a los usos, etc. Yo doy por superada esta discusión estéril y verifico lo que me dicen mis sentidos: con personas que no saben expresar lo que piensan o que usan un solo término para lo que podría expresarse en veinte es difícil entablar una conversación interesante. Sin matices, precisión y belleza no hay conversación: a lo más, habrá intercambio de información o una transacción comercial.
  • Confusión elemental: La conversación no es la yuxtaposición de diferentes anécdotas o la colección de lugares comunes sobre los últimos temas “candentes” (delincuencia, colusión, copa américa). Breve: conversar no es relatar hechos sin más o repetir periodísticamente lo que “pasa”. Hay que aplicar genio y estilo a la cuestión, de lo contrario todo se transforma en una pérdida de tiempo, como lo es escuchar a un conductor de noticias.
  • No todos saben contar anécdotas. Hay pocos que tienen el talento, no nos tiremos todos a grandes cuentistas. Nada más aburrido que una anécdota contada sin gracia, sin chispa. Recuerdo haber escuchado una y otra vez “anécdotas” de viaje que no merecen ser relatadas, porque en realidad no pasó nada digno de ser relatado y porque quien da cuenta del suceso tiñe, con su fomedad interior, todos sus relatos.
  • Lo anterior me obliga a concluir lo siguiente: no hay temas aburridos, sino personas aburridas. La fomedad es una manto de gris que afea y banaliza todo lo que toca. Ejemplo: el periodismo de “tendencias”. Un periodista de este estilo, incapaz por naturaleza de reflexionar, no es capaz de pensar sino en términos de rating o “audiencia” (anglicismo introducido por los periodistas). Un periodista podría lograr, con su arte, hacer de la muerte de Aquiles un lugar común. Deben ser excluidos de toda conversación.
  • Enemigos de la conversación: el relativismo seriote y el culto a lo políticamente correcto. El relativismo seriote e inquisidor hace imposible la ironía, el sarcasmo, la cosmovisión, el juicio. El relativista que se toma demasiado en serio a sí mismo ejerce de inspector aguafiestas de todo intento por alcanzar algo interesante. Lo mismo el cultor del correctismo político. Conversar con este último se parece más a un intento por correr sobre una pista de huevos intentando no romper ninguno.
  • Otro enemigo de la conversación: el fanatismo. Hay que distinguir entre “ideas fanáticas” y personalidades fanáticas. Me refiero más bien a las segundas. Los fanáticos pueden declarar la guerra por opiniones nimias, absolutizan lo esencialmente relativo y defienden lo verdadero de un modo violento o psicológicamente curioso. Hay que alejarlos sobre todo del alcohol.
  • La conversación exige tiempo. Si pudiésemos analogar la conversación a algún género musical, diríamos que la buena conversación es una sonata o una sinfonía, y no un impromptu. “Tengo 20 minutos para conversar” es una frase contradictoria. Si hay interrupciones en la conversación, tienen que ser entre cada movimiento.

continuará

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Ecología práctica y contemplativa. A propósito de la Encíclica Laudato Si’

imagesJosé Antonio Giménez

Laudato si’ es una encíclica revolucionaria, que profundiza en un camino de reflexión de la Iglesia de las últimas décadas sobre el problema ecológico. La continuidad con la Tradición de esta encíclica se muestra ya en un dato de carácter formal, pero nada baladí con respecto al contenido: los autores más citados son los últimos papas, Juan Pablo II y Benedicto XVI, junto con el teólogo Romano Guardini, este último maestro del que fue entonces Joseph Ratzinger. La revolución de Laudato si’ no se encuentra, por tanto, en plantear un nuevo tema, sino en insuflarle a esta cuestión un nuevo espíritu, en unos tiempos muy necesitados de energía y luz para retomar el buen camino.

Lo más interesante de la Encíclica no está en mi opinión en acusar la crisis ecológica, sino más bien en poner en relación el mandamiento cristiano fundamental de la caridad con el respeto y cuidado de la naturaleza. Cuán avanzada esté la crisis y cuánta responsabilidad en el estado de nuestra Tierra cabe asignar al hombre – y luego, cuánta a los individuos y cuánto a las estructuras –, no son cuestiones que puedan resolverse sin recurrir a datos científicos y empíricos. Francisco presenta su evidencia y hace su juicio. Con más arrojo que cálculo sostiene que la crisis es evidente y que la responsabilidad humana es insoslayable. Estoy de acuerdo, aunque aquí el Papa no es ni se reconoce a sí mismo un experto. Donde sí, en cambio, la palabra del Papa tiene una autoridad particular es al señalar la raíz humana de la crisis. Más allá de cuánto hayamos contaminado o estemos en este momento contaminando, cuando actuamos con despreocupación al respecto no sólo dañamos la naturaleza, sino que dañamos al hombre. La crisis ecológica tiene su raíz, en este sentido, en el egoísmo del corazón del hombre. La ausencia de perspectiva ecológica en mi modo de actuar es producto tanto del desinterés por el otro (la persona) como por lo otro (la naturaleza). Francisco desarrolla a lo largo de la Encíclica dos tipos de argumentaciones ecológicas que sitúan la cuestión ecológica en una dimensión moral y cristiana.

En primer lugar, la Tierra – y quizás en el futuro se pueda hablar así también del Universo – es una “Casa” y, fundamentalmente, una casa que se comparte, una casa común. El papa Francisco hace aquí un juego etimológico (si bien no hay ninguna aclaración explícita al respecto): Ecología viene del griego oikos y logos, que podemos traducir literalmente como “estudio de la casa”, entendida la “casa” no sólo como el lugar material, sino también como el conjunto de relaciones entre los habitantes de ella. La conciencia ecológica supone en este sentido un profundo y delicado humanismo, que se preocupa tanto por el otro como por el lugar en donde éste habita. Conciencia ecológica significa, en este sentido, la ampliación de la conciencia social – que no es otra cosa que la aplicación a la vida común del mandamiento del amor al prójimo.

En segundo lugar, y siguiendo a Francisco de Asís, el papa Francisco adjudica un valor intrínseco a toda Creación. La interpretación del mandato del Génesis de “administrar la Tierra” ha sido por muchos cristianos mal comprendido como el permiso para el uso indiscriminado de la naturaleza y para el ejercicio sobre ella de una suerte de esclavización. El cristiano debiese, en cambio, comprender mejor que nadie que toimages 2da creatura proviene de un Creador y que es reflejo de su grandeza y ternura. Francisco nunca peligra de hacer de la naturaleza un ser personal como sí acontece en la ecología radical. Pero lo que no es persona no es tampoco un “objeto” ni un mero “medio para otra cosa”. Dios dijo de todo lo Creado que “era bueno” y que, por tanto, toda Creación contiene una perfección que nos invita a la contemplación.

La consciencia ecológica cristiana tiene la propiedad de tener una doble dimensión, una contemplativa y otra práctica. Así entiendo que mientras Francisco dedica los capítulos centrales al diagnóstico y a una propuesta de solución práctica de la crisis ecológica, comience y cierre su Encíclica con consideraciones de orden contemplativo y místico. La ecología práctica nos invita a reconocer en el cuidado ecológico la ampliación sin límites del mandamiento del amor al prójimo y el reconocimiento fundamental de nuestra hermandad originaria con toda la Humanidad del pasado, el presente y el porvenir. La ecología contemplativa nos revela el valor intrínseco de la Creación como camino de ascenso a Dios y nos devuelve a la comunidad preternatural con la totalidad de las creaturas.

Ambas dimensiones ecológicas no deben, sin embargo, permanecer una frente a la otra como departamentos estancos. Francisco sugiere esto implícitamente al señalar como criterios para el tratamiento de los bienes creados tanto la utilidad como la belleza. En el caso de la planificación urbana, por ejemplo, no podemos pensar en una ciudad que sea agradable de habitar, si no se hace a ésta, además de útil, bella. El hombre necesita de la belleza, tanto como del alimento, cuando de lo que se trata no es de simplemente “sobrevivir”, sino de “vivir bien”. Una ciudad, sin embargo, preocupada sólo de su belleza – concentrada en algunos barrios, mientras la fealdad se concentra en otros – no es tampoco útil ni amable con el hombre. La ciudad está hecha de cemento y no de árboles, sin embargo, su cuidado es también ecología – cuidado de la casa común –, a saber, ecología práctica y contemplativa.

150953Otro caso de conexión de la ecología práctica y contemplativa que trata Francisco es el caso del descanso dominical. Juan Pablo II insistía en Dies Domini también sobre este punto, tan poco considerado en la práctica por los cristianos: en imitar al pueblo hebreo del Antiguo Testamento al venerar el domingo. En el descanso dominical no sólo descansa la tierra que labramos, sino que descansa también la tierra que somos nosotros. Pero el descanso no es el “medio” para trabajar, sino el mismo “fin” del trabajo, como han insistido con tanto ahínco la filosofía y las grandes religiones desde sus orígenes. El descanso es fundamentalmente contemplación y fiesta. La ecología contemplativa orienta en este sentido las tareas de la ecología práctica: el descanso y la contemplación relativizan la urgencia de la efectividad y la producción, le dan al trabajo su justo lugar y, de este modo, vuelven a poner de relieve la una y otra vez olvidada dignidad del hombre. El descanso dominical es así el paradigma de la unión entre la ecología práctica (la ampliación del amor al prójimo) y la ecología contemplativa (la mirada de la naturaleza como Creación).

La Encíclica desarrolla muchos temas y deja mucho por desarrollar. Creo que es hora de hacer de la ecología una cuestión profundamente cristiana. Es posible que, haciendo esto, muchas otras cuestiones, sin duda importantes, se organicen de mejor manera y encuentren caminos de salida. La ecología pone en relación todas las cosas – en ese sentido, oikología no es muy distinta de lo que los antiguos llamaron kosmología, el kosmos como Orden en el que nos encontramos – y el cristiano no debe preocuparse tan sólo de lo próximo, sino también de la totalidad. O quizás, mejor, de ver en lo próximo siempre también la totalidad.

 

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